El huésped perfecto
La niebla densa de Oregón comenzaba a descender sobre la calle solitaria cuando Henry apagó el motor del automóvil.
Durante unos segundos permaneció sentado, observando la propiedad a través del parabrisas.
Era exactamente como la había imaginado.
Una casa pequeña, rodeada de altos pinos y lo suficientemente alejada del centro del pueblo como para ofrecer la tranquilidad que necesitaba.
Henry sonrió.
Apoyó la espalda contra la portezuela, encendió un cigarrillo y dejó que el humo escapara lentamente de sus labios.
No había vecinos a la vista.
No había tráfico.
Solo el sonido lejano de la lluvia golpeando las hojas de los árboles.
Perfecto.
Salió del vehículo y caminó hacia la parte trasera.
Abrió la cajuela.
En el interior había dos enormes maletas negras.
Henry las contempló durante unos segundos.
No parecían diferentes de las que llevaría cualquier turista.
Eso era precisamente lo que quería.
Cerró la cajuela y volvió a mirar la casa.
Había aprendido que los lugares temporales eran mejores.
Nadie hacía demasiadas preguntas.
Nadie esperaba verlo durante mucho tiempo.
Nadie tenía motivos para recordar su rostro.
Tomó las maletas y caminó hasta la entrada.
Introdujo el código digital en la cerradura.
Un chasquido metálico.
La puerta se abrió.
Henry cruzó el umbral.
Por fuera parecía un hombre cualquiera llegando a una propiedad alquilada para pasar unos días.
Un huésped más.
Uno de tantos.
Dejó las maletas en la entrada, se quitó el abrigo y recorrió lentamente la casa.
Todo estaba limpio.
La sala tenía un sofá amplio frente a una televisión apagada. La cocina estaba equipada y había una pequeña mesa junto a una ventana desde la que podía verse el bosque.
Henry caminó de una habitación a otra.
Observaba.
Memorizaba.
Cada puerta.
Cada ventana.
Cada rincón.
Finalmente regresó a la sala y se dejó caer sobre el sillón.
Sacó el teléfono.
Abrió la aplicación de citas.
Comenzó a deslizar los perfiles que aparecían a pocos kilómetros de distancia.
Una mujer.
Otra.
Otra más.
Henry las observaba con detenimiento.
No buscaba simplemente una cita.
Buscaba un perfil.
Cabello claro.
Rasgos delicados.
Y, sobre todo, unos ojos que le provocaran algo difícil de explicar.
Continuó deslizando.
Hasta que se detuvo.
Una fotografía apareció en la pantalla.
Henry permaneció inmóvil.
Rubia.
Cabello largo.
Ojos verdes.
Su expresión cambió ligeramente.
Algo dentro de él se despertó.
Amplió la fotografía.
La observó durante varios segundos.
Después sonrió.
Deslizó el dedo.
La pantalla cambió.
Unos segundos después apareció una notificación.
¡Es un match!
Henry soltó una pequeña risa.
—Hola, Olivia.
Abrió la conversación.
Escribió.
Borró.
Volvió a escribir.
No quería parecer demasiado interesado.
Tampoco demasiado distante.
Sabía exactamente qué clase de hombre debía parecer.
Amable.
Seguro.
Tranquilo.
Un hombre que conocía la zona.
Un hombre que podía resultar atractivo sin parecer peligroso.
La conversación avanzó durante las siguientes horas.
Henry escuchaba.
Preguntaba.
Contaba pequeñas historias sobre el pueblo.
Algunas eran ciertas.
Otras no.
Olivia parecía sentirse cómoda hablando con él.
Eso era lo importante.
Henry no tenía prisa.
La confianza necesitaba tiempo.
Al día siguiente, finalmente apareció el mensaje que estaba esperando.
Olivia había aceptado encontrarse con él.
Henry dejó el teléfono sobre la mesa.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Después sonrió.
Había funcionado.
Se levantó y caminó hacia la habitación principal.
Abrió una de las maletas.
Dentro había objetos cuidadosamente organizados.
Henry revisó el contenido sin prisa.
No necesitaba improvisar.
Nunca lo hacía.
Guardó algunas cosas en un compartimento interior y cerró la maleta.
Después regresó a la cocina.
Colocó varias botellas en el refrigerador y preparó la casa para recibir a su invitada.
Todo debía parecer normal.
Eso era lo más importante.
Normal.
Henry recorrió nuevamente la propiedad.
Acomodó los cojines del sofá.
Revisó las luces.
Observó su reflejo en una ventana.
Sonrió.
El huésped perfecto.
El hombre perfecto.
La casa perfecta.
Todo estaba preparado.
Aquella noche, Henry se acostó temprano.
Antes de apagar la luz, tomó el teléfono y revisó una última vez la conversación.
El nombre de Olivia seguía allí.
Henry pasó el dedo sobre la pantalla.
Sonrió.
Al día siguiente tendría una cita.
Para Olivia sería solamente eso.
Una cita.
Para Henry era algo completamente diferente.
Apagó la lámpara.
La habitación quedó a oscuras.
Afuera, la niebla continuaba cubriendo lentamente los árboles.
Y en medio de aquella casa silenciosa, Henry cerró los ojos con la tranquilidad de un hombre que sabía que todo estaba exactamente donde debía estar.