Capítulo1: El eco del Vacío
(Por Reiko Hikari)
Caía.
Caía como si el mundo hubiera decidido olvidarla.
Su cuerpo atravesaba el aire, y yo gritaba.
—¡MAMÁ!
Pero mi voz se ahogaba en el vacío.
Era un sueño, otra vez. Pero se sentía real. Tan real como la sangre.
Ella caía, y yo no podía alcanzarla.
El cielo no existía. El suelo tampoco. Solo un abismo lleno de engranajes flotando como piezas sueltas de una máquina rota.
Entonces ella me escuchaba. Mi voz la alcanzaba.
Y se detenía en seco.
Saltaba hacia un túnel de luz y sombras, uno sin lógica, lleno de caminos imposibles y mecanismos gigantes girando como si el tiempo mismo estuviera descompuesto.
Y luego el vacío me tragaba a mí.
Caía.
Y la veía a ella, mi madre, saltando en dirección contraria.
Quería gritarle que no, que se detuviera, que no lo hiciera.
Pero no tenía voz. Solo dolor.
Corrí. Corrí por ese lugar que no existía, buscando su sombra.
Y entonces la vi.
Tendida en el suelo.
Su cuerpo quemado. Irreconocible.
Como esa vez.
Como aquella vez.
Y desperté.
Con la garganta cerrada.
Los ojos húmedos.
El pecho apretado.
Otra noche.
Otra pesadilla.
Otra herida que no termina de cerrar.
No recuerdo con exactitud cuántas veces he soñado con ese momento.
Pero nunca deja de doler.
Nunca se vuelve más fácil.
Tenía ocho años cuando vi a mi madre morir.
No con mis ojos, al menos no en ese instante.
Pero sí con el alma.
Y el alma ve más de lo que debería.
Mi madre, Ryoko Hikari, era luz.
Cantaba con un brillo que hacía que hasta el silencio se sonriera.
La amaban.
Era conocida en la ciudad, una de esas artistas locales que todos querían ver en cada festival.
Decían que tenía un futuro brillante.
Que su voz podía salvar a cualquiera.
Pero nadie la salvó a ella.
En casa, su mundo era otro.
Vivía con un hombre que no sabía amar.
Mi padre… si es que merece ese título.
Un gordo alcohólico, siempre oliendo a cigarro y fracaso.
Cuando mamá llegaba tarde de ayudar a alguien, él le gritaba que se había estado vendiendo.
Que seguro se deshacía de él acostándose con otros.
Y yo estaba ahí.
Escuchando.
Viéndola apagarse un poco más cada vez.
Yo, con ocho años, sin saber cómo defenderla.
Sabía que si lo enfrentaba, terminaría peor.
Porque él era grande.
Porque él tenía odio en los ojos.
Y yo… tenía miedo.
Una noche, él simplemente se fue.
Y mamá se quedó vacía.
Trató de mantenerse en pie.
Nos cuidaba a mí y a Haiko, mi hermana pequeña.
Cuando hacíamos algo mal, nos regañaba… y luego nos abrazaba llorando.
Su voz se quebraba.
Sus manos temblaban.
Sus ojos, antes llenos de música, solo miraban al suelo.
Dejó de cantar.
Dejó de comer.
Dejó de vivir, aunque su cuerpo aún estuviera ahí.
Una mañana desperté y la encontré.
Una nota.
Unas pocas palabras.
"Cuida bien de tu hermana. Perdón."
No me hizo falta más.
Corrí.
Sabía dónde estaba.
La terraza de ese edificio que siempre miraba por la ventana.
Y ahí estaba ella.
De espaldas.
El viento moviéndole el cabello como si fuera parte de una escena demasiado poética para lo real.
—Mamá… no tienes que hacer esto —le dije, con la voz temblando.
Ella se giró, y me sonrió.
Una sonrisa que me duele más que cualquier insulto que haya recibido en mi vida.
—Eres fuerte, mi Reiko. Más de lo que crees. Vas a poder seguir adelante. Con Haiko.
—Podemos salir juntos. ¡Aún podemos!
—No, mi amor. No hay vuelta atrás.
Y luego agregó algo que jamás olvidaré:
—No llores mucho por mí. Nos veremos pronto… seguramente.
Y entonces… resbaló.
Y cayó.
No sé si lo hizo a propósito. O si fue el destino jugando con nuestras almas.
Solo sé que no llegué a tiempo.
No pude salvarla.
Y grité.
Y el mundo… no dijo nada.
Volví a casa.
Haiko estaba tirada en el suelo, llorando, sin entender.
En las ventanas, con letras grandes y grotescas, alguien había escrito:
"ES SU CULPA. LARGO. ENGENDROS."
Nos culpaban.
A mí. A Haiko. A los que quedamos.
Sabía que ella no merecía vivir en un mundo que la señalaba por un dolor que no pidió.
La llevé lejos.
Con una familia que pudiera darle algo mejor.
Quizás no amor… pero sí estabilidad.
Y yo… me quedé solo.
Tenía diez años cuando se anunció al mundo la aparición de las habilidades.
Poderes, dones, como sea que quieran llamarlos.
La gente despertaba algo en su interior.
Manipular fuego. Detener el tiempo unos segundos. Mover cosas con la mente.
Nada de superhéroes, nada de salvar el mundo.
Solo habilidades usadas para lavar platos más rápido, cocinar sin fuego, cerrar la puerta sin moverse del sofá.
Pero era algo.
Un propósito.
Una marca.
Yo no desperté nada.
Nada.
Soñaba con tener una habilidad para proteger.
Para hacer que valiera la pena haberme quedado.
Pero solo tenía palabras.
Libretas llenas de mundos que no existen.
Historias de dragones, reinos rotos, chicos invisibles que se volvían leyendas.
Escribir era lo único que me salvaba.
A los trece conseguí trabajo en una estación de servicio.
Tenía que comer.
Un día, uno de los autos explotó por una falla. Alcancé a sacar a unos chicos del lugar justo antes.
¿Y qué pasó?
Me culparon.
Me echaron.
Porque no tenía poderes.
Porque era "raro".
Porque al parecer tenía envidia.
Conseguí trabajo en un bar mugriento de los barrios bajos.
Ahí sigo.
Dieciséis años.
Ojeras.
Dedos manchados de grasa y tinta.
Sin poderes.
Sin familia.
Con una mirada vacía que hace que hasta los que me odian prefieran evitarme.
La gente me mira y murmura:
"Debe estar roto. A su edad ya tendría que haber despertado algo."
Tal vez estoy roto.
Tal vez nunca debí quedarme.
Tal vez soy un error.
Pero si hay algo que todavía conservo… es la rabia.
Y esa rabia escribe.
Esa rabia crea.
Y un día…
esa rabia va a vengarse.








