Alquimia Del Caos by Fernanda at Inkitt
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Alquimia del Caos

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Summary

Sam solo quería huir de su mente. Dean, en cambio, parecía hecho para romperla. Encerrados en un lugar donde nada es lo que parece, ambos descubrirán que sanar puede ser tan peligroso como amar.

Genre
Lgbtq
Author
Fernanda
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El golpe contra la pared le arrancó el aire de los pulmones.

El chico resbaló por el ladrillo húmedo del callejón hasta quedar de rodillas sobre el asfalto sucio. Sentía un latido agudo en la sien y el sabor metálico de la sangre en la boca. La luz amarillenta de un poste roto apenas alcanzaba a iluminar el lugar, y aun así bastaba para ver las sombras de tres figuras cerrándole el paso.

—Mírate, Sam —escupió uno de ellos, con una risa áspera—. Siempre igual. Siempre con esa cara de perro apaleado.

—¿De verdad pensabas que ibas a salirte con la tuya? —dijo otro, cruzándose de brazos—. No sirves para nada.

El tercero avanzó un paso, alto, ancho de hombros, con esa seguridad cruel.

—No eres nadie —murmuró, inclinándose un poco para que el chico lo oyera bien—. Y nunca vas a serlo. Lo único que deberías hacer es desaparecer.

El callejón olía a basura mojada, humedad vieja y óxido. Un gato escarbó cerca de unos contenedores volcados y salió corriendo al escuchar la voz del más alto. Desde la calle principal llegaban, amortiguados, el ruido de un motor lejano y el murmullo de la ciudad, como si el mundo siguiera intacto a pocos metros de allí, indiferente a lo que ocurría en la penumbra.

Sam alzó la cabeza con dificultad. Tenía el labio partido, un pómulo hinchado y la manga de la camisa rasgada. Ya venía herido antes de entrar en aquel callejón; los golpes anteriores le pesaban en todo el cuerpo, como si cada costilla le hubiera sido llenada de piedras. Aun así, lo que escuchó lo encendió por dentro.

No era la primera vez que lo humillaban. No era la primera vez que lo empujaban, lo golpeaban o se burlaban de él. Pero aquella frase, dicha con tanta facilidad, le provocó un chispazo de rabia tan intenso que por un momento le borró el dolor.

—¿Por qué? —gruñó, con la voz rota por la sangre y el enojo—. ¿Por qué son así conmigo?

Los tres se miraron entre sí y soltaron una carcajada breve, cruel.

—¿Escucharon eso? —dijo uno, sonriendo de lado—. Hasta pregunta.

—Porque podemos —respondió otro, encogiéndose de hombros—. Porque tú no haces nada.

Sam apretó los puños. Le temblaban los dedos, no sabía si por el cansancio o por la furia. Respiró hondo, una vez, dos veces, pero el aire le entró como una cuchillada. Algo dentro de él se quebró.

Con un impulso desesperado, se lanzó hacia el que tenía más cerca.

Lo golpeó en el rostro con todo lo que le quedaba de fuerza. El impacto sonó seco. El acosador retrocedió, sorprendido, y el chico aprovechó para seguir golpeándolo, torpe, furioso, sin técnica y sin control. No pensó. No midió nada. Solo descargó sobre él semanas, meses, años enteros de rabia acumulada.

—¡Basta! —gritó, y su voz rebotó en las paredes estrechas del callejón—. ¡Basta ya!

Pero no alcanzó a darle otro golpe.

Sintió de pronto un tirón brutal en la camisa. Una mano lo agarró por la espalda con una fuerza descomunal y lo arrancó de encima de su agresor como si no pesara nada. El movimiento fue tan violento que perdió el equilibrio al instante. Cayó de espaldas contra el suelo, golpeándose la nuca y el hombro.

Todo se volvió confuso.

Quiso incorporarse, pero una sombra se movió sobre él demasiado rápido. Apenas alcanzó a distinguir una silueta frente a su rostro y, luego, la suela de un zapato bajando con precisión terrible.

El impacto le explotó en la cara.

El mundo giró.

Sintió calor en la nariz, un zumbido en los oídos y una oscuridad espesa, pesada, que le fue cerrando los ojos. Quiso resistirse, quiso levantar un brazo, quiso seguir peleando, pero su cuerpo ya no respondió. La rabia se quedó suspendida en algún lugar entre el último aliento y el suelo frío.

Después, nada.

Solo el eco lejano de unas risas, el goteo de una tubería rota y el callejón tragándose por completo al chico, inmóvil, inconsciente sobre el pavimento.


***


Pasaron unos días antes de que Sam pudiera abrir los ojos sin sentir que el cuerpo entero le pesaba como una piedra mojada.

La habitación del hospital era blanca. Las paredes, la sábana, el brillo frío de la lámpara del techo, todo parecía hecho para recordar que allí no había calor ni refugio. El aire olía a desinfectante, a medicamentos y a ese silencio extraño que solo existe en los hospitales, un silencio roto por el zumbido lejano de las máquinas y los pasos medidos de las enfermeras en el pasillo.

Sam permanecía recostado con cuidado, la cabeza vendada, el rostro aún hinchado, un moretón oscuro extendiéndose desde el pómulo hasta la mandíbula. Tenía los labios partidos y una marca violácea en el cuello. Cada vez que respiraba profundo, una punzada seca le recorría el costado. Aun así, lo que más le dolía no era el cuerpo.

Era la vergüenza.

Era el recuerdo de las risas.

Era aquella sensación pegajosa, insoportable, de haber perdido incluso antes de intentar defenderse.

La puerta se abrió con suavidad.

Su madre entró primero, con el rostro cansado y los ojos enrojecidos. Llevaba el bolso apretado contra el pecho como si no supiera qué hacer con las manos. Detrás de ella apareció su padre, serio, con el ceño marcado y la mandíbula rígida. Su presencia llenó la habitación de una tensión inmediata.

—Sam… —dijo su madre, acercándose a la cama—. Por fin despertaste.

Ella intentó sonreír, pero la sonrisa no le duró nada. Se inclinó un poco para acomodarle la manta con una delicadeza torpe, como si temiera hacerle daño.

—¿Te duele mucho? ¿Te mareas? ¿Quieres que llame a la enfermera?

Sam no respondió enseguida. Solo la miró con los ojos cansados. Quiso creer en ese tono preocupado, quiso aferrarse a él, pero algo en la forma en que su madre respiraba, en la forma en que evitaba mirarlo de lleno, le dejó claro que detrás del miedo había otra cosa. Una especie de decepción silenciosa.

Su padre soltó un suspiro corto.

—Mírate… —murmuró, más para sí que para él—. Todo esto por no saber cuidarte.

Sam apretó los dedos sobre la sábana.

—Papá… yo no—

—¿No qué? —lo interrumpió el hombre, levantando apenas la voz—. ¿No pudiste defenderte? ¿No pudiste correr? ¿No pudiste hacer algo?

La madre giró de inmediato el rostro hacia él.

—No le hables así. Está herido.

—Está herido porque no fue capaz de defenderse —replicó el padre, seco—. A su edad, uno ya debería aprender a plantarse. No puede seguir así. Cada vez más débil. Cada vez más cerrado. Así no va a llegar a ninguna parte.

Sam tragó saliva. Sintió un nudo duro formándosele en la garganta.

—Yo sí intenté… —dijo en voz baja.

—¿Eso llamas intentarlo? —soltó el padre, cruzándose de brazos—. Sam, tienes que dejar de actuar como si el mundo te debiera algo. La vida no va a detenerse porque tú te sientas mal.

La madre abrió la boca, pero no logró decir nada. Se limitó a apartar la mirada.

Sam observó ambos rostros y sintió que algo se le enfriaba dentro. Allí estaban sus padres, frente a su cama, y aun así parecía que la única cosa capaz de sostenerlo se alejaba un poco más con cada palabra. No lo golpeaban, no lo insultaban abiertamente, pero el filo estaba ahí. Sutil. Veneno puro.

Como si su dolor fuera una molestia.

Como si su vergüenza fuera una falla de carácter.

Como si, de alguna manera, él mismo hubiese provocado todo.

La puerta volvió a abrirse.

Un hombre de mediana edad, con un saco gris y una carpeta bajo el brazo, asomó primero la cabeza antes de entrar por completo. Tenía una expresión tranquila, estudiada, de esas que no intentan imponer nada. Su voz salió baja y clara.

—Buenos días. Soy el doctor Martín, psicólogo del hospital. Me han pedido que hable con Sam y también con ustedes.

El padre frunció el ceño.

—¿Psicólogo?

—Sí —respondió el hombre sin alterarse—. Me gustaría conversar con él unos minutos y explicarles algunas cosas sobre lo que está viviendo.

Sam giró la cabeza hacia la ventana. No quería verlo. No quería escuchar a nadie más. Sentía que, si abría aunque fuera un poco la puerta de su mente, todo volvería a entrar: las risas, los golpes, las voces, la imagen de aquel zapato bajándole a la cara. Todo.

—Sam —dijo el psicólogo con suavidad, acercando una silla a la cama—. No voy a obligarte a hablar. Solo quiero saber cómo te sientes.

Sam apretó los labios y clavó la mirada en la pared.

Nada.

No quería responder o pensar.

No quería que le sacaran de nuevo lo que llevaba días intentando enterrar bajo el silencio.

Su madre dio un paso al frente.

—Doctor, ¿es grave?

—No necesariamente grave —contestó él, mirando primero a los padres y luego al chico—. Lo que ha ocurrido es una experiencia fuerte. Es normal que se cierre, que no quiera hablar, que sienta miedo o rabia. Después de algo así, muchos chicos se aíslan, desconfían de todos o creen que nadie los va a entender.

El padre soltó una risa breve, sin humor.

—¿Y qué quiere decir con eso?

—Que Sam necesita apoyo. Y también necesita terapias. No porque esté “roto”, sino porque ha pasado por una situación que lo dejó vulnerable. Puede mejorar, pero no tiene que hacerlo solo.

—¿Terapias? —repitió el hombre, como si la palabra le molestara—. ¿Ahora también hay que sentarse a hablar de todo?

—A veces hablar es una forma de empezar a sanar —dijo el psicólogo—. Y a veces el silencio también dice mucho. Lo importante es acompañarlo sin presionarlo.

Sam escuchó esa última frase, pero no la recibió como un consuelo. En su mente solo se acomodó una idea oscura, obstinada, casi automática.

Todos hablan de ayudar.

Todos dicen lo mismo.

Pero al final nadie está de mi lado.

Sintió el pecho apretado, como si el cuarto se hubiera encogido. Miró de reojo a su padre, que seguía con los brazos cruzados y la expresión dura; a su madre, que parecía sostenerse por pura costumbre; y al psicólogo, sereno, insistente, con ese tono calmado que a Sam le sonó lejano, ajeno, inútil.

Nada de eso parecía real.

Todo se sentía como una trampa.

Como si incluso allí, en esa habitación limpia y silenciosa, el mundo entero hubiera decidido ponerse en su contra. Y Sam, hundido entre sábanas frías y huesos adoloridos, solo pudo pensar que quizá nunca iba a dejar de estar solo.

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