Tardamos demasiado en entenderlo
Una voz entre la multitud
Hay personas que llegan haciendo ruido. Otras cambian tu vida sin que nadie las note.
El primer día de clases siempre tenía el mismo aroma.
El de los cuadernos nuevos, los uniformes recién planchados y los pasillos llenos de estudiantes que corrían de un salón a otro buscando a sus amigos después de las vacaciones.
Sandra caminaba despacio junto a Linda y Kate mientras observaba el movimiento del colegio. Las tres reían por cualquier cosa, hablando de profesores, tareas y de lo rápido que había pasado el verano.
-No puedo creer que ya sea nuestro último año
Dijo Linda, acomodándose la mochila.
-Yo todavía no quiero pensar en eso
Respondió Kate con una pequeña mueca
- Mejor disfrutemos mientras podamos.
Sandra sonrió.
-Este año será diferente.
-¿Por qué lo dices? preguntó Linda.
Sandra se encogió de hombros.
-No lo sé... solo lo siento.
Las tres siguieron caminando sin imaginar que aquellas palabras terminarían convirtiéndose en una realidad.
Las primeras semanas transcurrieron con normalidad.
Clases.
Exámenes.
Trabajos.
Recreos.
Y las largas formaciones de todos los lunes.
Nada parecía distinto.
Hasta que, dos semanas después del inicio del año escolar, el colegio anunció una actividad especial: una exposición de cuentos y obras literarias escritas por los estudiantes.
El patio fue acondicionado con sillas. Los profesores organizaban a los alumnos mientras los participantes esperaban su turno.
Sandra escuchaba las presentaciones con atención, aunque ninguna lograba despertar realmente su interés.
Hasta que el maestro tomó el micrófono.
-Continuamos con la participación de Diego, estudiante de cuarto de secundaria.
Un muchacho de cabello negro, lentes redondos y uniforme impecable subió al escenario con un cuaderno entre las manos.
Parecía tranquilo.
Respiró hondo.
Miró al público apenas un instante.
Y comenzó a leer su voz no era fuerte, era serena.
Cada palabra salía con tanta naturalidad que el murmullo del patio desapareció poco a poco.
No necesitaba llamar la atención.
La historia lo hacía por él.
Sandra dejó de escuchar todo lo que ocurría a su alrededor.
Por primera vez desde que había comenzado la actividad, solo prestaba atención a una persona.
No sabía explicar qué tenía aquel muchacho.
No era el más popular.
Ni el más extrovertido, ni siquiera parecía sentirse cómodo estando frente a tantas personas.
Pero transmitía una tranquilidad que resultaba imposible ignorar.
Cuando terminó de leer, los aplausos llenaron el patio.
Diego hizo una leve inclinación con la cabeza y regresó a su lugar.
Sandra también aplaudió.
Y, sin darse cuenta, volvió a buscarlo con la mirada.
-¿Te gustó el cuento? preguntó Kate.
Sandra tardó unos segundos en responder.
-Sí...
-A mí también
comentó Linda
- Ese chico escribe muy bonito.
Sandra solo asintió.
No dijo nada más.
Ni siquiera se había dado cuenta de que acababa de preguntar por él con la mirada.
Los días siguieron pasando.
Marzo quedó atrás.
Luego llegó abril.
Después mayo.
Y cuando comenzaron las frías mañanas de junio, los lunes empezaron a tener un significado diferente.
Cada formación era igual.
Diego permanecía junto a los demás policías escolares organizando las filas desde las escaleras principales.
Sandra pasaba cerca de él.
Lo observaba apenas unos segundos.
Y luego seguía caminando.
Nunca hablaron, nunca cruzaron una sonrisa, nunca intercambiaron una palabra.
Pero aquellas pequeñas miradas comenzaron a convertirse en parte de su rutina.
Sin darse cuenta, Sandra empezó a esperar con ilusión los lunes.
No por las formaciones.
Sino porque sabía que, durante unos segundos, volvería a verlo.
Una tarde, mientras caminaban por el patio, Linda observó a su amiga con atención.
-Últimamente estás muy distraída.
Sandra levantó la vista.
-¿Yo?
Kate sonrió.
-Sí... Como si tu cabeza estuviera en otro lado.
Sandra soltó una risa nerviosa.
-Están imaginando cosas.
-Puede ser... - respondió Linda.
- Pero sentimos que escondes un secreto.
Sandra bajó la mirada.
No respondió.
Porque, por primera vez en mucho tiempo...
Ellas tenían razón.
Aquella noche, mientras hacía sus tareas, recordó la voz de Diego leyendo aquel cuento.
Sin saber por qué, sonrió.
Y por primera vez escribió un nombre en la última hoja de su cuaderno.
Diego.
Solo eso.
Nada más.
Lo observó durante unos segundos.
Después cerró el cuaderno con rapidez, como si alguien pudiera descubrir su pequeño secreto.
Sin imaginar que, en algún lugar del mismo colegio...
Ese muchacho reservado estaba a punto de comenzar una historia que cambiaría la vida de ambos.
Continuará...








