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ECOS DE MUNDOS ROTOS

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Summary

El rastro de las constantes «Hay almas que se pertenecen desde antes de que el universo tuviera nombre. Aunque las fragmenten en mil pedazos, la atracción de su propia energía las volverá a juntar.»

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

ECOS 1

ECOS DE MUNDOS ROTOS

(Una historia de universos)

Libro I: El rastro de las constantes (La perspectiva de Vera)

Por BebaF


CAPÍTULO 1: El eco de la arena

(Universo Nro 9)

Siempre empieza igual.

Abro los ojos y lo único que me rodea es un silencio blanco y espeso, como si el mundo todavía no se hubiera terminado de construir. Frente a mí, a unos pocos metros, distingo un grupo de siluetas de espaldas que se alejan hacia adelante, hundiéndose lentamente en esa niebla pálida. No intento correr detrás de ellas ni gritarles. Solo me quedo ahí, quieta, mirándolas partir con una desesperanza sorda que me aprieta el pecho. Siento el peso de un abandono definitivo, una certeza extraña muy adentro mío de que no voy a volver a cruzármelas nunca más. Las figuras dan un paso más, se difuminan como humo entre los dedos y desaparecen en la nada.

El blanco se rompe de golpe. El rugido de un motor de dos tiempos me golpea los oídos y el olor penetrante a nafta y salitre me inunda la nariz. El viento de la costa me sacude la cara con una violencia helada. Parpadeo, intentando enfocar la vista, mareada por un vacío negro en mi mente que no logro explicar. Siento que acabo de despertar de un desmayo prolongado, pero mis amigas actúan con total normalidad.

—¡Dale, Vera, movete que nos deja el sol!

Sacudo la cabeza, disimulando el pánico. Me toco la frente; no tengo fiebre. Debe ser un pico de estrés por la rutina. Me obligo a respirar hondo y a mirar el mar para calmar la taquicardia. Soy Vera, llevo un short de jean gastado, una musculosa blanca y tengo las manos cubiertas de arena fina. Esta es la única realidad que conozco: mis vacaciones.

La realidad se acomoda con una nitidez vibrante. Estoy sentada sobre mi moto, sintiendo el calor del sol del atardecer que cae sobre la costa. A mi derecha están ellas dos, impecables, con sus camperas livianas y anteojos de sol enormes que reflejan el brillo del mar. Me miran y se ríen mientras aceleran, impacientes por seguir. Me calzo el casco, trago saliva y les devuelvo la sonrisa. Fue solo una sensación rara, me miento.

Pasamos las últimas horas de la tarde quemando adrenalina. Disfruto cada curva, pero hay una pequeña astilla clavada en mi mente. A veces, cuando miro de reojo el reflejo de sus lentes, siento un dejà vu extrañísimo, un eco borroso de haber querido a estas mismas personas en otro lado... un lugar desconocido por mi ser. Pero lo descarto. Debe ser el cansancio del sol.

Cuando el sol empieza a caer, tiñendo el agua de un color naranja sangriento, mis amigas se levantan sacudiendo las lonas.

—¡Dale, Vera! Ayudanos a cargar las cosas en la camioneta que se viene la noche —grita una de ellas.

Caminamos hacia el estacionamiento rústico del parador. El viento arrastra el sonido rugiente de un par de motos de enduro que descansan contra los médanos. Al lado de la caja de una Ford F-100 vieja, acomodando unos bolsos, hay un chico.

Me detengo en seco. Siento una punzada brutal en la boca del estómago, una corriente eléctrica que me paraliza las piernas. Él está de espaldas, con los brazos tensos, haciendo fuerza para levantar una de las pesadas motos a la caja de la camioneta. Es el chico que ayuda con la logística, el que estuvo subiendo las cosas todo el día, pero con el que no crucé ni una palabra.

Me acerco en silencio para sostener la rampa de metal. En el momento en que pongo mis manos sobre el hierro frío, él se da vuelta para asegurar el manubrio. Y entonces, pasa. Tiene el flequillo trigueño alborotado por el viento y unos ojos claros, color miel, que se clavan en los míos.

El ruido del mar se apaga por completo. El viento deja de soplar; es como si el universo entero hubiera contenido el aliento. Sus ojos operan como un imán invisible que me succiona el aire de los pulmones. No sé quién es, nunca lo vi en mi vida, pero mi cuerpo entero reacciona con una urgencia física, dolorosa y magnética, como si mi alma lo reconociera de siempre. Él se queda congelado, sosteniendo la moto, mirándome con el mismo terror y la misma fascinación con la que yo lo miro a él. Hay personas que no se conocen; se reconocen.

Me llamo Vera. Y acabo de entender que, hasta este maldito segundo, estuve dormida.


CAPÍTULO 2: Electricidad estática

Él no se mueve. Yo tampoco.

—¿Me... ayudás a trabar la rueda de adelante? —su voz es baja, un poco rasposa, cargada de una incertidumbre que me estremece.

—Sí, obvio —respondo, forzando a mi voz a sonar tan resolutiva como siempre.

Subo un pie al paragolpes y me meto en la caja de la camioneta. El espacio es estrecho. Me arrodillo junto a la rueda mientras él pasa la correa de seguridad. Al hacerlo, su brazo roza el mío. Siento un chispazo físico, un calor repentino que me recorre la espina dorsal. Jano pega un respingo, asustado de su propia reacción, y me mira con una timidez temerosa, dudando por completo de lo que está sintiendo.

—Soy Jano —dice, sin dejar de tensar la soga.

—Vera.

—Che, Vera, ¡dale que nos morimos de hambre! —grita una de mis amigas desde abajo, rompiendo el hechizo.

Esos cuatro días se transforman en un proceso lento y silencioso de conocimiento y, para mí, de un perturbador reconocimiento. Jano en este mundo tiene la esencia de la escucha absoluta y la templanza. Es un chico sencillo, pero cuando habla, tiene una sabiduría intuitiva para calmar mis tormentas mentales. Yo, que siempre tengo la mente despierta y analítica, me encuentro confesándole miedos que jamás le dije a nadie. Dicen que el amor es encontrar en el otro la parte de tu historia que creías perdida; una conexión magnética que burla las leyes del tiempo.

Para Jano es más difícil. Él es solo un eco, pero sus grietas empiezan a mostrarse en nuestras charlas frente al mar mientras descansamos de las motos.

—Te juro que no lo entiendo, Vera —me confiesa la tercera noche, sentados en un médano—. Sé que te conozco hace tres días. Pero cuando caminamos o andamos en las motos juntos, mi cuerpo se mueve al compás del tuyo como si repitiera una rutina de años. Tengo un presentimiento horrible aquí en el pecho... como si me faltara la mitad de la vida cuando te vas, y me da pánico sentirme así ante una extraña.

—Quizás no somos tan extraños, Jano —le digo, mirándolo de reojo.


CAPÍTULO 3: El quiebre del plano

Es la madrugada del lunes. El parador está completamente a oscuras y el resto del grupo duerme en las cabañas. Jano y yo estamos parados junto al fogón del campamento, bajo un cielo estrellado que se siente extrañamente ajeno, como si pesara sobre nosotros. Cuando me mira, le tiemblan las manos; comparte el mismo vértigo ciego que yo. No hacen falta palabras ni explicaciones lógicas que nuestras mentes no poseen. El viento sopla con fuerza, arrastrando la sal del mar.

—No quiero que te vayas mañana —dice él, y da un paso hacia mí, rompiendo su propia timidez. Me toma de las manos. Sus dedos están fríos, pero su contacto quema.

—Yo tampoco me quiero ir —susurro.

Cuando Jano me atrae hacia él y me besa, el mundo ordinario no aguanta más la verdad de nuestra cercanía. La física del lugar se rompe. La atracción magnética se vuelve una descarga física real, un cortocircuito que sacude nuestro entorno. El viento se detiene en seco, el sonido del mar se apaga como si hubieran cortado el audio de una película y la arena bajo nuestros pies empieza a flotar en círculos, desafiando la gravedad. Un chispazo de estática violenta estalla entre nuestros labios. Jano abre los ojos con terror místico, mareado, sujetándose de mis hombros mientras el parador, las motos y la playa se disuelven en un zumbido sordo que nos absorbe.

La conciencia se apaga por completo.



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