El peso de las apariencias
CapÃtulo 1
El peso de las apariencias
La primera regla en la casa de los Takahashi era muy sencilla.
No hagas nada que pueda avergonzar a la familia.
La segunda era aún más importante.
Sé la mejor.
Y Sora habÃa crecido intentando cumplir ambas.
-Sora, despierta. Son las seis.
La voz de su madre se escuchó detrás de la puerta.
Ella abrió los ojos lentamente.
No habÃa dormido bien. Como casi todas las noches.
Permaneció unos segundos mirando el techo de su habitación. Todo estaba impecablemente ordenado. Su escritorio no tenÃa una sola hoja fuera de lugar, los libros estaban acomodados por tamaño, el uniforme colgaba perfectamente planchado y los diplomas decoraban una de las paredes.
Era la habitación de la hija perfecta.
O, al menos, eso era lo que sus padres querÃan que todos vieran.
Se levantó en silencio, se puso el uniforme y bajó las escaleras.
Su padre ya estaba vestido con un elegante traje gris mientras revisaba las noticias en su tableta. Su madre respondÃa correos desde el celular sin despegar la vista de la pantalla.
-Buenos dÃas...
-Buenos dÃas, Sora -respondió su madre de forma automática.
Su padre dejó la tableta sobre la mesa.
-¿Cómo te fue en el examen de matemáticas?
-Saqué noventa y ocho.
El hombre guardó silencio unos segundos.
-¿Quién obtuvo cien?
-Mizuki...
-Entonces estudia más. Dos puntos pueden hacer la diferencia.
Sora bajó la mirada.
Ni siquiera habÃa empezado el dÃa y ya sentÃa que habÃa fallado.
Mientras desayunaban, la conversación giró alrededor de reuniones, clientes, contratos y viajes de trabajo.
Nadie preguntó si habÃa dormido bien.
Nadie preguntó cómo se sentÃa.
Cuando terminó de comer tomó su mochila.
-Ya me voy.
Su madre acomodó el cuello de su camisa.
-Recuerda mantener una buena imagen. La gente siempre habla.
Su padre añadió sin levantar la vista:
-Y evita cualquier problema. No queremos que nuestro apellido esté involucrado en rumores.
-SÃ, papá.
Salió de la casa.
La enorme puerta se cerró detrás de ella.
Y, como todos los dÃas, nadie salió a despedirse.
Desde pequeña habÃa vivido rodeada de personas.
Pero casi nunca de sus padres.
Cuando tenÃa cinco años la cuidaba la señora Carmen.
Ella era quien la ayudaba a peinarse antes del jardÃn de infancia, quien preparaba su merienda y quien la abrazaba cuando tenÃa miedo de dormir sola.
A los ocho años llegó la señora Elena.
Después otra.
Y otra más.
Con el tiempo, Sora dejó de recordar sus nombres.
Solo recordaba que todas ellas conocÃan mejor sus gustos que sus propios padres.
SabÃan cuál era su color favorito.
Qué comida odiaba.
Qué canción la hacÃa sonreÃr.
Y cuál era el peluche sin el que no podÃa dormir.
Sus padres...
Solo sabÃan que siempre sacaba buenas notas.
El autobús escolar avanzaba lentamente entre las calles.
Sora se sentó junto a la ventana y colocó sus audÃfonos.
Abrió su lista de reproducción.
Coldplay.
Siempre Coldplay.
La voz de Chris Martin llenó el silencio que llevaba dentro.
Cada canción era un refugio.
Cuando escuchaba aquella música podÃa olvidar, aunque fuera por unos minutos, las discusiones en casa, las exigencias, las comparaciones y el peso de tener que ser perfecta.
Miró el cielo.
Las nubes se movÃan lentamente.
Le gustaba imaginar que algún dÃa también podrÃa irse tan lejos.
La preparatoria era un lugar lleno de ruido.
Grupos de amigos reÃan en los pasillos.
Algunas parejas caminaban tomadas de la mano.
Otros corrÃan para llegar a clase.
Sora caminaba sola.
No porque fuera tÃmida.
Sino porque con el tiempo habÃa aprendido a no acercarse demasiado a las personas.
Era más fácil asÃ.
No habÃa decepciones.
No habÃa despedidas.
No habÃa heridas.
Las primeras clases transcurrieron con normalidad.
En Historia tomó apuntes.
En Literatura respondió correctamente todas las preguntas.
En Matemáticas resolvió cada ejercicio antes que el resto del salón.
Era inteligente.
Pero nadie parecÃa notar otra cosa además de sus calificaciones.
Cuando llegó la hora del trabajo en equipo, el profesor dijo:
-Formen grupos de cuatro.
En menos de un minuto todo el salón estaba organizado.
Todos...
Menos Sora.
Esperó unos segundos.
Tal vez alguien la llamarÃa.
Nadie lo hizo.
El profesor suspiró.
-Sora, puedes hacerlo individualmente.
Ella sonrió con educación.
-No hay problema, profesor.
MentÃa.
SÃ habÃa un problema.
Siempre lo habÃa.
Cuando sonó el timbre del descanso, tomó su mochila y subió las escaleras.
Primer piso.
Segundo.
Tercero.
Hasta llegar a la azotea.
Empujó la puerta.
El viento acarició su rostro.
Por primera vez en el dÃa respiró con tranquilidad.
Se acercó a una esquina donde siempre se sentaba.
Sacó un viejo cuaderno escondido en el fondo de la mochila.
Era el único lugar donde seguÃa permitiéndose ser ella misma.
Lo abrió lentamente.
HabÃa dibujos de paisajes, retratos, flores y cielos.
Muchos cielos.
Desde pequeña le gustaba dibujar y escribir historias.
Pero una tarde, durante una reunión familiar, todo cambió.
-¿TodavÃa dibujas esas tonterÃas?
Su tÃo soltó una carcajada mientras enseñaba uno de sus dibujos al resto de la familia.
-Jamás vivirás de eso.
-Qué pérdida de tiempo.
Todos rieron.
Incluso algunos primos.
Sora sintió cómo las lágrimas amenazaban con salir.
Aquella noche sus padres hablaron con ella.
-No queremos que vuelvan a burlarse de ti.
Concéntrate en estudiar.
Eso sà te servirá para el futuro.
Desde entonces dejó de mostrar sus dibujos.
Incluso dejó de dibujar durante mucho tiempo.
Hasta ese dÃa.
Tomó el lápiz.
Comenzó a trazar lentamente el horizonte.
Después las nubes.
Luego un cielo inmenso.
Porque el cielo nunca la juzgaba.
Nunca le exigÃa ser perfecta.
Nunca le decÃa que no era suficiente.
-Bonito dibujo.
El lápiz se detuvo.
Sora levantó la vista.
A pocos metros de ella habÃa un chico de cabello negro y uniforme ligeramente desacomodado.
TenÃa las manos en los bolsillos y observaba el paisaje con una tranquilidad que jamás habÃa visto en alguien.
Ella cerró el cuaderno por reflejo.
-Perdón... ya me iba.
El chico negó con la cabeza.
-¿Por qué?
-Pensé que querÃas estar solo.
Él sonrió ligeramente.
-Yo podrÃa decir lo mismo.
Hubo un pequeño silencio.
Después señaló el cielo.
-La azotea es bastante grande para los dos.
Sora dudó unos segundos antes de volver a sentarse.
Él hizo lo mismo, dejando suficiente espacio entre ambos.
No intentó mirar su cuaderno.
No hizo preguntas.
Solo contempló el atardecer.
Pasaron varios minutos sin hablar.
Y, curiosamente...
Era el silencio más tranquilo que Sora habÃa compartido con alguien.
-Soy Haru -dijo finalmente.
Ella tardó unos segundos en responder.
-Sora.
Él sonrió.
-Es un nombre bonito.
Sora sintió un pequeño nudo en la garganta.
No recordaba la última vez que alguien le decÃa algo bonito sin esperar nada a cambio.
El timbre anunció el final del descanso.
Haru se puso de pie.
-Supongo que nos veremos otra vez.
-¿Cómo lo sabes?
Él miró el cielo antes de responder.
-A veces me quedo aquÃ, dedicarÃa mi tiempo para mÃ, pero está bien. La soledad no siempre es un buen lugar para permanecer..
Y se marchó.
Sora permaneció inmóvil, observando la puerta por la que habÃa desaparecido.
Luego abrió su cuaderno una vez más.
Sin darse cuenta...
Por primera vez en mucho tiempo, sintió curiosidad por volver a la azotea al dÃa siguiente.








