CAPÍTULO 1: LA PROMESA QUE SE ROMPIÓ EN EL UMBRAL
Me había jurado que no regresaría. Las paredes de mi habitación, impregnadas del olor a incienso barato y de las promesas vacías que él me susurraba para mantenerme quieta, eran testigos de mi sentencia de muerte en vida. Sin embargo, aquí estoy. Mis tacones resuenan contra el asfalto frío de la calle, marcando el ritmo de una traición que me hago a mí misma.
Lo busqué. No por amor —hace tiempo que esa palabra perdió su significado—, sino por esa urgencia desesperada de recuperar las piezas de una relación que se desmoronó antes de que yo pudiera ponerle nombre. Pero al cruzar el umbral, el aire cambia. El miedo me golpea primero, un latigazo conocido en la boca del estómago, seguido inmediatamente por los insultos que rebotan contra las paredes como balas perdidas.
Él no ha cambiado. Nunca lo hará.
Me obligo a respirar. A mi alrededor, el mundo de la noche comienza a vibrar. Me gusta el ruido, me gustan las luces, y sobre todo, amo ver cómo el dinero —ese papel que me da la libertad de no deberle explicaciones a nadie— empieza a circular. Por primera vez, en medio de este caos que debería destruirme, siento un vacío gélido en el pecho. No es el vacío de querer desaparecer; es el vacío de quien finalmente se ha dado cuenta de que ya no sabe amar como antes, porque se ha amado demasiado a sí misma para sobrevivir.
Lo miro. Por primera vez, no veo al hombre que me mantuvo cautiva; veo al hombre que me ayudó a entender que mi paz no tiene precio.
Él se acerca, con esa sonrisa que ya no me desarma, y yo, por primera vez, no retrocedo. La moneda ha cambiado de lado.
Importancia
Tener que darme cuenta, más bien tener que aceptar que tenia que me urgía Ayuda psiquiátrica algo impactante en mi..








