🩸 Susurro 1: No quiero dormir
La sangre cae en un silencio absoluto.
No hay piedad en ese salón que huele a incienso rancio y a finales inevitables.
Solo una figura arrodillada, sosteniendo con desesperación el cuerpo ensangrentado del único ser al que había amado. La cabeza descansaba inerte contra su pecho, el cabello oscuro pegado al rostro por la sangre. Un brazo colgaba sin fuerza sobre las piernas del humano, mientras la otra mano permanecía aferrada a su ropa como si, incluso en la muerte, se negara a soltarlo.
—No —gimió el humano entre sollozos.
El Cónclave observa la escena con la frialdad de quien poda una rama seca.
—Sabían que esto acabaría así —habló el mayor de los tres hermanos, con una sonrisa, limpiando con parsimonia una mancha escarlata de su puño con un pañuelo de seda.
—El Vínculo es una ofensa para nuestra especie —añadió la mujer, con los ojos brillantes de satisfacción—. Es un error que no permitiremos otra vez.
— Acabemos de una vez. Ya hemos perdido suficiente tiempo —terminó el menor con fastidio.
Y entonces, ocurrió.
El cuerpo es atravesado sin piedad.
Ojalá fuera solo muerte.
No lo es: es una ruptura. Algo invisible y sagrado se desgarra en el tejido de la realidad, algo que nunca debió ser perturbado.
El grito que atraviesa el aire no es humano, ni pertenece a los hijos de la noche. Es el lamento de algo mucho más antiguo que se niega a ser borrado.
Cinco siglos después, el mundo había olvidado aquella noche.
Pero había cosas que la sangre nunca olvidaba.
Gael no recordaba la última vez que se había sentido realmente despierto. No se refería al simple estado de vigilia, sino a esa chispa de vitalidad que parecía haberle sido robada hacía siglos.
A sus veinticuatro años, su existencia se resumía en una luz fría y constante: la de la pantalla de su oficina. En ese cubículo, el tiempo no avanzaba; solo se degradaba en una secuencia monótona de acciones mecánicas.
Teclado. Correo. Revisión. Enter…
Una y otra vez.
Una condena de asalariado que se reflejaba en las ojeras permanentes de su rostro.
—¿Estás bien? —La voz de Andrés llegó desde el otro lado del panel, cargada de esa calidez accesible que a Gael siempre le resultaba un poco ajena.
Gael tardó un segundo más de lo normal en parpadear, como si su cerebro tuviera que procesar el sonido desde una distancia infinita.
—Sí. Solo estoy un poco cansado —respondió. Era una mentira automática, una pieza más de su armadura.
Pero había algo más.
Siempre había algo más que se arrastraba por los bordes de su visión. Lo notaba en detalles absurdos, como cuando juraba que su propio reflejo en el monitor no coincidía exactamente con sus movimientos, o en esa presión invisible en la nuca que le aseguraba que alguien lo observaba, incluso en la soledad de su apartamento.
Y luego estaban los sueños. Esos fragmentos violentos de manos entrelazadas, gritos que morían en su garganta y un dolor punzante en el pecho que ningún médico sabía explicar. Siempre despertaba con la misma sensación de pérdida devastadora, como si hubiera olvidado una parte vital de sí mismo en una vida que no le pertenecía.
—Gael —insistió Andrés, asomándose por el cubículo—. Te quedaste ido otra vez.
—Lo siento —susurró Gael.
No sonó como una disculpa, sino como una costumbre desgastada.
El cursor en la pantalla parpadeaba rítmicamente sobre una línea vacía. Por un instante irracional, Gael sintió que si escribía la pregunta adecuada, la oscuridad al otro lado del software le respondería. Cerró el documento de golpe. El corazón le latía con una urgencia que no encajaba con el silencio de la oficina.
—Necesitas dormir —sentenció Andrés con un suspiro de preocupación fraternal.
—Sí. Quizás.
Gael no respondió más. Solo se levantó para ir por café, aunque sabía que no necesitaba cafeína sino cualquier cosa que lo sacara de sí mismo.
En la pequeña sala de descanso, la televisión vieja colgada en la esquina murmuraba un programa nocturno repetido a destiempo. Nadie le prestaba atención. Una conductora de sonrisa exagerada anunciaba, con esa falsa intimidad de la madrugada, servicios de compañía privada para quienes no querían pasar la noche solos.
“Una voz al otro lado puede cambiarlo todo”, prometía el anuncio, mientras un número brillaba en la parte inferior de la pantalla.
Gael soltó una risa breve, seca, casi avergonzada. Qué ridículo.
Andrés entró detrás de él, removiendo azúcar en su taza.
—¿Sabes qué necesitas? —dijo—. Dejar de actuar como si fueras un monje en penitencia. Salir. Emborracharte. Hablar con alguien. Contratar una de esas líneas absurdas si hace falta.
Gael arqueó una ceja.
—Gran consejo.
—Cobro barato —respondió Andrés con una sonrisa fácil.
—¿Y qué incluye el paquete?
—Escucho tus tragedias, te recuerdo que no eres tan feo como crees y evito que le escribas a tu ex después de las dos de la mañana.
—¿Cuál de mis ex?
—Eso es cargo extra.
Gael soltó una risa por la nariz.
Andrés señaló la pantalla de la computadora con gesto solemne.
—Entonces llámale a una desconocida. O a un desconocido. No soy quién para juzgar. Lo importante es que hables con alguien que no sea conmigo. Mi tarifa de psicólogo imaginario está subiendo.
—Pensé que tu tarifa era barata.
—Subió con lo de los ex.
Gael negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Eres insoportable.
—mentira, no puedes vivir sin mí.
Gael no contestó, pero sus ojos volvieron, casi sin querer, al número brillante en la pantalla. Lo memorizó sin proponérselo, como si algo en él hubiera decidido guardarlo antes que su razón pudiera burlarse.
Porque quizá Andrés tenía razón. Quizá necesitaba algo vulgar, simple, mundano. Algo ridículamente humano que rompiera la niebla.
No una respuesta. Solo ruido.
Ruido para no dormir. Porque dormir era abrir la puerta a la sangre y al lamento de algo antiguo que se negaba a desaparecer.
Esa noche, el silencio de su apartamento se volvió insoportable.
Las paredes parecían más estrechas. Cada sombra tenía el peso de un recuerdo que no lograba nombrar.
Con los párpados pesados y el alma inquieta, se dejó caer en el sofá y miró el número guardado en su teléfono. Lo había anotado casi como una broma privada, después de aquel anuncio absurdo. En realidad no había pensado usarlo.
Buscaba una distracción humana. Una tontería. Una voz cualquiera que acallara a los fantasmas.
Marcó y no pensó en las consecuencias.








