Para:Sora 🌸 by Rizos at Inkitt
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Para:Sora 🌸

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Summary

Sinopsis Toda su vida, Sora creyó que el amor era algo que les pasaba a otras personas. Creció en una casa donde nunca faltó comida, pero sí abrazos. Donde el silencio era más común que una conversación y donde sus sueños fueron guardados en un cajón porque "la gente siempre tiene algo que decir". Aprendió a sonreír para no preocupar a nadie, mientras por dentro se iba rompiendo en pedazos. Hasta que una tarde, en la azotea de la preparatoria, conoció al único chico que parecía entender el peso del silencio. Haru era todo lo contrario a ella. Venía de una familia unida, de esas que cenan juntas, se abrazan sin motivo y convierten los días más simples en recuerdos inolvidables. Nunca imaginó que alguien pudiera sentirse tan solo estando rodeado de personas. Lo que comenzó con un atardecer compartido se convirtió en una historia donde dos mundos completamente distintos chocaron. Él le enseñó que vivir no significa simplemente existir. Ella le enseñó que incluso los corazones más rotos todavía pueden aprender a latir. Pero algunas heridas tardan demasiado en sanar... Y el amor, por sí solo, no siempre basta. ¿Qué pasa cuando la persona que más quieres está luchando una batalla que nadie puede ver?

Genre
Drama
Author
Rizos
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El peso de las apariencias

Capítulo 1

El peso de las apariencias

La primera regla en la casa de los Takahashi era muy sencilla.

No hagas nada que pueda avergonzar a la familia.

La segunda era aún más importante.

Sé la mejor.

Y Sora había crecido intentando cumplir ambas.

-Sora, despierta. Son las seis.

La voz de su madre se escuchó detrás de la puerta.

Ella abrió los ojos lentamente.

No había dormido bien. Como casi todas las noches.

Permaneció unos segundos mirando el techo de su habitación. Todo estaba impecablemente ordenado. Su escritorio no tenía una sola hoja fuera de lugar, los libros estaban acomodados por tamaño, el uniforme colgaba perfectamente planchado y los diplomas decoraban una de las paredes.

Era la habitación de la hija perfecta.

O, al menos, eso era lo que sus padres querían que todos vieran.

Se levantó en silencio, se puso el uniforme y bajó las escaleras.

Su padre ya estaba vestido con un elegante traje gris mientras revisaba las noticias en su tableta. Su madre respondía correos desde el celular sin despegar la vista de la pantalla.

-Buenos días...

-Buenos días, Sora -respondió su madre de forma automática.

Su padre dejó la tableta sobre la mesa.

-¿Cómo te fue en el examen de matemáticas?

-Saqué noventa y ocho.

El hombre guardó silencio unos segundos.

-¿Quién obtuvo cien?

-Mizuki...

-Entonces estudia más. Dos puntos pueden hacer la diferencia.

Sora bajó la mirada.

Ni siquiera había empezado el día y ya sentía que había fallado.

Mientras desayunaban, la conversación giró alrededor de reuniones, clientes, contratos y viajes de trabajo.

Nadie preguntó si había dormido bien.

Nadie preguntó cómo se sentía.

Cuando terminó de comer tomó su mochila.

-Ya me voy.

Su madre acomodó el cuello de su camisa.

-Recuerda mantener una buena imagen. La gente siempre habla.

Su padre añadió sin levantar la vista:

-Y evita cualquier problema. No queremos que nuestro apellido esté involucrado en rumores.

-Sí, papá.

Salió de la casa.

La enorme puerta se cerró detrás de ella.

Y, como todos los días, nadie salió a despedirse.

Desde pequeña había vivido rodeada de personas.

Pero casi nunca de sus padres.

Cuando tenía cinco años la cuidaba la señora Carmen.

Ella era quien la ayudaba a peinarse antes del jardín de infancia, quien preparaba su merienda y quien la abrazaba cuando tenía miedo de dormir sola.

A los ocho años llegó la señora Elena.

Después otra.

Y otra más.

Con el tiempo, Sora dejó de recordar sus nombres.

Solo recordaba que todas ellas conocían mejor sus gustos que sus propios padres.

Sabían cuál era su color favorito.

Qué comida odiaba.

Qué canción la hacía sonreír.

Y cuál era el peluche sin el que no podía dormir.

Sus padres...

Solo sabían que siempre sacaba buenas notas.

El autobús escolar avanzaba lentamente entre las calles.

Sora se sentó junto a la ventana y colocó sus audífonos.

Abrió su lista de reproducción.

Coldplay.

Siempre Coldplay.

La voz de Chris Martin llenó el silencio que llevaba dentro.

Cada canción era un refugio.

Cuando escuchaba aquella música podía olvidar, aunque fuera por unos minutos, las discusiones en casa, las exigencias, las comparaciones y el peso de tener que ser perfecta.

Miró el cielo.

Las nubes se movían lentamente.

Le gustaba imaginar que algún día también podría irse tan lejos.

La preparatoria era un lugar lleno de ruido.

Grupos de amigos reían en los pasillos.

Algunas parejas caminaban tomadas de la mano.

Otros corrían para llegar a clase.

Sora caminaba sola.

No porque fuera tímida.

Sino porque con el tiempo había aprendido a no acercarse demasiado a las personas.

Era más fácil así.

No había decepciones.

No había despedidas.

No había heridas.

Las primeras clases transcurrieron con normalidad.

En Historia tomó apuntes.

En Literatura respondió correctamente todas las preguntas.

En Matemáticas resolvió cada ejercicio antes que el resto del salón.

Era inteligente.

Pero nadie parecía notar otra cosa además de sus calificaciones.

Cuando llegó la hora del trabajo en equipo, el profesor dijo:

-Formen grupos de cuatro.

En menos de un minuto todo el salón estaba organizado.

Todos...

Menos Sora.

Esperó unos segundos.

Tal vez alguien la llamaría.

Nadie lo hizo.

El profesor suspiró.

-Sora, puedes hacerlo individualmente.

Ella sonrió con educación.

-No hay problema, profesor.

Mentía.

Sí había un problema.

Siempre lo había.

Cuando sonó el timbre del descanso, tomó su mochila y subió las escaleras.

Primer piso.

Segundo.

Tercero.

Hasta llegar a la azotea.

Empujó la puerta.

El viento acarició su rostro.

Por primera vez en el día respiró con tranquilidad.

Se acercó a una esquina donde siempre se sentaba.

Sacó un viejo cuaderno escondido en el fondo de la mochila.

Era el único lugar donde seguía permitiéndose ser ella misma.

Lo abrió lentamente.

Había dibujos de paisajes, retratos, flores y cielos.

Muchos cielos.

Desde pequeña le gustaba dibujar y escribir historias.

Pero una tarde, durante una reunión familiar, todo cambió.

-¿Todavía dibujas esas tonterías?

Su tío soltó una carcajada mientras enseñaba uno de sus dibujos al resto de la familia.

-Jamás vivirás de eso.

-Qué pérdida de tiempo.

Todos rieron.

Incluso algunos primos.

Sora sintió cómo las lágrimas amenazaban con salir.

Aquella noche sus padres hablaron con ella.

-No queremos que vuelvan a burlarse de ti.

Concéntrate en estudiar.

Eso sí te servirá para el futuro.

Desde entonces dejó de mostrar sus dibujos.

Incluso dejó de dibujar durante mucho tiempo.

Hasta ese día.

Tomó el lápiz.

Comenzó a trazar lentamente el horizonte.

Después las nubes.

Luego un cielo inmenso.

Porque el cielo nunca la juzgaba.

Nunca le exigía ser perfecta.

Nunca le decía que no era suficiente.

-Bonito dibujo.

El lápiz se detuvo.

Sora levantó la vista.

A pocos metros de ella había un chico de cabello negro y uniforme ligeramente desacomodado.

Tenía las manos en los bolsillos y observaba el paisaje con una tranquilidad que jamás había visto en alguien.

Ella cerró el cuaderno por reflejo.

-Perdón... ya me iba.

El chico negó con la cabeza.

-¿Por qué?

-Pensé que querías estar solo.

Él sonrió ligeramente.

-Yo podría decir lo mismo.

Hubo un pequeño silencio.

Después señaló el cielo.

-La azotea es bastante grande para los dos.

Sora dudó unos segundos antes de volver a sentarse.

Él hizo lo mismo, dejando suficiente espacio entre ambos.

No intentó mirar su cuaderno.

No hizo preguntas.

Solo contempló el atardecer.

Pasaron varios minutos sin hablar.

Y, curiosamente...

Era el silencio más tranquilo que Sora había compartido con alguien.

-Soy Haru -dijo finalmente.

Ella tardó unos segundos en responder.

-Sora.

Él sonrió.

-Es un nombre bonito.

Sora sintió un pequeño nudo en la garganta.

No recordaba la última vez que alguien le decía algo bonito sin esperar nada a cambio.

El timbre anunció el final del descanso.

Haru se puso de pie.

-Supongo que nos veremos otra vez.

-¿Cómo lo sabes?

Él miró el cielo antes de responder.

-A veces me quedo aquí, dedicaría mi tiempo para mí, pero está bien. La soledad no siempre es un buen lugar para permanecer..

Y se marchó.

Sora permaneció inmóvil, observando la puerta por la que había desaparecido.

Luego abrió su cuaderno una vez más.

Sin darse cuenta...

Por primera vez en mucho tiempo, sintió curiosidad por volver a la azotea al día siguiente.

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