CAPÍTULO 1 - Las manías con los macarrones
Empiezo mi día como siempre. Con el ruido del maldito despertador. ¿Por qué
tiene que tener un ruido tan molesto? Lo apago y sigo durmiendo porque,
sinceramente, me da mucha pereza ir a clase. ¿En qué momento era buena idea ir a
clase cinco días a la semana? Encima tan temprano. Es horrible. Sobre todo hoy, me
toca biología con niños de cuarto de la ESO. Niños a los que se lo harán todo sus
madres. No los soporto.
25 minutos después entra mi padre y enciende la luz.
—Alejandro, ¿has visto la hora que es? Vas a llegar tarde.
—Cinco minutos más, porfa —digo mientras apago la luz y me doy la vuelta en la
cama.
—Ni cinco ni diez. Levántate ya. Hazle el desayuno a Estrella, por favor. Me tengo
que duchar, hoy tengo una reunión muy importante.
—Joder.
—La boca, Alejandro.
—Perdón, en cinco minutos voy.
—No, te quiero levantado ya de la cama —exige mi padre.
—Que sí…
Aparté la sábana y me siento en la cama. Me quedo cinco minutos mirando al
armario sentado en la cama sin hacer nada, solo contemplándolo. Hasta que por fin
decidí levantarme.
Cuando estoy a punto de entrar al baño, Valentina, mi hermana mediana de 8 años,
aparece delante de mí.
—¿A qué me dejas a mí primero? —me dice con cara de pena.
Odio esa cara porque nunca puedo decirle que no.
—Uff… sí, pero no tardes.
El “no tardes” para ella es “tarda todo lo que quieras que no pasa nada”.
Diez minutos después sale con la camiseta del revés.
—Mi Val… la camiseta está del revés —digo. —A ver, déjame que te ayude —la ayudó
a ponérsela bien—. Lista, mi niña, estás guapísima.
Le doy un beso en la cabeza. Entro al baño. De fondo se escucha a mi padre discutir
con Estrella, mi hermana pequeña de 5 años. Nunca quiere desayunar algo sano,
siempre dice que quiere macarrones. No entiendo cómo puede apetecerle tanto unos
macarrones por la mañana. Solo de pensarlo se me revuelve el estómago.
—Alejandro, ven ya, tengo que ducharme —me dice mi padre desde la cocina.
—Voy, estoy en el baño.
Cierro la puerta, me doy una ducha rápida y me cambio de ropa. Después me quedo
un par de minutos mirando el espejo, mentalizándome de que abajo me espera otra
pelea con mi hermana porque solo quiere desayunar macarrones.
Cuando bajo a la cocina, estaba llorando sentada en la isla de la cocina.
—Estrella, no te voy a hacer macarrones —le dice mi padre, agobiado, preparando los
almuerzos.
—Eres malo, quiero macarrones.
—Ya puedes ducharte, les hago yo los almuerzos —intervengo en esa mini discusión.
—Perfecto, gracias hijo —dice—. Cuando se va a la ducha, sin querer, tira la botella de
agua de Valentina—. Joder, todo mal hoy, no me puede salir nada bien.
—No te preocupes, lo recojo yo. Arréglate anda.
—Muchísimas gracias, te quiero.
—Y yo.
En cuanto se va, preparo los bocadillos pensando en lo cansado que está siempre mi
padre. Trabajo, mil llamadas al día, la casa, llevar a mis hermanas a sus actividades
extraescolares, ayudarlas con los deberes… lleva demasiadas cosas encima. Tiene que
sacar a una familia adelante, eso no es nada fácil. A veces no sé cómo consigue
hacerlo todo solo.
La mirada que me ha puesto cuando le he dicho que yo me encargaba de los
almuerzos me ha partido el alma. Se le nota muchísimo lo cansado que está.
Todo por culpa de mi madre. Aunque, en realidad, no la considero como tal… Una
madre nunca abandona a sus hijos.
Esa mujer, que por desgracia es mi madre, nos abandonó cuando yo tenía doce años,
justo después de que naciera Estrella. Una noche salí a beber agua y la vi en la
puerta. Me dijo que no era feliz con nosotros. Desde entonces, no volví a saber nada
de ella. Ni una llamada, ni una carta por cumpleaños, Navidad o verano… nada.
En cambio, fotos con su nueva pareja, todas las que quieras. Sube una casi cada día.
En algunas aparece un niño rubio de unos tres años. No sé si es su hijo, ni quiero
saberlo. Solo me pregunto por qué con esa familia sí quiere estar y con la nuestra no.
Con doce años tuve que consolar a mi padre, hacerme fuerte por él, por mis
hermanas. Aprender a vivir con la idea de que probablemente no volvería a verla
nunca.
De repente, una voz interrumpe mis pensamientos.
Es mi hermana pequeña.
—¿Tú sí me vas a hacer macarrones?
—Emm… no, no puedes desayunar macarrones. ¿Quieres fruta?
—No —se cruza de brazos enfadada—. Macarrones. Quiero macarrones.
—Sí, y yo quiero que me toque la lotería y no me pongo así porque no me toque — le
vacilo.
—Cállate, malo.
—Habla bien, Estrella. Te corto un plátano, ¿vale?
—No.
— No voy a discutir contigo, ¿eh? Un plátano y punto.
—¡Que no! —grita con todas sus ganas.
Ahí estaba el grito que tanto odio. Cuando se pone así me duele la cabeza durante
todo el día. Es una voz tan aguda, tan chillona, que no sé de dónde sale.
—Vamos a ver. No sé cómo explicártelo Estrellita, te lo explico todas las mañanas.
Los macarrones no se pueden tomar para desayunar porque es comida para el
mediodía. Para desayunar hay que comer algo que te dé energía.
—Pero yo quiero macarrones —dice entre lágrimas.
—Vale, no llores. Mira, hacemos una cosa. Este mediodía comemos macarrones,
¿vale? No llores, hermanita —le doy un beso en la cabeza y le seco las lágrimas.
—¡Siii! Gracias, hermano, te quiero. Entonces sí quiero plátano.
Me da un abrazo y cuando la miro, está sonriendo de oreja a oreja. Hoy la pelea ha
sido corta, menos mal.
Siempre que la veo sonreír me encanta. Todo el mundo dice que se parece mucho a
mí, pero en versión chica. Yo no veo el parecido, solo sé que me encanta cuando
sonríe. Es la persona más mona y bonita del mundo.
—Yo también te quiero, mi luz.
Sí, ese es su apodo, porque no hay otra cosa que la describa más. Ella es mi luz.
Primero le preparo el desayuno y mientras ella desayuna, me pongo a preparar los
almuerzos. Fregó el agua que ha tirado mi padre, recojo un poco la cocina y a los
minutos él baja vestido con su traje negro. Le queda muy bien.
—¿Voy bien? —me pregunta con la voz temblando.
—Vas genial. ¿Estás nervioso?
—Un poco. Si este plan sale bien, la empresa de abogados va a mejorar muchísimo a
nivel mundial.
—Va a salir genial, ya verás —le doy ánimos.
—Gracias. He hablado con la vecina. Dice que ella va a llevar a Valentina y Estrella al
colegio.
—¿No las llevas tú?
—No puedo, tengo que irme ya. Son las 7:50 y la reunión es a las 8:15.
—Ah… pero esa mujer no está bien de la cabeza, ¿lo sabes? El otro día en vez de ir al
colegio, las llevó a la carnicería.
—Ya —se ríe—, pero eso pasó ese día porque se despistó. Tampoco es que haya otra
opción mejor, Alejandro.
—Bueno, vale. Antes de irme a clase las dejo con la vecina. Adiós, mucha suerte.
—Adiós, gracias —me da un beso en la mejilla y un abrazo. Después le da un beso en
la cabeza a cada una de mis hermanas—. Adiós, chicas, portaos bien con la vecina,
¿eh?
—Siii —contestan las dos al unísono.
En cuanto mi padre se va por la puerta, yo ya estoy pensando en la bronca que me va
a echar el profesor de matemáticas por llegar tarde. Porque claramente no voy a dejar
a mis hermanas con esa mujer. Nunca me ha inspirado buena confianza. Aparte, no
sé si mi padre lo sabe, pero no es la primera vez que la veo bebiendo alcohol. No me
da buena espina.
—Chicas, hoy os llevo yo al cole.
—¡Bien! —contestan las dos.
—Pero no se lo digáis a papá, es un secreto, ¿vale?
—Vale —dice Estrella—, pero a cambio quiero macarrones.
—Que sí, este mediodía tendrás tus macarrones.
En cuanto se hace la hora, cojo las mochilas: me cuelgo la mía al hombro y las de mis
hermanas en el brazo.
En cuanto salimos de casa, le doy a cada una la mano y empezamos a andar.
Vivimos en La Manga, una estrecha franja de tierra rodeada por el Mediterráneo a un
lado y el Mar Menor al otro. Aquí el mar forma parte del día a día. El aire siempre
huele a sal, las gaviotas sobrevuelan las calles desde primera hora de la mañana y
casi siempre corre una ligera brisa que hace más llevaderos incluso los días de más
calor. En verano todo se llena de vida: turistas paseando, bicicletas recorriendo el
paseo marítimo, gente entrando y saliendo de la playa con sombrillas y toallas al
hombro. Cuando has nacido aquí, acabas acostumbrándote a ese ambiente y dejas de
darle importancia.
Nuestra urbanización está a apenas unos metros de la playa. Es tranquila, con calles
anchas, palmeras, jardines muy cuidados y casas prácticamente iguales entre sí,
aunque cada familia les da su propio toque. Desde la puerta de casa se ve el paseo
marítimo, y por las noches es habitual escuchar el sonido de las olas mezclado con las
conversaciones de la gente que sale a caminar.
Nuestra casa es bastante grande, de dos plantas. Nada más entrar están las escaleras
que llevan al piso de arriba y un salón enorme donde solemos pasar la mayor parte
del tiempo cuando estamos todos juntos. Al fondo está la cocina, muy luminosa, con
una gran puerta corredera de cristal que da directamente al jardín.
Siempre me ha gustado esa parte de la casa. La piscina ocupa casi todo el espacio y
alrededor hay varias hamacas, un sofá de exterior, una mesa donde solemos comer
en verano y un jacuzzi que mis hermanas aprovechan siempre que pueden. Mi padre
también se pasa bastante tiempo cuidando las plantas y las flores del jardín, así que
casi siempre está todo impecable. Arriba están nuestras habitaciones y el baño
principal. No voy a mentir, vivir tan cerca del mar tiene bastantes ventajas.
Pasados unos minutos, llegamos al colegio. Tampoco está muy lejos de casa.
Las dejo justo a las 8:30, la hora a la que entran.
Me voy corriendo lo más rápido posible al instituto. Llego a las 9:00, veinte minutos
antes de que acabe la clase, y treinta y cinco minutos después de que empezara.
Toco a la puerta y cuando escucho el “adelante” entro.
—Alejandro, ¿ves normal llegar más de media hora tarde?
—Ya… lo siento mucho, es que…
—No, no me pongas más excusas, siempre tienes alguna —me interrumpe el profesor.
—Tenía que llevar a mis hermanas al colegio.
—Pues que las lleven tus padres. Tus hermanas no son responsabilidad tuya.
—No podían ninguno, te prometo que no va a pasar más.
—Claro que no va a pasar más. Porque a la próxima te pongo un parte. Esta tarde voy
a hablar muy seriamente con tu padre. No es la primera vez que pasa esto —dice muy
molesto.
—No, por favor, no hables con él.
—Alejandro, no interrumpas más la clase. Siéntate en tu sitio.
— Vale, perdón — me siento en mi sitio y cojo algunos apuntes.
***
La mañana pasa.
Es muy aburrida, para qué mentir.
En el recreo hemos estado jugando al fútbol. Eso ha sido lo único divertido de toda la
mañana. Y ahora mismo estamos esperando a que llegue la profesora de biología.
Siempre llega tarde.
Justo en ese momento, la profesora entra cansada de subir los tres pisos corriendo.
—Lo siento mucho, chicos. Estaba terminando un examen con los de la otra clase.
Deja sus cosas, pasa lista y se pone a explicar las partes de la célula. A ver para qué
quiero saber eso. Es súper aburrido.
—Chicos, prestad atención porque os explico la dinámica de este tema. Al ser un
tema tan complicado lo vamos a dividir en dos partes. Una de ellas entrará para el
examen y la otra la vamos a hacer en trabajos en grupo.
—Yo quiero ir con Lucas —dice Marcos.
—Los grupos los hago yo.
—Joder, vaya mierda.
—Esa boca, Marcos, no te lo digo más —le regaña la profesora.
—Escuchad —continúa—. El trabajo va a ir sobre las células: tendréis que explicar
qué son, sus partes principales y sus funciones. Cada grupo será de cuatro personas.
Tendréis que repartiros el trabajo. Podéis hacerlo como queráis: presentación,
maqueta, mural… lo que prefiráis, pero quiero que se entienda bien y que todos
participéis. Además, cada uno tendrá que exponer una parte, ¿vale?
La profesora empieza a repartir los grupos, pero yo me quedo mirando por la ventana
ya que me duele la cabeza un montonazo. No puedo dejar de pensar en la llamada
que el profesor de matemáticas va a tener con mi padre. Seguro que se enfada.
¿Cómo no va a hacerlo? Siento un nudo en el estómago porque no quiero
decepcionarlo. No puedo fallarle… como hizo mi madre. Solo intento ayudarlo, estar
a su lado en todo lo que puedo. Con todo lo que hace por nosotros, no sé cómo
devolverle ni una parte de eso.
Una lágrima me cae por la mejilla, pero no la limpio. La dejo ahí.
Solo quiero pensar que me va a entender. Que va a comprender que no podía dejar a
mis hermanas con esa mujer. No era de fiar.
De repente, una voz me saca de mis pensamientos.
—Alejandro, ¿estás bien? ¿Me estás escuchando?
Era la profesora. Estaba al lado de mi mesa mirándome preocupada.
—Sí, gracias. Estoy bien, no te preocupes. Perdón, no te había escuchado. ¿Qué me
habías dicho?
—Te había dicho que tu grupo es con Nora, Milena y Lucas. Alejandro, ¿seguro que
estás bien? Tu cara no dice lo mismo.
—Sí, sí, estoy bien —me seco las lágrimas—. Yo siempre estoy bien —le sonrío y me
siento con los de mi grupo.
“Yo siempre estoy bien”, típica frase que decía una cantidad enorme de veces al día.
Siempre que estoy mal, hago como que no lo estoy porque, aparte de que así no
preocupó a los demás. Me engaño a mí mismo y me autoconvenzo de que estoy bien.
Saludo a Lucas porque ya lo conocía desde primero de la ESO. No éramos súper
mejores amigos, pero sí buenos amigos. Suele jugar con nosotros al fútbol en los
recreos y es bastante bueno. Es de esos que casi siempre están, aunque no digan
mucho.
Lleva una sudadera negra con capucha, simple, sin dibujos ni nada llamativo. El tipo
de ropa que parece elegida para no destacar. Tiene el pelo castaño oscuro, algo
desordenado, cayéndole hacia delante con un flequillo denso que a veces le tapa parte
de la mirada. Sus ojos, claros, destacan bastante cuando te fijas, como si no
encajaran del todo con el resto de su apariencia. Su expresión es tranquila, casi
neutra, como si nunca se alterara demasiado.
Al lado está Nora.
No la conocía mucho, solo la había visto alguna vez por clase. Es de esas personas
que parecen tenerlo todo bajo control sin esfuerzo.
Tiene el pelo largo, castaño, con reflejos más claros cuando le da la luz, cayendo en
ondas suaves con bastante volumen. Su cara es muy equilibrada, con cejas definidas,
labios con brillo suave y una expresión segura, casi misteriosa, aunque no esté
intentando llamar la atención.
Lleva una camiseta negra básica de cuello redondo, sin nada que destaque
demasiado, pero combina con dos cadenas finas plateadas que lleva en el cuello. Una
de ellas tiene un pequeño colgante y la otra un símbolo más llamativo, como un
planeta estilizado que le da un toque distinto. Completa el conjunto con pendientes
de aro que enmarcan su rostro.
Tiene la cabeza ligeramente ladeada mientras mira, como si estuviera pensando
siempre un paso por delante. No parece nerviosa. Más bien segura, incluso cuando
no habla mucho.
—Bueno, primero hay que elegir un tema del que hablar en el trabajo —empieza a
decir Nora.
—Llevas razón, podemos hacerlo sobre… —sigue diciendo Lucas.
No sé qué dicen. No los estoy escuchando. Porque a mí solo me preocupa mi padre.
¿Le habrá ido bien la reunión? ¿Se enfadará conmigo? No quiero decepcionarlo. Me
da miedo que no confíe en mí. Que no quiera que cuide más de mis hermanas.
—¿Te parece bien, Alejandro? —pregunta él.
—¿Qué? Ah… eh… sí, sí, me parece genial —contesto aunque no sé ni de lo que han
hablado.
La otra chica… no tenía ni idea. No sabía su nombre todavía.
Cuando la miro mejor, es muy distinta a los demás del grupo.
Tiene el pelo rubio claro, largo y completamente liso, cayéndole con una raya en
medio muy marcada que le divide el rostro de forma casi perfecta. Sus rasgos son
finos, delicados, como si estuvieran trazados con cuidado. La piel es muy clara y en
sus mejillas se nota un ligero rubor rosado que le da un aspecto aún más frágil.
Sus ojos son claros, azules, pero no miran con seguridad. Más bien parece que evitan
el contacto directo, como si le costara sostener la mirada de los demás demasiado
tiempo. Lleva los labios pintados de un rosa suave, casi natural, que contrasta con lo
tímida que parece.
No destaca por hablar ni por moverse mucho. De hecho, está quieta, como si
intentara ocupar el mínimo espacio posible dentro de la mesa.
—¿Tú cómo te llamas? —le pregunto.
—¿Yo? Milena —dice tan flojo que me cuesta oírla. Parecía nerviosa.
—Es un poco tímida —informa— le cuesta socializar —añade Lucas.
—Bueno, pero no pasa nada, cada persona es como es —la defiende Nora.
—No lo entiendo, ¿le cuesta hablar con gente? —digo yo, sin entenderlo.
—Pues sí, ¿algún problema? —dice otra vez Nora a la defensiva.
—No… solo que es raro. Normalmente todo el mundo se lleva genial con todos. No
hablar con nadie, no tener amigos… Es extraño la verdad.
Milena le pregunta a la profesora si puede ir al baño y se va. Yo sigo sin entender por
qué le cuesta. ¿Cómo vive su vida? Mira que yo salgo poco a la calle, pero cada vez
que salgo hablo hasta con las farolas. ¿Cómo le va a dar vergüenza hablar con los
demás? No lo entiendo. Por más que lo intente, no lo entiendo.
Cuando vuelve, Nora le comenta a Lucas que tenemos que quedar en alguna casa
para avanzar con el trabajo.
—Tenemos que organizarnos. Uno puede hacer la parte de qué es la célula, otro las
partes, otro las funciones… Y luego juntamos todo para la presentación.
—Alguien puede hacer la maqueta o el mural —añade Lucas—. Así queda mejor.
Pasaron unos pocos minutos y Milena volvió del baño.
—¿De qué estabais hablando?— dijo otra vez con esa voz que apenas parecía un
murmullo.
—Simplemente estábamos repartiendo las partes de cada uno. El problema… es que
no sé dónde vamos a quedar para hacerlo — le informa Lucas.
—Pues… podemos quedar en mi casa.— La voz le temblaba, como si tuviera miedo a
hablar o a decir algo mal.
Todos estaban de acuerdo. Así que quedamos en su casa a las 17:30.
Pereza total.








