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Summary

En la Corea rural de 1973, Choi Jaehyun, un chico recién llegado de Seúl con una delicada condición cardíaca, desafía las reglas de su nuevo bachillerato al decidir compartir pupitre con Ha Yichan. Yichan es el paria del pueblo: un huérfano marcado por una tragedia en el lago, a quien su poderoso cuñado señala como "endemoniado", sometiéndolo a crueles rituales chamánicos. En medio del acoso y el miedo, Jaehyun se convierte en su único refugio, naciendo entre ellos una amistad profunda y clandestina que desafía la violencia del lugar. Sin embargo, cuando la persecución del pueblo se vuelve insoportable, la única salida para sobrevivir será escapar juntos hacia el caos y la libertad de la gran ciudad de Seúl. Una huida desesperada donde descubrirán si realmente pueden dejar atrás los fantasmas del pasado o si la maldición los seguirá a donde vayan

Genre
Drama
Author
Mercid
Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1.

Año 2023, Seúl.

La tarde caía pesada sobre el apartamento de la familia Choi en el distrito de Gangnam. El aire acondicionado zumbaba con monotonía mientras el sol se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Choi Beomseok, de diecisiete años, estaba hundido en el sofá de la sala, con los auriculares puestos y los dedos moviéndose frenéticamente sobre el control de la consola. En la pantalla, su personaje acababa de ejecutar un combo perfecto que lo llevó a la victoria. Soltó un grito ahogado de triunfo, levantando los brazos.

—¡Sí! ¡Por fin!

Desde la cocina llegó la voz de su madre, cortando el momento de gloria.

—Beomseok-ah, hijo, ven un momento.

El chico suspiró, quitándose un auricular. Sabía ese tono. Era el tono de “no es una sugerencia”.

—¿Qué pasa, mamá? Estoy en medio de una partida importante.

—Ahora, por favor.

Beomseok pausó el juego con desgana y se levantó, arrastrando las pantuflas hasta la cocina. Su madre, Choi Eunji, estaba de pie frente a la encimera, con una mano apoyada en su vientre abultado de ocho meses de embarazo. A sus cuarenta y cuatro años aún conservaba esa elegancia serena que había heredado de su padre, aunque las ojeras y el cansancio de la gestación marcaban su rostro. Sobre la mesa había varias tupperwares perfectamente organizados: kimchi fresco, sopa de tofu, arroz con verduras y un poco de carne bulgogi que olía deliciosamente.

Eunji levantó la mirada y frunció el ceño al ver la cara de su hijo.

—Ay, Dios mío… ¿qué te pasó en la cara?

Beomseok se tocó instintivamente el moretón que tenía bajo el ojo izquierdo y el labio partido. La pelea de ayer con Minjun, su mejor amigo de toda la vida, todavía le ardía.

—No es nada. Solo… un malentendido en el instituto.

Eunji suspiró profundamente, pero no insistió. Ya hablarían de eso después. Ahora tenía algo más urgente.

—Hijo, por favor ve a la casa de tu abuelo a dejarle un poco de comida. De seguro no ha estado comiendo bien. Ya sabes cómo es.

Beomseok parpadeó, sorprendido.

—¿Ahora? Mamá, son casi las seis. Y mañana tengo examen de matemáticas.

—Claro que sí —respondió ella desde la cocina, cerrando uno de los recipientes con firmeza—. Es tu abuelo, Beomseok. Anda, ve y arréglate esa cara primero. Tu abuelo se va a preocupar por ti si te ve así.

El chico se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos.

—Pero si apenas lo vemos… ¿por qué tengo que ir yo?

Eunji se giró lentamente. Era la menor de tres hermanos y, desde el divorcio de sus padres hacía ya más de quince años, la única que seguía manteniendo contacto real con Choi Jaehyun. Sus dos hermanos mayores, ocupados con sus propias vidas y carreras en empresas grandes, habían optado por la distancia cómoda. Eunji no. Ella no podía.

—Porque yo no puedo ir —dijo señalando su panza con una sonrisa cansada pero tierna—. Y porque alguien tiene que asegurarse de que esté bien. No tenemos forma de contactarlo fácilmente, ya sabes que odia los celulares y apenas revisa los mensajes. Solo quiero saber si está comiendo, si toma sus medicinas… nada más.

Beomseok miró los tupperwares. La comida se veía abundante, como si su madre hubiera cocinado para un regimiento entero.

—Puede cuidarse solo. Es el abuelo. Tiene esa casa enorme afuera de la ciudad, dinero de sobra del banco y… no sé, parece que le cae mal toda la familia desde que se divorció de la abuela.

Eunji le dio un zape suave en la nuca, más afectuoso que regañón.

—No digas eso. Tu abuelo ha pasado por mucho. El divorcio lo cambió, sí, pero no es que nos odie. Solo… se cerró. Como si cargara algo muy pesado que no quiere compartir con nadie.

Beomseok se frotó la nuca, aunque el golpe apenas le dolió. Sabía que su madre tenía razón. Recordaba vagamente las visitas de niño a esa casa enorme y solitaria en las afueras, donde el abuelo Jaehyun hablaba poco, miraba mucho por la ventana y a veces se llevaba la mano al pecho como si le doliera algo invisible.

—¿Y por qué no va el tío Junho o la tía Soomin? Ellos tienen carro mejor que yo.

—Porque tu tío está en Busan por trabajo y tu tía… bueno, ya sabes cómo es la relación con ella. Solo quedamos tú y yo, cariño. —Eunji se acercó y le acomodó el cabello revuelto con cariño maternal—. Además, tal vez te haga bien salir un rato. Esa cara de pelea no se va a curar solo con videojuegos.

Beomseok soltó un suspiro largo y teatral, pero tomó las llaves del auto que su madre le extendía junto con una bolsa térmica grande.

—Bien… después de entregarlo me iré. Le dejo la comida en la puerta si no quiere abrir, y listo.

—Beomseok —advirtió Eunji con esa voz que no admitía discusión.

—Está bien, está bien. Entraré, le diré dos palabras y me aseguraré de que esté vivo. ¿Contenta?

Su madre sonrió con suavidad, aunque sus ojos reflejaban una preocupación más profunda que la mera comida.

—Gracias, hijo. Y dile que lo queremos. Aunque él no lo crea a veces.

Beomseok cargó la bolsa, sintiendo el peso de los recipientes. Antes de salir, se miró en el espejo del pasillo: el moretón estaba feo, el labio hinchado. Recordó la cara de Minjun cuando lo golpeó ayer. “¿Por qué siempre tienes que defender a los débiles como un idiota?”, le había gritado su amigo antes de que la pelea estallara. Sacudió la cabeza. No quería pensar en eso ahora.

Al abrir la puerta del apartamento, el aire fresco de la tarde lo golpeó. El sol ya se estaba escondiendo detrás de los edificios altos. Beomseok bajó al estacionamiento subterráneo, colocó la bolsa de comida con cuidado en el asiento del copiloto y encendió el motor del viejo sedán familiar.

Mientras salía del complejo residencial y tomaba la carretera que lo llevaría hacia las afueras de Seúl, donde la enorme casa de su abuelo se alzaba solitaria entre colinas y árboles antiguos, no pudo evitar sentir una extraña inquietud. No era solo entregar comida. Era como si, de alguna manera, estuviera a punto de abrir una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.

Apretó el volante con más fuerza.

—Solo voy a dejar la comida y volver —murmuró para sí mismo.

Minutos después Beomseok llegó a la residencia de su abuelo alrededor de las cuatro de la tarde. El sol aún brillaba con fuerza, pero ya comenzaba a suavizarse, tiñendo de dorado las colinas que rodeaban la enorme propiedad. La casa de Choi Jaehyun se encontraba en las afueras de Seúl, lejos del bullicio de la ciudad, en un terreno amplio rodeado de árboles antiguos y un jardín meticulosamente cuidado. Era una mansión de estilo tradicional coreano fusionado con toques modernos: techos amplios, paredes blancas impecables y ventanales enormes que permitían ver el paisaje hasta donde alcanzaba la vista.

Un guardia uniformado vigilaba el portón principal. Al reconocer el auto familiar y ver el rostro de Beomseok, sonrió levemente y abrió la reja sin hacer preguntas.

—Bienvenido, joven amo Beomseok —dijo con una inclinación respetuosa.

El chico solo levantó la mano en un saludo incómodo y avanzó por el camino de grava. Sabía que su abuelo mantenía varios empleados: jardinero, conductor, cocineras, una enfermera a tiempo parcial y personal de limpieza. Su madre se lo había mencionado muchas veces. “Allí hay más gente que en nuestra casa, pero tu abuelo sigue solo”, solía decir Eunji con tristeza.

Beomseok estacionó frente a la entrada principal y bajó con la pesada bolsa térmica. Una mujer de mediana edad, vestida con uniforme claro, salió a recibirlo. Era la señora Park, una de las cocineras que llevaba más de diez años trabajando allí.

—Joven Beomseok, qué sorpresa. ¿Viene de parte de su madre?

—Sí, señora Park. Traje comida. Mamá dice que el abuelo no ha estado comiendo bien.

La mujer suspiró y bajó la mirada un momento.

—Así es. Tenemos todo en la cocina, preparamos comidas frescas todos los días, pero el señor Choi apenas prueba bocado. Dice que no tiene hambre. ¿Dónde está el abuelo? —preguntó Beomseok mirando hacia la casa.

—Está en su habitación. No ha salido durante días. Se pasa las horas mirando por la ventana o revisando viejos libros. Y se niega a que lo revise el doctor. Ya llamamos dos veces esta semana, pero no quiere recibir a nadie.

Beomseok solo suspiró profundamente. Cargó la bolsa con más fuerza y entró a la casa. Siempre le sorprendía lo grande que era. El vestíbulo era amplio, con pisos de madera pulida que crujían suavemente bajo sus pasos, muebles antiguos pero bien conservados, y una escalera que subía al segundo piso. Había habitaciones para el personal en el ala este, todas cómodas y privadas. Recordaba que su abuelo, a pesar de su carácter distante, siempre se había asegurado de que sus trabajadores tuvieran buenos salarios, días libres y atención médica pagada.

—Ellos quieren más al abuelo que su propia familia —murmuró Beomseok para sí mismo mientras subía las escaleras.

Llegó al pasillo del segundo piso. La puerta de la habitación principal estaba entreabierta. No tocó. Simplemente empujó la puerta y entró.

El cuarto era amplio y estaba en penumbras, a pesar de la hora. Las cortinas pesadas estaban corridas casi por completo, dejando solo una rendija por la que entraba luz natural. Choi Jaehyun, de sesenta y nueve años, estaba sentado en una silla junto a la ventana, con la mirada perdida en el cielo. Su cabello canoso estaba bien peinado, vestía una camisa sencilla de color gris y pantalones oscuros. A pesar de su edad, mantenía una postura recta y digna, pero su rostro mostraba un cansancio profundo. Las arrugas alrededor de sus ojos parecían más marcadas que la última vez que Beomseok lo había visto, hace casi seis meses.

—Abuelo —dijo Beomseok suavemente.

Jaehyun se volteó lentamente. Al ver a su nieto, una sonrisa cansada pero genuina se dibujó en sus labios.

—Beomseok… hijo. Qué sorpresa. Siéntate.

El chico cerró la puerta detrás de él y se acercó. En lugar de la silla, se sentó en el borde de la gran cama king size, dejando la bolsa de comida sobre la mesita de noche.

—Gracias por venir —dijo Jaehyun con voz calmada—. ¿Cómo está tu madre? ¿Y el bebé?

—Está bien. Ya casi llega el momento. Por eso no pudo venir ella. Me pidió que te trajera esto —explicó Beomseok señalando la bolsa—. Comida casera. Kimchi, sopa, bulgogi… dice que no has estado comiendo bien.

Jaehyun soltó una risa baja, casi un suspiro divertido. Se inclinó un poco hacia adelante y abrió uno de los recipientes. El aroma llenó la habitación.

—Tu madre es igual de testaruda que yo. Dile que no se preocupe por mí. Estoy bien. Solo… un poco cansado estos días.

—Abuelo, no puedes seguir así. Mamá se preocupa mucho. Todos lo hacemos, aunque no vengamos seguido.

Jaehyun miró a su nieto con atención, como si estuviera evaluando algo más allá de las palabras. El silencio se instaló entre ellos por unos segundos, solo interrumpido por el lejano canto de pájaros fuera de la ventana.

—¿Y tu padre? ¿Sigue trabajando tanto? —preguntó Jaehyun cambiando ligeramente de tema.

—Como siempre. Llega tarde y sale temprano. Dice que el proyecto nuevo en la empresa es importante.

—Entiendo… —Jaehyun asintió lentamente—. El trabajo puede consumirte si no tienes cuidado. Yo lo sé bien. Pasé muchos años en el banco, subiendo posiciones, pensando que eso era lo más importante.

Beomseok se removió incómodo en la cama. No estaba acostumbrado a conversaciones largas con su abuelo. Normalmente eran visitas cortas, llenas de silencios.

—Abuelo… la señora Park me dijo que no has dejado que te revise el doctor. ¿Estás seguro de que estás bien? Mamá mencionó que tu corazón…

Jaehyun levantó una mano con suavidad, deteniéndolo.

—Mi corazón late todavía. Eso es lo que importa. No necesito que un médico me diga lo que ya sé.

Beomseok se quedó callado. Sabía que insistir no serviría de mucho. Su abuelo siempre había sido terco.

Los dos se quedaron en silencio un momento, mirando cómo la luz de la tarde se movía por la habitación. Jaehyun parecía más frágil de lo que Beomseok recordaba. Sus manos, antes firmes, ahora descansaban sobre sus rodillas con leve temblor.

De pronto, la mirada de Jaehyun se posó en el rostro de su nieto. El moretón bajo el ojo y el labio hinchado eran imposibles de ignorar.

—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó con tono serio, pero sin reproche.

Beomseok se tocó la mejilla por inercia, sintiendo el calor del moretón bajo sus dedos.

—Solo una pelea con un amigo. Nada grave.

Jaehyun se quedó callado, mirándolo con intensidad. Sus ojos, profundos y llenos de años de experiencia, parecían buscar algo más en esa respuesta sencilla.

Jaehyun frunció un poco el ceño, y por un instante su expresión severa habitual regresó. Las arrugas de su frente se marcaron más profundamente mientras observaba el rostro golpeado de su nieto. La luz que entraba por la rendija de la cortina iluminaba parcialmente sus ojos, revelando una mezcla de preocupación y algo más profundo, como un recuerdo que intentaba mantenerse oculto.

—Las peleas con amigos no deberían terminar con golpes, hijo —dijo con voz firme pero calmada, sin levantar el tono—. Un amigo de verdad es algo muy valioso. Más de lo que crees a tu edad.

Beomseok agachó la mirada, fijándola en sus propias manos que descansaban sobre sus rodillas. Se sentía expuesto bajo la mirada de su abuelo. En casa, su madre lo habría regañado con más energía, pero Jaehyun hablaba diferente. Sus palabras tenían un peso distinto, como si vinieran de alguien que había cargado con muchas cosas a lo largo de los años.

—Fue una discusión tonta —murmuró Beomseok finalmente—. Estábamos en el equipo de básquetbol del instituto. Él decía que yo tenía preferencia porque el entrenador me pone más minutos en los partidos. Y además… me dijo que siempre defiendo a los débiles como un idiota. Que me meto donde no me llaman. Yo le respondí que era un estúpido y… bueno, de ahí pasaron a los golpes.

El silencio volvió a llenar la habitación. Jaehyun no apartó la mirada. Se quedó observándolo durante casi un minuto entero, como si estuviera leyendo entre líneas cada palabra que su nieto había dicho. Fuera, el viento movía suavemente las hojas de los árboles del jardín, y el sonido llegaba amortiguado a través de la ventana.

—Te dolió lo que te dijo, ¿no? —preguntó Jaehyun de pronto.

Beomseok levantó la mirada, sorprendido. Era la primera vez que oía a su abuelo hablar de emociones de esa manera tan directa. Choi Jaehyun siempre había sido un hombre de pocas palabras, más dado a observar que a indagar en los sentimientos. El chico parpadeó un par de veces, procesando la pregunta.

—Un poco… —admitió al fin, con la voz más baja—. Es mi mejor amigo desde la primaria. Minjun y yo hemos pasado por todo juntos: exámenes, primeros amores fallidos, problemas en casa… Me duele que piense eso de mí. Que crea que soy un idiota por defender a otros. Yo solo… no soporto ver que se metan con alguien que no puede defenderse solo.

Jaehyun asintió lentamente, como si aquellas palabras resonaran en algún lugar dentro de él. Una sonrisa cansada, casi nostálgica, apareció en sus labios. Se reclinó un poco más en la silla junto a la ventana y cruzó las manos sobre su regazo.

—Bueno, quizá los dos se merecían ese golpe —dijo con un leve tono de humor seco—. Los jóvenes a veces necesitan sacarse las tonterías a golpes para entenderse. Pero traten de hablar después, Beomseok-ah. No dejes que el orgullo se interponga. No sabes cuándo te podrías arrepentir de no haberlo hecho. El tiempo… el tiempo no espera a nadie.

Beomseok lo miró con atención. Había algo en la forma en que su abuelo hablaba que lo inquietaba. No era solo un consejo de abuelo a nieto. Había un matiz personal, una sombra de dolor antiguo que se filtraba entre las palabras.

—¿Te ha pasado algo similar, abuelo? —preguntó Beomseok con curiosidad genuina—. ¿Una pelea con un amigo?

Jaehyun solo suspiró profundamente. Su mirada se perdió de nuevo hacia la ventana, hacia el cielo que empezaba a teñirse de tonos naranjas y rosados mientras la tarde avanzaba. Sus dedos se apretaron ligeramente sobre sus rodillas, un gesto casi imperceptible. Por un momento pareció que iba a decir algo más, algo importante, pero las palabras se quedaron atrapadas.

—Con un amigo… —respondió al fin, con voz baja y ronca—. Mi único amigo.

No dijo más. El silencio que siguió fue denso, cargado de años de recuerdos que Jaehyun claramente no estaba listo para compartir. Beomseok quiso insistir, preguntar quién era ese amigo, qué había pasado, por qué hablaba de él en pasado. Pero algo en la expresión de su abuelo lo detuvo. Era como si una puerta se hubiera entreabierto apenas y ahora estuviera cerrándose de nuevo.

Jaehyun carraspeó suavemente y cambió el tema, recuperando esa compostura serena que lo caracterizaba.

—No tardes mucho en volver a casa, Beomseok. Pronto va a oscurecer y tu madre se preocupará por ti. Dile que estoy bien, que no se angustie. Y que se cuide mucho ella y cuide a la bebé. Es importante que descanse.

Beomseok asintió lentamente, aunque todavía tenía muchas preguntas rondando en su cabeza. Se levantó de la cama y tomó la bolsa térmica vacía, ahora que había dejado los recipientes sobre la mesita.

—Está bien, abuelo. Se lo diré. Pero prométeme que vas a comer algo de lo que te traje. Y que vas a dejar que te revise el doctor si te sientes mal.

Jaehyun sonrió débilmente, sin comprometerse del todo.

—Eres tan insistente como tu madre. Ve con cuidado en la carretera. Y… gracias por venir, hijo.

El chico se quedó un momento más en la puerta, observando la figura solitaria de su abuelo recortada contra la ventana. La habitación grande, elegante y bien amueblada, parecía aún más vacía con solo él dentro. Beomseok sintió un extraño peso en el pecho, como si estuviera presenciando algo que iba más allá de una simple visita familiar.

Finalmente, cerró la puerta con suavidad y comenzó a bajar las escaleras, dejando atrás esa habitación llena de silencios y ecos de un pasado que, poco a poco, empezaba a asomarse.

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