Lucía
Lucía se despertó con los ojos hinchados, unas ojeras enormes y un fuerte dolor de cabeza, otra vez había tenido insomnio y gran parte de la madrugada la había pasado llorando, por su cabeza, como una película en bucle, habían pasado los últimos acontecimientos de su vida una y otra vez, se sentía triste, decepcionada y culpable.
Apenas se sentó en el borde de la cama, unas nauseas que atacaron agresivamente hicieron que corriera al baño, se arrodilló frente al escusado y una bilis amarilla salió por su boca dejando un horrible sabor amargo. Cuando terminó de vomitar no pudo evitar ponerse a llorar, cada cosa que le pasaba por muy pequeña que fuera le afectaba mucho.
Aún con lagrimas en los ojos se cepilló los dientes, no pude evitar verse frente al espejo, ver aquella cara desalineada, ese cabello revuelto, esos ojos rojos reteniendo lagrimas a punto de derramarse.
Caminó hacía la cocina, mientras aún estaba en el pasillo notó el silencio del lugar, la casa se sentía vacía, volteó a ver el sillón donde apenas hace un par de meses su madre se sentaba a ver televisión, pero ahora el aparato estaba apagado, el sillón se veía frio, triste y solitario; Lucía suspiró y con un nudo en la garganta dirigió la mirada a otro lado.
«Tal vez debería comer algo», —pensó—, caminó hacía el refrigerador y lo abrió, dentro solo encontró una lata de atún a medio terminar, el atún que se veía reseco y de un color oscuro mostraba a Lucía que el tiempo también pasa dentro del refrigerador, aunque a veces quisiéramos congelarlo y que no corriera más. Lucía no parecía decepcionada o sorprendida de lo que vio adentro, cerró la puerta del refrigerador resignada a que tal vez hoy sería un día igual de decepcionante a todos los que había tenido últimamente.
Se vistió más por obligación que por voluntad, se hizo una coleta rápida en el pelo y salió a toda prisa para no llegar tarde a su cita, otra entrevista de trabajo, en las últimas 2 semanas había tenido por lo menos 3 entrevistas sin ningún resultado positivo, ya se sabía de memoria las típicas palabras: «Nosotros te llamamos».
Bajó corriendo las escaleras del edificio, saludo al guardia tímidamente (algo tenía ese sujeto que la intimidaba, no le daba confianza), al llegar a la puerta el sol la encandiló con fuerza, sintió como si llevara años viviendo en una cueva subterránea y de pronto saliera a la luz, sintió el calor en su rostro y eso si que le animó un poco. Salió a la calle y camino hacia la izquierda rumbo a la parada del autobús.
Brr brr, sintió la vibración del teléfono en su bolsa, saco el móvil y vio un mensaje, el remitente: Centro de bienestar mental.
«Señorita Lucía le escribo de parte de la doctora Mariela, es para confirmar su cita de mañana a las 4:00pm.»
Lucía tragó saliva, dudó, aunque ella había sacado esa cita por que se lo habían recomendado (todos), estaba nerviosa y no sabía si estaba preparada para ir a «terapia», nunca había ido y solo se daba una idea de como era por lo que había visto en películas y novelas. Antes ella pensaba que los que iban a terapia eran personas débiles, personas de mente frágil, creía que cada quien podía salir adelante de sus problemas solo «echándole ganas». Pero ahora con todo lo que le había pasado, con la reciente muerte de su madre, creía que jamás iba a salir adelante, se sentía sola, frágil, desprotegida, ahora entendía que la terapia tal vez si la ayudaría, pero estaba muy nerviosa, era algo nuevo para ella.
«Si, confirmado, ahí estaré.» —Respondió—.
Apenas se terminó de enviar el mensaje, su autobús llegó, se subió a el mismo después de las personas que estaban delante de ella, buscó un asiento que estuviera completamente vacío, no quería sentarse junto a nadie, no tenía ganas de tener contacto humano. Casi al final del autobús vio un par de asientos vacíos, apresuró el paso para que no se lo ganaran y se sentó junto a la ventana, durante todo el camino aunque parecía que iba viendo «algo» por la ventana, en realidad solo miraba a la nada, sus pensamientos estaban en otro sitio, muy lejos de ahí, su cabello se mecía por el viento, su respiración era interrumpida por suspiros que llegaban de cuando en cuando, sus ojos húmedos derramaban una lagrima o a veces varias cada vez que se llenaban y no podían contenerlas, como un vaso de agua bajo la lluvia, y por dentro de Lucía llovía, aunque más que lluvia era una tormenta…








