Prólogo El principio del fin.
—Los salvaré. Los salvaré a todos, ténganlo por hecho, solo aguanten un poco más...
Dijo aquel joven en un arrebato de desesperación. La capital ardía. Entre las llamas yacían los cadáveres de algunas personas, mientras otras huían despavoridas, tropezando entre los escombros y el humo espeso que lo cubría todo. Él permanecía de pie en medio de aquel caos; sus ojos, grandes y abiertos de par en par, sostenían una mirada filosa y, al mismo tiempo, extrañamente inocente, como si aún no terminara de comprender la magnitud de lo que estaba presenciando.
Se dio la vuelta despacio, tratando de reconocer el lugar entre la niebla de ceniza que flotaba en el aire. Un olor familiar le llegó al olfato, mezcla de humo y algo más antiguo, algo que no supo nombrar. El viento golpeó su cabello corto y desordenado, arrastrando consigo chispas diminutas que se apagaban antes de tocar el suelo.
Frunció el ceño, y en sus labios se dibujó una sonrisa apenas perceptible, para después echar a correr directo hacia la salida de la capital. Era una puerta gigante, tan alta que su cima se perdía entre el humo, y para cruzarla había que atravesar un puente bajo el cual corría un río cuyas aguas reflejaban, temblorosas, el resplandor anaranjado del incendio.
Se detuvo en seco y sacó un papel del bolsillo de su chaqueta, desdoblándolo con dedos apresurados.
—Veamos...
El viento helaba cada vez más conforme pasaba el tiempo, calando hasta los huesos con cada ráfaga. Guardó el papel y volvió a correr, mientras su chaqueta gris se agitaba violentamente con el movimiento del aire, ondeando tras él como una bandera desgarrada.
Después de haber aumentado la velocidad de sus pasos, dejó atrás la capital y se internó en un bosque inmenso. A su alrededor abundaban los insectos, cuyo zumbido se mezclaba con el susurro constante de las hojas, movidas por el viento en un rumor que, extrañamente, resultaba relajante en contraste con el infierno que acababa de dejar atrás.
—Tengo que regresar a la torre.
Continuó caminando, pisando las ramas caídas y esquivando los troncos que yacían tirados por el suelo del bosque.








