Capítulo 1
¿Qué harías si tu vida cambiara en un instante?
¿Cuándo empezó todo esto? ¿Cuándo se desmoronó? No logro entenderlo; todo parecía ir bien.
Desperté y me encontré con la oscuridad. Todo aquello que me hacía feliz -las risas, los recuerdos hermosos- regresaba como un fantasma. ¿Cómo fue posible que lo hubiera olvidado todo? ¿Por qué tenían que ser así las cosas?
Miro a mi alrededor y no logro ver nada. No puedo moverme; apenas siento ese calor carmesí que recorre mi frente. Al parecer me había desmayado tras recibir el golpe. Recuerdo haber salido de aquel lugar para regresar a casa. Mientras buscaba las llaves del auto, no me percaté de que alguien venía detrás de mí con un bate. Traté de huir, pero aquella sombra oscura me alcanzó y, sin darme cuenta, ya estaba aquí.
Trato de calmarme, pero me resulta difícil. Mi respiración se acelera con el paso del tiempo; me siento confundida y sin esperanzas de que alguien me encuentre. Si las cosas hubieran sido diferentes, nada de esto habría pasado. Todo empezó cuando...
Años atrás.
-Mía, corre, que se nos hace tarde; las clases ya van a empezar. Te dije que no te desvelaras -gritó Dayana mientras corría a mi lado.
Me llevé un susto al darme cuenta de lo tarde que era. El profesor nos había advertido que, si volvíamos a llegar tarde, nos haría un ensayo de cincuenta hojas sobre Leonardo da Vinci. Claro que no me molestaba hacerlo, pero la idea de desvelarme para terminarlo no me agradaba. Siempre que me dormía tarde, mi despertador de fresita no lograba despertarme.
Dayana siempre me decía que era muy infantil por usar un despertador con forma de fresita, pero yo amaba las fresas y nadie iba a llamarme infantil por eso.
-Ya voy, sabes que me debes hablar con cariño o me pongo triste.
Odiaba que me hablara así; no me gustaba su tonito de voz cuando me regañaba.
-Sabes que el profesor dijo que, si llegamos tarde, tendremos que hacer el ensayo. Y como odio hacerlos, más cuando son muy largos, corre más rápido o no vas a llegar. Nos quedan cinco minutos.
Por suerte, llegamos justo cuando el profesor estaba hablando con un alumno que, por cierto, estaba muy lindo. Pero, al darme cuenta de que era ESE COMPAÑERO ARROGANTE Y GROSERO DE SIEMPRE, cambié de opinión al instante. Dayana ya me había estado llamando desde hacía rato para que nos sentáramos. De repente, una voz elegante pero grave dijo mi nombre; su tono me erizó la piel y sentí escalofríos al voltear.
Y sí, era él.
-Ey, fea, ¿está ocupado?
Cómo es posible que un ser tan guapo como él sea tan grosero y arrogante? Me molestaba tanto que me daban ganas de arrancarle esos ojos, hermosos color miel. ¡MIERDA! Cada vez que pienso en él, mi mente tiene que ser tan perversa que incluso me lleva la contraria.
Me molestó tanto que decidí ignorarlo, pero al parecer no le importó y se sentó justamente a mi lado.
-Lo que me faltaba -susurré-. ¿Por qué tiene que empezar mi día tan mal? No bastó con haberme levantado tarde; ahora además me toca sentarme a su lado.
Al terminar las clases, Dayana me invitó a la cafetería. Obviamente yo no quería ir, pero ella insistió y me sobornó con un frappé de moka, y yo no podía negarme a eso.
-Un frappé de moka y un cheesecake, por favor -dijo mientras yo la esperaba en una de las mesas con mejor vista de la cafetería. Yo disfrutaba viendo cómo la gente pasaba, cómo las familias compartían recuerdos, cómo las horas transcurrían y las nubes se movían a cada segundo; era relajante.
-¿Viste cómo te estaba mirando Oliver? Hoy se veía tan sexy que me daban ganas de comérmelo... a menos que prefieras hacerlo tú.
-¡ESTAS LOCA! -respondí mientras ella apoyaba su cheesecake en la mesa-. Es la peor escoria que he conocido; no me fijaría en un idiota como él.
-Dicen que es uno de los chicos becados también ay rumores que no tiene ningún quinto en su billetera-dijo Dayana.
-Tonterías, son solo rumores.Además, sabes perfectamente que en estos momentos no busco novio; prefiero concentrarme en lo que es más importante.
-¿Novio? ¿Estás tonta o qué? Con que te lo cojas y disfrutes es más que suficiente. Claro, si no te gustan los compromisos, mejor disfruta antes de que tengas arrugas por todo el cuerpo y nadie te voltee a ver.
Odiaba esa forma en que veía las cosas; ella era así, pero ya estaba acostumbrada a su manera de hablar.
Nuestra charla cambió de rumbo hasta que regresamos a nuestros dormitorios. Ambas compartíamos habitación; éramos las mejores roomies y amigas desde que me mudé por primera vez, donde pasé casi toda mi adolescencia. Desde entonces nos hicimos inseparables y decidimos estudiar lo mismo en la misma universidad. Somos como hermanas, tan unidas que no podríamos vivir la una sin la otra.
Durante la noche me costaba dormir; tenía la sensación de haber olvidado algo importante para mí. Llegaba el momento en que me dormía hasta las tres o cuatro de la mañana, y cuando por fin dormía, mis sueños se convertían en pesadillas.
-Mía, tenemos que escapar, es nuestra oportunidad. Por favor, reacciona, Mía -se alcanzaba a oír, a lo lejos, la voz de una pequeña sonrisa que me gritaba una y otra vez. No logro ver su rostro; todo se ve nublado. La sensación de estar ahí me hace sentir horrible.
Hasta que despierto y me doy cuenta de que solo fue un sueño.
Mi madre me decía que solo eran sueños, pero se sentían tan reales que a veces dudaba si eran pesadillas o simples recuerdos. Cuando era niña, todas las mañanas despertaba llorando y gritando; mis padres me veían tan mal que me tuvieron que llevar al psicólogo. No recuerdo mucho de las sesiones con ella, pero sé que gracias a ella descubrí mi pasión por el arte. Aún mantengo contacto con ella e incluso guardo su tarjeta de contacto.
¡AY, MADRE SANTA, ME ESPANTASTE! -gritó Dayana como si hubiera visto al mismo demonio-. ¿Por qué estás despierta tan temprano? Cuando quiero que te despiertes temprano no lo haces, y ahora vienes a darme un susto horrible.
-Lo lamento, es que no podía dormir, y ya sabes que después de despertarme no logro conciliar el sueño -le respondí, mientras tomaba una silla para sentarme en el comedor. Dayana, por su parte, sacaba una botella de agua del refri.
-¿Pesadillas otra vez? -preguntó con tono preocupado.
-Sí, ya sabes, las mismas pesadillas una y otra vez -contesté-. Aunque esta vez siento que fue diferente.
-¿Diferente en qué...?
-Olvídalo. Sabes que no me gusta hablar de ello. Es mejor que te vayas a dar otro pequeño sueño; además, no quiero llegar corriendo. Ya sabes que odio correr.
-Sí, mamá -respondió Dayana de mala gana.
Más tarde, de camino a la universidad, ambas salimos con más tranquilidad. Habíamos llegado quince minutos antes de que iniciaran las clases. El clima era hermoso; cada gota de lluvia que caía al suelo se escuchaba relajante. Me encantaban los días así: lluvia suave, sin frío ni tormentas. Eran mis días de suerte; todo iba bien, no había nada que interrumpiera mi grandioso día.
-Chicos, hoy necesitamos avanzar con el proyecto y, como veo que ninguno me ha traído ningún avance, voy a colocarlos en pareja -reprochó el profesor De Luca con la voz alzada, sin importar lo que opinaran los demás.
Se escucharon protestas por toda la clase, pero la situación no me molestaba tanto; para ser sincera, no llevaba nada de mi proyecto, como otros. Mientras me tocara con Dayana, no habría problema.
-Dentro de este tarro tengo los nombres de ustedes escritos en pequeños trozos de papel. Cada uno va a pasar y tomar uno; la persona que salga en el papel será con quien harán este proyecto -dijo mientras colocaba el tarro en su escritorio.
Durante mi turno, tomé uno de los últimos papelitos que quedaban y me di cuenta de que...
-Esto tiene que ser una puta broma -dije en voz alta, tanto que todos en mi clase se me quedaron viendo. Me avergoncé tanto que no sabía dónde esconderme.
-Señorita Mía, guarde esas palabras en mi clase -me reprendió el profesor.
-Lo lamento -contesté con la poca vergüenza que me quedaba.
-¿Tanto te molesta hacer el proyecto conmigo? Créeme, fea, esto es más horrible para mí que para ti. Tener que soportar tu fealdad cerca de mí me da ganas de vomitar solo de pensarlo.
Odiaba tenerlo cerca de mí y odiaba escucharlo. Solo su existencia ya me arruinaba la vida. ¿Qué había hecho yo para que fuera tan grosero conmigo y, peor aún, con el mundo? ¿Qué le costaba ser amable de vez en cuando? Aunque, para ser sincera, al principio no fue así conmigo.
Durante nuestro ingreso a la universidad, los de primer año asistimos a una pequeña convivencia. Ahí fue donde lo conocí. Todos estábamos felices, platicando a gusto, cuando de repente escuché a Maik, un conocido mío, hablarle a ese chico que estaba solo en una esquina, junto a las mesas del fondo. Al parecer, nadie quería acercarse a él.
Yo no entendía por qué, si era demasiado guapo: alto, de cabello oscuro y ojos cafés como la miel; tan hermosos que decidí averiguar más mientras esperaba a que Dayana saliera del baño. Le pregunté a todos, pero nadie me decía nada sobre él. Solo repetían que ya habían intentado acercarse, pero él los ignoraba, así que todos terminaron rindiéndose.
Al acercarme, algo en mí se alegró. Él me miró y respondió con una sonrisa antes de hablarme. Su sonrisa era tan hermosa que no supe cómo reaccionar; en ese momento me encontraba tan borracha que...
—¿Tienes hambre? ¿Tienes hambre? —enserio dije eso. Fue lo único que supe decir. ¿Por qué carajos le pregunté eso?
Él bajó la mirada, escondiendo esa sonrisa que me tenía tan cautivada.
—¿Se me nota tanto?
—Lo siento, no sé por qué dije eso, soy... —me interrumpió.
—Mía, ¿verdad?
No lo creo. ¿Cómo es que sabe mi nombre?
—¿Cómo es que...?
—Un gusto conocerte, Mía.
Oh, Dios mío, su voz era demasiado excitante. Tenía una voz tan grave que, con una sola palabra, hacía temblar todo mi cuerpo. Y escuchar mi nombre provocó algo que no conocía en mí. Me perdí a mí misma en el sonido de su voz.
Me encontraba tan ebria que decidí sentarme con él. La verdad, no recuerdo bien nuestra charla, pero sé que ambos nos divertimos. Sin embargo, por alguna extraña razón, cuando me lo volví a encontrar, ya no fue lo mismo que esa noche.
Si tan solo no actuara como un idiota, sería totalmente mi tipo. Pero yo odiaba a los imbéciles como él, así que lo descarté. Y hoy me encuentro en su departamento, recostada sobre la tentación más grande del mundo, el anhelo de todas las perras de mi universidad. ¿Cómo es que llegamos a esta situación tan embarazosa que no podré olvidar jamás? Maldita sea mi suerte. Momentos como este son los que me harían desear estar bajo tierra.
Trágame tierra, por favor. Ocúltame de este gran lío en el que me he metido.








