Capítulo 1: La soberana del Pacífico
El sol de Hawái ya no era para mí una simple fuente de calor; era el testigo silencioso de mi consolidación. A mis 26 años, el nombre de la Corporación Lucy Munich se había convertido en sinónimo de una eficiencia brutal y una elegancia que intimidaba a los hombres de negocios más curtidos del Pacífico.
Mi vida se había transformado en un mecanismo de precisión. Las mañanas comenzaban antes del alba con un entrenamiento de alto impacto en el gimnasio privado de mi mansión sobre el acantilado; cada gota de sudor era una reafirmación de mi control, cada músculo tonificado era un recordatorio de que mi cuerpo ya no le pertenecía a la debilidad ni a la sumisión de mi tío. Me miré al espejo tras terminar una serie de pesas: mi reflejo mostraba a una mujer exuberante, con una silueta esculpida por la disciplina y una mirada que no pedía permiso, sino que exigía obediencia.
Sin embargo, la Rosalie que Alexander había dejado atrás ya no vivía encerrada en las sombras de una oficina. Había aprendido a respirar fuera del aire enrarecido de la corporación.
Aquella noche, el Sky Lounge de Honolulu estaba abarrotado, pero yo ocupaba la mesa central con esa seguridad que solo el poder otorga. A mi lado, mi círculo social —un grupo selecto de empresarios y figuras influyentes de la isla que no tenían ni idea de los secretos que cargaba mi sangre— reía ante alguna ocurrencia de mi parte. Me sentía vibrante, vestida con un diseño minimalista que acentuaba mi figura trabajada. Por primera vez en dos años, el peso del nombre Munich se sentía como una corona, no como una soga.
—A tu salud, Julian —dije, elevando mi copa de champán mientras el inversor de tecnología intentaba, sin éxito, descifrar la barrera gélida que yo proyectaba—. Estás más radiante que nunca. ¿A qué se debe el buen humor? —preguntó él, ignorando que mi brillo no era felicidad, sino el triunfo de quien ha sobrevivido a su propio infierno.
Sentí el murmullo de la música y las risas ajenas como un ruido de fondo que yo misma orquestaba.
—Digamos que he aprendido a disfrutar de las vistas —respondí con una sonrisa enigmática, mientras mis ojos barrían el salón con una seguridad depredadora—. La vida es demasiado corta para vivir en el pasado.
Me distraje un momento, disfrutando de la ligereza de una conversación trivial, algo que antes me habría parecido una pérdida de tiempo criminal. Pero mientras reía y aceptaba una invitación para navegar el fin de semana, un escalofrío, un instinto atávico que ni dos años de calma habían logrado erradicar, me recorrió la nuca. La atmósfera de la fiesta, tan llena de luz y despreocupación, de repente me pareció insípida. La verdadera batalla, el juego de poder que realmente importaba, estaba a punto de reiniciarse.
No lo sabía entonces, pero esa paz era solo el silencio antes de la tormenta. Al otro lado del mundo, el amo del Elba ya estaba preparando su regreso, y mi libertad estaba a punto de ser puesta a prueba.








