Introducción
Antes de los jinetes
Antes de los reinos.
Antes de las guerras.
Antes de que los hombres levantaran castillos y escribieran sus nombres en la historia...
Existían los dragones.
Durante miles de años, aquellas criaturas dominaron los cielos y las tierras más lejanas del mundo. Los primeros humanos que los encontraron no comprendían qué eran.
Algunos creyeron que eran monstruos enviados para castigarlos.
Otros pensaron que eran dioses que habían descendido del cielo.
Algunos intentaron cazarlos.
Otros intentaron utilizarlos.
Pero todos cometieron el mismo error.
Creyeron que un dragón podía pertenecerle a un humano.
Con el paso de los siglos, los hombres aprendieron una verdad que cambiaría para siempre la historia:
Un dragón no es elegido por un jinete.
Un dragón es quien elige.
El vínculo entre un humano y un dragón no nace de la sangre, de la riqueza ni del poder.
Nace del respeto.
De la paciencia.
Del entendimiento.
De una confianza construida durante años.
Algunos dragones encontraron compañeros por cariño.
Otros por admiración.
Algunos por respeto hacia la fuerza de un guerrero.
Y otros simplemente porque encontraron en un humano algo que nadie más podía ofrecerles.
Pero antes de todos ellos existieron dos dragones que marcaron el inicio de una era.
No fueron los más grandes.
No fueron los más poderosos.
Pero fueron los primeros en ser recordados.
El primero fue Dravoryx, el dragón nacido de la furia.
Una criatura gigantesca, agresiva e imposible de controlar. Sus escamas parecían hechas para la guerra y su llama era capaz de cubrir los campos de batalla con fuego. Su presencia hacía retroceder ejércitos enteros.
Durante años, los humanos intentaron dominarlo.
Reyes, guerreros y cazadores intentaron convertirlo en un arma.
Todos fracasaron.
Hasta que apareció una persona capaz de enfrentarlo.
Alguien tan impulsivo y feroz como él.
Por primera vez, Dravoryx no vio miedo en los ojos de un humano.
Vio algo parecido a sí mismo.
No nació una obediencia.
No nació una sumisión.
Nació un respeto.
El segundo dragón era todo lo contrario.
Su nombre era Serathiel.
Un dragón tranquilo, admirado por aquellos humanos que tuvieron la fortuna de verlo. No buscaba conquistar. No buscaba destruir.
Mientras Dravoryx representaba la fuerza y la furia, Serathiel representaba la calma y la protección.
Muchos humanos lo consideraron una deidad.
Un símbolo de paz entre los dragones y los hombres.
Nunca tuvo jinete.
Nunca necesitó uno.
Su existencia era suficiente.
Pero el destino de ambos dragones quedó unido cuando sus caminos se cruzaron.
El jinete de Dravoryx fue asesinado por aquellos que temían el poder que compartían.
Sin su compañero, la furia del dragón no tuvo límite.
La criatura que alguna vez encontró respeto en un humano solo encontró odio en la humanidad.
Mientras tanto, Serathiel observó cómo los hombres que lo admiraban eran destruidos por aquella ira.
Y decidió protegerlos.
Dos dragones.
Dos ideales.
Dravoryx, nacido de la fuerza.
Serathiel, nacido de la paz.
El enfrentamiento entre ambos fue recordado durante generaciones.
Nadie sabe cuánto duró.
Algunos dicen que fue una batalla capaz de sacudir montañas.
Otros dicen que fue una tragedia que nunca debió ocurrir.
Pero todos conocen el final.
Ambos dragones murieron aquel día.
Sin embargo, su legado sobrevivió.
De ellos nacieron nuevas generaciones de dragones.
Aunque ninguno fue igual a sus ancestros.
Porque los dragones no eran copias.
Cada uno poseía su propia voluntad.
Su propia personalidad.
Su propio camino.
Algunos eran agresivos.
Otros pacíficos.
Algunos desconfiados.
Otros orgullosos.
Algunos buscaban compañía.
Otros preferían la soledad.
Con el tiempo, los humanos volvieron a cometer el mismo error.
Intentaron convertirlos en armas.
En símbolos de poder.
En herramientas para conquistar.
Pero los dragones nunca fueron armas.
Eran criaturas.
Y cada uno elegiría su propio destino.
Porque mientras existiera un dragón surcando los cielos...
La historia de los hombres nunca estaría completa.








