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Crónicas del Legado: Luz, vacio e Invierno

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Summary

Para Jesús de 9 años el mundo se resumía en el olor de una comida recien preparada, las peleas con su hermano y las tardes viendo a la tv. Pero el camino de regreso de la escuela se convirtió en un abismo negro. Sin ruido, sin dolor, la realidad simplemente se apagó. Al despertar, el sol del Caribe ha sido reemplazado por un cielo color helado de chicle y una grama verde fluorescente que hiere la vista. Jesús no está solo. Junto a él se encuentran otros cuatro niños: David , Elizabeth , Lukas y Astrid. Cinco niños de rincones distintos de la Tierra, unidos en un mundo donde los árboles tienen formas distintas y la lógica no existe.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Un nuevo comienzo

Los recuerdos son como burbujas que estallan antes de que pueda atraparlas.

Ayer... ayer todo era normal. Recuerdo el olor a mantequilla y panqueques que mi mamá me hizo para el desayuno. Recuerdo a mi hermano peleando conmigo porque no encontraba su cuaderno de matemáticas y el calor pegajoso que hacía mientras caminábamos al colegio.

¡Apúrate, chamo! —me decía mi hermano.

En la escuela, las clases fueron aburridas. Dibujé un sol en la esquina del cuaderno, escuché a la maestra hablar de los próceres y esperé con ansias el timbre de salida. Recuerdo el camino de regreso, el ruido de los carros, los baches en la acera y el sol brillante de la tarde golpeándome la cara.

Y luego... nada. Como si alguien hubiera apagado la televisión de golpe. Sin ruido, sin dolor. Solo un vacío negro y frío.

Lo primero que sentí fue algo que me picaba en la nuca. No era mi almohada, ni el piso de cemento de mi cuarto. Era algo suave, fresco y con olor a lluvia. Abrí los ojos.

El cielo no era del azul que yo conocía; era más claro, casi como el color de un helado de chicle. Me senté despacio y sentí la tierra bajo mis dedos. Estaba acostado en una grama verde, pero un verde tan brillante que me dolían un poquito los ojos.

—¿Despertó? —escuché una voz.

No entendí lo que dijo al principio, pero sonaba como música. Al darme la vuelta, vi que no estaba solo. Había cuatro niños sentados cerca de mí. Todos parecían estar cerca de mi edad o eso creo, unos 9 años, pero ninguno se parecía a mis amigos de la cuadra o a mis primos. Sus pieles eran muy blancas, uno tenía el cabello de un rubio que casi parecía a los cabellos de actrices que mi madre solía ver en las novelas y una de las niñas tenía los ojos de un color azul marino que nunca había visto en una persona de verdad.

Me miraban de manera extraña. Yo me miré las manos: seguían siendo mis manos, blancas pero un poco tostadas por el sol, con la cicatriz que me hice al caer de la bicicleta, pero mi ropa era la de ir a clases: mis pantalones oscuros y mi chemise del colegio. Por eso será que me miran distinto.

—¿Dónde estoy? —pregunté, y mi voz sonó chiquita, perdida—. ¿Dónde están mi mamá y mi papá?

El niño del cabello rubio y pecas, que vestía un uniforme de Boy Scout lleno de insignias, se arrodilló a mi lado. Se veía más tranquilo que los demás, quizá porque llevaba más tiempo despierto.

—Tranquilo. Estás a salvo o eso creemos.

—dijo él. Lo extraño era que su boca se movía de una forma que no cuadraba con lo que decia, pero yo escuchaba sus palabras perfectas.

— Yo desperté primero, hace unos catorce minutos, aproximadamente quizas sea mas o menos. No sabemos dónde estamos, pero parece que todos llegamos aquí de la misma forma y somos de diferentes países, yo soy de estados unidos y mi nombre es David. El es un chico de cabello castaño y ojos grises.

Él señaló a los demás, que asentían como si ya hubieran hablado de esto antes.

—Ella es Elizabeth —dijo señalando a la otra niña—. Despertó tres minutos después que yo. Viene de España.

—Mucho gusto, aunque el sitio sea un espanto, soy de españa. —dijo Elizabeth con una chispa de energía a pesar del miedo. Mirandola pude ver que tenia unos ojos verdes y de cabello castaño claro con trenzas.

—Luego despertó Lukas de Alemania, dos minutos después de ella —continuó David, indicando al niño de cabello lacio y rubio ceniza, de unos ojos azules oscuros, que solo me dedicó un breve saludo con la cabeza—. Y hace unos seis minutos despertó Astrid que es de Noruega —la niña pelirroja de ojos azules muy claros, me miró con timidez.

Yo estaba en shock. Los miré a todos, uno por uno.

—Pero... si ella es de España, él de Alemania, ella de Noruega y tú de Estados Unidos... ¿Cómo es que los entiendo? —pregunté, tocándome la cabeza—. Yo soy de Venezuela. Yo hablo español, pero David, tú eres de Estados Unidos... deberías hablar inglés. David intercambió una mirada con Elizabeth.

—Lo sabemos —dijo Elizabeth, cruzándose de brazos—. Llevamos estos diez minutos discutiendo lo mismo. Yo escucho a David hablar con un acento raro y a Lukas hablar tambien con otro acento, pero en mi cabeza... en mi cabeza todo suena a castellano de Madrid. Es como si el aire tradujera lo que decimos.

—Magia —susurró la pequeña Astrid desde el suelo—. Es como un cuento de hadas, pero da mucho miedo.

Me miré el uniforme escolar. Yo era el único que parecía haber sido arrancado directamente de un salón de clases, mientras que ellos parecían estar en medio de un campamento o en sus casas. El contraste era total: un grupo de niños de todas partes del mundo, perdidos en un campo que brillaba demasiado, hablando cinco idiomas distintos que se convertían en uno solo.

—Me llamo... bueno, Jesus me llamo Jesus—dije, tratando de no llorar—. Tengo 9 años y acababa de salir de la escuela.

David se puso de pie y nos miró a todos. Como el mayor y el que más tiempo llevaba ahí, parecía haber tomado el mando.

—Bien, ya estamos todos —dijo David seriamente—. David, Elizabeth, Lukas, Astrid y tú. Somos cinco. No podemos quedarnos aquí sentados esperando a ver qué más pasa. En este lugar el sol no parece moverse y ese bosque de allá... —señaló unos árboles— ...es el único sitio donde podríamos encontrar agua o alguien que nos ayude.

Caminamos durante horas. Mis zapatos del colegio, esos negros de suela dura que mi mamá me obligaba a pulir, no estaban hechos para esto. Cada piedra se sentía como un golpe en la planta del pie. A mi lado, Astrid caminaba arrastrando un poco los pies, aferrada a su bolsa de plástico blanca con el logo de un supermercado.

El bosque era extraño. Los árboles tenían troncos gruesos y hojas verdes, pero el verde era... diferente, más intenso y las cortezas tenían patrones que parecían laberintos. David iba adelante con Elizabeth, ambos se detenían cada tanto para recoger ramas secas. Era curioso verlos: David se movía con la seguridad de quien ha dormido en tiendas de campaña muchas veces y Elizabeth, nos conto durante la caminata que solo lleva unos meses en los scouts, lo ayudaba con una agilidad impresionante, clasificando la leña que servía y la que estaba demasiado húmeda.

—¡Ya no puedo más! —exclamé, dejándome caer sobre un tronco caído. Me dolían las pantorrillas y el hambre empezaba a hacerme ruido en la barriga. Astrid se sentó a mi lado casi al instante, soltando un suspiro de alivio. David se detuvo y miró al cielo, que empezaba a tornarse de un color violeta oscuro.

—Está bien, descansaremos aquí —decidió David. Se quitó su mochila y la puso en el centro.

Sacó un libro de la mochila. Tenía dibujos de nudos y fogatas en la portada, pero cuando intenté mirar el título, me quedé frustrado. Las palabras no las entendia evidentmente, no decían nada que yo pudiera entender.

—¿Qué dice ahí? —pregunté, señalando las palabras.

David miró el libro y luego me miró a mí.

—Es mi manual de los Scouts. Dice "Boy Scouts of America". ¿No puedes leerlo?Negué con la cabeza. Elizabeth se acercó y miró el libro también.

—Yo entiendo algunas palabras porque en España nos dan inglés en la escuela, pero las frases largas no las capto. Es rarísimo... os oigo perfectamente, pero ese libro evidentemente está en ingles.

—Solo funciona al hablar —concluyó Lukas, que se había sentado cerca—. La magia esa solo traduce lo que sale de la boca.

David suspiró y guardó el manual tras hojearlo.

—Bueno, al menos yo puedo leerlo. Vamos a ver qué tenemos realmente.

Lukas, el niño alemán, sacó de entre sus manos lo que quedaba de una hamburguesa envuelta en papel. Estaba fría y un poco aplastada, pero el olor a carne hizo que mi estómago diera un vuelco.

—Es todo lo que tengo —dijo Lukas con voz plana—. Estaba almorzando cuando... bueno, cuando aparecí en la grama.

Luego fue el turno de Astrid. Con manos temblorosas, abrió su bolsa de plástico.

—Mi mamá me dejó cargarla porque soy una niña grande —dijo bajito.

Dentro de la bolsa había una mezcla extraña: un paquete de salmón ahumado sellado al vacío, una caja de galletas de avena, un cepillo de dientes nuevo en su caja, dos manzanas y un paquete de servilletas. Las etiquetas del salmón y las galletas tenían letras extrañas con círculos encima que ninguno de nosotros, excepto Astrid, podía leer.

David terminó de mostrar lo suyo: una cuerda delgada, una brújula que daba vueltas sin parar, un silbato, una linterna de esas que cargan dándole a una palanquita y una cantimplora casi vacía. Yo solo abrí mi bolso de clase donde solo tenia cuadernos, crayones y lápices.

—Elizabeth, ayúdame con el fuego —pidió David—. Jesus, Astrid, separen las galletas. Tenemos que comer algo.

Mientras ellos trabajaban, el miedo volvió a apretarme el pecho. Vi unos hongos grandes que crecían al pie de un árbol. Tenían puntos blancos y parecían sacados de un dibujo animado.

—¿Se pueden comer? —pregunté.

David se acercó y miró los dibujos de su manual, comparándolos con los hongos reales.

—No lo sé —dijo frustrado—. En los dibujos se parecen a unos que hay en mi país, pero sin poder saber si son venenosos o no, no hay que arriesgarse. Nadie toca nada que no conozcamos, ¿entendido?.

Comimos un trocito de la hamburguesa de Lukas, media manzana y una galleta de Astrid. Sabía a poco, pero nos mantuvo despiertos. David y Elizabeth lograron encender el fuego, ella era muy buena soplando en el momento justo para que las chispas prendieran la madera seca.

—¿Y si nos quedamos aquí? —preguntó Astrid, abrazada a su bolsa de comida vacía—. A lo mejor nos están buscando.

—Astrid —dijo Elizabeth con suavidad, pero seria—, esto no se parece a nada que hayamos visto. No hay caminos, no hay aviones en el cielo.

David asintió, mirando hacia la oscuridad del bosque.

—Mañana buscaremos un río. El agua siempre llega a la civilización. Si hay un río, encontraremos un pueblo o alguien que nos diga cómo volver a casa.

—Pero estamos muy lejos —susurré, mirando el cielo violeta—. Yo soy de Venezuela... y ellos de otros países. Estamos tan lejos que ni siquiera nos entendemos al leer.

Nos acurrucamos todos cerca del fuego. El frío del bosque empezó a colarse por mi chemise de algodón. Me quedé mirando las llamas, pensando en que si David perdía ese libro, estaríamos más perdidos todavía, porque él era el único que podía entender lo que esta escrito ahí dentro.

De repente, sentí un frío conocido. No era el frío húmedo del bosque, sino ese airecito helado que sale de la rendija del aire acondicionado en mi cuarto. Abrí los ojos y vi mi techo, el de siempre, con la marca de humedad en la esquina. Solté un suspiro tan largo que me vació el pecho.

—Fue un sueño... —murmuré, sintiendo un alivio que me hacía querer llorar.

Me bajé de la cama de un salto. Necesitaba ver a mi mamá, decirle que había tenido la pesadilla más loca del mundo, que había niños de otros países y un cielo color chicle. Bajé las escaleras corriendo, escuchando el televisor prendido y el ruido de los platos en la cocina. Pero a mitad del camino, mi mamá apareció frente a mí. No se veía asustada, se veía seria, casi como si me estuviera esperando.

Antes de que yo pudiera decir ni "a", ella me agarró por los hombros con fuerza. Sus manos se sentían calientes, reales.

—Jesús, escucha —me dijo, mirándome fijo a los ojos—. Eres especial y aún no sabes por qué. Tienes que volver y descubrirlo.

—¿Mamá? ¿De qué hablas? —pregunté, pero su cara empezó a borrarse como si fuera un dibujo bajo la lluvia.

—Descúbrelo... —susurró.

Y entonces, el frío del aire acondicionado desapareció. El olor a arepas se convirtió en olor a tierra mojada. Abrí los ojos de nuevo y lo primero que vi fue el fuego de la fogata, ya casi apagado, convertido en cenizas grises.

Me quedé sentado, con el corazón dándome golpes en las costillas. Astrid seguía dormida a mi lado, hecha un ovillito, pero los demás ya estaban de pie. Me quedé quieto, con una tristeza que me pesaba como si tuviera piedras en los bolsillos. No quería levantarme. Quería cerrar los ojos y volver a esa escalera, que mi mamá me soltara y me diera el desayuno. Pero sabía que si cerraba los ojos ahora, solo vería el bosque.

Me levanté despacio, sin decir nada. No quería contarles mi sueño; ellos se veían ocupados y yo me sentía demasiado mal como para hablar de mi casa. Me acerqué al grupo, que estaba teniendo una conversación que no sonaba nada amistosa.

David estaba de pie, con la cara roja y el manual de los Scouts arrugado en una mano. En la otra tenía la brújula, esa que ayer no paraba de dar vueltas.

—¡No entiendo nada! —gritó David, y su voz asustó a un par de pájaros extraños que salieron volando de los árboles—. ¡Se supone que el sol sale por el este, pero ese sol de allá se mueve en otra dirección! ¡Y esta cosa no sirve para nada!.

David levantó la brújula. La aguja giraba como loca, como si estuviera bailando, sin marcar ningún norte.

—¡Maldita sea! —David estalló y con todas sus fuerzas, estrelló la brújula contra una piedra. El vidrio saltó en pedazos y el metal se abolló.

—¡David, para! —Elizabeth saltó hacia él, agarrándolo del brazo para calmarlo—. ¡Es lo único que tenemos! No podemos volvernos locos ahora.

—¿De qué sirve si no marca el camino? —respondió David, respirando agitado—. Estamos perdidos, Elizabeth. El manual no sirve aquí, las estrellas no sirven, el sol no sirve... ¡Nada de lo que aprendí en los Scouts funciona en este lugar!.

Lukas, que estaba sentado limpiándose un zapato, levantó la vista. No se veía asustado ni enojado, se veía... aburrido, como si estuviera esperando a que empezara una película.

—Bueno, no hay manera —dijo Lukas con su voz tranquila—. Esto es como un videojuego. Si la brújula no funciona, es porque el mapa tiene otras reglas. No hay que amargarse, David.

Mientras sigamos vivos, no hemos perdido. No es un "Game Over" todavía.

Lukas se puso de pie y se sacudió los pantalones.

—Sigamos con el plan: caminar hasta encontrar algo. Si nos quedamos aquí gritándole a las piedras, nos vamos a morir de hambre. Lo importante es avanzar. Ya resolveremos las reglas de este mundo mientras caminamos.

Yo miré los pedazos de la brújula en el suelo. Me acordé de lo que me dijo mi mamá en el sueño: "Tienes que volver y descubrirlo". Miré a David, que seguía temblando de rabia y a Elizabeth, que intentaba recoger lo que quedaba de la brújula.

—Jesús tiene razón en algo —dijo Elizabeth mirándome, aunque yo no había dicho nada—. Tenemos que movernos ya. Astrid se está despertando.

Caminamos hacia el bosque, pero esta vez el silencio era distinto. David ya no se sentía como el líder que lo sabía todo, y yo... yo ya no estaba seguro de si quería despertar otra vez, por miedo a que mi mamá volviera a decirme que no podía quedarme en casa.

Logramos calmar a David antes de que Astrid terminara de despertarse, aunque se le notaba que la rabia todavía le quemaba por dentro. Se agachó en silencio, recogió los restos de la brújula rota y los guardó en un bolsillo lateral de su mochila como si fueran un secreto vergonzoso.

—No le digan nada a Astrid de lo que pasó —susurró David con la voz ronca—. Solo continuemos.

Cuando la pequeña se despertó, la saludamos con sonrisas un poco fingidas para no asustarla más. Nos pusimos en marcha bajo ese sol que no terminaba de convencernos. Para que el tiempo no se sintiera tan pesado y el miedo no nos ganara, empezamos a hablar de nosotros. Era raro, como si estuviéramos en un campamento de verano muy extraño en lugar de perdidos en otro mundo.

—A mí me encanta la pizza —dije yo, intentando animar el ambiente—. Y el pollo frito. En mi casa siempre veo los Power Rangers y juego con mis carritos en el piso de la sala.

—A mí me gusta el helado de chocolate —dijo Astrid, caminando un poco más animada—. Y ayudar a mi mamá con las flores del jardín. Tenemos muchas flores en Noruega.

David nos contó que su comida favorita era la lasaña que hacía su madre y que le encantaba ir de excursión con sus amigos, aunque ahora eso sonara a algo de otra vida. Elizabeth, por su parte, dijo que extrañaba comer paella y que su plan favorito era ir de compras con su mamá al centro comercial, decía que eran muy unidas y que siempre se reían mucho probándose ropa.

Lukas fue el más breve. Dijo que le encantaban las hamburguesas y que pasaba casi todo el día en el taller mecánico de su hermano mayor. No mencionó mucho a sus padres, pero sus ojos brillaron cuando habló de las herramientas y de cómo ayudaba a arreglar motores.

Pactamos descansar cada dos o tres horas. No teníamos reloj, pero David y Elizabeth calculaban el tiempo mirando la posición del sol, aunque se moviera de forma rara.

En el cuarto descanso, ya no nos quedaba mucho de qué hablar. Me senté en una raíz gruesa y saqué mi cuaderno del colegio. Estaba un poco arrugado, pero ahí estaba mi tarea de matemáticas. En la esquina superior derecha se podía leer: 27 de octubre de 2006. Suspiré. Pensar que tenía que estar en otro mundo para tener tiempo de hacer la tarea sin que nadie me estuviera mandando.

Astrid se acercó y se asomó sobre mi hombro.

—¿Qué haces? —preguntó con curiosidad.

—Matemáticas —respondí señalando los números.

—Ah... —ella arrugó la nariz—. No entiendo tus palabras, solo entiendo los números. Son iguales que los míos.

Cerré el cuaderno de golpe y me eché a reír con ella. Era gracioso que pudiéramos resolver ecuaciones juntos pero no leer el nombre del otro. Sin embargo, nuestras risas fueron cortadas por un grito.

—¡No me digas que me calme! —David estaba de pie frente a Lukas, con los puños cerrados—. Llevamos más de diez horas caminando y no hemos conseguido nada. ¿Por qué eres tan optimista? ¡No entiendo de qué te ríes!.

Elizabeth se puso en medio para intentar separarlos, pero David estaba fuera de sí. Lukas no se movió, solo lo miró con esa calma fría que tenía.

—No quieres saber por qué soy optimista —respondió Lukas—. Pero te diré algo: si nos quedamos aquí gritando y atacándonos, solo perderemos la fe. Nos haremos un "auto Game Over".

—¿Cómo puedes estar tan calmado? —gritó David por encima de los intentos de Elizabeth—. ¡Nos vamos a morir! ¡No hay comida! ¡Somos cinco y nos queda una manzana y tres galletas! ¿Cómo no pierdes la compostura?.

En medio de los gritos y la pelea, vi a Astrid por el rabillo del ojo. Su carita estaba pálida y, de repente, salió corriendo hacia lo más profundo del bosque, entre los árboles de troncos gruesos.

—¡Dejen de pelear! —grité yo, levantándome de un salto—. ¡Vengan, que Astrid salió corriendo!Pero no me escucharon. Estaban demasiado absortos en su pelea. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo detrás de ella. Mis pulmones empezaron a arder y sentía que las piernas me pesaban una tonelada. Corrí por encima de raíces y esquivando ramas que me azotaban la cara.

—¡Astrid, para! —gritaba, casi sin aire—. ¡Por favor, no sigas!.

Casi perdía las fuerzas cuando la vi detenerse en seco. Estaba de espaldas a mí. Yo llegué tambaleándome, con las manos en las rodillas, tratando de recuperar el aliento.

—Astrid... por favor... casi no puedo ni moverme... —balbuceé, caminando poco a poco hacia ella.

Ella se volteó despacio. Tenía lágrimas rodando por sus mejillas, pero su cara no era de miedo. Tenía una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.

—Jesus... —susurró señalando hacia adelante—. Encontramos un río.

Me puse a su lado y lo vi. El sonido del agua golpeando las piedras llegó a mis oídos como la música más bonita que habia escuchado. Era agua de verdad, brillante y rápida, abriéndose paso entre el bosque.

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