La mirada al cielo
El frío de la noche envolvía el ambiente; su cuerpo ya no sentía cómo el frío golpeaba contra él, muy diferente a lo que tenía hace pocas horas, un calor asfixiante que tiempo atrás lo torturaba. Allí estaba tirado con la arena infinita que brillaba con los pequeños rayos de la luz lunar, en un mundo sin ruido donde el tiempo se perdió en la pesada soledad. Su mirada estaba fija en el cielo sin inmutarse las estrellas, absortas en su existencia.
Sin gota de agua, apenas respiraba, y ese esfuerzo raspaba sin tregua su garganta. ¿Qué hago aquí? ¿Acaso esto es lo que me espera sin haber concluido nada valioso en esta vida?, se preguntó.
Sus ojos podían ver las luces que estaban más allá del cielo, pero no sentía más que pesadez en su mente. Cerró los ojos por un segundo, respiró y volvió a contemplar los puntos de luz que estaban sobre él. De pronto, un silbido seco golpeó la arena y ese frío tocó con fuerza su rostro; era el viento que se hizo presente en la soledad del desierto. En su corazón sintió una punzada. Entiendo que estaba próximo a dejar el desierto, a dejar los colores, las luces, el tiempo y el espacio. Y como un río, en su cabeza iniciaron a llegar pensamientos. Estaba bien antes. No tenía que conocer este lugar. Podría seguir en una oficina llenando papeles. Viviendo como todos. Pero tenía que conocer el desierto. Arrastrado por un sentimiento que perdía sentido ahora que la arena lo envolvía en esos últimos minutos. Todo se desvanecía en la arena.
Una ráfaga fuerte sacudió su ropa y le pareció haber escuchado algo, pero la esperanza es traicionera; lo dejó pasar, ni se inmutó en dar algo de esfuerzo. El sonido era sutil, se acercaba, tenía ritmo, lento pero firme. Ligero y pesado. Una voz irrumpió en el lugar, rompió el espacio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó una voz.








