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Lo que no estaba en mis planes

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Summary

Ámber tiene una única regla: no volver a enamorarse. Después de una decepción que la cambió por completo, solo quiere terminar el verano y seguir con su vida. Pero una noche cualquiera conoce a Dionisio, un chico que aparece cuando menos lo espera y empieza a derribar, poco a poco, todos los muros que había construido. Porque, a veces, las casualidades no son tan casuales… y lo que nunca estuvo en sus planes puede acabar cambiándolo todo.

Genre
Romance
Author
saray
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. La noche en que todo empezó

Cuando llegamos a la discoteca, lo único que queríamos era olvidarnos de todo durante unas horas.

Éramos un grupo de amigas con ganas de bailar, reír y disfrutar de la noche, sin pensar en lo que nos esperaba al día siguiente.

Nada más cruzar la puerta, el golpe de la música hizo que cualquier conversación se volviera imposible. Las luces recorrían la pista de baile al ritmo de las canciones y el local estaba lleno de gente que, como nosotras, solo buscaba pasarlo bien.

Nos miramos entre risas.

Nos conocíamos demasiado bien.

Bastaba un gesto para saber lo que la otra estaba pensando.

Nos acercamos a la barra, pedimos las primeras copas y, casi sin esperar a que terminara la primera canción, nos lanzamos a la pista.

La noche transcurría como tantas otras.

Cantábamos a gritos las canciones que nos sabíamos de memoria, bailábamos sin preocuparnos de quién pudiera estar mirando y brindábamos por cualquier excusa que se nos ocurría.

Solo importaban las risas.

Solo importaba aquel momento.

Y entonces aparecieron ellos.

Un amigo nuestro entró en la discoteca acompañado de un grupo de chicos.

Los saludamos con la naturalidad de quien se encuentra con alguien conocido por casualidad.

Fue entonces cuando lo vi por primera vez.

Entre todos ellos estaba él.

En esta historia lo llamaré Dionisio.

No podría decir qué fue exactamente lo que llamó mi atención.

Quizá su forma de sonreír.

Quizá la tranquilidad que transmitía mientras hablaba con los demás.

O quizá simplemente era una de esas personas de las que cuesta apartar la mirada.

Nos saludamos.

Comenzamos a hablar.

Y, casi sin darnos cuenta, terminaron pasando la noche con nosotras.

La conversación fluía con la misma facilidad con la que cambiaban las canciones.

No había silencios incómodos.

No había necesidad de aparentar.

Todo fluía con una naturalidad sorprendente.

Como si nos conociéramos desde mucho antes de aquella noche.

Recuerdo que pasé gran parte de la noche bailando con Ares.

Desde el primer momento conectábamos con la música.

Cada vez que sonaba una canción que conocíamos, nos mirábamos y empezábamos a cantar como si estuviéramos solos en la discoteca.

No importaba quién estuviera alrededor.

Solo queríamos disfrutar.

Anastasia no dejaba de reír al vernos hacer el tonto.

—Estáis fatal.

Ares levantó los brazos y soltó una carcajada.

—¡Y eso que la noche acaba de empezar!

Las horas fueron pasando casi sin que nos diéramos cuenta.

Una canción daba paso a otra.

Las copas se vaciaban y volvían a llenarse.

Las conversaciones se mezclaban con las risas.

Había momentos en los que hablábamos todos a la vez y otros en los que bastaba una mirada para entendernos.

Entre una canción y otra terminamos subiéndonos a los sofás y a las mesas de la discoteca.

Si alguien nos estaba mirando, ninguno le prestó la menor atención.

Solo existía la música.

Solo existían las risas.

Era una de esas noches que parecían no tener final.

Cuando ya empezaba a hacerse tarde, Ares se acercó a nosotras.

—Chicas, nosotros ya nos vamos.

Anastasia y yo nos miramos.

La verdad era que tampoco teníamos muchas ganas de volver a casa.

Entonces Ares sonrió.

—Si queréis, Dionisio puede acercaros.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—O... si os apetece, podéis veniros con nosotros y seguimos un rato más.

Volví a mirar a Anastasia.

No hizo falta hablar.

Las dos estábamos pensando exactamente lo mismo.

Todavía era demasiado pronto para que aquella noche terminara.

—¿Qué dices?

No tardé ni un segundo en responder.

—Vamos.

Anastasia sonrió.

—Pues venga, seguimos.

Los cuatro salimos de la discoteca entre bromas y risas.

Al cruzar la puerta, el aire fresco de la madrugada nos golpeó de lleno.

Respiré hondo.

Todavía no lo sabía, pero aquella decisión, tomada casi sin pensar, iba a cambiar mi vida para siempre.

Mi amiga y yo caminamos detrás de Ares y Dionisio hasta el coche.

La noche seguía siendo joven y ninguna de las dos tenía ganas de volver a casa.

Había algo dentro de mí que me decía que todavía nos quedaban momentos por vivir.

Ares abrió la puerta trasera del coche y dejó pasar primero a Anastasia. Después se sentó a su lado.

Yo rodeé el coche despacio y abrí la puerta del copiloto. Antes de entrar, levanté la vista durante un instante.

La ciudad seguía iluminada.

Respiré hondo antes de sentarme.

Dionisio arrancó el coche.

Durante los primeros minutos apenas hablamos.

La música sonaba suavemente mientras las calles iban quedándose cada vez más vacías.

Desde el asiento de atrás llegaban las risas de Ares y Anastasia, que no parecían haber dejado de bromear desde que salimos de la discoteca.

Nosotros, en cambio, permanecíamos en silencio.

Pero no era un silencio incómodo.

Era de esos silencios que no necesitan palabras. Como si, sin conocernos apenas, ya nos sintiéramos cómodos el uno al lado del otro.

De vez en cuando, Dionisio hacía algún comentario sin importancia o me indicaba por dónde íbamos.

Yo respondía con una sonrisa.

No hacía falta mucho más.

Mientras observaba la ciudad a través de la ventanilla, las luces desfilaban una tras otra, reflejándose sobre el cristal.

Sin darme cuenta, me sorprendí pensando que aquella noche estaba siendo diferente.

No sabía explicar por qué.

Lo sentía.

Después de unos minutos, Dionisio redujo la velocidad y desvió el coche por una carretera que no conocía.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

Él sonrió.

—Ya lo verás.

—Te va a gustar —añadió Ares desde el asiento de atrás.

Volví a mirar por la ventanilla mientras el coche seguía avanzando.

Unos minutos después, Dionisio detuvo el motor.

Al levantar la vista comprendí por qué había querido llevarnos hasta allí.

Madrid se extendía bajo nuestros pies.

Miles de luces iluminaban la ciudad mientras el cielo empezaba, poco a poco, a anunciar el amanecer.

Era imposible apartar la mirada.

Ares fue el primero en bajar del coche.

Anastasia lo siguió entre risas.

Los dos se alejaron unos pasos, dejándonos a Dionisio y a mí solos sin haberlo planeado.

Salí despacio del coche y me apoyé sobre el techo.

Nunca había visto Madrid desde aquel lugar.

Las luces seguían brillando mientras el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y rosados.

Parecía que la ciudad estuviera despertando delante de nosotros.

Dionisio se colocó a mi lado.

No demasiado cerca.

Pero tampoco lo bastante lejos como para que aquel silencio pareciera distante.

Permanecimos unos instantes contemplando el amanecer.

Ninguno de los dos parecía tener prisa por hablar.

Había algo extrañamente bonito en compartir aquel momento con alguien a quien apenas conocía.

Era como si aquel silencio dijera mucho más que cualquier conversación.

Entonces Dionisio rompió el silencio.

—¿Qué te parece?

Sonreí sin apartar la vista del horizonte.

—Es precioso. No sabía que existía un sitio así.

Él sonrió.

—Yo suelo venir aquí de vez en cuando. Cuando necesito desconectar... o simplemente cuando me apetece estar tranquilo.

Asentí despacio.

Lo entendía perfectamente.

Aquel lugar transmitía una paz difícil de explicar.

Era de esos sitios en los que el tiempo parecía detenerse durante unos minutos.

Entonces giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—Hay una cosa que llevo un rato queriendo preguntarte.

Lo miré con curiosidad.

—¿El qué?

—¿Por qué habéis decidido veniros con nosotros?

Levanté la vista y me encontré con sus ojos.

Durante unos segundos olvidé incluso la pregunta que acababa de hacerme.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

No era nerviosismo.

Era algo mucho más difícil de explicar.

Aún hoy me cuesta describirlos.

Eran de un azul tan intenso que, cuando la luz del amanecer se reflejaba en ellos, parecía mezclarse con pequeños destellos color miel.

Nunca había visto unos ojos así.

Pero no era solo el color.

Había algo en su manera de mirar que transmitía calma, cercanía y una confianza difíciles de explicar.

Era como si pudiera bajar la guardia sin apenas conocerlo.

Sonreí antes de responder.

—Porque creo que la noche todavía no ha terminado. Y hay algo dentro de mí que quiere descubrir cómo acaba.

Él sostuvo mi mirada durante unos segundos.

Después sonrió.

No era una sonrisa cualquiera.

Era de esas que aparecen sin darte cuenta, cuando alguien acaba de decir algo que consigue sorprenderte.

—No era esa la respuesta que esperaba.

Fruncí ligeramente el ceño, divertida.

—¿Ah, no?

Negó con una pequeña risa.

—Pensaba que me dirías que solo queríais seguir de fiesta.

Sonreí.

—Eso también era verdad.

Los dos nos echamos a reír.

Después volví a mirar la ciudad.

—Pero no era toda la verdad.

Él permaneció en silencio.

—Hay noches que sabes que no se van a repetir. Y, cuando aparecen, lo único que quieres es alargarlas un poco más.

Noté cómo volvía a mirarme.

—Me gusta esa forma de pensar.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Sí?

Asintió despacio.

—La mayoría de la gente siempre tiene prisa por irse a casa. Vosotras habéis hecho justo lo contrario.

Me encogí de hombros con una sonrisa.

—Supongo que nos dejamos llevar.

Sonrió de lado.

—Menos mal.

Lo miré sin entender muy bien a qué se refería.

Él desvió la vista hacia el horizonte.

—Porque, si os hubierais ido, ahora mismo no estaríamos viendo este amanecer.

Seguí su mirada.

El sol empezaba a asomar tímidamente entre los edificios, tiñendo el cielo de un color dorado que hacía que toda la ciudad pareciera distinta.

Sonreí sin decir nada.

Aquel momento hablaba por sí solo.

Ares fue el primero en romper el silencio.

—Bueno, ¿nos vamos?

Los cuatro apartamos la vista del horizonte casi al mismo tiempo.

Por un momento me dio pena marcharme.

Había algo en aquel lugar que invitaba a quedarse un rato más.

Volvimos al coche.

Esta vez el trayecto fue mucho más corto.

Nadie hablaba demasiado.

Parecía que todos intentábamos, en silencio, alargar una noche que, poco a poco, empezaba a despedirse de nosotros.

Al cabo de unos minutos, Dionisio entró en una urbanización tranquila y detuvo el coche frente a uno de los edificios.

Ares bajó el primero.

—Venga, venid.

Lo seguimos hasta el portal.

Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta.

Entramos en un pequeño recibidor donde, a la izquierda, estaban los ascensores.

Mientras esperábamos, el cansancio empezaba a notarse en los cuatro, aunque ninguno parecía tener ganas de que la noche terminara.

Las puertas del ascensor se abrieron y entramos.

Ares pulsó el botón de la tercera planta.

Solo se escuchaba el leve zumbido del ascensor mientras subíamos.

Cuando las puertas volvieron a abrirse, salimos al rellano.

Solo había dos viviendas.

Ares caminó hasta una de ellas y abrió la puerta con total naturalidad.

Nada más entrar, me llamó la atención la tranquilidad que transmitía aquella casa.

A la derecha estaba la cocina.

A la izquierda se abría un salón amplio, presidido por un enorme ventanal por el que comenzaba a entrar la luz del amanecer.

Una mesa grande ocupaba el centro de la estancia.

Frente a ella había un sofá amplio y, justo enfrente, un televisor de gran tamaño.

Todo estaba impecablemente ordenado.

No era una casa especialmente grande, pero resultaba acogedora.

De esas en las que uno siente, nada más entrar, que podría pasar allí horas sin darse cuenta.

Ares dejó las llaves sobre un mueble del recibidor y sonrió.

—Bueno… ¿quién quiere la visita guiada?

Anastasia y yo nos miramos entre risas.

Dionisio soltó una pequeña carcajada.

—No le hagáis mucho caso. Lleva toda la noche esperando decir esa frase.

Ares fingió ofenderse.

—Oye, un poco de respeto. Mi casa tiene mucho encanto.

—Claro —respondió Dionisio riéndose—. Sobre todo porque siempre acabamos viendo Garfield mientras tú te comes una lasaña.

Lo miré sorprendida.

—¿Eso es verdad?

Ares se encogió de hombros con una sonrisa.

—¿Y qué tiene de raro?

No pude evitar reírme.

—Pues ahora tengo todavía más curiosidad por conocer la casa… y por probar esa famosa lasaña.

Dionisio sonrió.

—Ya verás. Lo hace siempre.

—Y nunca falla —añadió Ares con una sonrisa orgullosa.

Después nos hizo un gesto con la mano.

—Venga, venid. Os la enseño.

Ares abrió la puerta que comunicaba el salón con el pasillo.

—Bueno… empieza la visita guiada.

Entramos detrás de él entre risas.

Abrió la primera puerta.

—Esta es mi habitación.

No era especialmente grande, pero resultaba acogedora.

Había una cama pegada a la pared, un armario de madera frente a ella y, junto a la ventana, un escritorio con un ordenador que parecía haber pasado más horas encendido que apagado.

La luz del amanecer entraba por la cristalera, iluminando toda la habitación.

—No está mal, ¿eh? —dijo Ares con una sonrisa orgullosa.

Miré alrededor, fingiendo analizar cada rincón.

—Bueno… he visto habitaciones peores.

Ares arqueó una ceja.

—¿Solo peores?

Sonreí.

—Y también bastante mejores.

Todos nos echamos a reír.

Ares negó con la cabeza.

—No hay manera de quedar bien contigo.

Salimos de la habitación y continuamos por el pasillo.

—Aquí está el baño.

Abrió la puerta apenas un instante antes de seguir caminando.

—Y esta es la habitación de mis padres.

Asomé la cabeza por curiosidad.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Costaba creer que, al otro lado de la casa, cuatro personas acabáramos de llegar de fiesta.

Al final del pasillo se encontraba la cocina.

Nada más entrar tuve la sensación de que era el lugar donde más vida hacía aquella casa.

No era muy grande, pero estaba llena de pequeños detalles que la hacían acogedora.

Sobre la encimera descansaban una cafetera, un tostador y varios botes de cristal perfectamente colocados.

Era una cocina vivida.

De esas en las que, sin darte cuenta, todo el mundo termina reuniéndose.

Ares abrió el congelador.

Rebuscó durante unos segundos y levantó los brazos con gesto triunfal.

—¡Aquí están!

Sacó dos lasañas congeladas y las dejó sobre la encimera como si acabara de encontrar un tesoro.

Miré a Dionisio.

No pude evitar reírme.

—Al final era verdad.

Él sonrió divertido.

—¿Ves? Nunca miento cuando hablo de Ares.

—Oye, oye… —protestó Ares mientras abría el horno—. Que mi tradición tiene mucho éxito.

Anastasia soltó una carcajada.

—Eso está por ver.

—Esperad a probarla —respondió él con una sonrisa llena de confianza.

Mientras metía las lasañas en el horno, Dionisio abrió la nevera.

Después giró la cabeza hacia nosotras.

—Bueno… ¿qué queréis beber?

Anastasia respondió la primera.

—Yo quiero un ron con Coca-Cola.

—Yo también —añadió Ares levantando la mano.

Dionisio los miró con una sonrisa.

—Sabía que ibais a pedir eso.

Después dirigió la mirada hacia mí.

—¿Y tú?

Negué despacio con la cabeza.

—Creo que voy a esperar un poco. Prefiero una Coca-Cola. Primero quiero comer algo y luego, si eso, ya me tomaré una copa.

Él asintió.

—Buena decisión.

Abrió una botella de Coca-Cola y empezó a preparar las bebidas con una naturalidad que hacía pensar que conocía aquella cocina casi tanto como Ares.

Mientras llenaba los vasos, Ares se apoyó sobre la encimera.

—No entiendo cómo puedes venir de fiesta y no beber.

Sonreí.

—No he dicho que no vaya a beber. Solo que primero quiero comer.

—Es lista —dijo Dionisio sin apartar la vista del vaso que estaba preparando—. Así luego aguantará más que nosotros.

No pude evitar reírme.

—Tampoco te emociones.

—Ya veremos.

Su sonrisa hizo que, por un instante, me olvidara de todo lo que ocurría a mi alrededor.

Había algo en su forma de hablar que transmitía una tranquilidad difícil de explicar.

No intentaba hacerse el interesante.

Era él.

Y eso, sin saber muy bien por qué, me gustaba.

Ares sacó los vasos del armario mientras la lasaña terminaba de calentarse.

—Venga, que como sigamos hablando, la lasaña se nos quema.

—Eso sí que sería un drama —respondí entre risas.

—No sabes cuánto.

Todos volvimos a reír.

Dionisio se acercó y me tendió mi vaso.

Cuando fui a cogerlo, nuestros dedos volvieron a rozarse.

Esta vez fue apenas un instante.

Pero bastó para que los dos levantáramos la mirada al mismo tiempo.

Ninguno dijo nada.

Solo sonreímos.

Y, aunque aquel momento duró apenas unos segundos, tuve la extraña sensación de que había dicho mucho más que cualquier conversación.

—Venga, vamos al salón —dijo Ares, rompiendo el momento sin darse cuenta.

Cogimos los vasos y salimos de la cocina.

Yo caminé unos pasos por detrás del resto.

No sabía exactamente qué estaba empezando a sentir.

Solo sabía una cosa.

Aquella noche seguía sorprendiéndome a cada instante.

Entramos de nuevo en el salón.

Ares dejó los vasos sobre la mesa de centro mientras la música seguía sonando de fondo.

El olor de la lasaña empezaba a extenderse por toda la casa, mezclándose con el aroma del tabaco que Ares acababa de encender.

Anastasia fue la primera en dejarse caer sobre el sofá.

Ares se sentó a su lado con total naturalidad.

Dionisio permaneció unos segundos de pie.

Miró alrededor del salón y, después, me miró a mí.

Con un gesto casi imperceptible de la cabeza señaló el sitio que había libre junto a él.

No hizo falta que dijera nada.

Sonreí para mis adentros y caminé hasta allí.

Podría haberme sentado en cualquier otro sitio.

Sin embargo, terminé ocupando el lugar que me había señalado.

Él sonrió de lado, como si hubiera sabido desde el principio que me sentaría a su lado.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Ares rompió el silencio.

—Voy a poner un poco de música, que esto parece un tanatorio.

Todos nos echamos a reír.

Cogió el mando del equipo de música y, unos segundos después, empezó a sonar una canción que conocía de memoria.

No pude evitar sonreír.

—¡No puede ser!

Me levanté casi de un salto.

—Esta canción me encanta.

Anastasia me miró divertida.

—Lo sabía. Sabía que ibas a levantarte.

Le tendí la mano.

—Venga.

No tardó ni un segundo en unirse.

Las dos empezamos a bailar en medio del salón sin importarnos absolutamente nada.

Cantábamos, reíamos y hacíamos el ridículo como si estuviéramos completamente solas.

Escuché la carcajada de Ares.

Después busqué a Dionisio con la mirada.

Seguía sentado en el sofá.

Sonreía mientras nos observaba.

Pero había algo distinto en la forma en que me miraba.

No era la sonrisa de quien se ríe de alguien.

Era la de quien disfruta viendo feliz a otra persona.

Y, por alguna razón, aquella mirada hizo que me olvidara por completo de dónde estaba.

Seguí bailando entre risas hasta que la canción terminó.

Volví a sentarme, todavía intentando recuperar el aliento.

Dionisio me tendió una servilleta de papel.

—Creo que te la has ganado.

No pude evitar reírme.

—¿Tan mal he bailado?

Negó con una sonrisa.

—No.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Has bailado como alguien a quien le da igual lo que piense el resto.

»Y eso no lo hace todo el mundo.

Durante unos segundos me quedé sin saber qué responder.

Aquel comentario, tan sencillo, consiguió sacarme una sonrisa mucho mayor que cualquier cumplido.

En ese momento sonó el temporizador del horno.

Ares dio una palmada.

—¡La lasaña!

Se levantó de un salto y desapareció hacia la cocina.

Anastasia fue detrás de él entre risas.

Dionisio y yo nos quedamos un instante sentados, en silencio.

Nos miramos.

Y, por primera vez en toda la noche, tuve la sensación de que ambos estábamos pensando exactamente lo mismo.

Ojalá aquel momento durara un poco más.

Ares dejó la fuente sobre la mesa de centro.

—Bueno… ya podéis decir si tanto presumía era para tanto.

Cogí el tenedor y probé el primer bocado.

Lo mastiqué despacio.

Después levanté la vista hacia él.

—Vale…

Ares sonrió, convencido de que ya conocía la respuesta.

—¿Qué?

No pude evitar reírme.

—Está increíble.

Le dio un pequeño codazo a Dionisio.

—¿Ves? Siempre dudan de mí.

Dionisio negó con la cabeza, divertido.

—No dudan de ti. Dudan de que alguien pueda comer lasaña viendo Garfield a las ocho de la mañana.

Todos soltamos una carcajada.

Durante unos minutos no hablamos de nada importante.

Solo comentábamos la película, hacíamos bromas y nos reíamos de las ocurrencias de Ares.

Me sorprendió darme cuenta de lo cómoda que me sentía.

Hacía apenas unas horas que había conocido a aquellos chicos.

Y, sin embargo, era como si lleváramos mucho más tiempo juntos.

Cuando terminamos de comer, Anastasia empezó a recoger los platos.

Me levanté para ayudarla.

—Déjalo —dijo Ares, quitándome el plato de las manos—. Vosotras sois las invitadas.

—No cuesta nada echar una mano.

—Y no cuesta nada dejarte mimar un poco.

Sonreí.

—Solo un poco.

Mientras ellos terminaban de recoger la mesa, me acerqué al enorme ventanal.

La luz del sol ya inundaba toda la estancia.

La ciudad había dejado atrás la noche.

Todo parecía distinto.

Escuché unos pasos detrás de mí.

Era Dionisio.

Se colocó a mi lado, mirando también por la ventana.

—Bonitas vistas, ¿eh?

Asentí.

—Mucho más de día.

Sonrió.

—Aunque creo que me gusta más de madrugada.

Lo miré.

—¿Por qué?

Se quedó unos segundos pensándolo.

—Porque hay menos ruido. Da la sensación de que todo va más despacio.

Volví la vista hacia la ciudad.

Entendía perfectamente lo que quería decir.

Había personas que necesitaban el silencio para sentirse bien.

Y empezaba a darme cuenta de que él era una de ellas.

En ese momento apareció Ares con el mando de la televisión en la mano.

—Bueno… ahora sí.

»Momento Garfield.

Anastasia soltó una carcajada.

—No te cansas nunca.

—Jamás.

Nos volvimos a sentar.

Esta vez Dionisio se acomodó primero en el sofá.

Sin decir nada, dejó libre el sitio que tenía a su lado.

Me di cuenta enseguida.

Podría haber elegido cualquier otro asiento.

Pero terminé sentándome junto a él.

Ni siquiera tuve que pensarlo.

Era donde me apetecía estar.

Apenas quedaban unos centímetros entre los dos.

Los suficientes para notar su presencia.

Los insuficientes para que aquel silencio volviera a parecer el de dos desconocidos.

La película comenzó.

Ares apenas tardó unos segundos en empezar a repetir algunos diálogos de memoria.

—Te lo juro, este chico tiene un problema —dijo Anastasia entre risas.

—No tengo ningún problema. Lo que pasa es que Garfield es una obra de arte.

Dionisio negó con la cabeza.

—No le hagas caso. Lleva años diciendo lo mismo.

No pude evitar reírme.

—Empiezo a pensar que tiene razón.

Ares levantó un dedo con gesto triunfal.

—¡Lo sabía!

Las carcajadas fueron apagándose poco a poco.

La película seguía avanzando.

Pero cada vez nos costaba más prestar atención a lo que ocurría en la pantalla.

El sueño iba ganando la partida.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá e intenté mantener los ojos abiertos.

Duré apenas unos segundos.

Solté una pequeña risa.

—Creo que al final sí que me voy a quedar dormida.

Dionisio giró la cabeza hacia mí.

—No serías la primera.

—¿Y tú?

Sonrió.

—Yo llevo luchando contra el sueño desde hace un rato.

No pude evitar reírme.

—Entonces vamos perdiendo los dos.

—Creo que sí.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Esta vez no resultaba incómodo.

Al contrario.

Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando estás a gusto con alguien.

Sin darme cuenta, volví a cambiar de postura.

Mi cabeza terminó descansando otra vez sobre su hombro.

Esta vez no me moví.

Él tampoco.

Podía notar el suave movimiento de su respiración.

Por un momento pensé que quizá debería apartarme.

Que, al fin y al cabo, apenas nos conocíamos.

Pero, por alguna razón, allí me sentía bien.

Muy bien.

No hizo falta decir nada.

Él levantó despacio el brazo que tenía apoyado sobre el respaldo del sofá para colocarse un poco más cómodo.

Sin darse cuenta, quedó justo detrás de mí.

No llegó a abrazarme.

Pero la cercanía era suficiente para que me sintiera protegida.

Fuera, la ciudad ya estaba completamente despierta.

Dentro de aquella casa, el tiempo parecía haberse detenido.

La película seguía sonando de fondo.

Ninguno de los dos le prestaba ya demasiada atención.

Solo permanecíamos allí.

Sin hablar.

Sin pensar en nada.

Como si el mundo hubiera dejado de existir durante unos minutos.

Noté cómo mi cuerpo se relajaba por completo.

Sin apenas ser consciente de ello, terminé acomodándome un poco más.

Hasta quedar completamente pegada a él.

Dionisio bajó la vista un instante.

Sonrió para sí.

Y, con toda la naturalidad del mundo, terminó acomodándose también.

No hubo prisas.

No hubo nervios.

Solo dos personas agotadas que, sin darse cuenta, habían dejado de pensar en la distancia que las separaba.

Poco después, el cansancio terminó venciendo.

Y, casi sin saber en qué momento ocurrió…

…los dos nos quedamos profundamente dormidos.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cuando abrí los ojos, durante unos segundos no supe dónde estaba.

Todo permanecía en silencio.

La televisión seguía encendida, aunque el volumen estaba tan bajo que apenas se escuchaba.

Parpadeé un par de veces, todavía adormilada.

Fue entonces cuando me di cuenta.

Seguía apoyada sobre Dionisio.

Levanté la cabeza despacio, procurando no despertarlo.

Él seguía profundamente dormido.

No pude evitar sonreír.

Durante unos segundos me limité a observarlo.

Era la primera vez que podía hacerlo con calma.

Su pelo rubio estaba completamente despeinado.

Se notaba que hacía poco se lo había teñido, aunque después de toda la noche ya no quedaba ni rastro del peinado con el que había salido de casa.

Seguí recorriendo su rostro con la mirada.

Tenía las cejas algo pobladas.

Justo como a mí siempre me habían gustado.

Después me fijé en sus ojos.

Seguían cerrados.

Y, por alguna razón, sentí unas ganas enormes de volver a verlos abiertos.

Aquellos ojos azules que tanto me habían llamado la atención desde el primer momento.

Mi mirada descendió despacio.

Su nariz era fina, ligeramente más grande de lo habitual, pero encajaba perfectamente con el resto de sus facciones.

Después me fijé en sus labios.

Eran finos.

Muy finos.

Y entonces descubrí un detalle que hizo que una sonrisa apareciera sin darme cuenta.

Estaba sonriendo.

Dormido.

Nunca había visto a nadie sonreír mientras soñaba.

Y, por un instante, no pude evitar preguntarme qué estaría soñando.

Era curioso.

Hacía apenas unas horas que nos habíamos conocido y, aun así, allí estaba yo, incapaz de apartar la mirada de alguien que, hasta esa noche, había sido un completo desconocido.

Sonreí para mis adentros.

Entonces vi cómo sus pestañas se movían ligeramente.

Contuve la respiración sin darme cuenta.

Poco a poco, abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, como si todavía no supiera muy bien dónde estaba.

Después, sus ojos se encontraron con los míos.

Ninguno de los dos dijo nada.

Solo nos miramos.

Noté cómo el corazón empezaba a latirme un poco más deprisa.

Él sonrió primero.

Una sonrisa pequeña, todavía marcada por el sueño.

Yo terminé devolviéndosela casi sin ser consciente.

—Buenos días… —murmuró con la voz todavía algo ronca.

No pude evitar reírme.

—Creo que ya podemos decir buenas tardes.

Frunció ligeramente el ceño.

Giró la cabeza hacia el ventanal.

La luz inundaba por completo el salón.

—¿Qué hora es?

Busqué el móvil en el bolsillo de mi chaqueta, que seguía apoyada sobre el brazo del sofá.

Miré la pantalla.

—Las doce menos cuarto.

Abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

Asentí entre risas.

—Creo que nos hemos quedado un poco dormidos.

Él soltó una carcajada suave mientras se pasaba una mano por el pelo, intentando colocárselo sin demasiado éxito.

—Ares se va a reír de nosotros.

No pude evitar volver a mirarlo.

Seguía teniendo el pelo completamente despeinado.

Y, por alguna razón, me parecía incluso más guapo que unas horas antes.

En ese mismo instante escuchamos una puerta abrirse al final del pasillo.

Los dos giramos la cabeza casi al mismo tiempo.

Unos segundos después aparecieron Ares y Anastasia.

Los dos tenían esa expresión de quien aún intentaba ubicarse.

Ares nos miró y soltó una sonrisa al vernos sentados en el sofá.

—Vaya… parece que no hemos sido los únicos que nos hemos quedado fritos.

Dionisio soltó una pequeña risa.

—Se nos ha ido completamente la hora.

—Un poco bastante —respondió Ares mirando el reloj de la pared—. Son casi las doce.

Abrí mucho los ojos.

—¿Las doce?

Anastasia asintió entre risas.

—Nosotros también nos hemos llevado un buen susto cuando hemos visto la hora.

Me incorporé despacio, todavía intentando despejarme del todo.

Notaba el cuerpo algo entumecido después de haber dormido en el sofá.

Dionisio hizo lo mismo, estirándose mientras dejaba escapar un bostezo.

Ares negó con la cabeza, divertido.

—Creo que esta noche nos ha dejado a todos sin fuerzas.

—Ha merecido la pena —respondí casi sin pensar.

Los cuatro nos quedamos en silencio durante un instante.

Después Ares sonrió.

—Bueno… habrá que ir volviendo a la realidad.

Anastasia empezó a recoger sus cosas.

Yo me levanté para coger mi chaqueta, que seguía doblada sobre el brazo del sofá.

Mientras me la ponía, sentí la mirada de Dionisio sobre mí.

Levanté la vista.

Él seguía sonriendo.

Y, sin saber muy bien por qué, yo también lo hice.

Terminé de ponerme la chaqueta mientras Anastasia comprobaba que no se dejaba nada.

Ares abrió la puerta de casa y se apoyó en el marco.

—Bueno… pues ya sabéis dónde tenéis vuestra casa cuando queráis volver.

Sonreí.

—Gracias por todo.

—Y por la lasaña —añadió Anastasia entre risas.

Ares levantó el pulgar con gesto orgulloso.

—Eso siempre.

Nos acercamos hasta la puerta.

Anastasia fue la primera en despedirse de Ares.

Le dio un abrazo antes de salir al rellano.

Yo hice lo mismo.

—Gracias por todo. Lo hemos pasado muy bien.

Ares sonrió.

—Me alegro.

Entonces di un paso hacia la puerta.

Fue en ese momento cuando escuché la voz de Dionisio detrás de mí.

—Ámber…

Me giré.

Él seguía de pie, con una ligera sonrisa.

Por primera vez desde que lo había conocido, me dio la sensación de que estaba un poco nervioso.

Se pasó una mano por la nuca, como si estuviera buscando la forma de decir algo.

—Oye… ¿me das tu número?

No pude evitar sonreír.

—Claro.

Sacó el móvil del bolsillo y me lo tendió.

Lo cogí con cuidado y escribí mi número despacio, asegurándome de no equivocarme en ninguna cifra.

Cuando terminé, se lo devolví.

Él bajó la vista hacia la pantalla del móvil.

Asintió para sí y volvió a levantar la mirada.

Sonrió.

—Perfecto.

Yo le devolví la sonrisa.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Solo nos miramos.

Era extraño lo difícil que estaba resultando despedirse.

Sonreí con cierta timidez.

—Bueno… supongo que ya nos veremos.

Él asintió despacio.

—Eso espero.

Di un pequeño paso hacia él para despedirme.

Como habría hecho con cualquier otra persona.

Él hizo exactamente lo mismo.

Los dos inclinamos la cabeza hacia el mismo lado.

Nos detuvimos al mismo tiempo.

Intentamos corregir el movimiento.

Y, antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, nuestros labios se rozaron.

Fue apenas un segundo.

Un beso tan breve como inesperado.

Los dos nos quedamos completamente inmóviles.

Noté cómo el calor me subía de golpe a las mejillas.

Me aparté despacio.

Levanté la vista.

Él seguía mirándome con la misma expresión de sorpresa que debía de tener yo.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una sola palabra.

No hacía falta.

Entonces Anastasia apareció a mi lado.

Me cogió suavemente del brazo y sonrió.

—Venga… que al final no nos vamos nunca.

Miré una última vez hacia Dionisio.

Él seguía sonriendo.

Y, por alguna razón, aquella sonrisa fue lo último que se me quedó grabado antes de salir por la puerta.

Salimos al rellano.

Ares cerró la puerta detrás de nosotros y esperó mientras llamábamos al ascensor.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Todavía seguíamos medio dormidos.

O quizá cada uno iba demasiado ocupado con sus propios pensamientos.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, entramos los cuatro.

El descenso transcurrió en silencio.

Solo se escuchaba el leve zumbido del ascensor mientras bajábamos planta tras planta.

Al llegar al portal, Ares abrió la puerta y salimos a la calle.

El sol ya estaba alto.

Resultaba extraño.

Hacía apenas unas horas caminábamos por aquellas mismas calles en plena madrugada.

Ahora la ciudad parecía completamente distinta.

Nos detuvimos unos segundos en la acera.

—Bueno… nos vemos pronto —dijo Ares.

Anastasia sonrió.

—Gracias por todo.

—Y por la lasaña —añadí entre risas.

Ares volvió a levantar el pulgar.

—Cuando queráis, repetimos.

Nos despedimos de él y volvió a entrar en el portal.

Dionisio nos acompañó hasta el coche.

Antes de subir, volvió la vista hacia nosotras.

—Os acerco al metro.

Anastasia y yo nos miramos un instante.

—Vale.

Subimos al coche.

Durante el trayecto apenas hablamos.

La música sonaba muy bajita mientras la ciudad desfilaba al otro lado de la ventanilla.

De vez en cuando levantaba la vista y, casi sin querer, terminaba mirando a Dionisio.

Él seguía concentrado en la carretera.

Unos minutos después detuvo el coche junto a la estación de metro.

Apagó el motor.

Anastasia fue la primera en bajar.

Yo hice lo mismo.

Antes de cerrar la puerta, me incliné ligeramente hacia la ventanilla.

—Gracias por traernos.

Él sonrió.

—Gracias a vosotras por venir.

Nos quedamos mirándonos apenas un instante más.

Después cerré la puerta.

Esperé a que arrancara.

Vi cómo el coche se alejaba poco a poco hasta desaparecer al final de la calle.

No sé por qué.

Pero no fui capaz de apartar la mirada hasta que dejó de verse.

Anastasia empezó a caminar hacia la entrada del metro.

La seguí.

Atravesamos los tornos sin decir una sola palabra.

Las dos parecíamos demasiado cansadas para mantener una conversación.

O quizá seguíamos intentando ordenar todo lo que había pasado aquella noche.

Cuando bajábamos por las escaleras hacia el andén, rompí el silencio.

—Creo que no quiero saber nada más de él.

Anastasia giró la cabeza y me miró con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Qué?

Ni yo misma supe muy bien por qué había dicho aquello.

Suspiré.

—No lo sé…

Bajé la mirada.

—Supongo que es mejor así.

Anastasia no respondió.

Siguió caminando a mi lado.

Cuando llegó nuestro metro, cada una tomó un camino diferente.

Nos despedimos con un abrazo.

—Descansa.

—Tú también.

Esperé a que las puertas del vagón se cerraran y la vi marcharse.

Después caminé hasta casa de mi amiga.

Nada más entrar, me quité los zapatos y me dejé caer sobre la cama.

El cansancio pudo más que cualquier pensamiento.

Cerré los ojos.

Sin saber que la promesa que acababa de hacerme a mí misma estaba a punto de romperse.

Ares se llevó una mano al pecho.

—Eso es cultura.

Las risas volvieron a llenar el salón.

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