La Última Imprudencia
A la mañana siguiente, la curiosidad no me dejó pegar un ojo. Saqué la caja violeta y la abrí despacio. Lo primero que encontré fue un viejo álbum de fotos. Al hojearlo, vi imágenes de mis padres jóvenes, luego de mi infancia... y entonces llegué a una fotografía extraña: una silueta femenina, enfundada en un traje negro, montada sobre una descomunal motocicleta. El casco ocultaba su rostro.
Pasé la página con el corazón latiéndome en los oídos. En la siguiente foto, la misma joven sostenía el casco bajo el brazo, sonriendo a la cámara. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Esa joven era yo.
Vacié la caja por completo. Empezaron a caer medallas de segundo y tercer lugar. En el fondo, encontré una cinta de video. Desesperada por respuestas, la metí en la videocasetera de mi cuarto y le di a Play.
La pantalla mostró la pista de carreras del pueblo. La cámara enfocaba a una corredora sobre una moto negra, lista en la línea de salida. De fondo, una voz desgarrada por la emoción gritaba con orgullo: «¡Eres una ganadora, Aliana! ¡Eres la mejor, hija!».
Era la voz de mi padre.
Me quedé sin aire. Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Mi padre me había mentido. Me había robado mi identidad, mis recuerdos y mi pasión, todo para alejarme del peligro que casi me cuesta la vida.
La rabia y la adrenalina nublaron mi juicio. Salí de la casa como una tromba. Me dirigí a la pista de carreras del pueblo, decidida a recuperar lo que era mío. Fui al área de boxes y renté una motocicleta de alta cilindrada.
Justo cuando ponía un pie sobre la máquina, mi teléfono comenzó a sonar en mi bolsillo. Era mi padre. Respondí con el tono cortante.
—¿Aliana? ¿Dónde estás? —su voz sonaba al borde del colapso—. Necesito hablar contigo, por favor... necesito contarte algo.
—¿Contarme qué, papá? ¿Que era una corredora de motos? —le espeté con amargura—. Ya lo sé todo. Lo vi en la cinta de video.
Se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea, seguido por un sollozo quebrado. —Hija... lo siento tanto. Solo trataba de protegerte. Te quiero demasiado, eres todo lo que tengo en este mundo. No quería perderte a ti también... no como perdí a tu madre.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero la terquedad me dominaba. —Iré a casa en cuanto termine aquí —dije fríamente.
Le colgué. Guardé el teléfono, encendí el motor y dejé que el rugido de la máquina sepultara mis pensamientos. Fue mi última imprudencia. La imprudencia que me llevaría directamente a la muerte.
Entré a la pista con furia. Aceleré todo lo que la máquina permitía; las ruedas devoraban el asfalto. El viento golpeaba mi rostro con una fuerza brutal. De repente, a lo lejos, por encima del bramido del motor, escuché un grito desesperado que desgarraba el aire.
—¡Aliana! ¡Te quiero mucho, hija!
Giré levemente la cabeza. Era mi padre, que corría hacia el borde de la pista, agitando los brazos con el rostro desencajado por el horror. Su presencia me distrajo. Iba a una velocidad inexplicable, la moto se desestabilizó en la curva y perdí el control por completo.
La gravedad hizo lo suyo. Salí despedida del vehículo. Mientras caía y mi cuerpo rebotaba violentamente contra la pista una y otra vez, la oscuridad empezó a reclamarme. Pero antes de perder el sentido, en ese último microsegundo de lucidez, todos los recuerdos bloqueados regresaron como un torrente: recordé la gran carrera, recordé el trofeo que merecía, recordé la patada de la rival que me había hecho caer la primera vez... lo recordé todo.
Pero en este día, a diferencia de aquella gran carrera, había un detalle fatal.
Hoy no llevaba puesto el casco.








