Capítulo 1: La Luna Carmesí
El viento golpeaba con fuerza las ventanas de la pequeña casa de madera.
Alessia Moreau dejó el libro que estaba leyendo sobre la mesa y levantó la mirada hacia el reloj.
11:47 p. m.
Suspiró.
—La abuela otra vez se quedó dormida viendo la televisión...
Apagó el viejo aparato, acomodó la manta sobre la anciana y caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua.
Fue entonces cuando las luces comenzaron a parpadear.
Una.
Dos.
Tres veces.
—Genial... justo hoy.
El pueblo de Văloria era conocido por sus constantes cortes de energía. Vivir rodeada de montañas y bosques tenía su encanto, pero también significaba soportar tormentas que parecían no terminar nunca.
Sin embargo, esa noche era diferente.
El aire se sentía pesado.
Como si algo estuviera observándola.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Entonces...
Un largo aullido atravesó el bosque.
Alessia dejó el vaso sobre la encimera.
No era un lobo común.
Ese sonido era demasiado profundo.
Demasiado... humano.
Intentó convencerse de que solo era su imaginación.
Pero otro aullido resonó.
Y luego otro.
Cada vez más cerca.
La lluvia empezó a caer con fuerza.
Las ramas golpeaban el techo mientras el viento silbaba entre los árboles.
Alessia caminó hasta la ventana.
No debía mirar.
La abuela siempre se lo decía.
"Si escuchas a los lobos durante una Luna Carmesí... no mires hacia el bosque."
Nunca entendió esa advertencia.
Hasta ahora.
Levantó lentamente la cortina.
El bosque estaba completamente oscuro.
O eso creyó.
Dos ojos plateados aparecieron entre los árboles.
La observaban.
No parpadeaban.
No se movían.
Solo la miraban.
Alessia dio un paso hacia atrás.
—¿Qué...?
En ese instante, los ojos desaparecieron.
Un fuerte golpe sacudió la puerta principal.
¡PUM!
Otro.
¡PUM!
La casa entera tembló.
—¡Abuela!
Corrió hasta la sala.
La anciana seguía profundamente dormida.
Era imposible.
Con ese ruido cualquiera habría despertado.
—¡Abuela!
No respondió.
El golpe volvió a escucharse.
Más fuerte.
Más violento.
Alessia tomó el viejo bate de madera que descansaba junto a la entrada.
Respiró hondo.
Giró lentamente la perilla.
Abrió apenas unos centímetros.
No había nadie.
Solo la lluvia.
El viento.
Y el bosque.
—Estoy perdiendo la cabeza...
Cuando estaba por cerrar la puerta, algo brillante llamó su atención.
Había un colgante de plata sobre el suelo.
Tenía grabada una media luna rodeada por símbolos extraños.
Nunca lo había visto.
Lo tomó entre sus manos.
Estaba tibio.
Como si alguien acabara de sostenerlo.
En cuanto sus dedos tocaron el metal...
Un dolor insoportable atravesó su pecho.
—¡Ah!
Cayó de rodillas.
El colgante emitió un destello rojo.
Una marca comenzó a dibujarse lentamente sobre su piel, justo debajo de la clavícula.
Una media luna.
Rodeada por líneas oscuras que parecían extenderse como raíces.
El dolor desapareció tan rápido como había llegado.
Alessia respiraba con dificultad.
Miró la marca, completamente aterrada.
—¿Qué... qué es esto?
Un relámpago iluminó el bosque.
Y, durante apenas un segundo...
Lo vio.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, inmóvil entre los árboles.
Sus ojos plateados brillaban bajo la lluvia.
No apartaba la vista de ella.
Entonces habló.
Aunque estaba demasiado lejos para escuchar una voz humana.
Ella lo oyó perfectamente.
—Por fin te encontré.
El trueno retumbó sobre las montañas.
Y la Luna Carmesí apareció entre las nubes.








