Capítulo 1
Comienzo
—Estará muerto si no paga, Sr. Lewis. —la voz educada y con un poco de acento italiano se filtró en el almacén.
Los dos grandulones que hacían de matones, miraron al hombre que debía mucho dinero al Boss de la zona, todos sabían que los deudores no sobrevivían mucho, y ese tipo ya estaba con tiempo extra desde hace mucho.
—Por favor, aún no tengo todo. ¡Debo tener más tiempo!
Uno de los grandulones se burló. —¿Tiempo? —casi escupió—. Eso lo tienes de más, eres el único que queda vivo de ese grupo nerd.
El hombre que vestía de negocios y con acento italiano, le miró distante y el azul tan claro de sus ojos, como el cielo, solo transmitía un vacío sin emoción.
—No pida más, Sr. Lewis. — contestó el italiano.
El Sr. Lewis miró con ira al hombre en smoking, pero se contuvo y pasó saliva.—. No, aún yo puedo. —tartamudeo con miedo— Se que aun quieren ese modelo, mi equipo puede hacerlo. —dijo rápidamente.
—Equipo, por favor Sr. Lewis, no mienta. Tu equipo no existe. — señaló de nuevo el hombre de ojos azules. —. Todos ellos murieron, como lo harás tú. No sé qué ve el Boss en ti, pero sí aún estás con nosotros, deberías de dar gracias a tu Dios. Ahora, el Boss ya no espera resultados, quiere su dinero y allí no estas cumpliendo. Necesitamos algo.
—No tengo mucho. —casi sollozo el Sr. Lewis, pero no aparto los ojos tal parecía que aún conservaba algo de dignidad.
—Lo sabemos—dijo aburrido—así como su renta está a punto de expirar.
—¿Cómo?
—Sr. Lewis, somos una empresa que sabe lo que hace. — los dos grandulones sonrieron en espera de la señal de su jefe inmediato —. No estaremos de visita por más tiempo, solo le dejaremos un memo, no queremos que nuestros empleados estén por el mal camino.
Con eso, hizo la señal y los dos grandulones llegaron a él—. Chicos entreguen el memo.
Y el hombre de acento italiano salió del almacén donde estaban. Sinceramente no encontraba una razón, por la que ese hombre seguía vivo. Todos los hombres y mujeres que llegaban de una forma al Boss, pagaban sus deudas. Si no era con el dinero, era con sangre. El Casino no era solo el lugar de juegos para niños ricos y hombres con fetiches. Era una gran tapadera para el negocio. Aun así, esa escoria que ahora estaba ahogándose con su propia sangre, seguía respirando.
Suspiró y sacó su teléfono, marcando el número que se sabía de memoria. Espero en la línea, hasta que contestaron.
—Mensaje entregado. —soltó con voz aburrida.
Al otro lado del teléfono su hermano mayor, y el Boss de la familia Bonetti, solo le dijo que lo dejaran vivo. Además, de poner gente a vigilar el almacén donde estaba el Sr. Lewis, ya que la renta del sujeto se iba a expirar, era mejor que se quedará allí. Y con eso cortó la llamada.
—¿Aún no sé para qué lo quieres vivo? —murmuró.
—Ya jefe. —. Luca volteo al escuchar la voz de uno de sus hombres más confiables y claro uno de los que se había quedado dándole un mensaje al Sr. Lewis.
Así que miró como sus dos grandotes salían del almacén con los puños manchados de sangre y grandes sonrisas, sí, sus dos gorilas eran algo extraños. Nunca tenían buenos temas para hablar, pero cumplían sus órdenes al pie de la letra. Aparte de ser buenos en su trabajo, esos dos eran una tumba, o si era necesario cavarían una, lo que más se necesitara para la ocasión.
—Y jefe ¿ahora qué hacemos?
—No lo sé. El Boss no dio otra asignación. Así que podemos irnos de aquí a una casa segura, o nos podemos ir al Casino.
—¡Al Casino, jefe!
Luca miró como sus dos gorilas le empezaban a lanzar miradas de borregos y era algo enfermo de ver. No hace más de unos minutos esos dos estaban dandole una paliza a alguien.
—Bien. Al casino será — soltó con una sonrisa pequeña, sus dos gorilas se merecían un descanso después de todo.
Gorila Uno, le abrió la puerta del auto y entró sin más. Mientras que Gorila Dos, estaba listo para arrancar el auto cuando el otro entrara.
—Oh jefe ¿cree qué alguna de las chicas quiera algo con nosotros?
Luca rodó los ojos ¿Cómo terminó con esos dos idiotas? Sinceramente no recordaba a esos dos fueran tan estúpidos. Pero negó divertido, Luca los conocía desde que los tres tenían la edad apenas legal para hacer algo. Su hermano mayor se los había presentado, para que no anduviera solo y desprotegido, del mundo que les tocó vivir.
Luca se dijo que aprovecharía ese viaje para poder hablar con el Boss, ya que no podían seguir como estaban. Había varios rumores en la calle y entre esos se corría la voz que el Boss de la Costa Este no era nada bueno. Y eso no se podía permitir.
Se quedó viendo el camino por la ventana, las calles estaban algo solitarias a como se podían ver los fines de semana, los martes al ser días de semana de trabajo no tenían a los compradores más voraces en las calles. También, se fijó que las calles con putas estaban también vacías, y las patrullas de la policía estaban dando vueltas. En la Costa Este no era tan común que las patrullas policíacas hicieran sus rondas a esta hora, o solo no le había tocado ver las calles los días de trabajo.
Cuando cruzaron toda la ciudad, desde los puertos hasta el centro, Luca no lo sintió, pero cuando sus gorilas abrieron la puerta ya estaba en el sótano del edificio donde estaba el casino. Nunca negaría que ese edificio le encantaba. Estar en medio del centro y entre grandes compañías hacían que la familia del Este no fuera tomada en broma, pero esos rumores no le agradaban. Espera poder hablar con el jefe de jefes.
—Ya llegamos, jefe.
—Ya veo. Pueden estar solos desde aquí. Iré a las oficinas de arriba.
Los tres tomaron el elevador, y Luca miró cuando uno de sus hombres marcó el número de la planta donde estaba la gran sala de juegos. Los tres salieron y los gorilas se perdieron en el camino de las maquinas y mesas de billar. Luca solo tomó las escaleras que lo llevarían a las oficinas.
Luca subió las escaleras y se sorprendió cuando vio a una hermosa dama, en la sala que estaba afuera de las oficinas privadas. La dama en cuestión era la esposa de un Don, vecino de uno de los barrios de NY. Acompañando a la mujer, había seis hombres. Cuatro al lateral y pegados a la pared cerca de la puerta del despacho, y dos separados, cerca de las salidas del pasillo.
—Buenas noches. —saludo con una sonrisa tranquila y le dio el tan esperado beso a la mujer, en el dorso de la mano.
—Luca, querido ¿cómo estás?
—Muy bien. —. Luca miró la puerta, estaba cerrada.
—Aun estarán por mucho tiempo. —la dama sonrió, como pidiendo disculpas—Me temo.
Luca supo que la señora Wallace, no estaba contenta. Todos sabían que las señoras de esos hombres eran de temer. No debían de engañarse con la apariencia. Debajo de toda esa apariencia de cristal, habitaban mujeres fuertes y determinadas.
—Me disculpo por eso. — aunque no sabía de qué se trataba esa reunión mejor se disculpaba, era mejor aparentar algo con esas mujeres.
—Oh, no seas dulce—con voz baja y cálida, y un movimiento de mano desestimó el hecho—. Tú jefe y mi marido son dos hombres de negocios, pero son hombres al fin y al cabo. —soltó con una sonrisa— Yo no entiendo tanto. Así que me preguntaba si me llevarías abajo, ya que estoy aquí.
Luca no se perdió la mirada sagaz de los brillantes ojos verdes de la dama, sabía que la Sra. Wallace era una mujer de temer.
—Sí su sequito no se molesta, yo la escoltare a todas las mesas que guste estar.
—Gracias. —la mujer solo dijo unas cuantas palabras y dos de los seis hombres que estaban el pasillo se movieron con ella.
—Vamos, cariño.
Luca la tomó del brazo y bajo por las escaleras de mármol y bronce —que hace un momento había subido—al área de las mesas y máquinas. Caminó en silenció, escuchando las palabras vacías de la dama, ella hablaba como se debía a su posición. Una mujer de un Don nunca escatimaría en nada, así que lo estaba llevando por todas las mesas en su parloteo.
—Ahora, mi querido Luca ¿a cuál vamos primero?
—Las máquinas están por aquí, Sra. Wallace. —. Luca señaló un lado del casino, se podían ver varias filas de máquinas donde había varias personas sentadas, metiendo las monedas en ellas. Otras se miraban recogiendo sus fichas o tiquetes según el juego.
—Claro que no, eso de bajar palancas no es lo mío. Que te parece esa mesa.
—Una ruleta. Es una mujer de juego, Sra. Wallace.
—Tonterías, querido. Quiero probar mi suerte, talvez pueda comprar algo bonito para mi esposo si gano.
—El Sr. Wallace, lo apreciara. — omitió el título del hombre, ya que no sabía quién podía oírlo.
Cuando Luca se quedó atrás de la dama, notó como los guardias se movían entre las mesas, no era nada raro que las señoras supieran unos cuantos trucos, o quisieran poner un poco de control con los crupieres.
—Ven a verme, querido. Espero que me des buena suerte.
—Será un honor, señora.
La sonrisa de lado que le mostro la mujer, dejo a Luca un poco confuso. Nunca había estado tanto tiempo con esa mujer, casi nunca llegaba al casino, la única mujer de la familia Wallace, familia original de Nueva York, es la hija menor del Don Wallace.
—Temo que no soy de ayuda, no soy un jugador experto. —se excusó Luca al ver la mirada de la Sra. Wallace. Aparte de eso, Luca tomó el vaso que uno de los meseros le dio, de paso le deslizaba una nota para el Boss, el mesero solo asintió.
—Mi querido muchacho, no soy tan mala, ven y apóyame. ¿No dejaras a una mujer sola verdad?
—Nunca lo soñaría.
—Eres como mi esposo, en sus años mozos. Todo un galán.
—Siendo así, a su amado esposo, no le gustaría que yo estuviera tan cerca de su persona.
—Seis, rojo — la voz del crupier llegó a los oídos de Luca, miró como la señora sonreía, pero no había ganado. Que estaría pensando. Luca nunca veía la idea de apostar algo y perder, y menos motivo para sonreír.
—Bueno, otra vez será. —la Sra. Wallace tomó su bolso y volvió a su brazo.
—¿Ya se retira señora? casi gana. —el crupier preguntó como lo haría con cualquier comensal en la mesa.
—Sí. Vamos a otra mesa.
—Claro. —Luca la llevo a la mesa de cartas, los blackjacks estaban realmente felices. La mesa se veía interesante. —. Esta parece bien.
—No, que te parece si vemos más adelante.
La voz de su compañera había perdido calidez y era sustituido por determinación. Los juegos únicamente estaban en esa sala, más adelante solo estaban las habitaciones privadas y el salón rosa y no sería él quién llevara a una mujer, como la señora Wallace a donde las chicas del bar hacían su show.
—Me temo que no será posible. —una voz en barítono, fría y elegante como muchos lo comentaban, hizo que Luca respirara, atrás de ellos estaba el esposo de la dama, junto a su jefe. Y volvió a repetirse que no era justo que él se encargara de una esposa de la mafia.
—Esposo te libraste tan pronto, pensé que estarían por horas. — el tono dulce volvió a las palabras de la Sra. Wallace —Tu amigo me ayudó mucho, Alessandro.
—Me alegro. Sra. Wallace es un honor tenerla aquí, espero verla en otra ocasión.
—Con tu maravilloso acento y tu encanto será pronto, y tu mi adorado Luca, eres encantador.
Luca los miró irse con un suspiro en su interior y miró a su jefe.
—¿Trabajo?
Sandro lo miró con sus fríos ojos azules —. La Sra. Wallace descubrió algo que su esposo no quería. —susurró. Y empezó a caminar hacía las escaleras, lejos de las personas.
Luca rodó los ojos, ellos no eran casamenteros, ni gurús del amor—. Ella quería algo en el salón rosa. —. Luca le comunico rápidamente a su Boss, no quería más problemas con esas personas.
—Saca a Marina. —ordeno Sandro.
Luca se sorprendió, Marina era una gran adquisición y tenía los mejores clientes.
—No soy RRHH y ella es de las mejores. —susurró con irritación.
—Si no lo haces, amanecerá muerta. —las palabras de Alessandro hicieron que Luca se congelara un poco.
Siguió a su jefe, los problemas maritales de los Boss no eran algo que le importaran, además tenía una conversación pendiente. No se iba a ir sin hablar de los rumores en la ciudad.
—Me encargare más tarde. Ahora debemos hablar.
La ceja levantada de Sandro, hizo que tragara, podrían ser familia, pero la presencia de su hermano era de temer.
—No me importa. —soltó fríamente, Sandro.
—No sabes de que te hablare. —remarcó Luca.
—Lo sé.
—No, no lo haces— terminó de hablar a solo unos pasos de las escaleras de mármol.
—Lo sé, Luca. — Alessandro guardo silencio un momento—. No es algo que debe de preocupante por ahora, el Sr. Lewis tiene los días contados si no hace lo que le pido.
Luca negó—. No, no es de ese estorbo que tengo que hablarte.
—Entonces de qué—gruñó.
—Sandro, hay rumores—. Luca miró las escaleras, ya iban por la mitad. —. Los Wallace y los Cadwell nos están acorralando en la basura de la calle. —. Luca miró a su hermano mayor—. Aun no sé porque te piden ayuda si nos tratan tan mal afuera.
—Los Wallace no serán un problema ahora.
Luca asintió—. Puede ser, pero los Cadwell, ellos no serán nada fácil, y espero evitar siempre encuentros en las calles.
—Los Cadwell son familia de los Wallace, podrán dejar de fastidiar cuando vean que tenemos el apoyo de ellos.
—No lo creo. Además, las mercancías que manejan cada uno de ellos es diferente.
—Lo sé.
Entraron a la oficina y Luca pudo sentir el olor a puro. Alessandro no era fan de los puros, pero tenían un distribuidor en la ciudad y siempre dejaba algo para la casa. No era que ninguno de la familia amara el producto, pero para las reuniones era un incentivo junto al alcohol.
—¿Brandi?
Luca negó.
—Entonces aparte de eso ¿qué más tienes en esa cabeza? —. Sandro soltó entre silbidos divertidos
Luca resopló, su hermano mayor a veces era un idiota. —. Los rumores aparte de dejarte como un Boss sin fuerza y sin conexiones. También dejan a nuestros negocios en la mira de otros oportunistas.
—Están los chicos nerd para eso, no.
—No—. Luca bufo— los chicos nerd, como les llamas, están para la seguridad del casino. Y los guardias para el público en general. Tus guaruras son otra cosa.
—Luca— limitó Sandro sin alzar la voz—. No todo lo puedes tener.
—¡Hemos trabajo desde la nada! —. Luca reclamó sintiendo su sangre hervir—. Nuestra familia ha crecido, nos levantamos desde los barrios más bajos, de las zonas menos amabas por Dios. Y esos hombres nos dejan como que no somos nada. ¿Crees qué me gusta callar cuando los escucho, Sandro?
Alessandro negó con una sonrisa triste—. Claro que no, sé que amarías pegarles un tiro en la cabeza, hermanito tonto. Pero no podemos. Ya perdimos a Hellen, no quiero perder a nadie más. —la mirada triste de Sandro hizo que Luca no discutiera.
—Hellen… Sandro —. Lucas trago, Hellen fue una niña hermosa y alegre, llenó de amor y alegría a donde quiera que fuera, hasta su último día.
—Sé que es difícil. Sin embargo, hay que mantener un radar bajo. Y si hablan mal de mi o nuestra familia nos aguantamos. Tenemos este lugar para poder ganar más terreno. Don Wallace ya nos dio algo. —. Luca vio bailar una sonrisa en el rostro de su hermano mayor—. Mantener a una esposa feliz, es lo único que quiere. —. Sandro dejo su vaso de brandy—. Cuando te cases debes de ver bien quién es.
Luca levantó una ceja, y frunció el ceño ¿a qué venía eso?
Sandro solo rodó los ojos como leyendo los pensamientos de su hermano.
—Tal parece que la Sra. Wallace es una dama que pertenece o perteneció a Las Joyas de la Sociedad. Posee voz y voto en ello. La hija mayor del Don esta ahora bajo el título de su madre.
—Lo sé. Pero no importa tanto. Ellas son solo mujeres de cuello blanco, o con el suficiente dinero para sus grupos tontos de tés y cafés por las tardes.
—Sea lo que sea, Luca. Cuando una mujer se siente engañada, ellas la respaldan. Así que nuestra bella Marina, como lo has dicho, es un gran activo para nosotros, merece vacaciones.
—Bien, lo hare. —gruñó.
—Eso espero. —. Sandro miró irse a Luca y tomo la botella gorda de whisky que tenía en el pequeño bar y se sirvió un vaso—. Eso espero, pequeño y tonto hermano menor. — y se vertió un poco de su DYC 15 años.
—¿Esta bien hermano?
Tom sonrió cansado, su hermano no lo dejaba solo en estos días. En un momento Tom pensó que Ed iría con él, pero no. Tal parecía que la emoción solo era por él, y su buena suerte. Además, su madre estaba un poco delicada de salud, así que Ed decidió quedarse. Lo cual a Tom no le molestaba, es más estaba muy feliz por eso.
—Lo estoy. — y lo estaba. Claro que le hubiera gustado pasar más tiempo para estar con ellos, despedirse como la pequeña familia que eran. No todo a la carrera, pero el destino así lo estaba poniendo.
—Cuídate, hijo.
—Lo haré, mamá.
—¿Escribirás? —. Ed preguntó con voz ahogada, aun tomando la mano de su madre. Sabía que Ed era apegado a ellos, más a su madre, en varias ocasiones lo molestaba diciendo que era un bebé de mamá, pero Ed era genial.
—Lo hare.
—Eso espero, hijo. No seas un extraño. —su madre no era otra persona dado a las despedidas, y la entendía muy bien. Pero claro que comprendía el afán de sus dos personas favoritas de no perder la comunicación.
—Claro mamá.
—¿Buscaras a papá?
Tom tragó, la pregunta de su hermano no le sorprendió, sabía que Ed aun albergaba la idea de su padre. Aún tenía los recuerdos de un hombre amable con él, el hombre que leía cuentos y los llevaba al parque o al muelle; pero Tom no quería verlo nunca en su vida.
Todos pensaban que su padre estaba muerto, y la verdad él mismo alimentaba esa idea, se decía que el hombre debía estar ya a unos cuantos metros bajo tierra. Pero no le diría eso a Edmond, claro que tampoco buscaría al hombre, ¿para que lo querría en su vida? Aunque no podía decirle eso a su hermano menor. Miró como su madre le decía con la mirada que no le rompiera el corazón a su hermano. Tom no era cruel, claro que no haría algo así.
—Te escribiere si lo veo, Ed.
—Gracias, hermano. Sé que lo harás.
La felicidad en la voz de Ed, le dejo un sabor amargo en la boca. No era justo, se dijo. Tom no podía comprender como su hermano esperaba que su padre estuviera con ellos después de tanto tiempo. Nada más le gustaría poder decirle a Ed que sí, que él también, lo esperaba, pero no era el caso. Así que solo se despido de su madre y su hermano. Tomó su maleta grande y pesada más por todo los papeles y libros que llevaba que sus ropas o zapatos.
El llamado del tren estaba en su punto. Y si no subía lo iba a perder. Solo había tenido el tiempo para empacar lo necesario, el Profesor había llegado antes y lo llamo para poder irse a la ciudad, y claro que no iba a decir que no.
—Los dejo.
Tom caminó a la zona segura y miró como toda la muchedumbre se acercaba también, a lo lejos seguía mirando a su hermano y su madre. Ambos destacaban mucho. Su madre era una pelirroja y su hermano un rubio como él.
Subió y se encamino hasta su vagón, su asiento no era nada de otro mundo, el tren era algo viejo, pero realmente esperaba que todo el viaje fuera bueno. Después de este paseo le tocaba tomar un vuelo, así que no lo pensó mucho y durmió.
Tres días, solo tres días y estaría en la nueva ciudad.








