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Bloomdead

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Summary

Bloomdead Nadie supo cómo empezó. En menos de cuarenta y ocho horas, Austin, Texas, dejó de ser una ciudad llena de vida para convertirse en un lugar dominado por el caos, el miedo y los muertos. Las calles quedaron en silencio, el gobierno desapareció y la única regla que sobrevivió fue una: seguir con vida. Fania jamás imaginó que tendría que luchar por cada amanecer. En medio del colapso conoce a Arian, un joven tan misterioso como decidido a sobrevivir. Junto a Emily y otros desconocidos, emprenderán un viaje por un país que ya no existe, enfrentándose no solo a enormes hordas de caminantes, sino también a personas capaces de cometer las peores atrocidades con tal de seguir respirando. Porque cuando el mundo se acaba, los monstruos ya no siempre son los muertos.

Genre
Scifi
Author
Deerbloom
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

l

Capítulo I: El dia que el mundo dejo de respirar.

El sol apenas comenzaba a iluminar las calles de Austin, Texas, cuando Fania apagó la alarma de su teléfono con un suspiro cansado. Tenía veintidós años y llevaba casi un año trabajando como mesera en una pequeña cafetería situada cerca del centro de la ciudad. Su vida nunca había sido extraordinaria, compartía un pequeño departamento con su mejor amiga, Emily, pagaba las cuentas con dificultad y soñaba con ahorrar lo suficiente para regresar a la universidad. Aquella mañana parecía igual que cualquier otra. Afuera se escuchaban automóviles, perros ladrando y el ruido lejano de un tren atravesando la ciudad. Mientras preparaba café, la televisión del apartamento transmitía un noticiero donde hablaban sobre varios ataques violentos registrados durante la madrugada en hospitales de Atlanta. Los conductores trataban de mantener la calma asegurando que las autoridades ya investigaban la situación, aunque detrás de sus sonrisas nerviosas era evidente que ni ellos entendían lo que estaba ocurriendo. Emily tomó una tostada y dijo entre risas

"Seguro es otra droga rara. Siempre pasa algo."

Fania simplemente encogió los hombros antes de responder

"Ojalá tengas razón."

Durante el trayecto al trabajo notó que algo no encajaba. Había demasiadas patrullas recorriendo las avenidas y varios helicópteros militares cruzaban el cielo en dirección al este.

La gente caminaba con la vista fija en sus teléfonos mientras comentaban los videos que comenzaban a inundar las redes sociales. En ellos aparecían personas ensangrentadas atacando a cualquiera que estuviera cerca, soportando disparos o golpes sin detenerse. Algunos aseguraban que eran grabaciones falsas hechas con inteligencia artificial, otros afirmaban que se trataba de una epidemia extremadamente agresiva, pero nadie tenía respuestas. Al llegar a la cafetería, el ambiente era mucho más silencioso de lo habitual. Los clientes hablaban en voz baja mientras el televisor permanecía encendido mostrando imágenes de carreteras bloqueadas y hospitales completamente aislados.

Poco antes del mediodía sonó una alerta de emergencia en todos los teléfonos celulares al mismo tiempo. Una voz automática pedía permanecer en casa, evitar reuniones y reportar cualquier comportamiento violento a las autoridades. Apenas terminó el mensaje, se escuchó un estruendo proveniente de la avenida principal. Todos corrieron hacia las ventanas. Un autobús escolar acababa de impactar contra varios vehículos y el humo comenzaba a cubrir la calle. Decenas de personas salieron del interior intentando ayudar, pero la escena cambió en cuestión de segundos. Un hombre cubierto de sangre cayó desde la puerta del autobús sobre una mujer que intentaba auxiliar a un niño. En lugar de pedir ayuda, le arrancó un pedazo del cuello con los dientes. Los gritos hicieron que la calle completa entrara en pánico. Personas corrían en todas direcciones mientras otras aparecían caminando lentamente entre los automóviles, con la ropa desgarrada, heridas imposibles y una mirada completamente vacía.

La policía llegó casi de inmediato. Los oficiales comenzaron a disparar intentando detener a los agresores, pero las balas que impactaban en el pecho parecían no causar ningún efecto. Uno de aquellos seres recibió cinco disparos y continuó avanzando hasta abalanzarse sobre un oficial, derribándolo frente a todos. Solo cuando otro policía le disparó directamente en la cabeza el cuerpo dejó de moverse. Fania sintió que el estómago se le revolvía mientras observaba cómo el resto de aquellas criaturas seguía acercándose. No eran personas normales. No gritaban de dolor ni reaccionaban al miedo. Simplemente caminaban buscando a cualquier ser vivo.

La cafetería se convirtió en un caos. Los clientes empujaban mesas y sillas intentando escapar por la puerta trasera. Emily tomó a Fania del brazo y gritó

"¡Tenemos que irnos ya!"

Sin perder tiempo, ambas salieron por el callejón trasero mientras detrás de ellas se escuchaban cristales rompiéndose y alaridos desesperados. Apenas habían avanzado unos metros cuando encontraron a un anciano apoyado contra una pared. Parecía herido y levantó una mano pidiendo ayuda. Emily dio un paso para acercarse, pero Fania la sujetó del brazo justo a tiempo. El hombre levantó lentamente la cabeza mostrando el rostro completamente destrozado, con parte de la mandíbula colgando y los ojos blancos como el vidrio. Un gruñido profundo salió de su garganta antes de lanzarse hacia ellas con una velocidad aterradora.

Las dos comenzaron a correr sin mirar atrás. Atravesaron estacionamientos, jardines y calles secundarias mientras los disparos se mezclaban con sirenas y explosiones. En pocos minutos la ciudad que conocían había dejado de existir. Automóviles abandonados bloqueaban las avenidas, edificios comenzaban a incendiarse y cientos de personas escapaban sin saber adónde ir. Algunas cargaban a sus hijos; otras lloraban buscando familiares entre la multitud. Un helicóptero militar pasó tan bajo que hizo temblar las ventanas de los edificios y, segundos después, desapareció detrás de una columna de humo negro que se elevaba desde el centro de Austin

Fania respiraba con dificultad cuando ambas lograron esconderse dentro de una pequeña tienda de artículos deportivos. Cerraron la cortina metálica y permanecieron completamente inmóviles. Afuera solo se escuchaban golpes, gemidos y los gritos de personas que aún seguían vivas. Emily rompió el silencio con la voz temblorosa.

"¿Qué demonios está pasando?"

Fania miró hacia la oscuridad del local, sujetó con fuerza un bate de béisbol que había encontrado junto a la entrada y respondió casi en un susurro.

"No lo sé, pero creo que el mundo acaba de terminar."

Fania permaneció inmóvil durante varios segundos con el bate apretado entre las manos mientras Emily intentaba recuperar el aliento apoyándose contra una estantería llena de mochilas para excursionismo. El silencio dentro de la tienda era engañoso, afuera continuaban escuchándose disparos aislados, alarmas de automóviles y aquellos extraños gemidos que parecían multiplicarse con cada minuto que pasaba. La electricidad comenzó a parpadear hasta que finalmente las luces se apagaron por completo. Solo quedaba la claridad que se filtraba por las rendijas de la cortina metálica. Emily respiró hondo y murmuró con la voz quebrada.

"Esto no puede estar pasando, hace una hora todo era normal.”

Fania no respondió de inmediato. Se acercó con cuidado a una de las rendijas y observó la calle. Un hombre corría desesperado sujetando de la mano a una niña de unos siete años. Detrás de ellos avanzaban al menos seis infectados. El hombre logró empujar a la pequeña dentro de una camioneta estacionada, pero antes de poder subir él mismo uno de aquellos seres lo derribó. La niña golpeaba el cristal llorando mientras veía cómo su padre desaparecía bajo varios cuerpos. Fania apartó la mirada sintiendo un nudo en la garganta. No podía hacer nada. Si abría la cortina, morirían las dos.

Después de varios minutos, Emily comenzó a revisar los estantes casi por instinto. Encontró botellas de agua, linternas, barras energéticas y un pequeño botiquín de primeros auxilios.

“Si vamos a salir de aquí, necesitaremos todo esto", dijo intentando controlar el temblor de sus manos. Fania asintió y tomó una mochila resistente donde guardó lo que pudieron encontrar sin hacer demasiado ruido. También encontró un cuchillo de caza dentro de una vitrina que había quedado abierta durante el caos. Lo sostuvo unos segundos antes de guardarlo en su cinturón. Nunca había llevado un arma en la vida, pero algo dentro de ella le decía que las reglas del mundo acababan de cambiar.

El teléfono de Emily vibró de repente. Las dos se sobresaltaron. En la pantalla aparecía el nombre de su hermano mayor, Chris. Emily contestó inmediatamente.

"¡Chris! ¿Dónde estás?" Durante unos segundos solo se escuchó estática. Después una voz entrecortada respondió.

"Estoy... atrapado... estación de policía... no vengan... hay demasiados..."

La llamada terminó abruptamente con un fuerte ruido metálico. Emily volvió a marcar una y otra vez, pero el teléfono ya no tenía señal. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras repetía una y otra vez.

"Está vivo... tiene que seguir vivo." Fania la abrazó unos segundos, aunque sabía que las probabilidades eran cada vez menores.

De pronto un golpe seco retumbó contra la cortina metálica. Luego otro. Y otro más. Ambas contuvieron la respiración. Desde afuera comenzaron a escucharse varios gruñidos. Algo había detectado su presencia. La cortina vibraba con cada impacto, haciendo caer pequeños tornillos al suelo. Emily apagó la linterna y las dos permanecieron completamente inmóviles. Los golpes aumentaban de intensidad. Entre las rendijas comenzaron a aparecer dedos ensangrentados intentando abrirse paso hacia el interior. El metal chirriaba peligrosamente.

"No va a resistir mucho", susurró Fania mientras buscaba otra salida con la mirada.

En la parte trasera de la tienda descubrieron una puerta que conducía al almacén. Corrieron agachadas procurando no hacer ruido. Detrás encontraron una salida de emergencia que daba a un callejón estrecho. Antes de abrir, Fania escuchó con atención. No había gemidos. Solo el sonido del viento moviendo algunas cajas de cartón. Empujó lentamente la puerta y ambas salieron. El callejón estaba desierto. Respiraron aliviadas por primera vez en casi una hora. Sin embargo, al llegar a la esquina comprendieron que la ciudad ya era irreconocible. Vehículos abandonados bloqueaban la avenida principal, varias columnas de humo se elevaban desde distintos edificios y decenas de personas corrían sin rumbo mientras otras eran perseguidas por los infectados. Un camión de bomberos ardía en llamas y un helicóptero militar sobrevoló la zona antes de alejarse hacia el sur.

Mientras observaban el desastre, escucharon el rugido de un motor acercándose a toda velocidad. Una vieja camioneta pickup negra dobló la esquina derrapando entre los autos destrozados. El conductor tocó el claxon varias veces para apartar a los infectados que bloqueaban el camino. Un par de ellos fueron arrollados, pero muchos más comenzaron a rodear el vehículo. La camioneta frenó bruscamente a pocos metros de donde estaban escondidas. La puerta del conductor se abrió de golpe y un joven de cabello castaño descendió empuñando una barra de hierro. Con movimientos rápidos golpeó la cabeza de uno de los infectados y luego de otro. No parecía disfrutar la violencia; simplemente hacía lo necesario para mantenerse con vida.

"¡Si piensan quedarse ahí, van a morir!", les gritó mientras retrocedía hacia la camioneta. "¡Suban de una vez!"

Fania dudó durante un segundo. No conocía a ese hombre. Podía ser tan peligroso como las criaturas que caminaban por las calles. Emily la miró desesperada. Detrás de ellas comenzaron a escucharse nuevos gruñidos provenientes del callejón. Cuando Fania giró la cabeza vio a tres infectados acercándose lentamente, atraídos por el ruido. No había tiempo para pensar. Sujetó con fuerza la mano de Emily y ambas corrieron hacia la pickup mientras el desconocido mantenía alejados a los caminantes con la barra de hierro. Apenas cerraron las puertas, el joven aceleró con fuerza, apartando varios cuerpos que chocaban contra el cofre. Ninguno habló durante los primeros minutos. Solo se escuchaba el motor, los golpes de los infectados contra la carrocería y la respiración agitada de los tres.

Finalmente el conductor rompió el silencio sin apartar la vista de la carretera destruida.

"Mi nombre es Arian. Y si quieren seguir vivas, será mejor que olviden todo lo que conocían hasta esta mañana."

Durante varios minutos nadie volvió a decir una sola palabra. La pickup avanzaba a toda velocidad entre vehículos abandonados, semáforos destrozados y personas corriendo desesperadas. Arian sujetaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, mientras movía constantemente la mirada entre la carretera y los espejos retrovisores. Parecía conocer perfectamente las calles secundarias de Austin, evitando las avenidas principales donde el caos era absoluto. Fania permanecía observándolo de reojo. No tendría más de veinticuatro años, llevaba una sudadera gris manchada de grasa, jeans oscuros y unas botas de trabajo cubiertas de polvo. Sobre el asiento del copiloto descansaba una mochila militar bastante gastada y una radio portátil que emitía únicamente interferencias. No parecía un policía ni un militar simplemente era alguien que había reaccionado mucho más rápido que la mayoría. Emily fue la primera en romper el silencio.

"¿Cómo sabes todo esto? ¿Qué son esas cosas?" Arian soltó un suspiro sin apartar la vista del camino.

"No lo sé con certeza. Solo sé que desde esta madrugada todo empezó a irse al infierno. Trabajo en un taller mecánico al norte de la ciudad. Un cliente llegó completamente cubierto de sangre. Pensamos que estaba herido, hasta que mordió a uno de mis compañeros. Quince minutos después mi compañero hizo exactamente lo mismo con otro. Ahí entendí que no era una pelea ni una droga."

La camioneta giró bruscamente para evitar un choque múltiple que bloqueaba la calle. Varias personas golpeaban las ventanas de los automóviles atrapados pidiendo ayuda, pero detrás de ellas aparecían más infectados caminando lentamente. Fania sintió un vacío en el estómago cuando vio a una mujer intentando sacar a un bebé de un asiento infantil mientras un hombre ensangrentado se acercaba tambaleándose. Cerró los ojos por un instante incapaz de seguir mirando.

"No podemos ayudar a todos", dijo Arian con un tono mucho más serio de lo que cualquiera de ellos esperaba. "Si nos detenemos por una persona, terminaremos muertos con ella." Emily bajó la mirada sin responder. Sabía que tenía razón, aunque aceptarlo resultaba insoportable.

De pronto la radio portátil comenzó a emitir una voz entre la estática.

"...Atención... si alguien escucha esta transmisión... diríjanse al Centro Cívico del Condado de Austin... personal de la Guardia Nacional está estableciendo una zona segura... repito..." La comunicación volvió a llenarse de interferencias antes de desaparecer por completo. Emily levantó la cabeza inmediatamente.

"¡Tenemos que ir allí!" exclamó con un poco de esperanza por primera vez desde que todo había comenzado. Arian no respondió enseguida. Permaneció unos segundos pensativo antes de negar lentamente con la cabeza.

"No me gusta." Fania frunció el ceño.

"¿Por qué?" Él disminuyó un poco la velocidad mientras señalaba el cielo. Dos helicópteros militares volaban en dirección opuesta al supuesto refugio.

"Si realmente fuera un lugar seguro, los militares estarían entrando, no saliendo."

Antes de que alguien pudiera contestar, una enorme explosión sacudió la ciudad. Una columna de humo negro comenzó a elevarse a varios kilómetros de distancia. La onda expansiva hizo vibrar los cristales de la pickup. Instantes después empezaron a sonar decenas de alarmas de automóviles al mismo tiempo, creando un ruido ensordecedor que se extendía por varias calles. Arian golpeó el volante con frustración.

"Genial, ahora todos esos malditos caminantes van a dirigirse hacia el ruido." Apenas terminó de hablar, comenzaron a aparecer infectados saliendo de edificios, callejones y estacionamientos. Eran decenas. Después cientos. Como un río de cuerpos avanzando lentamente hacia el lugar de la explosión.

La pickup continuó avanzando hasta que un enorme tráiler atravesado bloqueó completamente la carretera. Arian frenó de golpe. Delante de ellos había una fila interminable de vehículos abandonados. Detrás, los infectados comenzaban a acercarse atraídos por el sonido del motor. Emily tragó saliva.

"¿Y ahora qué hacemos?" Arian apagó el vehículo inmediatamente. El silencio fue casi tan aterrador como el ruido anterior.

"Nos movemos a pie." Abrió la mochila militar y comenzó a repartir el poco equipo que llevaba consigo. Le entregó a Fania una linterna pequeña y un martillo de carpintero. A Emily le dio otra mochila con varias botellas de agua y un botiquín. Después tomó un mapa de Austin completamente doblado y lo guardó dentro de su chaqueta.

"Escúchenme bien. A partir de este momento caminaremos por calles secundarias. No corran si no es necesario. No griten. Y pase lo que pase.” hizo una pausa mientras observaba los primeros cuerpos acercándose entre los automóviles "si alguno de nosotros cae, los otros dos seguirán avanzando. ¿Entendido?"

Emily abrió la boca para protestar, pero Fania respondió antes que ella.

"No." Arian la miró confundido.

"No voy a abandonar a nadie. Ni a Emily... ni a ti si llegara el momento."

Durante unos segundos ambos sostuvieron la mirada. Era la primera vez que Arian veía a Fania hablar con tanta firmeza desde que la había encontrado. Una ligera sonrisa apareció en su rostro antes de responder.

"Entonces procura que ese momento nunca llegue."

Los tres descendieron de la camioneta en completo silencio. El aire olía a gasolina, humo y sangre. A lo lejos seguían escuchándose disparos cada vez más aislados. Mientras avanzaban entre los automóviles abandonados, Fania tuvo la sensación de que alguien los observaba. Giró lentamente la cabeza hacia un edificio de apartamentos que se levantaba al otro lado de la calle. En una ventana del tercer piso distinguió una silueta inmóvil. Era un hombre sosteniendo unos binoculares. Cuando notó que Fania lo había visto, cerró lentamente la cortina.

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