Capítulo 1: El principio del juego
Este antro de la alta sociedad era, ante sus ojos, tan insípido como cualquier otro. El lujo no lograba atraer su atención; el humo espeso le irritaba las fosas nasales y la mezcla sofocante de perfumes caros y alcohol le punzaba en las sienes. El ruido de la música, al máximo volumen, parecía martillar sobre su cerebro con una cadencia molesta.
Casidi se apoyó sobre la barandilla, observando el local desde las sombras. En la historia original, aquel era el lugar donde su vida se derrumbaba, todo orquestado por su “mejor amiga”, Angela. Lo único que Angela tenía de ángel era el nombre; en realidad, era una bruja malvada, ruin y devorada por la envidia. Casidi había regresado en el tiempo y estaba dispuesta a arrebatarle el futuro que la otra intentaba robarle. Lo que Angela ignoraba era que Casidi no solo era humana: era una mujer loba, la compañera de Derek, el líder de los lobos del Sur. Ante el mundo, él era un empresario de renombre mundial al mando de TW S – Tecnología Wolf Sur, en una época donde la tecnología apenas despuntaba, asemejándose a los años 70.
Una sonrisa gélida se dibujó en sus labios al ver a Angela bailar, moviéndose como una perra en celo, frotando su cuerpo contra tres hombres.
--Escoria -- murmuró la loba desde el interior.
Eran disidentes, hombres lobo sin clan, conocidos por vivir de robos, drogas y armas.
-- Casidi, concéntrate -- la voz de Lara resonó en su mente, fría y calculadora. -- Derek amaba a la vieja Casidi. Era su “otra mitad”, su luna, pero la muy idiota era tan celosa y conservadora que no sabía cómo complacerlo. El hombre quería fuego, no una santa. Ella era demasiado inocente y él nunca se molestó en enseñarle nada. --
-- ¿Y tú qué sabes de complacer? -- respondió Lara con ironía interna, mirando el espectáculo.
Casidi puso los ojos en blanco, sintiendo las garras de Lara arañar la superficie de su consciencia.
-- Sé más que ella, cariño -- respondió Casidi, con una voz juguetona y cargada de seguridad. -- No olvides que fui yo quien leyó el libro en nuestra vida anterior. Alguien seguro transmigró y escribió esa novela; el título era “La Luna engañada por su amor”. No teníamos secretos, ya que Lara podía ver mi vida pasada y el mundo moderno del que provenía. Somos un equipo en esta vida, un solo ser. Ahora, deja de dudar y termina con esto. --
-- Tengo los recuerdos del pasado -- replicó Lara. Sus mentes estaban compartidas, un flujo constante de información. -- Aunque este retorno al tiempo no fue perfecto, también poseemos los recuerdos de la novela que leíste. Sé exactamente lo que ocurrirá: esa loca de Angela, renacida y usando sus memorias, intentará conquistar a Derek. Algo que jamás logrará. Volvimos al inicio, y esta nueva versión tuya es la única adecuada para sobrevivir a este mundo. --
Lara aceptó la realidad con una sonrisa interna. Aunque la Casidi del otro mundo era inocente como un papel en blanco, vibraba con una sensualidad capaz de volver loco a cualquier hombre. Sumado a su personalidad pícara, a esa energía fría y distante que emanaba —como si fuera la reina de todas las bestias—, Casidi era poderosa en esencia. Quizás no podía superar a un Alfa en fuerza bruta, pero sí podía estremecerlo con su sola presencia, y a cualquier otro lobo... podría devorarlo de un solo mordisco.
Lara se sentía profundamente complacida con Casidi. Le fascinaba su energía y su temperamento; era un alma que, a pesar de sus momentos de timidez bien ocultos, encajaba a la perfección con la suya. Eran compañeras divertidas, unidas por un destino y un enlace irrompible.
Sin embargo, el recuerdo de su muerte las golpeó a ambas con la misma violencia: encontrar a Derek con su “mejor amiga” dándole contra la pared. El dolor, la huida desesperada, la caída por las escaleras... el final de su vida y la de su bebé. Un accidente ridículo que les costó todo. Al rememorar la historia, les parecía una farsa absurda y, por momentos, la sed de sangre que sentían amenazaba con desbordar su control.
-- Se acabó el tiempo de lamentarse, Lara -- pensó Casidi, mientras su determinación se endurecía como el acero. -- Hoy no será el final para ella. Su sufrimiento apenas comienza; quiero disfrutar cada segundo de su caída, alargar su agonía durante mucho tiempo hasta que no le quede nada. --
En el libro, la estrategia de Angela era simple: atraer a Casidi al antro para drogarla y forzarla a un trío con aquellos vagabundos. Lo que la estúpida de Angela ignoraba era la naturaleza de su presa: con los lobos no se juega. Si los excitaba sin control, aquellos disidentes la despedazarían hasta quedar satisfechos, y su pequeño cuerpo humano no sobreviviría a semejante brutalidad.
Pero el plan de Angela era aún más retorcido: quería destrozar a Casidi, para luego buscar a Derek, acostarse con él y encadenarlo a su voluntad.
-- Esta noche, ella no vendrá a salvarla, pero tampoco morirá rápido -- dictaminó Lara, con una frialdad gélida. -- Interceptaremos a Derek antes de que caiga en sus garras. Vamos a jugar con ella, a dejar que crea que tiene el control mientras, episodio tras episodio, le arrebatamos todo lo que ama y la vemos desmoronarse lentamente. Hoy, el destino cambia. --
Casidi se dejó caer hacia atrás en el sofá, cruzando sus largas y esculturales piernas con una elegancia deliberada. El movimiento no pasó desapercibido; atrajo instantáneamente las miradas de los hombres en la sala, desatando una oleada de tensión sexual que ella ignoró con absoluta indiferencia. Su aspecto era una obra de arte calculada: el rostro delicado, de piel blanca rosada como la leche, casi translúcida, destacaba bajo la máscara de encaje rojo que dejaba ver solo sus ojos azules, brillantes como dos gemas y acentuados por un delineador negro que les otorgaba una belleza efímera. Su cabello, una cascada de rizos pelirrojos sedoso, caía hasta la mitad de su espalda, enmarcando el vestido rojo vino que lucía, corto y ceñido como una segunda piel con hilos dorados entrelazados. El diseño, con mangas tipo mariposa y un escote en V profundo, revelaba una figura perfecta, apenas adornada por un medallón de estrella que colgaba de una cadena fina en su cuello. Mientras sus dedos largos, con uñas pintadas en un carmesí intenso y anillos de oro que destellaban bajo los focos, hacían tintinear los hielos en su copa de Coca-Cola, sus zapatos de tacón de aguja y punta fina con una gema transparente en forma de corazón completaban su imagen. Gracias a la enseñanza de Lara, había creado un perfume capaz de enmascarar su aroma de loba, manteniéndola oculta ante los de su especie mientras se convertía en el centro magnético de la noche.

Sus labios, color melocotón, brillaban con una sensualidad que obligaba a los hombres de la sala a tragar saliva, pero ella ni siquiera los miraba. Estaba centrada en la pista de baile, donde Lara, desde su interior, sonreía; los ojos azules de Casidi, en la penumbra, comenzaban a destellar con un intenso color calabaza.
Mientras tanto, los tres hombres habían arrastrado a una pequeña y eufórica Angela hacia la zona de los servicios. Allí, al fondo, un callejón olvidado servía de refugio para los amantes de bajo estatus que buscaban un rincón de liberación —muy lejos del lujo de las habitaciones privadas reservadas para la élite—. Solo había contenedores de basura, desorden en el suelo y una solitaria lámpara que parpadeaba, agonizando.
Casidi se levantó y bajó las escaleras con el porte de una reina. Sus pendientes de oro y perlas se movían como campanas al viento, rozando su largo cuello. Por fin, se permitía ser la mujer que realmente era: una fuerza capaz de moverse y hablar con una seducción natural, sin artificios. Ya no había rastro de la ropa conservadora que antes ocultaba su verdadero yo.
Llegó al pasillo que conducía a los baños, seguida por las miradas de envidia y celos de hombres y mujeres por igual. El eco de sus tacones era apenas un susurro, amortiguado por el estruendo de la música que retumbaba en las paredes. Se detuvo en la penumbra, escuchando.
Angela, con los labios marcados por besos torpes, se apartó ligeramente del hombre que la acosaba y susurró:
—¿Qué tal si llamo a mi amiga? Podríais divertiros mucho. Es hermosa: tiene pechos grandes, caderas estrechas y un trasero redondo y firme —dijo, acariciando coquetamente el pecho del hombre. Estaba nerviosa; temía que su plan fallara, pero necesitaba que Casidi cayera allí para deshacerse de ella y quedarse, finalmente, con el guapo presidente.
—¿Quieres escapar? —preguntó uno de los hombres con voz ronca, como un acordeón roto.
En la penumbra, Casidi sostenía su móvil, grabando cada palabra con precisión quirúrgica.
—No. A mi amiga le gustan estas cosas... cuanto más sean, más disfruta —mintió Angela con voz dulce.
—Bueno, llámala ahora mismo. —
Angela sacó su móvil de debajo del tirante del sujetador y, con manos temblorosas, marcó. Se alejó unos pasos, intentando articular frases coherentes. El teléfono en la mano de Casidi iluminó la oscuridad: la llamada entraba, pero Casidi la mantuvo en silencio, dejándola sonar. Su “amiga” era persistente, llamando una y otra vez.
Los labios de Casidi se curvaron en una sonrisa fría. Lara, en total alerta, analizaba cada ruido y cada sombra, deleitándose con la fragilidad de Angela antes de que el destino terminara de cerrarse sobre ella.
Las manos de Angela temblaban mientras el móvil, ajeno a su desesperación, seguía sin dar respuesta. No entendía qué pasaba; Casidi siempre le contestaba, siempre la cuidaba como si fuera su hermana menor. Desde los tiempos del instituto, Casidi había sido su escudo, enfrentándose a hombres que supuestamente intentaban acusarla o hacerle daño. Pero hoy, el silencio de su amiga era un abismo.
Ardiendo de furia, Angela volvió a marcar el número una y otra vez, pero el tono seguía retumbando en el vacío.
—No puedo tener tan mala suerte —murmuró entre dientes. Necesitaba dinero urgentemente; quería seducir a un hombre rico esta noche para mantenerse hasta que Edward regresara de Aurora, el continente más hermoso del mundo, en dos o tres semanas. El plan original, ese que ella misma había trazado para arruinar a Casidi, se estaba desmoronando, pero ella no podía detenerse.
Antes de que pudiera marcar de nuevo, uno de los hombres le arrebató el móvil de las manos.
—No llames más. Ya está “dormida” —gruñó él con una sonrisa depredadora—. La próxima vez será.
La brutalidad estalló en el callejón. Sus manos grandes y curtidas la sometieron con aspereza, y la piel de Angela pareció desgarrarse contra la barba áspera de sus atacantes. Cuando uno de ellos la embistió por detrás, el dolor fue tan agudo que un grito escapó de su garganta, ahogado por el estruendo de la música que seguía sonando al otro lado de la pared, ajena a su tragedia.
—Para, es demasiado grande —logró sisear ella entre quejidos.
—Acostúmbrate. Lo nuestro es aún más grande... abre la boca para mí.
Sin embargo, tras el impacto inicial, el placer prohibido y la lujuria de la propia Angela tomaron el control. Empezó a moverse con una impaciencia más salvaje que la de ellos mismos, entregándose al instinto que siempre había intentado ocultar tras su fachada de “buena amiga”.
-- Lara, ¿ves esto? Está completamente loca -- Casidi observaba la escena, sintiendo un escalofrío de asco y fascinación. -- No puedo creer que se deje llevar de esa manera tan vil.--
-- Es su naturaleza, Casidi. Siempre fue así -- respondió Lara con una frialdad gélida, disfrutando de cada segundo de la humillación de Angela. -- Lo mejor de todo esto es que ella misma está cavando su tumba, y lo está haciendo con una sonrisa. Sigue mirando, el espectáculo apenas comienza. --








