Capítulo 1: las cadenas de oro
El invierno en el palacio real se sentía más frío que de costumbre, o tal vez era simplemente el alma de Elowen la que se estaba congelando. A sus dieciséis años, el príncipe heredero de la rama sueca establecida en Inglaterra comprendía perfectamente que su vida no le pertenecía; era una propiedad de la corona, una pieza de ajedrez que su padre, el rey, movería a su antojo en el tablero de la geopolítica y las alianzas económicas.
Elowen miraba a través del ventanal de su habitación. Los cristales estaban empañados por la escarcha, bloqueando la vista de los jardines que solía recorrer. Ya no se le permitía salir. Desde hacía tres días, las puertas de sus aposentos permanecían cerradas con llave por fuera. Su único delito había sido gritar un rotundo "no" cuando su padre le presentó el retrato de Lady Beatrice, una acaudalada viuda de veintisiete años cuya fortuna y conexiones en Inglaterra asegurarían el futuro financiero de la familia.
—No puedes negarte, Elowen —había resonado la voz de su padre, implacable como el trueno, antes de ordenar el encierro—. Te quedarás aquí hasta que la sensatez entre en tu cabeza. Firmarás el acuerdo de compromiso, o te asegurarás de conocer el verdadero significado de la miseria.
El joven príncipe abrazó sus propias piernas, sentado en el alféizar de la ventana. Su cabello rubio, típicamente pulcro, caía desordenado sobre su frente. El miedo y la impotencia le oprimían el pecho, pero más allá del temor a su padre, lo que realmente le desgarraba el corazón era saber que aceptar ese matrimonio significaría renunciar para siempre al único rayo de luz que tenía en su vida.
Un suave sonido en la cerradura interrumpió sus pensamientos. El corazón de Elowen dio un vuelco. No era el paso firme de los guardias, ni el andar imponente de los emisarios de su padre. Era un ritmo sutil, conocido, que él podría reconocer entre un millón.
La pesada puerta de roble se abrió lentamente, revelando la figura de River.
River, de dieciocho años, vestía el uniforme pulcro de los sirvientes de alto rango, pero en él, las costuras rígidas parecían no poder contener una gracia natural. Llevaba una bandeja de plata con té y algo de alimento, la excusa perfecta que los guardias exigían para permitirle el acceso. Sus ojos oscuros, cargados de una preocupación que intentaba disimular bajo la máscara de la servidumbre, buscaron de inmediato los de Elowen.
—Mi señor —dijo River con voz baja, cerrando la puerta tras de sí con el talón. El clic de la cerradura volvió a aislar al mundo exterior.
—Te he dicho mil veces que no me llames así cuando estamos solos, River —respondió Elowen, esbozando la primera sonrisa genuina de todo el día. Se bajó de la ventana y se acercó a la mesa del centro.
River dejó la bandeja y esperó a que los pasos de los guardias se alejaran del pasillo antes de romper la postura rígida. Sus hombros cayeron y un suspiro pesado escapó de sus labios. Sin pedir permiso, se acercó al príncipe, deteniéndose a una distancia que dictaba el protocolo, pero que sus ojos suplicaban acortar.
—El rey está furioso, Elo... —mencionó River, utilizando el diminutivo que solo se permitía en la más estricta intimidad—. Los pasillos no hablan de otra cosa. Dicen que no te dejará salir hasta que accedas a recibir a Lady Beatrice la próxima semana.
Elowen sintió una oleada de náuseas. Se sentó en una de las sillas de felpa y miró la comida, incapaz de probar bocado.
—No la amo, River. Ni siquiera la conozco. Tiene veintisiete años, me dobla la edad en experiencia y vida. Esto es una farsa, un negocio. Mi padre quiere vender de mi juventud al mejor postor.
River apretó los puños a los costados de su cuerpo. El dolor de ver al príncipe en ese estado le calaba hasta los huesos. Habían crecido juntos; River había sido asignado al cuidado personal de Elowen cuando ambos eran apenas unos niños. Habían compartido secretos, caídas, lecturas nocturnas a la luz de las velas y, con los años, un sentimiento silencioso que se había vuelto tan denso y profundo que amenazaba con ahogarlos a ambos si no lo dejaban salir.
—El rey es un hombre implacable —dijo River, dando un paso hacia adelante, rompiendo la distancia de seguridad—. Pero no puedes dejarte morir de hambre. Tienes que mantener las fuerzas. Por favor, come un poco.
Elowen levantó la mirada. Sus ojos azules, usualmente brillantes, estaban empañados por las lágrimas contenidas. Miró las manos de River, fuertes y marcadas por el trabajo, y sintió un deseo incontenible de tomarlas entre las suyas, de buscar el calor que el palacio le negaba.
—¿A ti te importa, River? —preguntó Elowen en un susurro apenas audible.
River se tensó. El aire en la habitación pareció volverse más pesado.
—¿Si me importa qué, mi prín... Elo?
—Si me caso. Si me entregan a esa mujer. Si desaparezco de esta corte para convertirme en el adorno de una viuda adinerada en el sur de Inglaterra. ¿Te importa?
La pregunta quedó suspendida en el aire, vibrando con una tensión peligrosa. River tragó saliva. Sus ojos recorrieron las facciones del príncipe: la línea delicada de su mandíbula, la tristeza en su mirada, los labios que tantas veces había deseado rozar en sus fantasías más prohibidas. Sabía que un sirviente no tenía derecho a opinar, que una sola palabra equivocada podría costarle el destierro o algo peor. Pero ver la vulnerabilidad de Elowen destruía cualquier barrera de contención.
—Me importa más de lo que la vida misma me permite expresar —confesó River, su voz quebrando la rigidez del protocolo—. Me importa tanto que me quema por dentro, Elo.
Elowen se levantó de la silla, el corazón latiéndole con fuerza en la garganta. Dio un paso hacia River, quedando a escasos centímetros de él. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del sirviente, un contraste absoluto con el frío que lo rodeaba.
Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo más, el sonido de unas pisadas firmes en el pasillo exterior los obligó a retroceder. Alguien se acercaba a la puerta. River adoptó de inmediato la postura recta, bajando la mirada al suelo, mientras Elowen regresaba a la mesa, fingiendo desinterés.
La llave giró en la cerradura y la figura del jefe de la guardia se asomó por la rendija.
—Tu tiempo se ha terminado, muchacho. Deja que el príncipe descanse.
River asintió levemente, sin levantar la vista.
—Sí, señor. Con su permiso, mi príncipe.
River caminó hacia la salida, pero justo antes de cruzar el umbral, desvió la mirada hacia Elowen por un milisegundo. En sus ojos no había solo sumisión; había una promesa silenciosa, un destello de rebelión que Elowen capturó de inmediato. La puerta se cerró de golpe y el cerrojo volvió a caer, pero esta vez, el encierro se sentía un poco menos definitivo. El fuego interno se había encendido, y ninguno de los dos podría apagarlo ya.