𝑩𝒐𝒅𝒂 𝒆𝒏 𝑰𝒈𝒏𝒂𝒓𝒊𝒂
Un nuevo día había llegado sobre Ignaria.
La primavera cubría el reino del Fénix con colores cálidos y aromas dulces. Desde temprano, el palacio real estaba envuelto en ruido y deberes: sirvientas corrían de un lado a otro cargando telas y bandejas de plata, mientras los organizadores decoraban la gran sala real con flores rojizas y estandartes dorados. El aroma de la cocina impregnaba el aire; panes recién horneados, frutas caramelizadas y especias llenaban cada rincón del castillo.
Pero lejos de aquel bullicio, en una habitación silenciosa donde los pétalos de los ciruelos florecidos entraban arrastrados por el viento de primavera, se encontraba la princesa de sangre real Hiraisha.
Sentada frente a un enorme espejo adornado con oro antiguo, permitía que las doncellas acomodaran lentamente su largo cabello oscuro. Vestía sedas blancas bordadas con hilos carmesí, los colores de la familia real del Fénix. A simple vista, parecía la imagen perfecta de una futura reina.
O eso era lo que todos creían.
Porque detrás de aquella delicada sonrisa, sus ojos estaban llenos de tristeza.
Había nacido en un mundo donde la sangre real debía mantenerse pura, donde los matrimonios no eran elegidos por amor sino por deber. Un mundo donde las reglas de la corona estaban por encima de los propios deseos.
La puerta de la habitación se abrió lentamente.
El rey entró acompañado únicamente por el sonido de su respiración cansada. Sus pasos eran débiles, pesados... como si cada movimiento consumiera lo poco que le quedaba de fuerza.
-Hiraisha... -murmuró con una sonrisa agotada-. Hoy debería ser el día más feliz de tu vida.
La princesa se levantó rápidamente y corrió hacia él antes de que pudiera perder el equilibrio. Lo sostuvo con cuidado entre sus brazos y lo ayudó a sentarse junto a la ventana iluminada por el sol de primavera.
La enfermedad lo consumía lentamente por dentro.
Sus manos temblaban. Su piel, antes fuerte y llena del brillo característico de los Fénix reales, ahora parecía apagarse como una llama al final de su vida.
El rey observó a su hija durante unos segundos, con una mezcla de orgullo y culpa en la mirada.
-Ya no tengo edad para seguir gobernando... -dijo con voz débil-. El reino necesita estabilidad. Necesita un heredero fuerte... y tú debes proteger el linaje.
Hiraisha bajó la mirada en silencio.
Porque sabía que aquellas palabras
no eran una petición.
Eran una sentencia.
Hiraisha observaba a su padre en silencio, intentando ocultar la angustia que crecía dentro de ella. Cada día el rey parecía consumirse un poco más por aquella extraña enfermedad.
Lo más inquietante era que ni siquiera los mejores médicos de Ignaria habían logrado identificar el origen del mal.
Ni hierbas sagradas, ni magia ancestral, ni la llama curativa de los Fénix reales habían funcionado.
Era como si algo oscuro estuviera apagándolo desde adentro.
El rey respiró con dificultad antes de tomar la mano de su hija entre las suyas.
-Debes escucharme con atención... -murmuró débilmente-. Pase lo que pase... Ignaria debe mantenerse fiel al reino de Dragons. Mientras respetemos sus reglas... nuestro reino estará asegurado.
Sus palabras pesaban más que cualquier corona.
Hiraisha conocía perfectamente lo que aquello significaba. La alianza con Dragons no era solo política; era una obligación impuesta desde generaciones atrás. Un pacto sostenido por matrimonios, sangre y obediencia.
De pronto, el rey comenzó a toser con fuerza.
Un sonido seco, doloroso.
La princesa reaccionó rápidamente, sosteniéndolo antes de que cayera hacia adelante. El hombre cubrió sus labios con un pañuelo blanco... pero cuando apartó la mano, manchas de sangre oscura habían teñido la tela.
Los ojos de Hiraisha se llenaron de miedo.
Aun así, el rey intentó sonreírle.
Volvió a alzar la cabeza con orgullo, como si quisiera aparentar una fortaleza que ya no poseía.
-Te aseguro un buen destino, hija mía... -dijo con voz cansada-. El noble con quien te casarás protegerá este reino cuando yo ya no esté.
O al menos... eso era lo que él creía.
Porque en el fondo de los ojos de Hiraisha había algo más que tristeza.
Había duda.
Como si su corazón le advirtiera que aquel matrimonio no traería paz... sino el comienzo de una tragedia.
-Sí, padre... -respondió Hiraisha con una voz profunda y firme, muy distinta a la fragilidad que ocultaban sus ojos.
Se arrodilló lentamente frente al rey y llevó una mano hasta su pecho, inclinando la cabeza con respeto.
-Le juro que obedeceré su petición. Permaneceré fiel a Ignaria... y protegeré el pacto con Dragons.
El rey la observó en silencio durante unos segundos.
Por un instante, pareció aliviado.
Como si aquellas palabras hubieran calmado el peso que llevaba sobre los hombros desde hacía años.
Afuera, el sonido de las campanas comenzó a escucharse por todo el palacio, anunciando que la ceremonia estaba cerca de comenzar. Las aves levantaron vuelo entre los jardines florecidos mientras el viento arrastraba pétalos rosados y blancos por la habitación.
El rey extendió lentamente su mano temblorosa y acarició el rostro de su hija.
-Eres digna de la sangre real... -susurró-. Mucho más fuerte de lo que imaginas, Igual a tu Madre.
Hiraisha sonrió con suavidad.
Pero apenas bajó la mirada, aquella sonrisa desapareció.
Porque acababa de prometerle obediencia a su padre...
Sin saber que el destino ya había comenzado a romper las reglas de ambos reinos.








