Prólogo
Dicen que hubo un tiempo en el que la magia danzaba por los cielos como estrellas errantes, donde los ríos cantaban hechizos y los árboles contaban historias. Un tiempo en el que los dragones no eran leyendas, y los susurros del viento no eran ecos… sino voces. Ese tiempo se extinguió. Nadie sabe con certeza cuándo comenzó a morir. Algunos culpan al avance de la razón, otros a las guerras entre reinos, pero los más sabios susurran que la magia no fue destruida… sino sellada. Enterrada bajo siglos de olvido y dolor. Fue entonces cuando los altares elementales se apagaron. Las piedras, que alguna vez brillaron con el corazón de la creación, se esfumaron como niebla en el alba. Y con ellas, los guardianes que custodiaban los dones del fuego, del agua, de la tierra y del aire… desaparecieron. Las ciudades olvidaron. Los libros callaron. Y los niños crecieron sin conocer los nombres de los antiguos. Pero no todo fue borrado. En una vieja torre, oculta entre los riscos del Reino de Piedra, una voz anciana aún susurraba cuentos al oído de un niño que creía en lo imposible. Un niño con ojos demasiado grandes y manos que temblaban al invocar el fuego. Un niño de un linaje casi extinto. El último de los Thorne. Su nombre era Eryndor, no era un prodigio, no era un erudito. Y sin embargo, en su sangre dormía un eco. Un último susurro de la magia del mundo. Y cuando la sombra regresó… él fue el único que la oyó. Esta es la historia de un mundo al borde del olvido… De un muchacho que no pidió ser héroe… Y de una elección que cambiaría el destino de todos. Porque nada grande se alcanza sin sacrificio. Y algunos héroes… no dejan estatuas. Solo leyendas.








