Capítulo 1: Ceniza en los pulmones
El mundo no terminó con una explosión.
Terminó con silencio.
Primero dejaron de llegar las noticias. Luego cayó la electricidad. Después, las ciudades empezaron a arder como si alguien hubiera encendido pequeñas hogueras en el mapa del mundo.
Durante semanas, el cielo tuvo el color de una herida abierta.
Treinta años después, todavía había lugares donde la lluvia sabía a metal.
Kael caminaba entre los restos de una autopista cubierta de musgo, con un cuchillo oxidado en la cintura y una mochila medio rota colgando del hombro. No era alto, ni especialmente fuerte, ni tenía esa mirada de héroe que los niños imaginaban en las historias.
Solo seguía vivo.
Y en el mundo que quedaba, eso ya era bastante.
A su izquierda, varios autos abandonados formaban una fila interminable. Algunos tenían esqueletos dentro. Otros estaban cubiertos de flores blancas que crecían donde antes hubo carne. Kael no los miraba demasiado. Había aprendido que mirar mucho al pasado podía hacerte tropezar con el presente.
El viento trajo un sonido.
No era animal.
No era humano.
Kael se detuvo.
A lo lejos, entre los edificios partidos de la vieja ciudad, una luz azul parpadeó tres veces.
Una señal.
Imposible.
Nadie tenía energía en esa zona desde hacía veinte años.
Kael tragó saliva y apretó el mango del cuchillo.
-No seas idiota -murmuró para sí mismo-. Las luces no aparecen porque sí.
Pero sus piernas ya habían empezado a avanzar.
Porque en su bolsillo llevaba una chapa vieja, heredada de su padre, con una sola palabra grabada:
FARO.








