El eco de la hoja negra
El viento soplaba gélido entre los esqueletos de acero de lo que alguna vez fue una metrópoli orgullosa. Ahora, Ituzaingó no era más que un cementerio de hormigón y cables expuestos, una cicatriz en el mapa de un mundo que se había roto hace mucho tiempo. El samurái caminaba con paso firme, el sonido de sus botas metálicas siendo el único ritmo en aquel silencio sepulcral.
No llevaba más equipaje que su armadura desgastada y, bajo ella, oculto cerca del corazón, un pequeño colgante de plata. Era lo único que le quedaba de su padre, un recuerdo que quemaba cada vez que intentaba forzar su memoria para recordar el rostro de quien se lo había entregado antes de morir.
De repente, el aire se volvió pesado, saturado de una estática eléctrica que erizaba la piel. El samurái se detuvo en seco. No necesitaba verlos para saber que estaban allí. De las sombras que se proyectaban entre los escombros emergieron tres figuras: los Acechadores de Sombra.
Eran criaturas de pesadilla, sus cuerpos formados por esquirlas de obsidiana que vibraban con una energía púrpura, casi líquida. No tenían rostros, solo grietas de luz violeta donde deberían estar los ojos. Se movían con una agilidad antinatural, siseando como metal rayado contra piedra.
El samurái no sintió miedo. En su lugar, el colgante bajo su armadura emitió una breve y cálida pulsación. Su mano derecha se deslizó hacia la empuñadura de su espada. La hoja, forjada en una aleación negra que parecía absorber la poca luz que quedaba en el día, salió de la vaina con un murmullo letal.
Cuando los Acechadores se lanzaron, no hubo una pelea, sino una ejecución. El samurái se convirtió en un borrón de velocidad. Cada estocada era precisa, cada movimiento una danza que dejaba tras de sí estelas de energía oscura. Cortaba las esquirlas de obsidiana con la misma facilidad con la que una guadaña siega el trigo.
Segundos después, el samurái envainó su arma. Los restos de los Acechadores ya eran polvo. Él siguió caminando, ignorando la estática que aún persistía, con la mirada perdida en el horizonte gris, consciente de que ese pequeño colgante en su pecho guardaba un secreto que el mundo aún no estaba listo para conocer.








