Página 1: Encadenados
Andrew abrió los ojos.
No recordaba haberlos cerrado.
Tardó unos segundos en enfocar la vista. Sobre él no había cielo. Tampoco techo. Solo una inmensa oscuridad profunda que parecía extenderse hasta el infinito, inmóvil, como una fotografía.
Se incorporó despacio.
El suelo era de piedra lisa y fría. No había árboles. No había edificios. Ni una sola señal de vida.
Solo silencio.
«¿Hola...?» su voz salió más baja de lo que esperaba.
Nadie respondió.
Se puso de pie con cierta torpeza. Tenía la ropa que llevaba unas horas antes: una sudadera negra, unos vaqueros azules y las deportivas blancas que ahora estaban cubiertas por una fina capa de polvo gris.
Frunció el ceño.
«¿Dónde estoy?» pensó.
Lo último que recordaba era confuso. Una calle. El aire helado. Un dolor agudo en el pecho.
Después...
Nada.
Se llevó una mano al pecho por instinto.
No había sangre.
Ni heridas.
Ni siquiera dolor.
Solo una extraña sensación de vacío.
Comenzó a caminar sin una dirección concreta. Cada paso producía un sonido que desaparecía enseguida, devorado por el silencio.
Diez pasos.
Veinte.
Treinta.
Cien.
No había cambiado absolutamente nada.
Era como si el área fuese inmensa, porque lo era.
Entonces escuchó algo.
Un golpe metálico.
Clink.
Andrew se quedó inmóvil.
El sonido volvió a repetirse.
Más cerca esta vez.
Clink.
Giró lentamente la cabeza.
A unos metros de distancia, una figura caminaba hacia él entre la niebla gris.
Todavía era imposible distinguir su rostro.
Pero el sonido del metal acompañaba cada uno de sus pasos.








