Donde comienza la noche
"Había aprendido que algunas personas lloraban cuando el mundo se les venía encima. Ella, en cambio, sonreía. Sonreía hasta convencerse de que todo estaba bien, aunque por dentro sintiera que algo se estaba rompiendo."
El despertador sonó a las 6:30, como cada día. Jayl abrió los ojos, miró el techo durante unos segundos y respiró hondo. No porque quisiera empezar el día, sino porque sabía que no tenía otra opción. Se levantó, se vistió en silencio y salió de casa con la misma sensación que la acompañaba desde hacía meses: la de estar viviendo una vida que ya no sentía suya.
Al salir de casa, sentí que una parte de mí se quedaba atrás. Extrañaba despertar frente al jardín de mis padres, donde el sol entraba por la ventana y, por un instante, todo parecía estar en su lugar.
Hasta que el sonido de un taxi me devolvió a la realidad. Subí sin decir una palabra y me quedé mirando por la ventana.
Taxista: Buenos días, señorita. ¿A dónde se dirige?
Jayl: Buenos días. Por favor, lléveme al centro de la ciudad.
Taxista: Claro. ¿Tiene una dirección específica?
Jayl: Sí. Está en la avenida principal, frente al parque.
Mientras observaba las largas y ruidosas calles de la ciudad, una notificación apareció en la pantalla de mi teléfono. Era un mensaje de mis padres.
"Hola, mi querida. Sabemos que has estado muy ocupada estos días y estamos preocupados. Ya casi se cumple un año desde tu última visita. ¿Todo está bien, nena? Te queremos mucho. 💗"
Esas pocas palabras me rompieron por dentro. Había estado tan ocupada con el trabajo, organizando eventos, atendiendo reuniones y quedándome hasta tarde en la oficina, que sin darme cuenta había dejado pasar casi un año sin visitar a las personas que más amaba.
—Señorita... hemos llegado.
La voz del taxista interrumpió mis pensamientos.
Parpadeé varias veces antes de volver a la realidad. Miré por la ventana y allí estaba el edificio donde trabajaba desde hacía dos años.
Pagué el viaje, agradecí con una sonrisa que no sentía y bajé del taxi.
Subí lentamente las escaleras hasta el tercer piso. Al abrir la puerta, el bullicio de la oficina me recibió de inmediato.
Mi oficina era una empresa dedicada a la organización de eventos. En un rincón sonaban teléfonos sin descanso; alguien discutía los últimos detalles de una boda y otra persona revisaba la decoración para una conferencia. Todo el mundo parecía correr contra el reloj.
Yo respiré hondo, dejé mi bolso sobre el escritorio y encendí la computadora. Afuera apenas comenzaba la mañana, pero dentro de mí la noche seguía allí.








