Evernight Chronicles by Gabriel at Inkitt
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Evernight Chronicles

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Summary

El día se ha vuelto inhabitable. La noche... una tregua que no siempre alcanza. Aislado en una granja lejos de todo, Netsah comienza a notar que su cuerpo ya no responde a las reglas humanas: las heridas desaparecen, el dolor se diluye... y su reflejo ha dejado de existir. Su memoria es difusa, su identidad incierta, y cada noche lo empuja un poco más lejos de sí mismo. La única constante es Lethsa. Una presencia tan fascinante como inquietante, que parece saber más de lo que dice. Lo cuida, lo observa... y decide cuánto de la verdad merece conocer. Pero algo ocurrió antes de la granja. Un momento que ninguno de los dos menciona, pero que los mantiene unidos de una forma imposible de romper. Ahora, atrapados en un vínculo que mezcla necesidad, culpa y algo más difícil de nombrar, ambos sobreviven en los márgenes de un mundo que no perdona errores. Porque hay decisiones que no se pueden deshacer. Y hay actos de compasión... que cambian lo que uno es para siempre.

Genre
Fantasy
Author
Gabriel
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El visitante

El viento árido de la llanura rasgaba las persianas de madera resquebrajada.

Lejos de cualquier núcleo eléctrico, la granja parecía haber sido abandonada por el tiempo mismo.

En el pórtico, Netsah escuchaba el zumbido errático de los insectos al chocar y morir contra el cristal ardiente de la lámpara de aceite.

—Netsah... —murmuró para sí mismo, probando el sonido de las sílabas en su lengua, sin estar del todo seguro de que aquel nombre realmente le perteneciera.

A su lado, el viejo estabilizador de calor exhaló su último aliento metálico contra el yermo y se apagó.

Esa noche, sintiendo el peso del silencio, decidió romperlo.

—Llevo varias noches pensando en cómo contar esto... —confesó, manteniendo la vista fija en la oscuridad del campo—. ¿Escucharás sin juzgar?

Lethsa estaba sentada un escalón más abajo, en la madera que conectaba el pórtico con el patio de tierra.

Netsah no lograba recordar en qué momento exacto de su vida la había conocido, pero su sola presencia le resultaba extraña y profundamente familiar a la vez.

—Juzgar a los demás es una de mis mejores cualidades —respondió ella, sin mirarlo.

—Lethsa...

—Era broma. —Ella esbozó una media sonrisa, tirando de la anilla de la primera lata de cerveza. El sonido del metal al abrirse cortó el aire denso—. ¿Qué esperas para hablar?

El tintineo de sus pesados aretes flotó en la noche cuando giró el rostro hacia él.

Por un instante, todo pareció detenerse.

La mirada carmesí de la chica lo atravesó con una intensidad irreal; un color tan profundo y brillante que daba la impresión de estar absorbiendo la penumbra a su alrededor.

Con un gesto lento y fluido, Lethsa le tendió una lata.

Había una delicadeza letal en sus movimientos, una cadencia que simplemente no encajaba con su apariencia adolescente.

Netsah se inclinó hacia adelante, tomó la bebida y se sentó a su lado.

Le dio un primer sorbo, cerrando los ojos para dejar que el alcohol evocara la imagen que lo atormentaba: nubes tóxicas, luces de neón, estrellas ocultas y el murmullo de una voz extraña.

Tras unos segundos, posó la vista nuevamente en el horizonte vacío.

—Ocurre muy lejos de aquí —comenzó a relatar, bajando el tono de voz—. Veo una ciudad inmensa, con edificios altísimos e iluminados.

—¿Una ciudad? Debe ser la metrópolis —replicó Lethsa, apoyando los codos en sus rodillas—. ¿Qué hacías allí?

—No lo sé —respondió él, apretando la lata fría entre sus dedos—. Solo recuerdo estar de pie... esperando. Hasta que una voz femenina comienza a llamarme.

Guardó silencio un instante, dejándose tragar por las imágenes difusas de aquel recuerdo ajeno.

—Bueno, en realidad su voz no suena como si dijera mi nombre. Pero al girarme, la observo y... ella me habla con una familiaridad absoluta. Como si estuviera siguiendo el hilo de una charla que yo nunca presencié.

Lethsa soltó una risa entrecortada.

Netsah giró la cabeza, visiblemente molesto.

—Ah, lo siento —se disculpó ella, aunque sus ojos brillaban con burla—. Me hizo gracia cómo describes tu propia falta de atención con tanto detalle dramático.

—Deja de reírte. Estoy siendo honesto contigo. ¿Acaso no conoces la palabra empatía?

—Fui muy empática dándote una de mis bebidas.

—La sacaste de mi nevera.

—¿Pero te la traje hasta aquí o no?

Ella volvió a reír, un sonido cristalino en medio de la nada.

Él soltó un suspiro de resignación.

—No es que no le prestara atención —continuó Netsah, llevando su mano libre al cuello, tenso—. Lo que no entiendo es su tono desesperado. Me habla de divergencias... de porcentajes.

—¿Porcentajes? —preguntó Lethsa, ladeando la cabeza con curiosidad genuina—. ¿Tenías cerebro en ese sueño?

—Deja de molestar... —murmuró, llevándose la lata a los labios para beber hasta casi vaciarla.

Al bajar el brazo, su mirada recayó en la venda de tela que rodeaba su propia palma, ocultando un corte profundo.

—¿Así que sueñas con alguien a quien jamás viste? —Lethsa apartó un mosquito de su rostro con un ademán perezoso—. Por lo que cuentas, ella parece conocerte bien. ¿Una vieja amistad olvidada, tal vez?

Netsah pesaba cada una de sus palabras.

—No la había visto antes. O, por lo menos, no lo recuerdo. Ni siquiera llegó a decirme su nombre.

La pesadilla se había grabado a fuego en su instinto, tallada a base de pura repetición.

—¿Y cómo termina? —insistió ella.

Él tembló de forma imperceptible.

—Me acerco lentamente en su dirección y... —Netsah tragó saliva. En el recuerdo, aún podía sentir el peso real de cada paso, el jadeo inesperado de sus propios pulmones. No se detenía hasta rodearle la cintura con ambos brazos. La mirada de aquella mujer era de rendición absoluta—. Sus ojos se cierran. De pronto, mis manos están cubiertas de sangre. Siento que dejo caer algo pesado al suelo. Todo se oscurece rápidamente: la ciudad, su silueta... y solo quedo yo, mirando mis propias manos bajo la luz de la luna.

Sus ojos se apartaron del recuerdo y se encontraron con la luna real, apenas visible entre un manto de nubes negras en la distancia de la granja.

—Mi corazón late a mil por hora. Siento un cosquilleo eléctrico en las manos. Es ese mismo vacío... ese terror frío que sientes justo después de hacer algo horrible.

Un silencio denso y sofocante cayó sobre el pórtico.

Lethsa bebió un sorbo y lo estudió de reojo.

—El peso exacto de haber quitado una vida, ¿eh? —murmuró, con un cálculo tan frío que helaba la sangre.

—¿Sabes de lo que hablo?

—Solo lo que he leído por ahí. Diferentes estímulos activan diferentes traumas reprimidos.

Él volvió la vista a su mano vendada, sintiendo una punzada de frustración.

La tela temblaba ligeramente al ritmo de su pulso; la herida acababa de abrirse de nuevo, tiñendo el algodón de un rojo brillante.

—Mierda —escupió, poniéndose de pie de un salto.

—¿Te hiciste eso cuando despertaste del sueño? —preguntó ella, sin inmutarse.

—¡Carajo, no! ¡Esta herida ya estaba conmigo cuando abrí los ojos! ¡Ese era el maldito punto de contarte todo esto! —le gritó, dándole la espalda para entrar a pasos pesados hacia la cocina.

Deshizo el nudo manchado y envolvió la herida con vendas nuevas, tironeando de la tela limpia con los dientes ante la falta de ayuda.

Cuando regresó al pórtico, masajeándose la mano, Lethsa seguía exactamente en la misma posición.

—Pudo ser un accidente en estado de sonambulismo. A los hombres de tu edad les pasa seguido —comentó ella, arrastrando las palabras.

—No me hables como si fuera un anciano senil —reprochó él, dejándose caer de nuevo a su lado, protegiendo su mano contra el pecho—. ¿De verdad piensas que el sueño y la sangre no tienen nada que ver?

Las llamas de las lámparas de aceite se habían aquietado por completo en el interior de la casa; ni una sola sombra era proyectada contra la madera del piso.

—Solo lo sabría con certeza si hubiera amanecido a tu lado. O tal vez ni así, suelo tener el sueño muy pesado —indicó Lethsa, estirando una lata nueva en su dirección—. ¿Necesitas un poco más de honestidad líquida?

Él bajó la vista, observando las uñas inusualmente largas de la chica y el rojo vibrante de sus labios.

—Quiero algo real, Lethsa.

Al tomar la lata, los dedos de ambos se rozaron.

Netsah reprimió un respingo.

Sintió un frío punzante, antinatural, como si el simple contacto con su piel le arrebatara el calor vital del cuerpo.

—Es imposible asegurar nada sobre los demonios de un sueño ajeno —ella apoyó el borde metálico en sus labios, pero no bebió—. Pero, si tuviera que adivinar, diría que recibiste a un visitante.

Netsah parpadeó, completamente incrédulo.

—¿Un visitante...?

—¿Cómo los llaman ustedes por aquí? Ah, olvídalo. No importa el nombre.

—¿Y se supone que eso sería...?

Lethsa apretó el puño y aplastó su propia lata vacía.

El crujido metálico sonó como huesos rompiéndose en el aire pesado.

—¿Qué esperabas? El nombre no miente. Te visitan.

—Diablos... —Netsah se frotó la nuca, frustrado y mareado—. Realmente sigo sin entender el propósito de esta charla. Espera un momento. Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

Ella buscó otra bebida, manteniendo la mirada clavada en la luna pálida.

—Nope —replicó con desdén, encogiéndose de hombros—. También soy un visitante.

Netsah frunció el entrecejo, devolviéndole una mirada cargada de desconfianza y advertencia. Ella, al notar su tensión, soltó una carcajada seca que rompió el hielo.

—Tranquilo, era broma —aseguró, adoptando un tono mucho más relajado—. Los visitantes no pueden beber alcohol. Lo tienen terminantemente prohibido por su biología.

Él dejó escapar un largo suspiro, sintiendo que la tranquilidad volvía lentamente a sus músculos.

Sin embargo, algo minúsculo se quedó pegado en la parte posterior de su mente.

Una disonancia.

—Lethsa...

Ella notó el sutil temblor en su voz.

—Uhum.

—¿De dónde rayos vienes?

Ella bajó la vista hacia la lata que sostenía.

Con la punta del dedo índice, comenzó a jugar con las gotas de condensación en el dorso de la etiqueta, trazando círculos perfectos y metódicos.

Luego levantó el rostro y lo miró fijamente.

Sus ojos carmesí parecieron brillar con luz propia.

—De un lugar donde las heridas no tardan en cicatrizar, Netsah.

Él abrió los ojos de par en par, descolocado por la solemnidad de aquella declaración.

Una ráfaga de viento violento sacudió las cabelleras de ambos.

Y entonces, lo comprendió.

Una revelación que lo dejó completamente pasmado: ya no sentía ningún tipo de dolor punzante en la mano.

Sus dedos se aflojaron por inercia.

La lata nueva resbaló de su agarre, rodando por la superficie irregular de la madera hasta chocar secamente contra el suelo de tierra, quedando quieta en la oscuridad como un animal muerto.

Se puso de pie de un salto y corrió hacia el interior de la casa, directo a la cocina.

Sus ojos escanearon el suelo de madera.

No había rastro de sangre en el camino.

Al llegar a la mesa, examinó las gasas sucias con las que se había quitado el primer parche.

Estaban blancas.

Impecables.

Se giró hacia el cubículo de basura y asomó la cabeza.

Nada.

Ni una sola gota de sangre reseca.

Sintió que el estómago se le revolvía de forma violenta.

Sin pensar, metió la mano sana entre los desechos, rebuscando desesperadamente una prueba, una costra, lo que fuera que confirmara su cordura.

Un cristal roto que descansaba en el fondo le rebanó el dedo índice.

Brotó un hilo de líquido rojo oscuro, espeso.

Sin embargo, no sintió absolutamente nada.

Ni escozor, ni ardor.

Solo una presión distante.

Al girarse hacia la puerta, Lethsa estaba allí, de pie frente a él.

No había escuchado el rechinar de la madera.

Nunca la oyó caminar.

Ella alzó una mano pálida y le atrapó la muñeca.

Netsah, completamente hipnotizado por el terror y la confusión, no fue capaz de retroceder un solo milímetro.

Lethsa tiró suavemente de su brazo, guiando el dedo sangrante hacia sus propios labios.

—No te muevas... —susurró con una expresión angelical, casi piadosa—. No hay mejor forma de detener el sangrado.

Su agarre era gélido, cadavérico; pero el roce de su lengua sobre el corte resultó extraña y macabramente reconfortante.

Succionó la herida abierta por un instante eterno, mientras él permanecía estático como una estatua de sal, atrapado en el limbo exacto entre la fascinación absoluta y el pánico primordial.

—¿Mejor? —preguntó ella, separándose apenas unos centímetros, con una sonrisa pícara manchando su rostro.

El repiqueteo metálico y agudo de los repetidores antiplagas en los campos de cultivo sacó a Netsah del trance como una bofetada.

Al enfocar la vista, el rostro angelical de aquella mujer había desaparecido.

Lo que lo observaba ahora desde la penumbra de la cocina era un depredador calculando el valor nutricional de su presa.

—Volvamos afuera —le ordenó ella, soltándole la mano con desdén y dándole la espalda.

Caminó con gracia hacia el frente de la casa.

Él se quedó atrás, paralizado, con la respiración entrecortada.

Cada terminación nerviosa de su cuerpo le gritaba a todo pulmón que ella no pertenecía a ese lugar.

Que ella no pertenecía a este mundo.

—¿Qué carajos está pasando? —susurró para sí mismo.

Dio un paso errático y una ola de náuseas brutal lo obligó a doblarse sobre sí mismo.

Corrió tropezando hasta el pequeño baño al fondo del pasillo.

Cayó de rodillas frente al inodoro y, tras vomitar bilis amarga, se incorporó temblando para empaparse el rostro en el lavabo.

El agua helada lo hizo reaccionar.

Miró su mano.

El corte profundo del cristal en su dedo ya se había cerrado por completo.

Levantó la vista de golpe, buscando su propio reflejo en el espejo de la pared para confirmar que seguía siendo él, pero solo encontró un hueco rectangular vacío sobre los azulejos, delineado por una capa de polvo antiguo.

Recordó los pesados cristales rotos en la basura de la cocina.

«¿Por qué no hay espejos en mi casa? Mi rostro... no puedo... no logro recordarlo».

Salió del baño y regresó a la cocina arrastrando los pies, con la mente fracturada.

Dudaba de todo.

Dudaba de que cada relieve en la vieja estructura de madera que lo rodeaba significara algo real para él.

Dudaba de su propia historia.

Sus pasos se detuvieron una vez más frente al cesto de basura.

«Debe haber una explicación lógica... Tiene que haberla».

Estiró la mano temblorosa hacia el interior del cesto y extrajo el fragmento más grande de vidrio roto.

Al elevarlo a la altura de sus ojos, esperando encontrar un atisbo de su rostro en el reflejo opaco, una luz intensa y fugaz golpeó el cristal desde el interior de la materia.

El vidrio ardió de golpe, como si fuera una brasa viva sacada de una fragua.

Netsah soltó un alarido de dolor y abrió la mano.

El fuego fantasmal de color azulado incineró las vendas limpias que cubrían su palma en una fracción de segundo antes de extinguirse en el aire sin dejar rastro de humo.

Gritó aterrorizado, retrocediendo y sacudiendo su mano frenéticamente contra su pecho.

—¡¿Qué demonios...?! ¡Lethsa!

Su vista, nublada por el pánico, se detuvo en el trozo de cristal que ahora yacía inerte en las baldosas.

No había reflejo alguno en las esquirlas, solo un vacío transparente que le revolvió el estómago.

Quería gritar, quería encontrar un rostro, su rostro, devolviéndole la mirada.

Bajó la vista hacia su palma derecha, esperando ver carne quemada.

Estaba impecable.

Intacta.

La herida profunda con la que había despertado también había desaparecido como si nunca hubiera existido.

Lethsa estaba allí, de pie en el umbral de la cocina, a solo dos metros de distancia.

Una vez más, nunca oyó el sonido de sus pasos al aproximarse.

—Qué lástima... —murmuró ella, ladeando la cabeza con decepción—. Quería que entraras en el secreto poco a poco. Pero tus propios latidos te delataron.

—¿Lethsa? —Netsah retrocedió hasta chocar contra la mesada. Señaló el suelo—. Las heridas... el vidrio que arde. El espejo... Estoy... ¿estoy enloqueciendo?

Un escalofrío de hielo recorrió toda su espina dorsal cuando ella volvió a sonreír.

Esta vez, la media luz de la cocina reveló la silueta afilada y perfecta de sus colmillos.

—¿Loco? —Lethsa negó lentamente con la cabeza—. No, Netsah. Lo que te pasa es mucho más irreversible que la locura.

Ella dio un paso al frente.

Esta vez, Netsah no fue capaz de retroceder, acorralado contra los muebles.

Pero, de alguna manera retorcida, sus ojos carmesí eran todo lo que importaba en el universo.

Eran un faro en medio de su propia mente fracturada.

—Estaba agonizando en aquella metrópolis... —su voz se volvió un susurro hipnótico que envolvía la mente del chico—. Pero te negaste rotundamente a verme morir.

El lejano y solitario crujido de la lata de cerveza que ella acababa de abrir sonó dentro de la cocina como el disparo de un cañón.

—Me diste tu sangre, Netsah.

Bebió un sorbo con calma, sin apartar sus ojos de depredador de los de él.

Las gotas doradas resbalaron por la comisura de sus labios carmesí.

—Y ahora estamos atados —sentenció, bajando la lata—. Suspendidos en las ruinas del tiempo, donde cada latido se siente como el primero, y cada suspiro... el último.

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