El veredicto de la plata
Julian observaba la pantalla holográfica en el laboratorio privado de su camioneta blindada. El analizador de espectro genético emitía un zumbido rítmico, procesando la muestra de sangre que le había extraído a Aleka de la yugular.
A su lado, un juego de cuerdas de seda negra magnética descansaba sobre la mesa de acero. Julian las acarició inconscientemente. Sus dedos, curtidos por años de misiones tácticas, sabían exactamente cuánta presión aplicar para someter sin dañar. Pero con Aleka, la ecuación era distinta. Ella no era un objetivo común.
Un pitido agudo interrumpió sus pensamientos. La pantalla se tiñó de un color dorado brillante.
Efecto Quimera: 99.8%
Memoria Celular: Activa
Julian contuvo el aliento. Los resultados desafiaban la genética moderna. Las cadenas de ADN de Aleka no estaban rotas ni mutadas al azar; estaban entrelazadas con una estructura de aminoácidos antigua, una firma biológica que no se había visto en la Tierra desde hacía más doscientos años. Ella no era una infectada. Era la matriarca. La loba original.
—Es ella —susurró Julian, y por primera vez, una grieta de pura emoción humana cruzó su fachada de hielo—. El Telar la destrozará si la atrapa primero.
Su comunicador vibró. La voz fría de su superior —y padre—, Lord Vance, resonó en el auricular.
—Julian. Marcus informa que el espécimen escapó del taller. Despliega a tus hombres. La queremos viva, pero si opone resistencia, rompe sus extremidades. No necesitamos sus piernas para extraerle el suero.
Julian apretó los puños, sintiendo una furia sorda que comenzaba a quemarle las venas. Miró las cuerdas de plata sobre la mesa.
—Entendido, señor —mintió Julian, con la voz perfectamente controlada—. Me encargaré de ella personalmente. Ella no irá a ningún lado.








