Esperanza
Ginevra Mancini
Roma, Italia.
Nuevamente arropé a mi madre con las mantas de la cama del hospital mientras dormía por cuarta vez aquella cálida mañana de primavera. El cambio de estación comenzaba a hacerse notar: la nieve se derretía poco a poco y los primeros brotes florales luchaban por abrirse paso hacia la luz.
Todo seguía avanzando. El mundo continuaba girando, las personas cambiaban y el tiempo seguía su curso ante mis ojos. Todo cambiaba, excepto nuestra desesperante situación.
Observé a mi madre dormir con una ligera mueca de dolor en el rostro. La misma frente fruncida que había aprendido a considerar normal desde que le diagnosticaron cáncer casi un año atrás.
La noticia nos había golpeado como un balde de agua helada.
Yo misma la había obligado a realizarse una revisión médica después de notar que sus malestares eran cada vez más frecuentes. Esperaba un diagnóstico preocupante, considerando el estilo de vida poco saludable que llevábamos, pero jamás imaginé algo tan devastador. La palabra cáncer derrumbó cualquier rastro de optimismo que pudiera existir entre nosotras.
Con una situación económica precaria y una enfermedad detectada demasiado tarde, las probabilidades estaban lejos de favorecernos. Mi madre había aceptado aquella realidad con una serenidad que me resultaba insoportable. Me pidió que dejara fluir el curso de la vida y que aceptara lo inevitable.
Yo me negué.
Ella era lo único que me quedaba en el mundo.
Todavía tenía demasiadas cosas que quería vivir a su lado. Quería cumplir su sueño de viajar a Hawái. Quería verla sonreír el día de mi graduación universitaria para poder decirle que todos sus sacrificios habían valido la pena. Quería compartir con ella todos esos momentos cotidianos que solemos dar por sentados hasta que amenazan con desaparecer.
Por eso solicité una licencia en la universidad para trabajar y pagar su tratamiento.
Mi madre se opuso desde el primer momento. Insistió en que no debía detener mi vida por ella, pero me resultaba imposible quedarme de brazos cruzados mientras la veía sufrir. Después de todo, ella había sacrificado su juventud y sus propios sueños para criarme.
La alarma de mi teléfono sonó en el bolsillo de mi pantalón, recordándome una vez más que llegaba tarde al trabajo.
Tomé mi mochila, dejé un beso en la mejilla de mi madre y corrí fuera del hospital.
Tenía dos empleos y entregaba todo mi esfuerzo en ambos. Cada hora trabajada significaba un medicamento más, una factura menos o una sesión de quimioterapia cubierta.
A veces veía un destello de reproche en los ojos de mamá.
Había perdido demasiado peso, las ojeras se habían instalado permanentemente bajo mis ojos y, para empeorar las cosas, había tenido que vender el pequeño restaurante familiar que nos había dado de comer desde que yo tenía cinco años.
Me dolió dejarlo ir.
Aquel lugar representaba años de sacrificio y recuerdos felices, pero era una medida desesperada para costear parte de su tratamiento.
La vida de mi madre no tenía precio.
Por eso seguía adelante, aferrándome a la esperanza de que todo aquel esfuerzo diera resultado y que, dentro de poco, estuviéramos nuevamente en casa, poniéndonos al día con los chismes de la farándula mientras compartíamos una cena de viernes por la noche, tal como siempre habíamos hecho.
Mi primer turno era en una cafetería cercana al hospital, casi en el centro de la ciudad, con una hermosa vista a la Plaza Navona. La mayoría de los clientes eran oficinistas demasiado ocupados para levantar la vista de sus teléfonos móviles.
Cuando entré al local, apenas tres minutos después de la apertura, una pequeña fila de clientes comenzaba a formarse frente al mostrador mientras esperaban sus pedidos.
Me apresuré a dejar mis cosas y colocarme el mandil para acompañar a mi amiga Emma detrás de la barra. Juntas comenzamos a tomar las órdenes de los clientes, todos tan absortos en sus propios asuntos que parecían ignorar por completo lo que ocurría a su alrededor. La mayoría tenía prisa por llegar a la oficina después de despertar por completo gracias a una taza de café humeante y revisar los pendientes del día desde sus teléfonos.
Viéndolos de esa manera, pensé que podríamos servirles cualquier cosa o incluso cobrarles un poco más y jamás lo notarían. Para algunos, incluso sería una buena lección de modales.
A las ocho en punto de la mañana, como ocurría cada día desde que comencé a trabajar allí hacía poco más de un año, el señor Gavrel apareció para recoger su pedido habitual: un capuchino clásico de vainilla y un café irlandés.
Era un hombre de poco más de cincuenta años que siempre vestía impecables trajes negros confeccionados a medida. El señor Gavrel destacaba por su amabilidad, aunque en ocasiones la atención que brindaba podía resultar un poco incómoda. Su voz era grave, pero suave al mismo tiempo, y cada palabra estaba teñida por un ligero acento ruso que le otorgaba un encanto particular.
Las canas apenas comenzaban a asomarse entre su cabello castaño cuidadosamente peinado, y su sonrisa tenía la capacidad de hacer suspirar a mujeres de cualquier edad.
Era también una rareza en tiempos modernos: la única persona que entraba al café sin mirar una pantalla.
Siempre tenía una frase amable para alegrar el día.
Excepto aquella mañana.
Su sonrisa no apareció.
El silencio selló sus labios desde el momento en que cruzó la puerta.
Lo verdaderamente inquietante fue la manera en que me observó.
Sus ojos recorrieron mi rostro con un escrutinio tan intenso que me hizo sentir desnuda y expuesta. La sensación me recorrió la espalda como un escalofrío. Incómoda, sonrojada y extrañamente nerviosa bajo el peso de aquella mirada fría, me limité a entregarle su pedido por encima del mostrador.
Emma se encargó de cobrarle e intentó entablar conversación con él, pero tampoco obtuvo respuesta.
Apenas salió del café, exhalé el aire que no sabía que había estado conteniendo.
Emma fue incapaz de ignorar lo sucedido.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, observando la puerta por donde acababa de desaparecer.
Negué con la cabeza.
Intenté recordar si había cometido algún error en su pedido o si había dicho algo que pudiera haberlo molestado, pero no encontré nada fuera de lugar. Siempre había sido amable con él.
Al final, supuse que simplemente había tenido una mala noche.
Intenté dejar el asunto atrás y concentrarme en terminar mi turno de la mejor manera posible, aunque aquella mirada regresaba una y otra vez a mi mente.
El resto de la mañana transcurrió con una tranquilidad poco habitual.
Emma y yo pasamos buena parte del tiempo conversando entre cliente y cliente. Ella me ponía al día sobre las nuevas series que estaban de moda en las plataformas de streaming y me contaba las últimas novedades de la universidad.
Cada detalle abría un poco más el vacío que llevaba meses creciendo dentro de mí.
Ingresar a la facultad de Medicina había sido un sueño compartido entre mi madre y yo. Renunciar temporalmente a él había sido una decisión dolorosa, aunque necesaria.
Durante nuestra conversación también volvimos varias veces al extraño comportamiento del señor Gavrel.
Siempre había sido amable, hablador e incluso divertido. A Emma le agradaba especialmente porque nunca olvidaba dejar una generosa propina para ambas.
Por eso su actitud resultaba tan extraña.
Todavía podía sentir el peso de sus ojos sobre mí.
Por mucho que intentara olvidarlo, aquella mirada seguía regresando a mi memoria una y otra vez.
No podía ser algo sin importancia.
Debía existir algún motivo detrás de ella.
A las doce del mediodía, Emma y yo comenzamos a prepararnos para terminar el turno.
Estaba limpiando el mostrador por última vez y entregando el corte de caja cuando mi teléfono vibró.
La pantalla mostró el número del hospital.
Mi corazón se detuvo.
Un frío aterrador recorrió todo mi cuerpo.
Contesté de inmediato.
Apenas escuché la voz de la enfermera al otro lado de la línea, mis piernas comenzaron a temblar.
—Señorita Mancini, su madre ha sufrido un paro cardíaco.
No escuché nada más.
Con el corazón golpeando desesperadamente contra mis costillas y las lágrimas nublándome la vista, salí corriendo del café.
Atravesé las calles con todas mis fuerzas, ignorando el dolor de mis pulmones y el ardor de mis piernas.
Solo podía pensar en llegar.
Llegar a tiempo.
Llegar antes de que fuera demasiado tarde.
Mientras corría, repetía una y otra vez la misma súplica desesperada:
Por favor.
No me la quites.
No ahora.
El sol comenzaba a filtrarse a través de la ventana de la habitación. La brisa matutina refrescaba la piel y envolvía el ambiente en una tranquilidad engañosa, de esas que parecen recordarte que pasar la noche en vela nunca es una buena idea.
Después del susto del día anterior, me había resultado imposible dormir.
La angustia de pensar que aquella podía haber sido la última noche junto a mi madre no me permitió descansar. Permanecí despierta, observándola y velando por ella, como si apartar la mirada durante unos segundos pudiera arrebatármela.
Un pequeño rayo de sol iluminó su rostro y despertó un recuerdo que creía olvidado.
Mi quinto cumpleaños.
El mismo día en que inauguramos nuestro restaurante de comida casera para llevar.
Después de que mi padre nos abandonara y de que toda su familia le diera la espalda a mamá, la vida se volvió difícil. Durante años luchó sola para conseguir el sustento de ambas, trabajando hasta el agotamiento y enfrentándose a puertas cerradas una tras otra.
Nunca se rindió.
Por eso aquel pequeño restaurante significaba mucho más que un negocio.
Representaba una victoria.
Era la prueba de que todo su esfuerzo había valido la pena. El comienzo de una etapa mejor. Un símbolo de la fortaleza con la que había enfrentado una sociedad que no siempre trataba con justicia a las madres solteras.
Ese día yo me dediqué a repartir volantes e invitar a la gente a probar el famoso pollo cuya receta secreta pertenecía exclusivamente a mamá.
Mientras tanto, ella cocinaba sin descanso.
Los clientes se marchaban satisfechos, dejando elogios y buenas críticas. Algunos vecinos incluso se ofrecieron a ayudarnos sirviendo mesas y limpiando el local.
Cuando finalmente llegó la hora de cerrar, el cansancio era enorme, pero la felicidad lo era aún más.
Había sido un éxito.
Y aun así, después de toda aquella jornada, todavía nos quedaban fuerzas para celebrar mi cumpleaños.
Compartimos unas bolsas de frituras, una tarta de chocolate con menta —mi favorita— y muchas risas.
Fue el mejor cumpleaños de mi vida.
Y siguió siéndolo año tras año.
Hasta que mamá enfermó.
Antes de ingresar al hospital me había prometido que este año volveríamos a compartir una tarta juntas. Incluso aseguró que prepararía una receta completamente nueva para sorprenderme.
Sin embargo, el restaurante ya no existía.
Y cada día que pasaba parecía alejar un poco más ese momento.
La alarma de mi teléfono sonó.
Durante unos segundos me debatí entre quedarme allí o ir a trabajar.
Detestaba la idea de que pudiera ocurrir algo mientras yo no estaba a su lado.
Pero las facturas seguían llegando.
Los medicamentos seguían acumulándose.
Y necesitábamos el dinero.
Respiré profundamente.
Me incliné para dejar un beso en su frente y salí rumbo al café.
—¡¿Pero qué te ha pasado?! —exclamó Emma en cuanto me vio entrar.
Sabía perfectamente el aspecto que tenía.
Nadie que hubiera pasado toda la noche despierto podía verse fresco a la mañana siguiente.
Le dirigí una mirada de advertencia para que no hiciera más evidente lo obvio.
—Amiga, sé que la situación es difícil, pero esto te está consumiendo demasiado rápido.
Me tomó del brazo y me llevó hasta uno de los bancos de la barra.
—Si no empiezas a cuidarte, no habrá nadie que pueda cuidar de mamá Giulia.
Sacó algunos cosméticos de su bolso y comenzó a trabajar.
Con habilidad, cubrió mis ojeras con maquillaje, disimuló la palidez de mi rostro con un poco de polvo y recogió mi cabello en un moño alto que mejoró considerablemente mi apariencia.
—Lo intento —suspiré—. Después del susto de ayer no pude pegar ojo.
La respuesta de Emma quedó interrumpida por la voz del gerente anunciando que era hora de abrir.
Ambas nos colocamos detrás del mostrador.
Era viernes, así que el flujo de clientes aumentó rápidamente. Además del café habitual, muchos pedían bagels, bollería y bocadillos para comenzar el fin de semana con algo más consistente.
El trabajo no tardó en absorber toda nuestra atención.
Aquella mañana el señor Gavrel no apareció a su hora habitual.
Por extraño que pareciera, aquello me decepcionó un poco.
Quería aprovechar la oportunidad para disculparme por cualquier cosa que pudiera haber hecho mal.
Cada cierto tiempo levantaba la vista hacia la puerta esperando verlo entrar.
Sin embargo, no apareció hasta cerca de las once.
Y cuando lo hizo, volvió a romper su rutina.
En lugar de acercarse al mostrador, ocupó una de las mesas privadas situadas en un rincón discreto del local.
Un compañero tomó su orden.
Un espresso.
Nada más.
Cuando la bebida estuvo lista, me ofrecí a llevarla personalmente.
—Buenos días, señor Gavrel. Aquí tiene su espresso.
Coloqué cuidadosamente la taza y la servilleta frente a él.
—¿Puedo traerle algo para acompañar su café?
—¿Por qué no me acompaña usted un momento, señorita Mancini?
Su tono fue tan firme que sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—No tenemos mucho tiempo.
Señaló el taburete libre frente a él.
Dudé.
Seguía trabajando y había clientes en el local.
Sin embargo, la intensidad de su mirada dejaba claro que no esperaba una negativa.
Busqué a Emma con la vista, intentando comunicarle mi incomodidad, y finalmente tomé asiento.
—No entiendo qué...
—Es mejor que escuche primero —me interrumpió—. Así podremos volver a nuestras ocupaciones cuanto antes.
Asentí con cautela.
—Conozco su situación, señorita Mancini. Sé de las dificultades económicas que atraviesa y de la desesperación que la acompaña desde hace meses.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Por alguna razón, lejos de tranquilizarme, me puso aún más nerviosa.
—Y créame cuando le digo que estoy a punto de cambiar su suerte.
Un desagradable escalofrío me recorrió la espalda.
—Trabajo para una persona muy importante. Un joven con ciertos problemas que necesita resolver con rapidez. Digamos que dispone de aproximadamente un mes para hacerlo.
Hizo una pausa significativa.
—Un plazo que, me temo, usted no posee.
—Lo siento, pero yo no...
—Permítame terminar.
Volví a callar.
Cada palabra me gustaba menos que la anterior.
—Lo plantearé de forma sencilla. Usted necesita dinero para el tratamiento de su madre. También necesita un especialista capaz de salvarla. ¿Estoy equivocado?
Negué lentamente.
No.
No lo estaba.
—Bien. Yo puedo proporcionarle ambas cosas. El mejor tratamiento. El mejor especialista. Todos los recursos necesarios.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Y usted tiene exactamente lo que mi joven amigo necesita para resolver su problema.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Matrimonio.
La palabra cayó entre nosotros como una bomba.
—¿Qué?
—Mi joven amigo necesita casarse en menos de un mes.
Abrió su portafolio y colocó una carpeta sobre la mesa.
—No puedo revelarle su identidad hasta recibir una respuesta favorable. Sin embargo, puede revisar los términos del acuerdo. Estoy seguro de que la parte que más llamará su atención es aquella donde mi amigo pone a su disposición todo lo necesario para salvar a su madre.
Miré la carpeta.
Luego a Gavrel.
Después volví a mirar la carpeta.
Intenté procesar lo que acababa de escuchar.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
La indignación comenzó a crecer dentro de mí.
¿Aquel hombre estaba intentando comprarme?
¿Pensaba que podía aparecer de la nada y disponer de mi vida como si fuera una mercancía?
Abrí la boca para protestar.
Pero Gavrel se levantó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
—Debo tomar un avión esta noche. El lunes estaré aquí a primera hora para escuchar su respuesta.
Tomó el portafolio y se acomodó la chaqueta.
—Le aconsejo que lo piense detenidamente.
Comenzó a alejarse, pero se detuvo a pocos pasos.
Entonces volvió a sonreír.
La misma sonrisa amable que conocía desde hacía más de un año.
—Es un trato en el que usted tiene todo por ganar, señorita Mancini.
Sus ojos brillaron con una frialdad que me heló la sangre.
—Nosotros tenemos varias semanas para encontrar a otra candidata.
Hizo una pausa.
—Pero dudo mucho que su madre disponga del mismo tiempo.
Y se marchó.
Yo permanecí inmóvil, observando cómo su elegante figura desaparecía tras la puerta del café.
Mi corazón latía con violencia.
Mi mente era un caos.
Porque solo una pregunta resonaba una y otra vez en mi cabeza:
¿Qué demonios acababa de pasar?
Dmitry Novikov
Moscú, Rusia
—Lograste llegar a tiempo. Qué gran sorpresa. Llegué a pensar que el avión podría estrellarse o, mejor aún, perderse en medio del mar para que tu cadáver jamás apareciera.
Mi tono dejaba bastante claro cuánto detestaba aquella situación.
—No podría haber deseado perderme en el mar tanto como deseo presenciar el espectáculo que está a punto de dar, mi señor.
La diversión en su voz era sencillamente insoportable.
—Esta mañana era el mocoso viperino que no querías en tu vida y ahora soy «mi señor». Qué halagador.
Bufé mientras intentaba, sin éxito, acomodar el nudo de mi corbata.
Gavrel se acercó y apartó mis manos de un manotazo.
—Déjalo antes de que termines pareciendo un vendedor de seguros.
En cuestión de segundos corrigió el nudo y dejó la corbata impecable.
—Aquí no tengo más remedio que tratarte con respeto. Cuando volvamos a Roma voy a romperte los huevos por tu impertinencia.
La amenaza fue pronunciada en un susurro que me hizo reír por primera vez en todo el día.
—Ya casi termina todo esto. Dentro de poco no tendrás que volver a ver las caras de los hombres que están sentados al otro lado de esa puerta. Aguanta un poco más, Dmitry.
Me dio una palmada en el hombro.
—¿De verdad terminará pronto? ¿La chica aceptó?
Por primera vez en semanas sentí algo parecido a la esperanza.
—Todavía no, pero lo hará antes del lunes. No tiene otra alternativa. La señorita Rossi cumplirá su parte del trato y nos ayudará a empujar las cosas en la dirección correcta.
Su seguridad no consiguió tranquilizarme.
—Gavrel, ya no quedan opci...
Un golpe en la puerta me interrumpió.
—¡Joder! ¡Ya voy!
Volví a mirarlo.
Necesitaba que reafirmara aquella confianza antes de entrar a una sala repleta de hombres que no solo deseaban verme sin dinero, sin poder y sin influencia.
También querían verme muerto.
Meses atrás era dueño absoluto de mi destino.
De mi vida.
De mi libertad.
Había dedicado cada segundo de mi existencia a reconstruir aquello por lo que mis padres entregaron la suya. El legado que me prometí devolver a su antigua gloria.
Trabajé desde niño.
Invertí sudor, tiempo, sacrificios y sangre para ascender hasta la cima de un mundo donde la avaricia y el poder eran las únicas monedas que realmente importaban.
Entré en las grandes ligas disfrazado de algo inofensivo.
Primero fui un simple modelo de revistas y pasarelas. Un joven atractivo que parecía aprovechar unos buenos genes para ganar dinero fácil.
Eso era lo que ellos veían.
Lo que nunca entendieron fue que aquello no era mi destino.
Era mi estrategia.
Un par de alianzas bien elegidas, los contactos adecuados y el capital suficiente para poner en marcha mis planes.
Un año después, no existía una sola boca en Europa que no pronunciara mi nombre o el de mi empresa cuando se hablaba de innovación tecnológica.
Los poderosos me observaron crecer bajo sus narices sin prestar demasiada atención.
Cuando comprendieron lo que estaba ocurriendo ya era demasiado tarde.
Demasiado tarde para una desaparición forzada.
Demasiado tarde para fabricar un accidente.
Demasiado tarde para detenerme.
Mi influencia se extendió por Roma con la misma rapidez con la que el sol derrite la nieve al llegar la primavera.
Prestigio.
Poder.
Dinero.
Control.
Todo aquello que alguna vez me fue arrebatado estaba regresando a mis manos.
Y lo mejor de todo era ver cómo muchos de aquellos hombres terminaban arrodillándose frente a mí para suplicar favores o conservar sus privilegios.
Con el éxito también comenzó una venganza lenta y meticulosa.
Una venganza construida en honor a la sangre derramada por mis padres.
Todavía recordaba aquel invierno.
Tenía apenas tres años cuando vi cómo me los arrebataban personas cegadas por la codicia.
Durante años imaginé este momento.
Y todo avanzaba exactamente como había planeado.
Hasta que el destino decidió abofetearme.
Las cláusulas de la herencia.
Aquellas maravillosas condiciones que mis padres, en su infinita sabiduría, consideraron necesarias para favorecer mi desarrollo emocional y social.
Durante años conseguí superar cada una de ellas.
Hasta que un error administrativo permitió que la información llegara a las manos equivocadas.
Y entonces descubrieron la peor de todas.
La más absurda.
La más ridícula.
La que ahora tenía mi vida suspendida de un hilo.
Debía estar casado antes de cumplir veintiocho años.
Veintiocho años que alcanzaría la próxima primavera.
Si no lo conseguía, perdería absolutamente todo.
No importaba cuánto hubiera trabajado.
No importaba que lo hubiera construido con mis propias manos.
Todo pasaría a quienes habían destruido a mi familia.
A los mismos hombres responsables de la muerte de mis padres.
Volvería al punto de partida.
Volvería al infierno.
Respiré profundamente y entré en la sala de reuniones.
—Buenas tardes, caballeros. Qué bueno volver a verlos.
La cortesía siempre era útil.
Incluso cuando tu verdadero deseo era romperles el cuello.
—Comencemos con nuestra reunión trimestral. Estoy seguro de que estarán ansiosos por revisar...
—Señor Novikov.
La interrupción llegó desde el otro extremo de la mesa.
—Nuestras arcas están llenas. Tan llenas que podrían desbordarse.
Varias risas acompañaron el comentario.
—Pero nos preguntábamos qué tan vacías estarán las suyas dentro de unos meses.
Las carcajadas resonaron por toda la sala.
Quince hombres sentados alrededor de una mesa redonda.
Una versión corrupta y miserable de los caballeros del Rey Arturo.
Sabía perfectamente a qué se referían.
Habían hecho todo lo posible para impedir que encontrara esposa.
Difundieron rumores.
Inventaron historias.
Convencieron a otros empresarios de que entregar a una hija en matrimonio a Dmitry Novikov sería el peor negocio de sus vidas.
Sin embargo, aún conservaba algo que ellos jamás habían conseguido destruir.
Esperanza.
Y una amiga lo bastante imprudente como para ayudarme.
Sonreí.
Una sonrisa lenta.
Peligrosa.
Triunfante.
—Lamento decepcionarlos, caballeros.
El silencio se extendió alrededor de la mesa.
—Mis arcas no solo seguirán llenas. Muy pronto tendrán un nuevo integrante.
Las expresiones de sorpresa aparecieron de inmediato.
—Porque para la próxima primavera tendré el honor de llamarme un hombre casado.
Nadie habló.
—Y cuando eso ocurra, reclamaré aquello que me pertenece.
Tomé mis documentos y me dispuse a abandonar la sala.
Antes de cruzar la puerta, me giré una última vez.
—Aprovechen estos meses para decidir quién de ustedes será el primero en...
Dejé que la pausa se alargara.
Lo suficiente para que sintieran el peso de la amenaza.
—...vaciar sus arcas.
Y entonces me marché.








