La melodía de la restricción
La celda blindada no tenía ventanas, pero el cuerpo de Aleka sabía perfectamente que la luna estaba ascendiendo en el exterior. Su temperatura corporal comenzó a subir de manera alarmante; sentía la sangre correr por sus venas como si fuera lava.
—¡Julian! —gritó, su voz rompiéndose en un gemido áspero, mitad humano, mitad animal—. Quema... me quema por dentro. ¡Sácame de aquí!
Julian, que había estado observando las lecturas biométricas en una tableta táctica apoyada contra la pared de hormigón, se acercó a paso lento. Su mirada recorrió el cuerpo suspendido de Aleka. La piel de ella estaba enrojecida y las líneas oscuras de sus muñecas —el mapa genético que había despertado— palpitaban con una luz sutilmente dorada bajo la piel.
—Si te suelto, la fiebre destruirá tus conexiones neuronales en diez minutos —dijo Julian, con voz gélida pero firme—. El “Efecto Quimera” es un motor de combustión biológica. Sin un anclaje físico que obligue a tu sistema nervioso a contraerse y rendirse, tu propio corazón estallará.
Julian dio un paso al frente y tomó la cuerda principal de seda negra, tensándola con un tirón seco.
El movimiento obligó a los hombros de Aleka a echarse hacia atrás, arqueando su espalda expuesta. Los filamentos de plata integrados en la seda reaccionaron de inmediato ante la oleada de adrenalina de la loba, emitiendo un zumbido magnético que liberó una oleada de frío sedante directamente en sus ganglios linfáticos.
—¡Ah! —Aleka dejó caer la cabeza hacia atrás, apretando los dientes. El dolor fue agudo, pero inmediatamente después sintió un alivio helado que aplacó el fuego en su pecho.
—Concéntrate en la presión de las cuerdas, Aleka —ordenó Julian, colocándose detrás de ella. Sus manos enguantadas se posaron sobre sus caderas, sujetándola para estabilizarla mientras ajustaba el intrincado nudo que cruzaba sus muslos—. No luches contra el metal. Entrégate a la restricción. Deja que la seda soporte tu peso y que la plata enfríe tu sangre.
—Es... es una tortura —jadeó ella, sintiendo cómo la sumisión física forzada por el arnés de seda empezaba a calmar el pánico de su mente.
—Es control —susurró Julian cerca de su nuca, su aliento rozando su piel húmeda—. Y es la única razón por la que sigues respirando.
Por primera vez, Aleka no sintió rabia ante su cautiverio. Miró a Julian a los ojos a través de la penumbra de la celda y vio algo que la dejó sin aliento: él no la miraba como a un monstruo, ni como a un espécimen científico. La miraba con una devoción oscura, casi hambrienta, como si él también estuviera encadenado a ella de una forma invisible.








