Amor A Todo Volumen by Ade Pendergast at Inkitt
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Amor A Todo Volumen

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Summary

¿Qué harías si el arrogante conductor al que insultas cada mañana en el tráfico resulta ser tu intocable jefe supremo? Tras un duro divorcio que lo dejó sin nada, Sun solo tiene dos objetivos: sobrevivir a su nuevo puesto en marketing y recuperar las ganas de comerse el mundo. Su única vía de escape es su ruidoso coche, desde donde cada mañana le declara la guerra al estirado conductor de un Bugatti negro a base de cortes de manga y música pop a todo volumen en la caótica avenida Sukhumvit. A cuarenta pisos de altura, Krit, el temido CEO de la multinacional, vive atrapado en una solitaria jaula de cristal y un pasado asfixiante. Frío e implacable, parece no tener debilidades. Sin embargo, las descaradas burlas matutinas del chico del utilitario se han convertido en la única chispa capaz de acelerar su pulso. Cuando sus mundos colisionen en la oficina y la verdadera identidad del dueño del Bugatti salga a la luz, el pánico se apoderará de Sun. Lo que comienza como un desesperado juego del gato y el ratón para pasar desapercibido, se convertirá en una intensa batalla de voluntades. Sun intentará huir, pero Krit no está dispuesto a dejar escapar a la única persona que le ha devuelto a la vida. Entre cafés venenosos, secretos corporativos y una innegable tensión eléctrica, descubrirán que del odio al amor... solo hay un atasco de distancia.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Sobrevivir a Sukhumvit 

El asfalto de Bangkok no perdona. A las siete y media de la mañana, la avenida Sukhumvit ya era un río de metal hirviente, motocicletas zigzagueantes y una neblina de contaminación que convertía el amanecer en un espejismo difuso. Sun tamborileaba los dedos sobre el volante desgastado de su modesto utilitario, un coche normal y corriente de toda la vida que había visto días mejores. El aire acondicionado tosía de forma intermitente, escupiendo una brisa tibia que apenas lograba combatir la humedad opresiva que se filtraba por las juntas de las ventanillas.

A sus veintisiete años, Sun sentía que estaba conduciendo a través del mismísimo purgatorio, pero curiosamente, había una sonrisa salvaje asomando en la comisura de sus labios.

Estaba vivo.

Hacía apenas unos meses, esa misma avenida le habría parecido el reflejo de su propia vida: atascada, sofocante y sin salida. Su divorcio había caído sobre él como una losa de hormigón. De repente, se había encontrado completamente solo, habitando un apartamento que se sentía demasiado grande y demasiado silencioso. Durante semanas, se había arrastrado por la vida como un fantasma en su propia historia. Pero el dolor, al igual que el tráfico de la ciudad, eventualmente tiene que avanzar.

Un día, simplemente se miró al espejo, vio las ojeras moradas bajo sus ojos castaños y dijo: «Basta». Tenía unas ganas increíbles de retomar su vida. Empezó a salir fuera casi todos los días, a exprimir la noche de Bangkok, dejándose llevar por las luces de neón, la música alta y las risas con desconocidos. Se lo estaba pasando bien, malditamente bien . Estaba reconstruyendo su juventud pieza por pieza.

Esa misma energía caótica y vibrante era la que lo impulsaba esta mañana. Hoy no era un día cualquiera. Hoy era su primer día oficial en la gigantesca multinacional que se alzaba en el horizonte, cortando el cielo con su fachada de cristal tintado. Todo gracias a su mejor amiga, que movió cielo y tierra dentro del departamento de marketing para enchufarle en el puesto. Necesitaba este trabajo. Era el broche de oro a su etapa de renacimiento.Sun subió el volumen de la radio. Un beat de pop tailandés pesado y rítmico inundó el pequeño habitáculo. Canturreó la letra a pleno pulmón, moviendo los hombros al ritmo de la música, sintiendo cómo la adrenalina del primer día borraba cualquier rastro de resaca de la noche anterior. Todo fluía. El karma, por primera vez en mucho tiempo, parecía estar de su lado.Hasta que el karma decidió que se aburría.

Fue cuestión de milésimas de segundo. Un destello negro y pulido cortó su campo de visión periférica con la agresividad de un depredador. Un coche de proporciones casi obscenas —Sun no sabía de motor, pero aquel monstruo bajo y aerodinámico gritaba “Bugatti” o tal vez “Tesla” modificado, una máquina de lujo que costaba más que la vida entera de Sun— se abalanzó sobre su carril sin la más mínima decencia de encender un intermitente .

—¡Mierda!

Sun pisó el freno con ambas piernas. El utilitario emitió un chillido agónico. El cinturón de seguridad se clavó sin piedad en su clavícula, sacándole todo el aire de los pulmones, mientras las llantas patinaban sobre el asfalto recalentado. El parachoques de su humilde coche se detuvo a apenas tres centímetros del brillante y prístino trasero del cochazo negro .

El corazón de Sun latía tan fuerte en sus sienes que por un momento silenció el estruendo de la radio. Respiró hondo, temblando por el susto, antes de que el alivio fuera rápidamente sustituido por una furia incandescente.

A través del cristal tintado del otro vehículo, pudo vislumbrar la silueta del conductor. El muy desgraciado no solo no se había inmutado por el casi accidente fatal, sino que iba con un teléfono pegado a la oreja . Estaba hablando en medio de una maldita videollamada o conferencia de negocios, moviendo una mano en el aire con absoluta arrogancia, como si el resto del mundo no fuera más que un conjunto de estorbos en su camino hacia la cima .

La sangre le hirvió.

—¡¿Pero de qué vas, pedazo de imbécil?! —bramó Sun, bajando la ventanilla de golpe. El calor y el ruido ensordecedor de la avenida entraron de golpe, pero no le importó—. ¡¿Te han regalado el carné en una caja de cereales caras?!

Como si sus gritos no fueran más que el zumbido de un mosquito, el conductor del coche de lujo hizo algo que coronó el momento: sin mirarlo, dio un volantazo seco, aceleró con un rugido de motor que sonó a burla y le cerró el paso por completo .

Sun tuvo que dar un tirón violento al volante hacia la derecha para evitar que el flanco de su coche quedara destrozado contra la barrera protectora. El movimiento brusco lo obligó a salirse de su ruta, forzándolo a tomar la salida equivocada de la avenida, alejándolo de la entrada principal de su nueva empresa .

El utilitario se quedó marginado en el carril de desvío, mientras el resplandeciente coche negro se alejaba majestuosamente hacia el imponente rascacielos.

Sun agarró el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sacó el brazo por la ventanilla abierta y, con toda la rabia de un hombre que acaba de encontrar a su nuevo archienemigo, le dedicó el corte de manga más largo, dramático y sentido de toda su existencia.

—¡Ojalá te atragantes con tu maldito dinero, capullo! —gritó al viento de Bangkok.

Lo que Sun no sabía, mientras intentaba calmar su respiración y dar la vuelta para no llegar tarde en su primer día, era que esa máquina de lujo se dirigía exactamente al mismo lugar que él.

Veinte minutos. Ese fue el tiempo exacto que Sun tardó en deshacer el entuerto, dar la vuelta por tres callejuelas secundarias abarrotadas de puestos de comida callejera y lograr meterse, sudando a mares, en el parking de la empresa.

Mientras que la fachada del edificio era un sueño de cristal y acero, el garaje para empleados del sótano -3 era un laberinto de hormigón gris, iluminado por fluorescentes parpadeantes y con un inconfundible olor a tubo de escape y humedad estancada . Sun metió su pequeño utilitario de un volantazo en el primer hueco libre que encontró, apagó el motor y apoyó la frente contra el volante durante un microsegundo, intentando regular su respiración.

Agarró su mochila, se ajustó la corbata —que ya empezaba a pegarse a su cuello por el implacable calor de Bangkok— y corrió hacia los ascensores. Allí lo estaba esperando Khao, su mejor amigo desde la universidad y el responsable directo de que Sun tuviera este trabajo tras su reciente divorcio. Khao miraba su reloj de pulsera con los ojos muy abiertos y golpeaba el suelo con el zapato.

—¡Primer día, Sun! ¡Tu primer puto día y llegas quince minutos tarde! —le siseó Khao en cuanto lo vio acercarse, tirando de él hacia el interior del ascensor—. Te juro que el jefe de marketing ya ha mirado hacia tu cubículo vacío tres veces. Es un estricto de manual, ¡te va a decapitar antes de la pausa para el café! .

—¡No es culpa mía! —se defendió Sun, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento mientras las puertas se cerraban—. ¡Estaba a punto de llegar a tiempo! Pero un maldito imbécil en un coche negro, un Bugatti o una de esas naves espaciales para ricos, casi me pasa por encima .

—¿Un Bugatti? ¿En Sukhumvit a esta hora?

—¡Sí! El muy subnormal iba hablando por teléfono, o en una videollamada, yo qué sé, creyéndose el rey del mundo . Me cerró el paso sin mirar y tuve que dar un volantazo hacia la salida equivocada para no estamparme contra la barrera . Te juro, Khao, que si vuelvo a ver a ese pedazo de gilipollas, le arranco los retrovisores con los dientes.

Khao suspiró, pasándose una mano por la cara, pero no pudo evitar sonreír al ver la chispa de furia en los ojos de su amigo. Hacía meses, durante lo peor de su ruptura, Sun apenas tenía energía para levantarse del sofá . Verlo ahora, alterado, quejándose y con ganas de pelear con desconocidos en el tráfico, era la confirmación de que su amigo estaba volviendo a la vida, con unas ganas increíbles de comerse el mundo .

—Vale, fiera. Guarda esa energía para la hoja de cálculo de la campaña de invierno —dijo Khao, dándole una palmada en la espalda—. Solo intenta que el jefe de marketing no te huela el miedo.

A doscientos metros por encima de ellos, la realidad era diametralmente opuesta.

El lujoso coche negro de Krit se deslizó en absoluto silencio hacia la entrada privada del edificio, una zona VIP reservada exclusivamente para él. No tuvo que buscar aparcamiento; condujo directamente hacia una plataforma iluminada con luces LED . Con solo pulsar un botón en el salpicadero, la plataforma cobró vida, actuando como un ascensor de vehículos de alta tecnología que elevó el coche hasta el rooftop del rascacielos.

Esa era la vida del CEO. Krit no solo gobernaba la empresa; vivía sobre ella, en un inmenso y silencioso apartamento de lujo en la azotea, aislado del ruido, del caos y del sofocante calor de Bangkok .Las puertas del ascensor se abrieron, depositando el coche en su garaje privado. Krit apagó el motor, pero no salió inmediatamente. Se quedó sentado en el asiento de cuero impecable, con la mirada fija en el infinito. A sus 32 años, lo tenía todo: poder, dinero, un imperio bajo sus pies y un físico que cortaba la respiración. Pero por dentro, se sentía como si estuviera a punto de asfixiarse.

Llevaba cinco años atrapado en el mismo bucle tóxico. Su expareja, a quien había amado con una devoción ciega, se había convertido en un parásito emocional y financiero . Aunque la relación había terminado en teoría, Krit seguía atado a él, transfiriéndole sumas obscenas de dinero cada mes, cediendo a sus chantajes emocionales porque, en el fondo, una parte rota de su psique creía que se lo merecía . Ese bucle lo había secado por dentro, convirtiéndolo en un hombre frío, temido por sus empleados y apodado a sus espaldas como un auténtico “hijo de puta” en los negocios.Finalmente, abrió la puerta y caminó hacia el vestíbulo de su apartamento, donde lo esperaba Mew, su impecable secretario personal .

—Buenos días, Khun Krit —saludó Mew, tendiéndole una tablet con la agenda del día—. La junta directiva está programada para las diez. ¿Qué tal la terapia, Khun? .

Krit agarró la tablet sin mirarlo, aflojándose el nudo de la corbata con brusquedad.

— Bien. El trayecto hacia aquí, nefasto —respondió Krit, con la mandíbula tensa, recuperando su habitual tono de hielo.

Mew parpadeó, sorprendido. Krit nunca hablaba de trivialidades con él . Llevaba años siendo un muro de silencio.

—¿Problemas con el tráfico, Khun?

—Problemas con un idiota en un coche utilitario que parece sacado de un desguace —murmuró Krit, frunciendo el ceño al recordar la escena. Se me cruzó en Sukhumvit mientras yo atendía la llamada de los inversores de Singapur. Encima de que casi me embiste, se atrevió a gritarme.

Mew asintió de forma rígida, tragando saliva. Conocía perfectamente esa mirada fría y vacía . No había nada nuevo bajo el sol; su jefe seguía siendo el mismo hombre implacable, hermético y amargado de los últimos cinco años.

—¿Desea que intente localizar la matrícula para reportarlo, Khun Krit? —preguntó Mew, siempre cauteloso.

—No pierdas el tiempo —sentenció Krit, dándole la espalda de forma despectiva para caminar hacia los inmensos ventanales de su ático—. Fue un simple estorbo. No volveré a cruzarme con ese desgraciado en mi vida.

***

Tres semanas. Ese fue el tiempo que tardó el universo en demostrarle a Krit que su rotunda afirmación de “no volveré a cruzarme con ese desgraciado” era la mentira más grande de su impecable y calculada vida.Bangkok no había cambiado; la avenida Sukhumvit seguía siendo una trampa mortal de asfalto hirviente, humo de escapes y miles de conductores estresados. Sin embargo, para Sun, las mañanas habían adquirido un matiz completamente nuevo y estimulante. Sobrevivir a su estricto jefe en el departamento de marketing le consumía gran parte de su energía diaria . Pero ese trayecto matinal... ese trayecto se había convertido en su dosis indispensable de adrenalina.

Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Sun, con la corbata aflojada y las mangas de la camisa arremangadas, tamborileaba los dedos sobre el volante de su modesto utilitario . Sus ojos castaños escaneaban los carriles adyacentes a través de sus gafas de sol baratas, buscando con la precisión de un francotirador. De repente, lo vio. Entre un mar de taxis rosas y verdes, emergió la inconfundible silueta negra, aerodinámica y obscenamente cara de su némesis.

Una sonrisa afilada cruzó el rostro de Sun. Bajó las cuatro ventanillas de su coche, conectó su teléfono a la radio y subió el volumen al máximo. Un ritmo pesado y estridente inundó los tres carriles más cercanos, haciendo vibrar los espejos retrovisores mientras Sun escuchaba su música a todo trapo . Pisó el acelerador, colándose por un hueco milimétrico entre un autobús y una furgoneta de reparto, hasta situarse exactamente en paralelo al flamante coche de lujo.

Sun giró la cabeza. A través de la ventanilla abierta, le dedicó un saludo exageradamente sarcástico, seguido de una de sus ya clásicas burlas. Se hacían este tipo de cosas a través de los cristales todas las mañanas, convirtiendo el caos del tráfico en una rutina . Sun se reía a carcajadas, cantando a pleno pulmón, ignorando por completo el calor asfixiante de la ciudad. Era el descaro en estado puro, un hombre de veintisiete años gritándole al mundo que estaba vivo, que quería retomar su vida y que salía a comerse el mundo todos los días.

Al otro lado del cristal tintado, el ambiente era radicalmente distinto.El interior del vehículo de Krit estaba insonorizado a la perfección, un santuario de cuero negro y aire acondicionado a dieciocho grados. Venía de su exclusiva sesión de entrenamiento matutina, preparándose mentalmente para otro día de lidiar con problemas de CEO y aplastar competidores.

Pero sus ojos oscuros no estaban fijos en la carretera frente a él. Estaban clavados en el retrovisor lateral, esperando.

Cuando el pequeño utilitario se emparejó con él y el conductor castaño le dedicó esa ridícula burla al ritmo de la música, Krit ni siquiera se inmutó por fuera . Sus manos siguieron aferradas al volante con precisión. Podía escuchar los bajos de aquella espantosa música filtrándose incluso a través del blindaje acústico . Era exasperante. Era infantil. Era vulgar.

Y a Krit le encantaba.

Por supuesto, nunca lo admitiría en voz alta. Pero secretamente, la persona de ese coche modesto lograba algo que nadie más había conseguido: le parecía divertido y le gustaba lo que el chico hacía para intentar picarle . Giró levemente el volante, acercándose de forma calculada y agresiva hacia el carril de Sun, obligando al chico a frenar ligeramente y entrar en su juego de provocación.

A través de la luna delantera, Krit pudo leer los labios de Sun soltando una retahíla de insultos creativos. Una comisura de los labios de Krit tembló, elevándose en una casi imperceptible media sonrisa.

Quince minutos más tarde, el coche negro ascendía por la plataforma privada hasta la zona VIP, aparcando directamente en el garaje de la azotea del edificio, donde él vivía.

Mew, su impecable secretario personal, estaba de pie en el vestíbulo del ático con su habitual postura rígida, sujetando la tablet y una taza de café negro. Estaba mentalmente preparado para la frialdad cortante de su jefe. Sin embargo, cuando las puertas se abrieron, algo era diferente.

Krit salió del garaje aflojándose el nudo de la corbata, con el saco colgado del hombro. Sus pasos no resonaban con esa pesadez amargada que había arrastrado durante los últimos cinco años.

—Buenos días, Khun Krit —saludó Mew, extendiéndole el café.

—Buenos no, Mew. Desastrosos —respondió Krit, tomando la taza y dándole un sorbo. Su voz era grave, quejándose como de costumbre sobre el idiota del coche con el que se encontraba tras salir del gimnasio, pero carecía de su habitual filo envenenado . —Hoy el subnormal del utilitario creía que estaba en una maldita discoteca. ¿Quién escucha esa música a todo volumen antes de las ocho de la mañana?

Mew parpadeó. El secretario, que llevaba años lidiando con él, se dio cuenta de que, por las mañanas, su jefe ya no era tan estricto ni tan hijo de puta . Se quejaba de aquel conductor, sí, pero a Mew le quedaba clarísimo que, en realidad, a Krit le divertía la rutina . Había un brillo de entretenimiento en sus ojos oscuros que había estado apagado desde que no lograba salir del bucle tóxico con su expareja.

—Es una falta de respeto intolerable a las normas de tráfico, Khun —comentó Mew, midiendo sus palabras con cuidado—. Si de verdad le resulta una molestia, le recuerdo que un simple apunte de la matrícula bastaría para que nuestro equipo legal...

—No te atrevas a tocar a ese chico, Mew —lo cortó Krit, de forma instintiva, casi protectora, antes de aclararse la garganta y recuperar su máscara de hielo—. Es decir, no vamos a desperdiciar recursos de la empresa. Déjalo estar. Ya me encargaré yo de ese insolente.

Mew bajó la mirada hacia su tablet para ocultar una minúscula sonrisa de alivio. Fuera quien fuera ese chico ruidoso y maleducado del tráfico, estaba logrando lo imposible: el corazón amargado del CEO empezaba, por fin, a volver a latir.

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