Capítulo 1: La mansión en el acantilado
Sabía que era mala idea, pero debía demostrarles que esa mansión en ruinas no era nada más que un cuento de hadas para que nadie la reclamara. Tenía exactamente el tiempo necesario para ver que necesita reparación y que se va a destruir.
Apoyé la frente contra el vidrio empañado del coche de alquiler y observé cómo la carretera se estrechaba hasta convertirse en un hilo de gravilla rodeado de robles que tenían más años que la tierra misma. Las ramas se entrelazaban sobre el asfalto como dedos esqueléticos, dejando que se filtrara la luz de ese atardecer de noviembre. Podría decir que hasta se veía mágico, como si estuviera en una de esas películas de fantasía.
—Es solo un camino —murmuré.
Llevaba doce horas de viaje: primero el avión a Londres, luego el tren a la costa, después este coche destartalado que la agencia de alquiler me ofreció con una sonrisa nerviosa cuando mencioné el destino. “¿Seguro que quiere ir allí? Pues sí, ahí tengo que ir. Ya no puedo dar marcha atrás.
Mejor apreté el acelerador, porque mientras más rápido llegue, más rápido sabré si la mansión está arruinada, ya que por eso nadie quiere vivir aquí. Cuando mi tía Betsy me llamó hace tres semanas, me dijo lo siguiente:
“Soren, querido, el abuelo ha muerto. El notario necesita que vayas a la mansión y pases el invierno tres meses, y luego la propiedad será tuya o se la quedará el gobierno. Pero tienes que ir, porque eres el único soltero y sin compromisos...”
Vaya manera de decir que un arquitecto no tiene nada que hacer. Si no fuera porque jamás me casé ni tuve hijos, no podría permitirme el lujo de desaparecer tres meses sin tener que darle explicaciones a nadie. Aunque eso no es precisamente la razón por la que me enviaron.
“Es que nadie está a mi altura” Dije una noche de copas, mientras hablaba con Friedrich por video-llamada. Es que la verdad sentía que nadie me comprendía lo suficiente como para estar a mi lado; sin embargo, mi tía Betsy —quien era hija del abuelo fallecido— no paraba de decirme que sería una buena oportunidad para hacer una remodelación y tomarme unas vacaciones de un trabajo que no me pagaba muy bien. Además de que podría conocer a alguien por aquí.
“Es mejor que ya te cases con quien sea o te quedarás solterón”. Eso no lo dijo, pero lo escuché igual tan claro como el agua.
Después de lamentar mi aburrida vida buscada por mí mismo… La mansión apareció de repente, como si hubiera estado esperando el momento justo para mostrarse. Al final de una última curva, entre la niebla baja que trepaba desde el acantilado, surgió la silueta negra de Corvus Heights… y frené en seco.
El coche dio un respingo sobre la gravilla y el motor se ahogó. Lejos de enojarme, un lamento continuo que subía de los acantilados y envolvía la casa como si fuera un cementerio… me distrajo. Hasta parecía que de verdad habían almas en pena aquí, justo como decían los rumores. Aunque eso sonaba aterrador, la casa era más grande de lo que imaginaba y vaya que si tiene lo suyo.
Las ventanas de la fachada principal reflejaban el cielo con un brillo parecido al resplandor de Da Vinci: igual de oscuras cuando la luna está menguante. Creo que toda la mansión es negra por fuera, combinando con tonos verdes, del tipo que tiene el musgo y los borgoña profundo, aunque veo por ahí que también hay purpura real.
Sin embargo, vi que las ventanas del ala este estaban tapiadas con tablones podridos... Lo que me da la clara idea de que es la parte que necesita restaurarse o se vendrá abajo junto con la mitad de la mansión.
La hiedra (que espero que no sea venenosa) había devorado la piedra hasta borrar los contornos y colgaba de los balcones como guirnaldas. Todo esto le encantaría a ese director de películas góticas. Aunque, a pesar de la ruina, la casa parecía tener vida. Lo sentí en el pecho, como si alguien hubiera pulsado una nota demasiado grave en un órgano.
Y me dio un escalofrío.
—Idiota —me dije en voz alta—. No estoy en una película de Tim Burton. Llevo doce horas viajando, no he comido nada caliente en dos días y esta familia lleva siglos alimentando esta estupidez.
Salí del coche y el viento me azotó la cara con algo más profundo que no supe identificar, quizás era podredumbre dulzona, o el aroma de la hiedra aplastada bajo mis pies mientras caminaba hacia la puerta principal.
La llave que el notario me dio encajó en la cerradura con un chasquido demasiado perfecto para una casa que parecía a punto de derrumbarse. Y lo más extraño (hasta ahora) es que la puerta se abrió sin rechinar, era como si la hubieran engrasado esa misma mañana.
—Sospechoso…
De verdad era extraño, teniendo en cuenta que es una mansión en ruinas y no debería ser tan fácil entrar. Hasta imaginé que la puerta se caería con solo empujarla. Pero bueno, vi el recibidor con la boca abierta. Mis pasos sonaron incluso hasta en las paredes de piedra, como dándome a entender que estaba aquí… solo con mi alma.
Seamos claros. Si dadas las circunstancias, de que yo sea el sujeto con la más mala suerte del mundo y unos ladrones llegaran a entrar... fácilmente podrían acuchillarme y dejar mi cuerpo aquí. Podrían llevarse las cosas de valor (si es que hay. Aún no recorro la casa) e irse libremente. Nadie encontraría mi cuerpo hasta que alguien de mi familia le diera la gana de venir a visitarme después de tres meses.
Eso si da miedo, no los supuestos fantasmas que dicen que existen aquí.
Una escalera en medio del vestíbulo, subía hacia la penumbra del primer piso; a los lados, dos pasillos se perdían en direcciones opuestas. Esto me recordó al primer video juego que compré: “Resident Evil”, porque la mansión es muy parecida, hasta siento que se basaron en esta mansión para diseñar esta casa. Ahora solo falta que aparezcan los equipos Alfa y Bravo de S.T.A.R.S.
Debería dejar de pensar en otras cosas y comenzar con mi trabajo aquí. Viendo lo desgastada que está, no creo que me sean suficientes tres meses. Sin embargo, al asentar mis pertenencias, el ruido retumbó como un disparo.
—Vas a volverte loco si sigues así —dije, esta vez con toda la intención de escucharme y de recordarme que era una persona racional en una situación absurda—. Enciende la luz y busca un lugar para dormir. Mañana empiezas a buscar los planos.
Sin embargo, la luz no funcionó. Probé el interruptor una y otra vez, pero no podía encender ni una luz. La oscuridad se espesó a mi alrededor, ganó terreno hasta que lamió los bordes de mi campo de visión. Saqué el móvil, activé la linterna, y el haz blanco rasgó las sombras como un cuchillo.
Aunque seguí sin ver algo más allá de polvo, muebles cubiertos con sábanas, cuadros tan ennegrecidos que resultaban ilegibles; sin embargo, algo se movió en el límite de la luz, justo donde la penumbra empezaba a ser más densa.
Giré rápido… pero nada.
—Claro —el susurro sonó a blasfemia en ese silencio.
Decidí instalarme en la primera habitación que encontrara con una cama mínimamente decente. Subí la escalera con el celular temblando en la mano, y cada peldaño que pisaba gemía como si le costara sostener mi peso, incluso pensé que se iba a romper.
—¡Por Dios! No soy tan gordo —exclamé.
Inesperadamente, una corriente de aire me erizó el vello de la nuca, el cual venía de una puerta entreabierta al final del pasillo.
Todo mi instinto me decía que no debía acercarme, que debía bajar las escaleras, salir de esa casa y dormir en el coche, pero ese orgullo estúpido que me había acompañado toda la vida… me empujó hacia adelante.
—No voy a huir de una corriente de aire —mascullé.
Caminé inmediatamente hacia donde venía la corriente. Cuando llegué, empujé la puerta y… un suspiro salió de mis labios al ver una cama con dosel que ocupaba el centro. La colcha era de un terciopelo granate que aún conservaba destellos de su antiguo esplendor.
Se veía como un lugar donde descansaría por horas y no podría despertar por lo cómodo que es. En la pared, un espejo de cuerpo entero devolvía mi reflejo deformado por las manchas de azogue. Lo mejor era el gran ventanal junto a mi cama, que me dejaba ver parte del mar y la luna brillando sobre ella. No podía ver nada más por la oscuridad, pero parecía que tenía un hermoso jardín de rosas a varios metros de la mansión. Era como un bosque extenso, pero de flores.
Cambiaré lo que dije al principio. No es una casa embrujada, es una casa súper embrujada. ¿Cómo es posible que pueda ser tan vieja por fuera, pero que por dentro sea… esto? Es decir, es como si estuvieras mirando una casa del estilo de la mansión Spencer de Resident Evil (si ya volví a mencionarlo. Es que es igualita). Los muebles de esta habitación, están en perfecto estado. Si llego a venderlos, podrían darme una buena cantidad de dinero.
Ya que había terminado de planear que pronto venderé el tocador de madera, me volví para encontrar sorpresivamente una rosa roja sobre la almohada de la cama. Rápidamente di un paso atrás, chocando contra el tocador. La luz del móvil tembló y casi tiré el celular. Contuve el aliento… y escuché, pero no sé qué esperaba escuchar, solo existía el viento allá afuera y los fuertes latidos de mi corazón que rebotaban hasta en mis orejas.
—Bien —susurré al final, pero sonó ridículo—. Bien. Hay una rosa fresca en una casa abandonada. Seguro que el personal de limpieza o alguien de la notaria la dejó.
La tomé con dos dedos, como si quemara. La acerqué a la nariz y el aroma embriagador, me llenó los pulmones. Bueno, olía bastante bien. Es como si hoy mismo la hubiesen cortado después de la llovizna. Exactamente hace una hora. Por supuesto que debieron haberla traído hace días, cuando no había nadie aquí, así que no tengo de otra más que pensar que fueron las personas que vienen a hacer la limpieza. Porque es imposible que hayan esperado específicamente el momento en que llegue para poner la rosa y huir como ladrones cuando yo acababa de llegar.
—Ya. Olvídalo.
Dejé la rosa en la mesa de noche, cerré las cortinas del ventanal, saqué las sábanas que había traído en la maleta e improvisé una cama sobre el colchón vestido con esas sabanas antiguas que parece que alguien las lavó y las puso ahí porque sabían que yo iba a llegar, pero no estoy tan seguro. Prefiero dormir con mis propias sabanas que huelen a harto suavizante. Y no iba a desnudarme o a dormir profundamente. Además, hace un frío de mierda. Solo serán un par de horas hasta que amaneciera y la luz del día me despeje la mente.
Me tumbé vestido, con el móvil en la mano, y miré el techo. Las vigas de madera dibujaban sombras que parecían moverse, pero, aun así, cerré los ojos. Y como si alguien hubiera soplado directamente sobre mis huesos, abrí los ojos de golpe… pero la habitación estaba igual.
—Es la corriente —dije, pero mi voz sonó a mentira.
Agotado y aterrorizado sin querer admitirlo, me hice bolita y esperé a que la fatiga me venciera.
“Por fin.”



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aaaaaaaah que emocionó
gracias por otra novela adictiva