Primer Acto…Memorias
Caminos

Estoy en una zona alejada de la ciudad, árida, con casas dispersas que parecen abandonadas desde hace años. El sol quema sin piedad, pero no hay sombras vivas, solo líneas rectas de caminos polvorientos que se pierden en la distancia. Camino sin rumbo fijo, aunque algo dentro de mí sabe que debo seguir adelante. El silencio es absoluto, roto solo por el rumor lejano de automóviles que nunca aparecen. No hay gente. Ni un alma. Solo el eco de motores invisibles que me persiguen como un recuerdo que no consigo atrapar.
Paso junto a casas de paredes agrietadas, ventanas vacías que parecen ojos ciegos. Algunos patios tienen columpios oxidados que se balancean solos, como si alguien acabara de bajarse. Sigo caminando. El aire huele a tierra seca y a algo metálico, casi a sangre vieja calentada por el sol.
Llego a una colina baja. Los caminos se estrechan, serpentean cuesta arriba entre piedras sueltas y arbustos resecos. Empiezo a subir. Cada paso levanta polvo que se me pega a la garganta. El corazón me late fuerte, no de cansancio, sino de algo que no sé nombrar.
En la cima aparece una casa blanca mediana, casi limpia en medio de tanta desolación. La puerta está entreabierta. Entro.
Dentro hay un cuarto azul. Las paredes, el techo, el suelo: todo azul pálido, como un cielo enfermo. En el centro, un escritorio viejo con una silla. Sobre la mesa hay cuadernos abiertos, notas garabateadas con mi letra, lápices mordidos, cosas que reconozco de mi propia habitación. Todo huele a papel viejo y a algo dulce que no logro identificar.
En la silla está sentado un sujeto completamente cubierto: pies, manos, cabeza envuelta en tela negra, como una momia mal hecha. No habla al principio. Solo escribe. El sonido del lápiz rasgando el papel es lo único que rompe el silencio. Cada vez que mueve la mano, mis dedos tiemblan sin control, como si algo me estuviera desconectando desde adentro.
Intento hablarle. La garganta se cierra. No sale voz. Intento moverme. Los pies están clavados al suelo. Solo puedo mirar.
La figura deja de escribir. Se levanta lentamente. Camina hacia mí. Cada paso hace que mis manos ardan, como si ácido corriera por las venas. El dolor sube por los brazos, se concentra en las palmas, quema desde dentro. Quiero gritar, pero no puedo.
Se detiene frente a mí. Inclina la cabeza cubierta hasta que toca la mía. El contacto es frío y pesado. El ardor se vuelve insoportable, como si me estuvieran inyectando fuego líquido en el cráneo. Y entonces lo huelo: lavanda. Un aroma limpio, calmante, casi dulce. Lavanda pura, como la que usaba mi madre para dormir. Pero aquí huele mal, huele a algo que intenta tapar el dolor y solo lo hace más profundo.
El mundo se apaga. Todo se oscurece.
Despierto en la base de la colina. El sol sigue igual de alto. La casa blanca arriba parece más pequeña ahora, como si hubiera retrocedido en el tiempo. Me doy media vuelta para salir de allí. Hay un riachuelo pequeño que no había visto antes, apenas un hilo de agua cristalina entre piedras.
Doy un paso. Tropiezo. Caigo dentro.
El agua está helada. Me envuelve como manos que no quieren soltarme. Y entonces llega el olor: pasto recién cortado. Fresco, verde, infantil. El olor de los veranos cuando todo era más simple. Lo huelo con claridad imposible, como si estuviera ahí de verdad.
El frío sube. El pasto se mezcla con el agua. Y todo se oscurece otra vez.
No sé si estoy cayendo o si simplemente sigo aquí.








