La Gran Explosión
La Gran Explosión
«¡DOLOR!», bramaba mi mente, que, en un intento desesperado, buscaba reconocer el origen de aquel suplicio. Sentía el cuerpo arder; mis huesos se fragmentaban como porcelana fina estrellándose contra el suelo. Por dentro, mi estructura colapsaba de la misma manera.
Se rompe, se amalgama y nuevas extremidades brotan. Desconozco qué está germinando en mi interior, pero algo se abre paso con violencia. Con un alarido desgarrador, logró al fin articular un sonido; me escuecen los ojos y la vista no me alcanza más allá de la nariz. A mi lado, escucho una tos pesada, un estertor denso, como si alguien intentara expulsar agua de unos pulmones anegados. Al girar la cabeza, logro divisar a la criatura que me acompaña.
El horror tiñó mi mirada al observarlo: era una presencia colosal, de piel oscura y escamosa, con garras prominentes y una cola que se perdía en la oscuridad del agua. El cuerpo de la criatura permanecía encorvado mientras sus ojos, negros y profundos, se mantenían fijos al tiempo que tosía con violencia. Intentaba purgar lo que inicialmente creí que era agua; sin embargo, de sus fauces brotaba una secreción verde y luminiscente que, al fijarme bien, también impregnaba mi propia piel.
Dominada por el pánico, intenté alejarme. Mis piernas carecían de fuerza y la visión seguía siendo una mancha borrosa, pero me arrastré con lo que me quedaba de voluntad. En cuanto me moví, el ser interrumpió su tos, volviendo su mirada hacia mí. Me escrutó en silencio.
«¡Por favor, que sea ciego!», rogué internamente mientras intentaba retroceder, pero mis extremidades seguían desobedeciendo las órdenes de mi cerebro. El ser me observaba; su garganta vibraba en un intento por articular una palabra, hasta que un nombre escapó de su boca:
—Teagan... —pronunció con una dificultad penosa mientras se acortaba la distancia entre nosotros—. Teagan... Teagan, ¿estás... bien?
Cada centímetro que se arrastraba hacia mí era un esfuerzo titánico. La confusión me embargaba, pero ese nombre resonaba con una familiaridad punzante. De pronto, un destello de memoria me atravesó: recordé que estaba conversando con un hombre, alguien a quien amaba y con quien compartía mi existencia.
Parecía que le confiaba algo trascendental, pues él había sonreído antes de estrecharme con fuerza entre sus brazos... ¡Pero entonces, la tragedia! Una detonación y esa sustancia esmeralda que lo cubría todo.
Luché por evocar el rostro del hombre y su nombre, pero la voz se me anudaba en la garganta. La criatura insistía, repitiendo mi nombre a medida que se aproximaba. Al observarlo con detenimiento, la figura masculina de mi pareja comenzó a superponerse sobre la silueta del monstruo: su mirada cargada de angustia, la postura encorvada y esa cadencia pausada al hablar. Un clic resonó en mi conciencia, permitiendo que un nombre brotara, casi en un susurro, de mis labios...
—Oren... —Logré decir, volcando en ello toda mi energía.
Él ya se encontraba frente a mí. Con una delicadeza inesperada, acunó mi rostro entre sus zarpas e intentó hablar:
—Teagan... ¿Bien? —inquirió, tratando de examinarme sin lastimarme con sus garras. Su tacto era áspero, casi pétreo, pero fue entonces cuando percibí un detalle que me heló la sangre: mi piel lucía un tono azul verdoso. Todo mi cuerpo había mutado; mis manos se asemejaban a pinzas que pretendían simular dedos, y mis piernas compartían esa misma naturaleza alienígena.
Mi capacidad de raciocinio se desvaneció. Un grito brotó de mis entrañas y me arrastré frenéticamente hacia un charco cercano para encarar mi reflejo, o lo que quedaba de él. Lo que vi me destruyó: mi cabello había desaparecido y mi piel había sido reemplazada por un exoesqueleto rígido. No había rastro de mí en ese reflejo. Grité con tal vehemencia que la negrura terminó por reclamarme.
Cuando recobré el sentido, la noche ya se había instalado. Me cubrían algunos retazos de tela y percibí el calor de una fogata modesta pero reconfortante. Oren se afanaba en mantener viva la llama.
—Oren... amor... —Balbuceé para atraer su atención.
Él abandonó su tarea al instante para acudir a mi lado.
—Mi amor, ¿Cómo te sientes? —preguntó con la voz más dulce que su nueva condición le permitía emitir.
Gasté mis últimas fuerzas en una risa amarga, disfrutando del roce de su mano contra lo que ahora debía aceptar como mi rostro. Permanecimos así un largo tiempo; el silencio era nuestro único refugio. Hablar resultaba una tarea extenuante tras la metamorfosis que nos había sido impuesta.
Los días han transcurrido desde aquel violento despertar en el estanque yermo. Poco a poco, los jirones de nuestra memoria se han ido uniendo; lo primordial fue reconstruir el dónde y el porqué de nuestra situación. Hace dos días, Oren halló una videocámara funcional; hemos decidido documentar nuestra historia en una suerte de diario visual, por si la amnesia regresa o si el olvido empieza a devorar quiénes fuimos antes de esta pesadilla.
—¿Hola? —exclamó Oren, el hombre-caimán, frente al objetivo. La cámara captaba un ángulo poco favorecedor de su anatomía mientras él forcejeaba para estabilizar el aparato.
—¿A quién saludas? —preguntó Teagan, la mujer-libélula, dejando escapar una risa al ver a su compañero pelear con el trípode. Su risa se intensificó al verlo improvisar un baile de victoria, torpe pero cargado de orgullo.
—¡Está encendida y funciona, amor! Ya podemos dejar constancia de lo ocurrido en este pequeño diario.
Ella se aproximó, observó el piloto rojo de la cámara y, tras una sonrisa, tomó distancia para asegurar una toma nítida.
—Está bien, comencemos. Me presento: mi nombre es Teagan y él es mi esposo, Oren. Somos especialistas canadienses en espeleología. Dedicamos años a esa disciplina en nuestra tierra natal, hasta que aceptamos una oferta en China por parte de un consorcio científico estadounidense. Buscaban fuentes de energía alternativas; nosotros facilitábamos la incursión en las grutas, convencidos de que bajo tierra yacía algo que beneficiaría a la humanidad... o más bien, a los intereses de su país.
Al parecer, mientras mi marido y yo descansábamos, los científicos ignoraron nuestra advertencia de detener la maquinaria. Persistieron en perforar la cavidad donde supuestamente se hallaba la fuente... Fue una negligencia absoluta. —¡Malditos hijos de...! —Ella comenzó a mascullar improperios, con el rostro ensombrecido por la rabia.
—Cariño, por favor... Intervino Oren entre risas, intentando suavizar el tono de su esposa.
—Está bien, preciosa, relájate... —Continuó él—. Lo cierto es que, debido a esa perforación imprudente, el lugar colapsó en una explosión. Desconocemos los detalles técnicos del siniestro. Hemos regresado al epicentro varias veces sin hallar rastro de otros sobrevivientes; parece que somos los únicos. Ignoramos cómo mutamos, pero ese fluido esmeralda fue el catalizador. Por fortuna, nuestra esencia mental permanece intacta; la amnesia solo fue un efecto colateral pasajero. Eso es todo por ahora. Debemos abandonar la zona; la presencia policial es inminente y nuestra apariencia no nos garantiza un recibimiento hospitalario. Corto y cierro.








