Prologo: El cuaderno Salvatierra
Dicen que en el kilómetro 126, si la noche es cerrada y no hay luna, puede verse desde la ruta una luz amarilla flotando en la bruma. No es un farol. Es la lámpara de gas del vestíbulo del Hotel del Ánima, encendida por el señor Salvatierra justo antes de que llegues.
Edmundo Salvatierra se sienta todas las madrugadas en la recepción del hotel. Su escritorio es de roble, antiguo, cubierto por una capa fina de polvo y otra de memoria. La lámpara de gas a su izquierda parpadea como un ojo insomne. No hay teléfono, ni computadora. Solo una libreta de tapas negras, con hojas gruesas, escritas con una letra firme y oblicua, con tinta negra que nunca parece secarse del todo.
Ahí están los nombres de todos los que pasaron. Los reales y los que aún no llegaron. Algunos están tachados. Otros subrayados. Los hay repetidos.
Cuando no hay huéspedes —cosa frecuente, aunque el cuaderno diga lo contrario—, Salvatierra abre al azar una página y recita en voz baja:
—El joven Delmiro Díaz. Una noche. No volvió a hablar. Habitación 207.
—La señora Antonia Gadea. Tres noches. La buscaron diez años. Dijo que venía de 1943.
—Huésped sin nombre. Piso tres. Pacto en vigencia.
Nadie lo ve escribir. Pero cada nombre nuevo aparece en la mañana siguiente. A veces antes de que lleguen.
Edmundo tiene una forma de mirar que incomoda. No porque sea agresiva, sino porque es demasiado suave, como si ya supiera qué pasó. O qué va a pasar.
Nunca deja el hotel. Se desplaza en silencio, incluso cuando camina con su bastón. Aparece en lugares donde nadie lo vio entrar. Algunos huéspedes aseguran que lo vieron más joven años atrás. Otros, mucho más viejo. Nadie sabe su edad. Algunos juran que figura en una foto del hotel fechada en 1937, y otros dicen haberlo encontrado en un artículo de 1986, con otro nombre, pero la misma sonrisa.
Cuando alguien pregunta qué significa “Del Ánima”, él responde:
—Es un lugar de paso. Entre cosas. Entre tiempos. Entre decisiones.
Luego cambia de tema. Ofrece té, aunque nadie lo haya pedido.
En su cuaderno, cada historia es un rastro, una cicatriz, un susurro que dejó marca en las paredes del hotel. Estas páginas —las que estás por leer— son fragmentos de ese registro.
Historias que no siempre suceden en el orden correcto, ni en el tiempo adecuado. Pero que comparten un punto en común: todos pasaron una noche en el Hotel del Ánima.
Y casi todos... salieron distintos








