Azoth: El Tejedor De Un Mundo Loco by Luciel at Inkitt
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Azoth: El tejedor de un mundo loco

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Summary

Tras recibir la profecía de una adivina, la vida de Kaylan da un vuelco desgarrador con la muerte de su madre. Aunque el dolor y el odio lo inundan, el pequeño mendigo se ve obligado a tragarse sus deseos de venganza, guiado por una madurez implacable: para sobrevivir en un mundo cruel, no puede permitirse el lujo de odiar sin tener el poder para defenderse. Sin más opción que seguir adelante, Kaylan emprende un viaje a través de distintos reinos y sociedades, buscando descubrir el verdadero significado de aquella profecía y entender la naturaleza de una humanidad que se debate entre la empatía... o el devorarse entre sí.

Genre
Mystery
Author
Luciel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Epílogo]

«Te daré todo y al final desearás no tener nada».

Eso fue lo que me dijo aquella adivina.

¿Cómo puede decir que soy un niño maldito?

Eso no tiene sentido...

Sin embargo...

¿Por qué ahora todos están muertos?

No hay nadie...

Ya no hay nadie.

Mamá se fue tan rápido...

Ese caballo llegó como llegan todas las cosas inesperadas: sin aviso y en el peor momento.

El noble encima del caballo fue arrogante y bastante sádico al no darnos tiempo de quitarnos del camino mientras andaba a toda velocidad; nos intentó golpear a ambos como si fuéramos simple polvo. Como si no importara si nos arrastraba con los pasos de esa bestia.

Mamá siempre es rápida, por eso intentó empujarme para salvarme. Aunque creo que se equivocó un poco cuando me soltó y ella se echó hacia adelante; seguro fueron los nervios.

Una madre primeriza no sabe que los niños son más frágiles que un adulto.

-¡Mamá! -grité con desesperación mientras ella era asesinada ante mis ojos.

El noble pareció darse cuenta del sacrificio que hizo mi madre para salvarme, y decidió golpearla a ella antes que a mí. En ese momento me quedé atónito. Los oídos comenzaron a dolerme demasiado y solo pude cubrirlos con mis manos.

Ese noble la mató...

Pero... ese noble fue amable... al menos no regresó a golpearme como habría hecho cualquier otro.

Cuando el caballo finalmente se marchó con su dueño, me quedé allí, de pie, sintiendo un vacío extraño. No era un dolor agudo, no todavía; después de todo, el cuerpo de mi madre ya estaba frío y no quedaba absolutamente nada que hacer.

En una vida como la nuestra, guardar odio no tenía ningún sentido; la rabia no iba a revivirla. Eso de jurar venganza y guardar rencor eterno contra una familia noble era algo que solo existía en los cuentos que recitaban los cantores en las plazas, pero nada más. En el mundo real, mi madre estaba acabada y la fantasía no servía para nada.

Solo me quedaba recoger rápidamente los restos que yacían sobre la tierra y rogarle al panadero que me prestara su horno para quemarlos. Aunque, sabía que debía esperar a que la noche cubriera el cielo. Era bastante obvio que no podría pedírselo por la mañana; cualquier persona se ofendería si le dijeras que en el mismo horno donde se hace su rico pan de cada día, vas a incinerar los restos de una mujer muerta.

Intenté concentrarme en alguna otra cosa, por ejemplo, en dónde viviría, a qué lugar iría... Me hacía tantas preguntas y a la vez no podía responderlas. Si era difícil vivir junto a mi madre, ahora no teniéndola era imposible. No tengo la mente fría. No soy capaz de no guardar rencor, no soy capaz de decir que no me importa, no puedo cumplir los planes que se me ocurran ahora mismo porque, ahora mismo, las lágrimas me están nublando la vista y simplemente no puedo parar de llorar.

Entre pequeños sollozos, logré ponerme en pie. Manché mis manos con la sangre aún fresca y, con un esfuerzo que me desgarró el alma, arrastré lo que quedaba del cuerpo fuera de la carretera. Los carruajes nuevos no tardarían en pasar y no iba a dejar que la pisotearan otra vez.

Luego me quedé allí. Esperé un poco, de pie junto al camino, y levanté la vista hacia el cielo. Parecía que se estaba nublando, lo cual, de alguna manera, me ayudaba. Al menos así la lluvia disimulaba las lágrimas en mi rostro y el agua limpiaría los restos de mi madre de la calle; al menos así no echarían maldiciones los vivos por ensuciar la bella calzada de los nobles.

-Oh, madre, tuviste que irte tan pronto... -murmuré, con una voz rota por el cansancio.

Miré el suelo, asimilando mi realidad. No tenía un lugar donde enterrar tus restos, no podía darte una tumba para descansar, pero al menos pretendía llevar una parte de tus cenizas conmigo. Deseaba darle lo mejor, al menos por ahora, en este último instante.

Sé que intentaste salvarme, madre. Sé que lo diste todo por mí, así que no puedo juzgarte por lo que nos pasó. Eras tan joven... Sé perfectamente que si no me hubieras tenido, ahora mismo estarías viva y hubieras tenido un destino mejor. Quizás tu propia familia no te habría...

Dejé la frase en el aire y sacudí la cabeza. Daba igual. Ya era muy tarde para los "quizás".

Me acerqué a la panadería cuando la noche ya había caído por completo. Aquel hombre siempre había sido bastante amable con nosotros, ¿verdad, madre? Por eso me atreví a ir.

Entré tímidamente, tratando de ocultar mis manos, que aún seguían manchadas de sangre seca. Cuando me acerqué al mostrador y el panadero levantó la vista, su rostro se desencajó por completo. Parecía asustado.

-¿Qué haces aquí? -me preguntó, con la voz cargada de una profunda preocupación, mientras miraba a mi alrededor asegurándose de que nadie me hubiera visto entrar.

Yo, avergonzado por los harapos con los que había invadido su tienda y con el corazón en la garganta, solo pude hablar en un hilo de voz:

-Señor... mi madre acaba de fallecer -solté, tragando saliva-. Temo pedirle esto, pero... ¿podría quemarla en su horno? Es que... no quiero que sus restos sean botados a la basura, o que terminen siendo devorados por los perros de la calle.

El panadero guardó un silencio sepulcral. Se me quedó mirando durante unos segundos que me parecieron eternos; en sus ojos no había desprecio, sino una lástima profunda, un dolor compartido. Al final, dio un largo suspiro y asintió con la cabeza.

Salió de detrás de la vitrina, caminó hacia mí con pasos cautelosos y me puso una mano en el hombro.

-Acompáñame. Vamos por atrás -me dijo en un susurro, indicándome el camino hacia la parte trasera del local.

Llevé tus restos como pude, acomodándolos con un cuidado infinito que contrastaba con la prisa del momento. El panadero abrió las pesadas puertas del horno, que todavía conservaba un calor intenso y abrasador. Con el corazón encogido, echamos los restos al fuego.

Mientras las llamas hacían su trabajo en silencio, el hombre me alcanzó una pequeña palangana con agua limpia para que pudiera lavarme el rostro. Sumergí las manos, sintiendo el agua fría, pero en realidad mis ojos no podían apartarse del fuego.

Me quedé atónito, completamente anonadado, como si el calor me hubiera magnetizado. El panadero me habló un par de veces, pero sus palabras me llegaban lejanas, como un eco bajo el agua. No me moví de allí. Me quedé estático frente a la boca del horno, vigilando el fuego, hasta que la madrugada estuvo muy entrada y las brasas comenzaron a apagarse.

Arrastré mis pies pesados fuera de la panadería. Sabía perfectamente que no podía quedarme más tiempo allí; si lo hacía, terminaría causándole una mala fama al dueño, y ese hombre había sido sumamente amable con mi madre y conmigo. Nosotros no debíamos pagarle su bondad trayendo más problemas. Le di las gracias en un leve susurro, bajé la cabeza y salí a la calle.

Aún era de madrugada, por lo que la ciudad dormía y no había muchas personas merodeando por los callejones. Caminé aturdido, con la mente nublada; ni siquiera supe cómo logré avanzar o a dónde me dirigía exactamente. Pero, mientras arrastraba los pies por el frío suelo, sentí un golpe duro y seco en la parte trasera de la cabeza.

El impacto me sacudió por completo. Intenté darme la vuelta para defenderme o ver quién me atacaba, pero mi cuerpo estaba demasiado débil y mis fuerzas se habían agotado. No pude hacer nada. Mis piernas cedieron y solo me quedó caer... caer directo hacia el frío suelo mientras la oscuridad me reclamaba.

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