CAPÍTULO 1: EL DISCURSO QUE NUNCA EXISTIÓ. Bloque 1: El Quiebre del Ídolo
ENSAYO SOBRE MEXICO.
CAPÍTULO 1: EL DISCURSO QUE NUNCA EXISTIÓ
Bloque 1: El Quiebre del Ídolo (Perspectiva: Omnisciente / Monólogo)
Creo que ya estoy viejo para esto. Lo que daría por unos años de juventud y un poco de fuerza. Solo un poco. Dios, este calor me está moliendo los huesos, solo un poco, solo un poco más... Sostén el aire. Mantén la espalda recta. Míralos a los ojos, que no vean que los setenta y ocho años pesan en las rodillas. Doce años arrastrando este proyecto... mis primeros años como presidente construyendo el tablero desde el palacio, y luego un relevo que se sintió eterno viendo desde afuera cómo casi se echa a perder cada centímetro que ganamos. Tenía que regresar, unificar los pedazos, la casa se caía. Tranquilo. Ellos no ven al viejo; ven la revolución, ven el petróleo, ven el futuro. Solo necesito que los pulmones me aguanten treinta minutos. Treinta minutos para cambiar el rumbo de todo. Tienen que entender que en México manda México. Solo un poco más de aire..
El sensor de temperatura de la estación meteorológica del Complejo Hidrocarburífero “Lázaro Cárdenas” —la imponente y recién inaugurada plataforma de perforación semi-sumergible anclada sobre los nuevos yacimientos de aguas profundas en el Golfo de México— registra cuarenta y dos grados Celsius a las once de la mañana con catorce minutos. La humedad relativa del aire sobre la cubierta de acero es del ochenta y nueve por ciento. Debajo del presídium estructural elevado, suspendido sobre las agitadas aguas del Golfo, aproximadamente mil personas, entre obreros de élite de la paraestatal petrolera, ingenieros y mandos navales, se alinean vistiendo overoles de algodón ignífugo gama naranja internacional. Ninguno se mueve. La transmisión internacional de alta definición está en directo a ciento cuarenta países.
En el centro del podio, el Presidente de la República acomoda sus manos sobre los bordes de acrílico del atril. Los monitores biométricos remotos del Estado Mayor Presidencial, ocultos en una sala blindada dentro de la superestructura de la plataforma, marcan una frecuencia cardíaca de sesenta y cuatro pulsaciones por minuto y una presión arterial de ciento veinte sobre ochenta. Sus niveles de glucosa en sangre son estables. Su historial clínico oficial no registra antecedentes de aneurismas ni fallos cerebrovasculares.
A las once de la mañana con quince minutos y dos segundos, un sutil pestañeo rompe el ritmo de la respiración del mandatario. Su rostro pierde la coloración bajo el impacto del sol del Golfo. No hay padecimiento aparente, ni un grito, ni una amenaza visible en el aire. Sin embargo, una anomalía súbita y devastadora desconecta los comandos motores de su cerebro en una fracción de segundo.
El ojo derecho del Presidente sufre una midriasis instantánea; la pupila se dilata por completo, fija y opaca. Las falanges de su mano izquierda se contraen con una fuerza espasmódica, astillando el borde del acrílico. El flujo de telemetría médica se interrumpe al dispararse la actividad eléctrica cerebral por encima de los límites registrables; un cortocircuito biológico violento que imita con precisión un derrame cerebral fulminante, pero cuya causa exacta queda oculta en el tejido, dejando flotar en el aire la duda de si se trata de un colapso natural o de una intervención extranjera.
El mandatario abre la boca para pronunciar la primera sílaba de la palabra “Soberanía”. El sonido no se produce. Su centro de gravedad se desplaza catorce centímetros hacia atrás. El cuerpo del hombre que dirigió el país durante los últimos doce años colapsa de forma vertical, golpeando la nuca contra la base del podio instalado sobre el océano.
Segundos después, y con tiempos de reacción lentos por la incredulidad, a las unidades de control de la transmisión internacional llega una orden automática de censura. El selector de video de la estación base corta el flujo de imagen del cuerpo del presidente en el suelo de la cubierta. Las pantallas de televisión y los servidores de streaming de todo el planeta reemplazan el plano general del Golfo de México por barras de color estáticas de setenta y cinco por ciento de intensidad y un tono de audio continuo de mil Hertz.
A escasos veinte metros del podio, entre la formación rígida de la tripulación, un técnico de la paraestatal petrolera con overol observa la plataforma del presídium con absoluta incredulidad. No se suma al alboroto generalizado que estalla a su alrededor, donde los elementos de la Marina y el personal médico de urgencia rompen filas y cercan el cuerpo caído del mandatario. Él no esperaba un colapso biológico; esperaba escuchar la palabra clave que confirmara un pacto, algo que solo él y un puñado de personas en el aparato de inteligencia sabían que ocurriría durante esa transmisión.
Al no escuchar las palabras pactadas debido al imprevisto corte de señal, el hombre del overol se aparta de la multitud aprovechando la confusión general. Corre por los pasillos industriales de la superestructura, esquivando a los ingenieros que suben aterrados hacia la cubierta. Desciende a toda prisa por las escaleras verticales de acero hacia la zona residencial de la plataforma.
Al entrar a la sección de camarotes, abre la puerta de uno de los dormitorios de tránsito técnico. Con las manos empapadas de sudor frío, comienza a buscar desesperadamente en los ductos de ventilación y los compartimentos falsos de los casilleros; buscando aquello que bajo ninguna circunstancia operativa debía estar oculto ahí. Sus dedos topan con una pequeña caja metálica negra, pesada, provista de una luz led intermitente y un cableado que se conecta directamente a la toma de red del camarote.
El técnico saca un teléfono celular modificado del interior de su overol. Sus dedos tiemblan al teclear una secuencia de marcación rápida encriptada dirigida directamente a una oficina, en la capital del país. Al escuchar el clic de la línea segura del otro lado, habla con una desesperación contenida, devorando el aire de la habitación:
—Damián... el Presidente no dio el discurso. Repito, no llegó a dar el discurso.









