Capítulo 1:Flores Muertas.
El oficial: Alexander Vonhart, con su uniforme negro impecable y rostro de piedra, observaba el caos desde un balcón del cuartel general. Su mirada se clavó en una figura familiar entre la multitud: ella. Lucía un abrigo rojo (¿por qué tan llamativo aquí?) y llevaba flores marchitas —como si hubiera escapado de algún jardín destruido— hacia él.
Alexander apretó los puños dentro de sus guantes. No debía estar aquí… pero ahí estaba ella, Lena, sonriendo como si no hubiera bombas cayendo a dos cuadras.
Alexander permaneció inmóvil como una estatua cuando Lena llegó al pie del balcón. Los soldados a su lado cambiaron miradas incómodas —nadie podía acercarse sin permiso— pero él no dio órdenes para detenerla. Ella trepó por las escaleras de emergencia (¿desde cuándo conocía ese acceso?), ignorando las miradas asesinas de los guardias.
Al estar frente a él, Lena le lanzó un abrazo repentino... con flores aplastadas entre ambos.
"¡Hermano!", gritó alegremente mientras Alexander se quedaba tieso como si lo hubieran apuñalado.
Alexander no respondió al abrazo. Sus brazos permanecieron rígidos a los costados, como si tocarla fuera un crimen. El olor de las flores marchitas —girasoles mustios— se mezcló con el perfume barato que ella siempre usaba (¿frambuesa? ¿vainilla?).
Los soldados apartaron la mirada, incómodos. Uno tosió para disimular.
Lena notó su frialdad... pero en lugar de ofenderse, sonrió más grande y le plantó un beso rápido en la mejilla, dejando una mancha roja del carmín en el uniforme impecable del oficial.
"¡Te extrañé! ¡Traje flores para alegrar tu cuartel!", dijo riendo mientras sacudía los pétalos caídos sobre su capa negra.
El beso en la mejilla fue como un latigazo.Alexander sintió el calor del carmín pegado a su piel —una marca que no podía ignorar— y por primera vez en años, su autocontrol titubeó.
Sus ojos azules (fríos como el hielo habitual) se clavaron en ella con algo más: confusión, ira, y... ¿algo oscuro que ni él mismo quería nombrar?
"¿Qué demonios haces aquí?", espetó, voz grave pero con un temblor apenas perceptible. Agarró su brazo sin fuerza bruta… solo suficiente para alejarla de los soldados testigos.
Lena parpadeó sorprendida por el tono áspero —nunca antes le había hablado así— pero siguió sonriendo, inocente e ignorante de la tormenta dentro de él.
Alexander la arrastró dentro del cuartel, pasando junto a los soldados que fingieron no ver nada. Cerró de un golpe la puerta de su oficina privada —un espacio sobrio con mapas militares y una foto única: ellos dos niños, años atrás—.
Ahí soltó su brazo como si le quemara.
"Estás loca", dijo entre dientes mientras se quitaba el guante para frotarse la mejilla donde ella lo había besado… la mancha carmesí seguía ahí. Su mandíbula se tensó al notar que sus dedos temblaban ligeramente.
Lena miró alrededor: "Qué lindo tu despacho… tan ordenado". Dijo distraída, tocando sin permiso un informe militar sobre el escritorio.
Alexander reaccionó como un rayo: le agarró la muñeca con fuerza brusca al ver que ella tomaba el informe.
"¡No toques nada!", rugió, su voz resonando en las paredes frías del despacho. Los papeles eran documentos clasificados de alto secreto —coordenadas de bombardeos, estrategias— y su hermana menor era una imprudente sin sentido del peligro.
Lena se sobresaltó (nunca la había visto así), pero luego hizo algo inesperado: se rio. Una risa clara y despreocupada, como si todo fuera un juego.
"Ay hermanito… ¿tan serio eres ahora?", dijo burlona mientras intentaba liberar su mano.
Alexander perdió el control.
En un movimiento brusco, la empujó contra la pared —sin lastimarla, pero con firmeza— y aplastó sus labios contra los de ella. Fue un beso duro, desesperado e inesperado: años de represión explotando en ese instante.
Lena quedó paralizada… sus ojos se abrieron como platos. ¿Su hermano la estaba besando? ¿El mismo hombre que le hablaba con desprecio hacía segundos?
El sabor a carmín mezclado con el hierro del campo de batalla llenó su boca mientras Alexander profundizaba el beso sin pedir permiso… sin explicaciones.
El beso fue salvaje, sin ternura ni romanticismo —solo necesidad bruta. Alexander apretó sus manos contra las paredes a los lados de su cabeza, encerrándola como si temiera que escapara.
Lena sintió el roce áspero de su bigote militar (nunca lo había tenido antes), el sabor a tabaco y café negro… y sobre todo, la urgencia desesperada** en cómo movía sus labios contra los suyos.
Fue un beso demasiado largo para ser casual… demasiado intenso para ser solo un impulso.
Hasta que— ¡BANG! La puerta se abrió violentamente.
Un capitán entró con documentos en mano: "Vonhart, tenemos órdenes del alto mando—".
El capitán se quedó petrificado al ver la escena: Alexander besando con pasión feroz a una joven desconocida (para él) contra la pared.
Los papeles cayeron de sus manos.
Alexander se separó como si lo hubieran electrocutado, el rostro del oficial palideciendo por segundos antes de que su expresión volviera a endurecerse —pero ahora con algo más: vergüenza mezclada con rabia.
Lena, aún jadeante y confundida, miraba alternativamente entre los dos hombres… sin entender nada.
El silencio en la oficina fue cortante como un cuchillo.
El capitán tragó saliva, mirando alternativamente a Alexander y a Lena —quien tenía los labios hinchados del beso— antes de balbucear:
"P-perdón… no sabía que…"(¿estaba su comandante con una mujer? ¿En medio de una guerra?).
Alexander recuperó su compostura glacial en 0.5 segundos. Con voz helada, ordenó: "Salga."No hubo gritos ni explicaciones; solo esa mirada asesina que hacía obedecer incluso al rango superior.
El capitán salió rápido como un rayo, cerrando la puerta con cuidado extremo.
En cuanto quedaron solos, el ambiente se volvió denso. Alexander respiró hondo, pasando una mano por su cabello corto (otra vez ese gesto de tensión que hacía cuando niño).
No miró a Lena. No dijo nada sobre el beso… solo caminó hacia su escritorio y comenzó a reorganizar los papeles caídos —como si nada hubiera pasado— aunque sus nudillos estaban blancos de tan fuerte que apretaba los documentos.
Lena lo observaba en silencio… ¿qué acaba de pasar?
Lena, finalmente rompiendo el silencio, dijo en voz baja:
"¿Por qué me besaste?"
Alexander dejó los papeles. Su perfil —marcado por la luz del atardecer que entraba por la ventana— era impenetrable. No respondió de inmediato… como siempre hacía cuando algo lo superaba.
Finalmente, giró hacia ella y soltó tres palabras frías:
"No deberías estar aquí."
Era evasivo… pero también un mensaje claro: esto no puede volver a pasar. Y aunque su tono fue duro... sus ojos traicionaban conflicto.








