PRELUDIO
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No vio llegar el primer golpe.
El segundo le robó el aire.
El tercero la lanzó contra el suelo húmedo del callejón, donde el olor a óxido y a basura vieja se mezclaban con el miedo. Intentó gritar, pedir ayuda, pero una mano firme le cubrió la boca antes de que el sonido pudiera escapar. No fue un gesto apresurado ni violento; fue preciso y ensayado, como si quien lo hacía supiera exactamente cuánta presión ejercer para silenciar sin atentar contra una vida.
—No te muevas —ordenó una voz grave, serena—,esto terminará pronto.
Eso era peor.
La calma.
Quiso girarse, ver el rostro de quien estaba detrás de ella, pero fue obligada a permanecer de rodillas. Sus manos temblaban mientras buscaban apoyo en el pavimento mojado. Sintió el frío del metal rozarle el cuello, no como una amenaza inmediata, sino como una advertencia paciente.
—Nunca debiste escapar—continuó la voz—. Las piezas fuera del tablero siempre estorban.
Un tirón brusco le descubrió la nuca, el aire helado le erizó la piel y, por un instante absurdo, pensó en huir, pero no lo hizo. Sabía que no llegaría lejos.
El dolor llegó después.
No fue un corte limpio, sino lento, deliberado. La piel cedió con facilidad, como si siempre hubiera estado destinada a abrirse justo ahí. El grito que escapó esta vez fue ahogado por una bufanda roja que le metieron en la boca. Lágrimas involuntarias nublaron su vista mientras la sangre comenzaba a deslizarse por su cuello.
—Recuerda esto —susurró cerca de su oído—: no hay salida del juego.
Cuando todo terminó, la mujer cayó de lado, respirando con dificultad. Apenas podía mover su cuerpo, pero con los dedos manchados de su propia sangre rozó la cicatriz en su nuca. Una forma. Un símbolo.
Una pieza que condenaba su destino.
Pasos tranquilos se alejaron del callejón, perdiéndose entre la noche. No miró atrás, no hacía falta.
En ese mundo, las piezas rotas no se recogen.
Se reemplazan.
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