Capítulo 1: Amabilidad
Para la superficie, el mundo de abajo era un mito ridículo que los científicos descartaban en foros de internet y los conspiranoicos debatían a puerta cerrada: la Tierra Hueca. Pero para aquellos que cumplían los trece años con la sangre equivocada, no era una teoría. Era un latido en las sienes. Una vibración magnética que te arrastraba hacia las profundidades, obligándote a dejar atrás tu habitación, tus juguetes y a una familia humana que jamás volvería a verte.
Cruzar el umbral hacia Aethelgard significaba morir para el mundo de arriba. Y nacer en un eterno crepúsculo.
—No deberías estar aquí, chico de lodo.
La voz, cargada de una condescendencia afilada, rebotó en las paredes de piedra húmeda del callejón. El sol interno de Aethelgard, una esfera de éter dorado suspendida en lo alto de la colosal bóveda subterránea, apenas filtraba su luz entre los tejados de la academia.
El muchacho estaba arrinconado contra el muro de ladrillo rúnico. Sus manos temblaban mientras sostenía con fuerza un gastado cuaderno de notas contra su pecho. Tenía los ojos fijos en el suelo, tratando de encoger sus hombros para hacerse invisible. Frente a él, tres estudiantes de s año le cerraban el paso. El que lideraba el grupo, un joven de ademanes elegantes pero mirada altiva, lucía unas orejas ligeramente puntiagudas y un sutil destello plateado en las sienes; un linaje de elfo de las profundidades, orgulloso y hostil.
—Te lo he preguntado con amabilidad —insistió el elfo, dando un paso adelante mientras un hilo de corriente eléctrica, azul y chispeante, danzaba entre sus dedos—. ¿Qué hace alguien sin linaje real merodeando por el pabellón de conjuros avanzados? Los de tu clase apenas si pueden encender una fogata.
El chico tímido tragó saliva, apretando los dientes. El miedo lo tenía paralizado.
—Yo... solo quería... —balbuceó, pero la electricidad en la mano del otro creció con un chasquido amenazante.
—A los de la superficie les falta educación. Tal vez un pequeño correctivo te ayude a recordar tu lugar.
El elfo levantó la mano, dispuesto a lanzar la descarga, cuando una sombra delgada se proyectó en la entrada del callejón.
—Disculpen.
La voz fue suave, casi un murmullo, pero de alguna manera cortó el zumbido de la electricidad en el aire.
Los tres agresores se giraron, molestos por la interrupción. En la entrada del callejón se encontraba una chica. Llevaba el uniforme de la academia, aunque se notaba impecablemente nuevo, sin una sola arruga. Cargaba una maleta de cuero desgastada en una mano y unos libros bajo el brazo. Su cabello ondulado caía con suavidad a los lados de su rostro, enmarcando unas facciones de una belleza serena, casi irreal, y unos ojos tranquilos que miraban la escena sin una pizca de miedo o ira. Solo había una curiosidad templada en su mirada.
—¿Y tú quién eres? —escupió uno de los acompañantes del elfo, un semihumano de complexión robusta—. Lárgate si no quieres problemas, nueva.
La chica no retrocedió. Dejó su maleta en el suelo de piedra con delicadeza, asegurándose de que no se ensuciara con el lodo del callejón. Sabía exactamente lo que estaba pasando; sabía que lo correcto era intervenir, pero la idea de entablar una discusión verbal, de gritar o de dar un discurso sobre la justicia le resultaba increíblemente agotadora. No era buena con las palabras. No sabía cómo exigir las cosas en voz alta sin sonar torpe.
Así que prefirió actuar.
—Por favor, déjenlo ir —dijo ella, dando un paso al frente. Su tono era plano, carente de la teatralidad que los estudiantes de la academia solían usar para desafiarse.
El líder elfo soltó una carcajada seca.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer si no lo hacemos, preciosa? ¿Llorar?
Él apuntó su mano cargada de rayos directamente hacia ella, buscando intimidarla. Una chispa de energía azul salió disparada hacia su rostro a toda velocidad.
El chico tímido ahogó un grito, cerrando los ojos esperando el impacto.
Pero el golpe nunca llegó.
La chica ni siquiera parpadeó. No levantó una varita, no recitó un conjuro, ni adoptó una postura de batalla. Simplemente extendió una mano abierta, con la palma hacia el frente, en un gesto tan natural como quien intenta detener el viento.
En el instante en que el rayo estuvo a escasos centímetros de su mano, la gravedad alrededor de ellos pareció colapsar por una fracción de segundo. El aire se volvió densamente pesado, como si el peso de una montaña entera se hubiera concentrado en ese pequeño callejón. El rayo del elfo no solo se disipó; fue aplastado literalmente contra el suelo, convirtiéndose en un chispazo inútil que se extinguió en el lodo.
La presión en el aire fue tan brutal que las rodillas de los tres bullies flaquearon. El suelo bajo sus pies se agrietó sutilmente. Una onda de choque invisible, pero inmensamente pesada, se expandió desde la palma de la chica, empujándolos hacia atrás con una fuerza sorda y abrumadora que los dejó de rodillas, jadeando por aire, como si una gravedad invisible los estuviera hundiendo en la tierra.
—¿Qué... qué es esto...? —logró gemir el elfo, con la frente perlada de sudor, sintiendo que sus propios huesos pesaban una tonelada. Su orgullo se desmoronó en un segundo ante el terror absoluto de no poder levantarse.
La chica bajó la mano. Al instante, la presión atmosférica volvió a la normalidad. Los tres matones respiraron agitados, mirándola con los ojos desorbitados, como si estuvieran viendo a un monstruo disfrazado de humana.
—Me gustaría pasar —dijo ella, con una amabilidad imperturbable, recogiendo su maleta del suelo sin prisa—. Y creo que él también quiere irse.
Sin esperar respuesta, los tres chicos se levantaron como pudieron, tropezando entre ellos en su prisa por huir del callejón, lanzándole miradas de pánico absoluto antes de desaparecer tras la esquina de la calle de piedra.
El callejón quedó en un silencio sepulcral.
La chica soltó un leve suspiro de alivio, aunque por dentro se sentía un poco frustrada. "Vaya... creo que volví a usar demasiada fuerza. Odio no poder controlar bien esto", pensó, preocupada de haber llamado demasiado la atención en su primer día.
Se giró hacia el muchacho tímido, que seguía estático contra la pared, con los ojos abiertos como platos y el cuaderno temblando en sus manos. Lo miró con suavidad y le ofreció una mano para ayudarlo a levantarse.
—¿Estás bien? —preguntó ella, intentando sonar lo más amigable posible, aunque su tono seguía siendo un tanto reservado y distante debido a su propia timidez.
El chico la miró, completamente anonadado, incapaz de articular una sola palabra ante la demostración de poder más silenciosa, devastadora y humilde que había visto en su vida.


![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)





