Capítulo 1: Terry
La profesora estaba diciendo algo. Podía ver cómo movía los labios, entonando palabras que no me alcanzaban. Hacía aspavientos y abría mucho los ojos cuando quería dar énfasis a la lección de la que tampoco me estaba enterando.
En lo único que podía pensar era que, justo a mi lado, se hallaba sentado Timothy Deere.
Si teníamos en cuenta las pocas veces en las que ambos pudimos estar cerca sin que él sintiera la necesidad de degollarme, quizá esta fuese la primera de todas en la que no lo había intentado… todavía.
Y todo fue por culpa de lo que pasó el día anterior en la clase de la profesora Roberts, pero de todas formas seguía muy agradecido por la oportunidad. Me atreví a decírselo; ella lo tomó como un chiste y me dejó el resto de la tarde en detención, nadando en una nube perfecta de felicidad de la que ni Emma lanzándome piedras pudo bajarme.
Estaba seguro de que ni siquiera Timothy esperó que termináramos siendo compañeros del proyecto de inglés, el cual consistía en enviarnos cartas hasta las vacaciones de invierno.
Según nos explicó la profesora Roberts, ella había elegido las parejas basándose en el último dígito de su ficha estudiantil, y por una casualidad que solo Satán entendería, Timothy y yo compartíamos el cinco. O sea, de una treintena de alumnos, solo él y yo llevábamos el mismo número. ¿Cómo pudo ser posible que yo recibiera tal bendición? No tenía ni la menor idea, y eso que me pasé toda la noche dándole vueltas al mismo asunto hasta que me quedé dormido.
Sin embargo, no todo fue color de rosa al principio…
—¡No pienso hacerlo! —el grito de Timothy bien pudo haberse escuchado por toda la escuela. Hasta la profesora Roberts se sorprendió de su reacción, sobre todo porque él no era de los alumnos más participativos de todos.
El amargo sabor del rechazo me subió por la garganta y tuve que apretar mi libreta contra el pecho, ocultando la hoja en la que ya estaba preparando un encabezado para la carta que, se suponía, debía escribirle. Traté de que la decepción no se me notara al clavar la mirada sobre la superficie lisa del escritorio que compartía con Emma, imaginando cómo sería si un meteorito cayera sobre todos nosotros.
¡Bum! Una tragedia total, pero mi humillación se hubiese calcinado entre los escombros junto conmigo y el enojo que denotaba Timothy por algo tan banal como un proyecto de inglés.
La profesora Roberts, que era una mujer menuda y muy mayor para seguir ejerciendo la carrera de enseñanza ya que estaba ciega de un ojo —si te sentabas del lado derecho del salón mientras corregía los trabajos, podías dormir sin que te pillara—, se acercó a la mesa que ocupaba Timothy, quien tenía el rostro teñido de un intenso color carmesí y se aferraba con fuerza al borde de su escritorio.
—¿Ocurre algo malo, joven Deere? —le preguntó con una paciencia que comenzaba a menguar.
Timothy asintió con tanta vehemencia que pudo haberse roto el cuello.
—No tengo nada bueno que decir sobre Dawson. Lo siento mucho, profesora, pero me niego a escribirle cartas a él.
Fue un golpe bajo, debía admitirlo, pero no podía permitir que nadie más se diera cuenta de lo mucho que me estaban doliendo sus palabras. Todos me miraban a la espera de una respuesta. La presión sobre nosotros era asfixiante. Saqué valor de la parte más recóndita de mi cabeza y usé mi mejor escudo, ese con el cual había defendido mis sentimientos de la misma persona que los provocaba. Me crucé de brazos, recargué la espalda del respaldo de mi silla y subí ambos pies sobre el escritorio mientras bufaba con indiferencia.
Los claros y penetrantes ojos de Timothy se clavaron sobre mí como pequeñas armas y, por un instante, mi resistencia flaqueó. Su cabello rubio estaba perfectamente peinado de un lado, dejando expuesto su ceño fruncido. Estaba enojado y no pensaba en ocultar que era de esa manera. No me debería sorprender en lo absoluto; se trataba de mi hater número uno. Por esa manera en la que me miraba cualquiera creería que tenía un muñeco vudú con mi foto pegada en la cara.
Y yo debía cumplir mi papel y actuar como tuviese uno suyo.
—¿Y es que acaso crees que yo sí tengo algo bueno que decir sobre ti? —repliqué con tono mordaz. Incluso sonreí como idiota en cuanto el resto de la clase comenzó a vitorearme como si hubiese roto mi propia marca de cincuenta metros en la piscina.
Joder, ¿el meteorito tardaría mucho?
La profesora Roberts empezó a negar con la cabeza una y otra vez, pero no intervino. Solo tomó el rosario que tenía colgado del cuello y lo apretó con fuerza, como si estuviese rogando por la salvación de nuestras almas.
—¿Te crees mucho? —Timothy alzó tanto la voz que el resto del salón guardó silencio, manteniéndose expectantes ante lo que estaba sucediendo frente a sus narices.
—Soy demasiado —alardeé.
—Querrás decir que eres demasiado idiota, ¿no?
—No deberías hacer tanto escándalo por una simple carta, Deere. Puedes aclararles a todos sobre lo mucho que te gusto y terminamos con esto, ¿no te parece?
Y eso fue todo.
Timothy abrió los ojos de par en par y yo borré mi sonrisa en el acto. No parecía sorprendido, sino dolido. Quise aclararle que fue una broma, pero no pude ni abrir la boca de nuevo cuando él tomó sus cosas y salió del salón dando un portazo que nos sobresaltó a todos.
—La cagaste —Emma susurró a mi lado.
Claro que el método de huida de Timothy distó mucho de ser el más adecuado, así como el haberse escondido bajo las gradas de la cancha de fútbol para fumar. Apenas la profesora Roberts lo atrapó, le dio un peor castigo que el sentarse en la sala de detención escuchando al señor Phillips contar por enésima vez por qué su esposa lo dejó: ser mi compañero de escritorio el resto del año escolar hasta graduarnos.
Toda una genio esa mujer.
Ahora tenía que soportarme por los siguientes ocho meses hasta que se liberara de mí. Aunque yo dudaba poder liberarme de él alguna vez.
Lo que sentí al verlo dos años atrás, cuando llegó a la escuela, fue lo que Emma, con su mejor intención, declaró como un enamoramiento gay y hormonal, y eso no cambió con el paso del tiempo ni con todo el desprecio que Timothy supuraba al verme.
Porque no era fácil que la persona por la que detendrías el mismo meteorito que deseabas que te cayera encima, simplemente, no pudiera ni dedicarte una mirada.
Y ahora que lo tenía justo a mi lado, compartiendo el mismo escritorio que yo, existiendo en el mismo espacio y respirando el mismo aire, podía notar que Timothy de verdad me odiaba.
Era algo que resultaba obvio por la manera en que aplastaba el costado de su cuerpo con la pared, tratando de mantener la mayor distancia posible entre los dos. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y se la pasaba mordisqueándose el labio inferior desde que ocupó esa silla; ni siquiera había copiado algo en su libreta de lo que estaba en la pizarra. Yo tampoco podía. Estaba demasiado nervioso como para tomar mi boli y actuar como un ser humano, de esos que usan el cerebro para algo más que no sea atacar al chico de sus sueños.
Y todo por culpa de su perfume, ese toque dulzón que revoloteaba por el aire y entraba en mis narices obligándome a contener suspiros de telenovela.
Su cercanía, solo eso, fue suficiente para poner todo mi mundo patas arriba.
La profesora Hillsong dio una palmada que me sacó de mi trance. De reojo vi que Timothy torció el gesto en una mueca de desaprobación. Soné la garganta, bajé la cabeza y me esforcé por anclarme a la realidad y comenzar a copiar todo con prisa.
—Eres demasiado obvio, lo sabes, ¿no es así? —su voz me tomó por sorpresa.
Con cierto disimulo, aparté el cuaderno, enderecé la espalda y, tras unos segundos de duda, me giré a verlo. Timothy mantenía los ojos fijos en la pared de adelante, no en mí, y aun así era capaz de deducir que me estaba juzgando.
—¿De qué hablas? —quise saber.
—De que es demasiado obvio que odias esto tanto como yo, tonto.
Dibujé una sonrisa ladina de puro alivio. Por un momento creí que mi enamoramiento gay y hormonal ya era imposible de ocultarse.
—No puedes estar hablando en serio.
Timothy se removió en su asiento, arrimándose más a la pared de ser posible. Casi me parece que buscaba fundirse con ella.
—Lo digo muy en serio —siseó—. No soporto tenerte cerca y por tu estúpida culpa debo tolerarlo. Este último año será un infierno.
—¿Por qué me culpas? Yo no hice nada, fuiste tú el que comenzó con todo su show sobre no querer escribirme.
—Sí, está bien, échame la culpa ahora, cobarde.
—Lo sabes mejor que yo, Deere. Yo me hubiese quedado con la boca cerrada si tú lo hubieras hecho.
Timothy se giró a mirarme.
—Lo que sé es que toda esta idea de compañerismo no va a funcionar para nada. Solo nos están haciendo perder el tiempo; deberíamos ir y hablar con el director a ver cómo lo solucionamos. Nada de esto tiene sentido.
—Yo no estaría tan seguro de eso si fuera tú, Timmy —lo contradije, ladeando un poco la cabeza como si le hablara a un niño—. Tal vez podamos ser amigos. Ya sabes que compartiremos el mismo escritorio por mucho tiempo, lo mejor es empezar a llevarnos bien desde ya para hacer más llevadero el proceso, ¿no crees?
—¿Y cuándo empezarán a usar sus libretas y bolígrafos para anotar lo que estoy diciendo, jóvenes Deere y Dawson?
Ambos dimos un respingo al oír el regaño de la profesora Hillsong y nos acomodamos en nuestras sillas, evitando mirarnos.
El resto de la clase nos observaba en silencio con la misma curiosidad que el día anterior. El silencio era insoportable. Tuve que contenerme para no decir alguna tontería que, en lugar de salvarme el pellejo, solo empeore mi situación y la de Timothy. Bien decía mi mamá que el que tenga rabo de paja no debería acercarse al fuego, y yo tenía el culo quemado de tantos incendios que solía ocasionar en mi vida personal.
—¿Y bien? —la profesora insistió ante nuestro mutismo—. ¿Quieren prestar atención a lo que digo o prefieren contarnos sus secretos?
—Lo sentimos, profesora Hillsong —Timothy y yo respondemos al mismo tiempo.
Ella suspiró y se acercó a nosotros, dejando el libro de historia contemporánea sobre mi lado del escritorio. La imagen de Napoleón me devolvió la mirada, advirtiéndome en silencio que de nuevo estaba en problemas.
—Por lo visto, se están tomando muy en serio su castigo —la profesora comentó con aire condescendiente. Yo le dediqué una mirada cargada de pánico y negé lentamente, una súplica silenciosa que ella decidió ignorar—. Bien, entonces yo los ayudaré a reforzar su tregua y los colocaré juntos en cada proyecto de este último año. Lo que hicieron ayer en la clase de la profesora Roberts fue inaceptable y estoy muy decepcionada de ustedes; sé que con esto lograremos un orden muy necesario para la paz mental de todos sus profesores.
—Pero, profesora…
—¿Quiere agregar algo más, Deere? ¿Está seguro?
Y por la mirada que ella le lanzó, hasta yo decidí guardar silencio haciendo el gesto de cerrarme los labios con una cremallera invisible.
Timothy me miró y luego se encogió de hombros en muestra de derrota.
—No —dijo—, nada.
(***)
—¿Por qué no pruebas a dejar de ser tan imbécil?
Ante la recomendación de Emma, no me quedó de otra que poner los ojos en blanco. Ella solo se rio de mi reacción y siguió removiendo las espinacas pálidas de su almuerzo vegetariano sin dejar de mirarme.
Mi mejor amiga decía tener un don: percibir las emociones de las personas con solo observarlas durante un par de segundos. Ella juraba que era algún tipo de poder sobrenatural heredado por la sangre escocesa de su tataratatarabuela.
Yo podía jurar que solo estaba loca.
Al sonar la campana, Emma no dudó sacarme a rastras del salón, llevarme hasta las gradas y comprarme una pechuga de pollo en mal estado para que le contara con lujos y detalles de qué estábamos hablando antes del regaño.
Y como ella era la única persona con la que podía hablar de Timothy sin tener que medir mis palabras, todo lo que le pude decir fueron esos datos básicos que siempre ansié saber y que ahora podía comprobar más de cerca:
Timothy olía a fresas y ese toque amargo de la nicotina.
Timothy se pintaba las uñas de colores muy suaves.
Timothy tenía la nariz cubierta de pequeñas pecas que se esparcían a su antojo y que se podían apreciar más cuando estaba sonrojado.
Timothy tenía un lunar en la muñeca y otro en el pulgar.
Timothy era perfecto, al fin y al cabo.
Sin embargo, lo que más había notado era aquello que no podía dejar pasar por alto y que me quitaba el apetito cada vez que lo pensaba.
—Timothy me odia —incluso decirlo me costaba. Enfrente de mí, Emma curvó los labios hacia abajo y me frotó la espalda con mimo—. ¿Cómo demonios voy a sobrevivir todo este último año sabiendo que la persona que más quiero tiene muchas probabilidades de cometer un homicidio con tal de no tenerme cerca?
—Eres la confirmación de que los Leo son demasiado exagerados.
—¡Estoy en crisis! —sollocé.
Emma contuvo una risa y soltó un largo suspiro forzado. La expresión en su rostro me dejó en claro que debía tener miedo.
Por favor, conocía a esta chica desde el jardín de infancia. La apoyé en su plan de comer creyones porque me aseguró que cagaríamos arcoíris, incluso coincidimos en el hospital mientras nos hacían un lavado estomacal. Por supuesto que me sabía cada uno de sus gestos y el significado de los mismos.
Así que esa sonrisita de demonio no podía traer nada bueno.
—¿Ahora en qué estás pensando? —le pregunté ya sin poder contenerme.
Emma alzó varias veces las cejas y se echó hacia atrás su larga cabellera oscura, moviendo alguno de todos los collares con cuentas brillantes que tenía colgados del cuello. Fingí que no me había dado cuenta de que casi se ahorcaba con esa mierda.
—Creo que has olvidado algo muy importante, mi pequeño e inútil Terence Dawson —susurró con un tonito irritante de sabelotodo.
Este momento era el ideal para interrumpirla y seguir revolcándome en mi dolor, pero de algo tenía que morir, así que no lo hice.
—¿Qué cosa?
Mi mejor amiga se acercó más a mí y yo hice lo mismo, quedando ambos a un palmo de distancia. Si alguien nos veía de lejos podría pensar que estábamos haciendo otra cosa. No sería la primera vez que se inventaran rumores de una relación entre nosotros, pero yo era demasiado gay para su gusto y a ella le gustaban las mujeres.
La pareja perfecta de retrasados sí podíamos ser.
Emma alzó el dedo frente a los dos y yo tragué saliva con dificultad.
—Tanto Timothy como tú todavía tienen una tarea pendiente —musitó.
—¿Cuál?
—¿Eres tonto? —me apartó de un golpe en la nuca—. La carta. Todavía deben enviarse cartas. Puedes demostrarle que a veces no eres tan tarado e intentar conquistarlo de esa manera. ¡Es tu oportunidad, hombre!
El asombro me dejó sin aliento.
Había olvidado el proyecto de inglés, ese que nos ató en primer lugar. Emma tenía razón: podía tratar de enamorarlo mediante palabras, así como en la época de mis padres.
Recogí mi mochila tan rápido que se me cayó la pechuga de pollo. Me apresuré en recogerla y dársela a Emma, quien la miró con asco.
—Llévaselo a Nelson, por favor —le pedí, refiriéndome al perro de la escuela—. Nos vemos en la siguiente clase.
Emma se puso de pie y me vio bajar las escaleras mientras hacía malabares para no caerme.
—¿A dónde vas, desgraciado? —logré escuchar su pregunta al llegar al césped de la cancha.
Me giré y alcé ambas manos hacia arriba, caminando de espaldas y sonriendo como un psicópata.
—¡Voy a conquistar a mi estúpido chico ideal! —le respondí, y luego me di la vuelta para comenzar a correr con rumbo al interior de la escuela.








