PRÓLOGO
El cielo sobre el cementerio de Cave parecía una sábana de plomo: pesada, plagada de nubes densas y asfixiante, como si la tormenta inminente se hubiera tragado cualquier rastro de luz solar.
El ambiente se siente inusualmente gélido; un frío seco y pesado que se filtra por debajo de la tela y cala hasta los huesos.
Me mantengo un poco al margen, sumida en un silencio que solo se rompe por el crujido de la grava bajo mis zapatos y el llanto ahogado de la familia Ferrén.
Me siento como una intrusa, una espectadora no invitada que no debería estar aquí. Hace tiempo que dejé de ser su amiga y que solo nos acostumbramos a cruzar miradas por los pasillos como dos desconocidas, como si nunca hubiéramos compartido miles de aventuras juntas.
Alzo la cabeza y observo a mi alrededor. La mayoría de los presentes parecen ser familiares o conocidos de Stella. Fuera de ellos, los únicos rostros juveniles que reconozco son el de ese chico misterioso llamado Allen, y los de mis otras dos ex amigas, An y Jannie, que permanecen cada una en su propio rincón.
La pelirroja permanece a unos metros, manteniendo su imagen impecable de porrista incluso en la tragedia. Del otro lado, Jannie resulta casi irreconocible; ella, que siempre viste los colores del arcoíris y emana un aroma a incienso, lleva ahora unas prendas de luto opaco que la hacen mimetizarse con las sombras del camposanto.
De pronto, Allen gira un poco el rostro y me observa con detenimiento, clavando sus ojos color miel en mí. El gesto me hace fruncir el ceño y, a la vez, incomodarme bajo su escrutinio.
Regreso la vista al frente, donde el sacerdote pronuncia las últimas palabras, esas frases hechas sobre el descanso eterno que suenan huecas en un pueblo que nunca descansa de sus secretos.
Luego, el chirrido métallique de las poleas anuncia el descenso final del ataúd. La garganta se me cierra al ver tal escena y el remordimiento empieza a azotarme con fuerza. La última vez que crucé palabras con ella fue hace dos meses, cuando me pidió un raite. Fue un trayecto corto y árido, casi sin palabras, donde el silencio dentro de mi auto fue más ruidoso que cualquier confesión.
Uno a uno, los presentes se acercan a la fosa. Los girasoles, sus flores favoritas, caen sobre la madera oscura como destellos de un sol que ya no va a brillar para ella. Poco a poco, las paladas de tierra empiezan a cubrir el amarillo, sepultando los recuerdos bajo el peso de la realidad.
Veo cómo el grupo se dispersa a nuestro alrededor, hasta que no queda casi nadie.
—Gracias por venir —la voz de la madre de Stella me saca de mi letargo. Siento su mano fría rozando mi hombro, un gesto de gratitud que me pesa en el alma.
Asiento en silencio, incapaz de articular cualquier frase que sé que no logrará consolar su dolor, y veo cómo se aleja con el paso lento de quien lo ha perdido todo. Tomo aire para juntar fuerzas y me acerco a la montaña de tierra. Con manos temblorosas, me agacho y dejo un último girasol sobre la superficie marrón.
—Espero que al lugar donde fuiste sea mejor que aquí... y que por fin encuentres la paz que tanto buscabas —susurro en un hilo de voz, dedicándole una última despedida que llega demasiado tarde.
Al incorporarme, me doy cuenta de que no estoy sola. An y Jannie se han aproximado, formando un triángulo imperfecto alrededor del lugar donde descansa.
Nos quedamos ahí, de pie, sumergidas en un silencio espeso que se prolonga durante lo que parece una eternidad. Ninguna dice nada; solo observamos la montaña de tierra, dejando que los minutos pasen mientras el peso de lo inevitable nos termina por aplastar.
—¿Creen que pudimos hacer algo para salvarla? —suelta Jannie de repente con la voz quebrada.
An la mira de reojo, arrugando el entrecejo con fastidio.
—¿De qué estás hablando, Jannie? —replica An con un tono cortante—. Ella murió de un infarto. Nadie puede prevenir eso.
Asiento con la cabeza, buscando cortar de tajo esta conversación, pero Jannie insiste en seguir con ella. Nos mira a las dos y es entonces cuando sus pupilas parecen querer salirse de sus ojos.
—No sé si debería decir esto... —consigue articular con sus labios temblando un poco—. Esmeralda escuchó a su padre decir algo horrible sobre lo que le pasó a Stella.
An y yo nos tensamos al escuchar esa frase.
¿Qué tiene que ver el Sheriff con la muerte de ella?, pienso, mientras un frío repentino me recorre la espalda.
Jannie suelta una bocanada de aire y gira la cabeza hacia los lados, asegurándose de que nadie nos esté vigilando.
—Ste....Stella se colgó —dice en un susurro, tartamudeando—. El Sheriff cree que se suicidó.
—¿Qué? —exclama An, dando un paso atrás como si la hubieran golpeado—. ¡Eso es mentira!
Yo, en cambio, no puedo mover ni un solo músculo. Las palabras flotan a mi alrededor, pesadas como el plomo.
Antes de que siquiera pueda responder, un crujido rompe la inquietud. Viene de la parte más densa del bosque, ahí donde las copas de los árboles son tan cerradas que la luz del sol jamás logra pasar. Es un tambaleo constante, un arrastrar de ramas que me eriza la piel. Al clavar mi mirada en la penumbra, distingo una silueta humana vestida de negro.
Lo que me corta la respiración es su rostro: lleva puesta una inquietante máscara blanca que imita el cráneo de una cabra, con dos cuernos oscuros y retorcidos a los lados y una tosca cruz volteada color carmesí dibujada justo en medio de la frente. Sus cuencas vacías parecen estar observándonos desde la oscuridad.
Mi pecho empieza a latir de una forma desbordada. Busco a las chicas, intentando confirmar si ellas también ven lo que yo. Sin embargo, An y Jannie están perdidas debatiendo en su propia conversación, ignorando por completo lo que posiblemente nos está acechando.
Regreso la vista hacia él de inmediato, pero la figura ya no está. Ha desaparecido. No hay nadie.
A lo mejor solo es producto de mi imaginación, me digo, abrazándome a mí misma.
⛧°. ⋆༺♱༻⋆. °⛧. ⋆༺♱༻⋆. °⛧
Gracias por apoyar








