prologo (Muñeca de feria
PRÓLOGO
El pánico la vuelve presa fácil.
El aire está denso; el silencio le ciñe el pecho como un lazo invisible. Las cuerdas presionan sus muñecas, altas sobre su cabeza, atada al palo. El vestido blanco que le han puesto no abriga: roza, exhibe, humilla; la tela delgada y diminuta, pegada por el sudor, un frío inquietante descansa sobre su piel caliente.
—Simplemente no soy lo que esperabas… —su voz nace detrás y le peina la nuca. Un escalofrío baja despacio, vértebra por vértebra. Su aliento, tibio y seguro de sí, tantea su mejilla. El corazón le repica y su respiración se acelera. Él sonríe: le gusta escucharla respirar.
Su mano aparece como serpiente paciente: rodea su cuello, toma medida de su garganta y, entonces, el mordisco del metal. Oro. Mano izquierda. Dedo anular. En el aro reluce un lirio, pequeño como un secreto y tan nítido como una sentencia. El símbolo de ellos. Su firma.
—Solo teníamos que ser tú y yo… —susurra, y la sonrisa corta el aire—. No él y tú. Aprieta la frase como si ajustara un nudo.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Qué ganas con esto? —alza la mirada; su voz es una hebra tensa que no quiere romperse.
—Orden —dice, y chasquea la lengua con picardía—. Pureza. Y un pequeño ajuste con tu ángel guardián.
La palabra se clava. Ángel. La pronuncia como quien presume una presa futura.
Sus dedos bajan con paciencia ofensiva: de sus mejillas a la clavícula, del borde del vestido al primer recodo de piel. El pulgar tantea el límite como quien abre una cortina; sube y desciende dibujando rutas lentas. El asco le arranca un relámpago ácido bajo la piel; y, traidora, una chispa mínima, ajena a ella, osa aparecer donde no la llama. No es deseo: es cuerpo. La avergüenza. La enfurece. La hiela.
—No finjas tu pérdida… no finjas tu dolor —canta con mueca alegre; el lirio del anillo resalta cuando la luna se filtra por la ventanita—. Con tu ángel reías distinto. Caminabas distinto. Dime, ¿te entregabas a él de esta manera…? —rechina los dientes; la noche se corta—. Dile que rece. Voy a ir a buscarlo.
La oscuridad respira. Polvo de plata tiembla en el piso. Entre sombras, por fin, aparece el rostro que tanto buscó y que ahora la enferma de certeza: la curva exacta de esa boca que no olvida, la sombra en la mejilla, la mirada que aprendió tarde. Sabe lo que significa el lirio. Sabe lo que él es. Y que no la ama: la reclama como trofeo.
—Te queda el blanco —dice, satisfecho, paladeando—. Aunque ya no te corresponda.
Su risa no estalla: gotea.
Luego, sin aviso, le toma la cara con ambas manos —ternura falsa, muñeca de feria— y la besa. Duro. Largo. Como quien firma un documento. La boca le duele; la náusea sube; un hilo de calor involuntario pugna por hacerse notar.
Ella encaja los dientes.
Él sonríe, satisfecho, y se aparta.
—Tu ángel… —inclina la cabeza, casi tierno, venenoso—. Ese «profesionista» tan correcto, con tratos cerrados y sonrisa de vitrina. Qué pena la máscara. Los hombres que persiguen sombras siempre dejan huellas.
Sus dedos descienden, rozan su pierna y ahora juegan con el nudo de la cuerda, como si calculara un tiempo.
Las cuerdas se tensan; el palo cruje; el vestido pesa como una culpa que no es suya. Reúne el poco aire que le queda y traga el sabor metálico de su nombre antes de pronunciarlo, como si así pudiera despojarlo de algo.
—Esteban.
Él alza el anillo para que el lirio vuelva a resaltar.
—Por fin... —dice, y su picardía luce colmillos—. Que tu ángel no se tarde.
Sofia curva el lado derecho de su boca. Un bufido escapa de sus labios.
Hay una sola certeza:
Él vendrá.








