Capítulo 1
Decir que me gustaba ir a estudiar sería mentir, pero tampoco lo odiaba; al menos mantenía mis notas en un buen promedio. Sin embargo, si me había despertado tan temprano el día de hoy, no era precisamente por el feliz regreso a clases.
Me encontraba frente al espejo después de una ducha rápida. Bueno, en realidad me tomó un buen tiempo, especialmente tras esparcir mi loción favorita con aroma a uva por todo el cuerpo. Intenté acomodar mi corbata como pude, pero tras varios intentos fallidos, me rendí; la dejaría torcida o de plano no me la pondría. Con el cabello ya seco, tomé un poco de gel para peinarme y dejarlo perfecto.
Una vez listo, agarré mi maletín y guardé mis cosas. Ni siquiera miré qué estaba metiendo, solo aventé todo al interior porque tenía que apurarme. En ese momento, la puerta de mi habitación sonó. Dos golpes secos. Por fin había llegado.
—Pasa —dije en voz alta.
La puerta se abrió, dejando ver a mi mejor amigo.
—Oh, ¿qué haces despierto tan temprano, Rich? Hoy va a llover —bromeó al verme con tanta energía.
—¡Noah! Te estaba esperando.
—Suelta el chisme —pidió él, sentándose con total confianza en la gran cama de mi habitación.
—Recibí un correo en la noche, ¡y no me lo vas a creer!
Di un pequeño saltito de felicidad, volteando a mirarlo por fin. Noah estaba igual de arreglado que siempre, con su cabello oscuro en orden y el uniforme impecable, súper bien planchado.
—¡Me dieron el salón del cuarto piso! —chillé emocionado—. ¡Tendremos nuestro propio club!
Noah abrió los ojos con sorpresa y una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡Por fin! Pensé que nunca nos lo permitirían, especialmente después de que trataras de sobornar al director el año pasado.
Me rasqué la nuca, dedicándole una sonrisa culpable.
—Sí me pasé de loco ese día, ¿no?
—Bastante, pero ya aprendiste la lección... o eso espero.
Noah se puso de pie y se acercó a mí. Con total paciencia, estiró las manos para empezar a arreglar el desastre de corbata que yo había dejado, mientras yo seguía hablando sin parar, desbordando emoción.
—Estuvieron toda la noche buscando ideas en Pinterest. Ya sé cómo vamos a decorar, y las hojas de ingreso tienen que tener un sello bonito... De verdad, estoy súper emocionado.
—Yo también lo estoy —admitió Noah. Terminó de ajustar el nudo de mi corbata y, con cariño, me apretó las mejillas—. Esperábamos esto desde el año pasado. Así ya no tendremos que estar en esos clubs aburridos y apestosos de la escuela.
—¡Exacto! Bueno, ¡vamos a desayunar ya, que se nos hace tarde!
Tomé a Noah de un jalón, agarramos nuestros maletines y bajamos corriendo a la cocina. Comimos algo sencillo pero rico, devorando el desayuno entre risas. Al salir de la casa, la enorme y lujosa camioneta de la familia Medina ya nos esperaba con el motor encendido.
Subimos y emprendimos el rumbo a la escuela. A medida que nos acercábamos, un cosquilleo de nervios me invadió el estómago. Noah lo notó de inmediato y, para romper la tensión, me miró de reojo con una chispa de diversión.
—Oye, de verdad... ¿pasaste el año sin sobornar al director?
—¡Noah! —protesté, dándole un suave golpe en el hombro.
—Solo decía —se rio—. No estés nervioso, es el primer día... Olvídalo, es el primer día, ¡tenemos que estar muy nerviosos!
—No ayudas en nada —dije, contagiándome de su risa.
El viaje se nos pasó volando entre carcajadas. Cuando el vehículo se detuvo por completo, supimos que el momento de la verdad había llegado. Me despedí de mi Nana, quien además de cuidarme, hoy la hacía de chofer, y bajamos de la camioneta.
Al poner un pie fuera, el ruido nos golpeó de frente. Era un caos total: el rugido de los motores de los autos dejando estudiantes, los gritos eufóricos de los amigos que se reencontraban tras las vacaciones, el sonido pesado de cientos de mochilas y el murmullo ensordecedor de las diferentes jergas de los chicos que ingresaban al edificio. Era una marea humana.
Esquivando los típicos grupitos que tapaban los pasillos, caminamos directo a la oficina principal. Llegué a la puerta del director e ingresé sin pedir permiso alguno. Ahí estaba él, tan pelón como siempre y con esa mirada malhumorada que parecía grabada en su rostro.
—¡Director! —exclamé con una sonrisa de oreja a oreja—. Vine por mi permiso, el que ayer a medianoche se me fue otorgado por correo.
El hombre me miró, soltó un largo suspiro de resignación y revisó los papeles sobre su pupitre. Tras unos segundos que me parecieron eternos, sacó una hoja, estampó su firma en ella y me la extendió. Mis ojos brillaron al leer las letras grandes: Presidente de club: Richard Medina. Noah se acercó de inmediato para ojear el documento sobre mi hombro.
—El salón está en el cuarto piso —advirtió el director con voz ronca—. Solo hay un poco que limpiar, me imagino que ambos se pondrán de acuerdo. No quiero escándalos ni problemas, Rich. Oh, y una cosa más: tienes que reclutar como mínimo a cinco compañeros. Si no los consigues, tendré que pasarle el salón a otro, tengo muchas solicitudes en espera.
—¡Entendido, director! —respondí con un saludo militar.
—¿Y las llaves? —preguntó Noah, yendo directo al grano.
—Ah, verdad.
El director abrió un cajón y sacó un llavero metálico. Casi podía sentir el frío del metal en mis manos, ya saboreando la victoria, cuando el viejo retiró la mano.
—Lo olvidaba. Primero tienen clases, les entregaré la llave cuando la jornada acabe. Pueden retirarse.
Lloré por dentro. Mi hermosa fantasía se derrumbó en un segundo, y Noah tuvo que sacarme a rastras de la oficina antes de que me pusiera a hacer un berrinche ahí mismo.
Así empezó nuestro primer día de clases: metidos en el mismo salón de siempre, con Noah a mi lado tal como al principio. Fueron horas eternas, una tortura donde los profesores no paraban de hablar, pero finalmente el timbre de salida resonó por los pasillos. En cuanto escuché el sonido, salí corriendo hacia la dirección. Entré, arrebaté las llaves del escritorio sin decir una sola palabra y volví a salir disparado. Pude oír los gritos enfurecidos del director resonando a mis espaldas, pero no me importó en lo más mínimo.
Noah venía corriendo detrás de mí, riéndose a carcajadas de mi locura. Subimos las escaleras a toda prisa hasta que finalmente llegamos al ansiado cuarto piso.
—¡Ah! Ya estamos aquí. Nuestro lindo, lindo club —suspiré, exhausto pero feliz.
Introduje la llave en la cerradura, giré el pomo y abrí las puertas de par en par. En ese mismo instante, la sonrisa se me borró de la cara.
Una densa nube de polvo salió del aula, obligándome a retroceder mientras una ráfaga de tos me sacudía el pecho. Me tapé la boca con la mano, espantando el aire sucio, y me atreví a dar un paso adentro. Aquello era un desastre. Las ventanas estaban cubiertas de una costra gris que apenas dejaba pasar la luz, el suelo parecía un desierto de tierra, y había un par de sillas con las patas rotas arrumbadas en una esquina junto a un escritorio lleno de telarañas.
Noah se asomó a mi lado, cruzándose de brazos mientras observaba el panorama apocalíptico.
—No, pues... qué "poco" hay que limpiar —soltó con puro sarcasmo.
—Ese viejo pelón... —gruñí, apretando los puños con dramatismo—. Pero ni crea que me voy a rendir y le voy a dejar el salón a otro. Tenemos mucho trabajo, Noah.
Antes de que pudiera reaccionar, lo agarré del cuello de la camisa, ya que el muy traidor estaba girándose lentamente sobre sus talones con claras intenciones de huir de ahí y dejarme solo








