Capítulo 1
Se llamaba Kael. Solo Kael. En esa época no tenía apellido, porque los mozos de cuadra no merecían uno. Tenía veintitantos años, una espalda dolorida por las largas jornadas y los dedos callosos de tanto cepillar caballos. Dormía en un rincón del establo, entre paja y olor a heno, y su único lujo era el sueño profundo que el cansancio le regalaba.
Hasta que ella llegaba.
Siempre de noche, con el mismo ruido inconfundible: sus botas de cuero golpeando los adoquines húmedos, un eco que se arrastraba por los pasillos de piedra como una condena. Kael la conocía sin mirarla. La señorita de la mansión. La única que montaba a Drakken, el semental negro de ojos grises que ningún otro podía domar.
Esa noche, Kael bostezaba mientras cepillaba a Tormenta, una yegua inquieta que resoplaba y renegaba cada vez que sentía el perfume de la señorita acercándose. Kael no levantó la vista. Ya sabía el ritual: ella tomaría a Drakken, galoparía hasta el amanecer, y él volvería a su paja. Después de todo, sabía su ,rutina: Drakken siempre listo, alimentado y ensillado para salir en el momento en que la señorita lo deseara.
Pero esa noche fue diferente.
Sintió las riendas de cuero deslizarse por su cuello como una serpiente. Antes de que siquiera se llevara las manos al cuello, el tirón lo alejó de la yegua, arrancándole el cepillo de la mano. Cayó al suelo y la bota de ella se clavó en su pecho con una fuerza sobrehumana, inmovilizándolo contra la tierra apisonada.
Era hermosa. Piel tan pálida como la leche misma, labios carmesí, un olor a rosas que embriagaba, y unos ojos color miel dorada que brillaban en la penumbra de las caballerizas.
—Mi pequeño mozo —susurró ella, inclinándose sobre él—, serás mi nuevo Draken de ahora en adelante.
Kael respiraba agitado mientras ella le tendía la mano para ayudarlo a ponerse en pie. La vio morder su propia muñeca y acercarla a sus labios, mientras con la otra mano lo empujaba contra la puerta del establo. Sintió la sangre caliente en su boca, y la voz de ella en su oído:
—Bebe, querido Draken. Bebe para que seas mío al fin.
No entendió. Hasta que ella hundió los dientes en su cuello.
El dolor fue ardiente, blanco, como un hierro al rojo vivo. Pero después vino algo más. Un placer oscuro. Comenzó a succionar de ella con la misma desesperación con que ella lo hacía con él, hasta que ella separó su muñeca de sus labios, lamió el rastro de sangre que corría por su cuello y lo besó. Un beso de sangre: de ella, de él, de ambos. Sin darse cuenta, Kael le había vendido su alma a una vampiresa.
Durante años, esas fueron sus interacciones: noches en el establo, con los caballos siendo testigos de su pasión, de sus intercambios de sangre. Hasta que un día los encontraron.
Pese a lo que las leyendas dicen, las estacas de madera no matan a los vampiros: los hieren, los lastiman, incluso retrasan esa curación acelerada que la sangre humana les da. Y cualquier líquido vital puede ser alimento. La señorita adoraba la leche de las mujeres que lactaban; decía que era deliciosa cuando la mezclaba con sangre. Kael supo que aquel semental la obedecía porque ella bebía de él.
Ella le enseñó a beber de animales, pero siempre de los más fuertes. De mujeres y hombres, pero siempre sanos. El sabor de su sangre era embriagador, y el de las vírgenes equivalía a un vino, al alcohol más delicioso. Fueron su perdición. Y la de ambos.
Las doncellas nuevas que llegaban ese verano tenían entre trece y diecisiete años. Vírgenes. Podía olerlo en todas ellas. Ninguna había sido tocada por un hombre. Kael se enamoró de una de ellas: sus ojos caramelo eran oscuros, su cabello negro como el ébano, y su piel blanca como la leche. La señora lo supo, y los cazadores de vampiros también, porque esa mujer, Annie, era una de ellos.
Los atraparon una noche en la caballeriza, alimentándose de Tormenta, la yegua que Kael tanto había cepillado, mientras tenían sexo. Con una estaca de madera los empalaron juntos. Le cortaron la cabeza a quien le había dado la vida, y Kael creyó morir en ese momento. Los enterraron juntos, espalda contra espalda, ella decapitada. Según las leyendas de los cazadores, eso era suficiente para matar a un sire y a su siervo.
Pero, por alguna razón, Kael no murió. El cuerpo putrefacto de ella sobre el suyo, mientras el suyo apenas se había envejecido un par de años. Sobrevivió.
Las voces se escuchaban sobre la tumba mal elaborada. La tierra comenzó a desmoronarse. Kael abrió los ojos y su boca se llenó de tierra húmeda, gusanos y otras alimañas que se alimentaban del cadáver putrefacto que yacía sobre él. Las criaturas se movieron con mayor rapidez, como si intuyeran que aquel cuerpo aún no estaba muerto.
Entonces, la luz de un día nublado le dio de lleno en el rostro.
La estaca fue arrancada de su pecho con un tirón seco. El cuerpo podrido de la mujer fue apartado a un lado, y una mano enguantada tiró de sus brazos entumecidos, arrastrándolo fuera de la fosa.
—Kael Draken... Elena tenía razón. Eres precioso —dijo el hombre, mostrando una sonrisa de colmillos afilados, piel pálida y ojos negros como el poso del café.
Kael parpadeó, cegado por la luz gris del cielo inglés. Su garganta ardía. Su piel, aún cubierta de barro y restos de su antigua amante, temblaba por el frío o por el hambre. No lo sabía.
El hombre se inclinó sobre él y le ofreció su muñeca.
—Ven con tu amo —susurró, y su voz era un susurro de siglos.
Kael no entendía. Su mente era un torbellino de imágenes rotas: el establo, los caballos, los dientes de la señorita, la estaca, la oscuridad. Pero el olor a sangre fresca, a sangre viva, lo golpeó como un puñetazo.
Y supo que no podía negarse.
Elena era la creación de su maestro, de su amo, de su sire. El señor Edmund Vane fue quien creó a la señorita Elena. Se suponía que, si tu creador moría, no había forma de sobrevivir; toda la cadena de sangre se diluía al morir el amo. Pero ahora, con esa probada de sangre que le había ofrecido en la tumba, Kael acababa de entregarle su alma a otro ser.
Edmund Vane lo educó como su nuevo heredero. Solo que sus gustos no eran compartidos.
Las noches de fiesta en su mansión no tenían, en su mayoría, mujeres. Edmund prefería a los hombres jóvenes, de piel tersa y cuellos largos, a los que cazaba con una elegancia casi ritual. Pero disfrutaba observando a Kael mientras poseía a sus presas.
—Eres un espectáculo, pequeño Draken —le susurraba al oído, con su aliento frío y su sonrisa de siglos—. La forma en que los miras, en que los hueles, en que los tomas. Elena te creó para ella, pero yo te perfeccionaré para mí.
Kael aprendió pronto que Edmund Vane no era un maestro cualquiera. Era un coleccionista de almas, un artífice de monstruos. Y él, Kael Draken, era su obra más preciada.
Edmund le enseñó a cazar en los salones de la alta sociedad, donde las miradas se disimulaban tras abanicos de seda y sonrisas de compromiso. Le enseñó a elegir a sus presas no por hambre, sino por placer. Le enseñó que la eternidad no era una maldición, sino un teatro donde él era el protagonista.
Pero Kael nunca olvidó sus orígenes.
Las noches de fiesta, mientras Edmund se llevaba a algún joven apuesto a sus aposentos, Kael se retiraba a los establos. Allí, entre caballos que olían a vida y a tierra, recordaba quién había sido. Un mozo de cuadra que limpiaba estiércol y soñaba con escapar.
—¿Extrañas a los caballos, pequeño? —le preguntó Edmund una noche, apareciendo detrás de él como una sombra.
Kael se giró, sorprendido. Edmund sonreía, con los labios aún manchados de sangre.
—No —mintió.
Edmund rió, un sonido frío como el cristal al romperse.
—Mientes mal. Pero no importa. Algún día entenderás que los caballos son solo animales. Y nosotros... nosotros somos dioses.
Kael no respondió. Pero esa noche, mientras cepillaba a un semental negro que le recordaba a Drakken, supo que Edmund Vane estaba equivocado.
Los caballos nunca lo habían traicionado. Los hombres, sí.








