Despues de ti, nadie.
Capítulo I
La princesa y la bandida
Mi nombre es Brisa. Y si alguien te cuenta que soy una ladrona, una forajida o la criminal más buscada de Asteria... no te está mintiendo.
Pero tampoco te está contando toda la verdad.
Nunca quise convertirme en una bandida.
Cuando era pequeña soñaba con recorrer el mundo, descubrir ciudades perdidas y conocer a los dragones que, según las leyendas, dormían entre las montañas de cristal.
La vida tenía otros planes.
Cuando cumplí doce años, los soldados del reino incendiaron nuestro hogar buscando a un hombre que jamás encontraron.
Ese hombre era mi padre.
No les importó que mi madre suplicara.
No les importó que yo solo fuera una niña.
Aquella noche comprendí que en Asteria la justicia solo existía para quienes llevaban una corona.
Desde entonces aprendí dos cosas.
La primera...
Nunca confiar en un noble.
La segunda...
Si el reino iba a llamarme criminal, al menos sería una criminal con mis propias reglas.
Jamás robé una moneda a quien la necesitara.
Nunca levanté una espada contra un inocente.
Y siempre dejaba una pluma blanca en el lugar de cada robo.
Era mi firma.
Mi manera de decir:
“La Sombra del Bosque estuvo aquí.”
Con el tiempo, los niños comenzaron a inventar historias sobre mí.
Algunos aseguraban que podía hablar con los lobos.
Otros decían que desaparecía entre los árboles como si el bosque mismo la protegiera.
La verdad era mucho menos impresionante.
Solo sabía correr muy rápido.
Aquella mañana desperté con el canto de un fénix cruzando el cielo.
Eso solo significaba una cosa.
El Festival de las Dos Lunas había comenzado.
Durante una semana, los cinco reinos olvidaban sus diferencias para celebrar la paz.
Había música.
Mercados.
Torneos.
Magia.
Y, por supuesto...
Muchísimo oro.
Demasiado oro.
Sonreí.
—Hoy será un gran día para trabajar.
Mi mejor amigo, un pequeño zorro mágico llamado Ámbar, soltó un gruñido como si estuviera de acuerdo.
—No me mires así —le dije mientras ajustaba el cinturón donde llevaba mis dagas—. Solo vamos a quitarles unas cuantas monedas a quienes tienen demasiadas.
Ámbar rodó los ojos.
Sí.
Los zorros mágicos podían hacer eso.
La Ciudad Blanca estaba más llena que nunca.
Los puestos de comida perfumaban las calles.
Los músicos hacían bailar incluso a quienes juraban no saber hacerlo.
Niños perseguían pequeñas hadas de colores.
Mercaderes ofrecían espadas encantadas, pociones imposibles y mapas hacia lugares que probablemente ni existían.
Era el caos perfecto.
Y el caos era mi hogar.
Mientras todos miraban el desfile real, yo caminaba entre la multitud con la capucha cubriéndome el rostro.
Una bolsa de monedas aquí.
Un reloj encantado allá.
Un anillo demasiado caro para alguien tan arrogante.
Trabajo fácil.
Hasta que sonaron las trompetas.
Todo el mundo guardó silencio.
Las puertas del palacio se abrieron lentamente.
—La princesa...
—¡Es la princesa!
—¡Naila!
Levanté la vista sin demasiado interés.
Había visto nobles toda mi vida.
Todos iguales.
Orgullosos.
Fríos.
Convencidos de que el mundo existía para servirles.
Pero entonces...
La vi.
No llevaba una expresión arrogante.
Sonreía a los niños.
Se detenía a hablar con los ancianos.
Ayudó a una niña a levantarse después de tropezar con su vestido.
Y cuando un pequeño le regaló una flor silvestre, en lugar de entregársela a un sirviente, la colocó con cuidado en su cabello.
Fruncí el ceño.
—Qué princesa tan rara...
No sé cuánto tiempo pasé observándola.
Lo suficiente para cometer el peor error que puede cometer una bandida.
Distraerme.
Sentí una mano sujetando mi muñeca.
—Te encontré.
Giré de golpe.
Un guardia real.
Sonreí de medio lado.
—Pues tendrás que atraparme primero.
Le di un empujón y eché a correr entre la multitud.
Los guardias comenzaron a perseguirme mientras la gente gritaba y se apartaba del camino.
Salté sobre un puesto de frutas.
Corrí por el borde de una fuente.
Me impulsé hasta el tejado de una panadería.
Escuchaba los gritos detrás de mí.
—¡Atrápenla!
—¡No dejen escapar a la Sombra del Bosque!
Reí.
Aquello ya era una costumbre.
Lo que no esperaba...
Era que, al girar en una esquina, chocaría de frente con alguien.
Caí al suelo.
La otra persona también.
Mi capucha resbaló, dejando mi rostro al descubierto.
Cuando levanté la vista...
Era ella.
La princesa Naila.
Nuestros ojos se encontraron por primera vez.
Y, por un instante, el ruido de la ciudad desapareció.
No vi a los guardias.
No escuché las trompetas.
Solo vi aquellos ojos color esmeralda observándome con una mezcla de sorpresa... y curiosidad.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Parpadeé.
¿Qué clase de princesa se preocupaba por una criminal?
No respondí.
Solo me puse de pie, recuperé la capucha y sonreí con esa sonrisa que siempre aparecía cuando estaba a punto de hacer una locura.
—Gracias por amortiguar la caída, princesa.
Le guiñé un ojo.
Y desaparecí entre los tejados antes de que los guardias pudieran alcanzarme.
Mientras corría, no podía dejar de pensar en una sola cosa.
“Creo que acabo de conocer a la única princesa capaz de robarme algo...”
“Mi tranquilidad.”








