Monstruos Perfectos by Leonard at Inkitt
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MONSTRUOS PERFECTOS

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Summary

Para escapar del infierno de su hogar, Rhona, de trece años, se obsesiona con los Thompson, la familia perfecta de enfrente. Años después, su plan da frutos: logra ser adoptada por ellos y consolidar un apasionado romance con el hijo menor. Rhona finalmente tiene la vida idílica que tanto ansió. Sin embargo, detrás de las risas y la armonía de esa casa, se oculta un secreto relacionado con la misteriosa ola de desapariciones de niños en el pueblo. Pronto, Rhona se dará cuenta de que la perfección tiene un precio de sangre, y que algunos monstruos se esconden dentro de la misma perfección.

Genre
Horror
Author
Leonard
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 LA FRONTERA DE CRISTAL

El sonido de un plato de porcelana estrellándose contra la pared de la cocina fue la señal automática para encoger mis piernas contra el pecho y morder el borde de mi manta gastada. No lloré. A mis trece años, había aprendido por las malas que las lágrimas en esa casa no tenían ningún valor; no limpiaban la sangre del suelo, no borraban los insultos y ciertamente no detenían los puños ni los gritos.

-¡Eres igual a tu madre! ¡Una maldita cobarde que no sabe sostener esta casa! -rugió la voz ronca de mi padre desde la planta baja.

Las palabras salían de su boca pastosas, espesas, arrastrando las sílabas con ese tono rancio y violento que solo el whisky barato le otorgaba a sus cuerdas vocales. Escuché el eco de una botella vacía rodando por el linóleo de la cocina, seguido del quejido sordo de una silla de madera al ser empujada con brusquedad. El sargento Michael Polanco estaba perdiendo el control de nuevo, y la noche apenas comenzaba.

Cerré los ojos con fuerza y apoyé la frente contra el cristal frío de la ventana de mi habitación. Afuera, el verano de 1983 asfixiaba al pequeño pueblo de Cornwall, Connecticut, pero dentro de mi cuarto el aire se sentía aún más pesado, denso, impregnado de un olor rancio a encierro, humedad y al alcohol que mi padre traía pegado al uniforme de policía como una segunda piel. Hacía exactamente dos meses que mi madre, Regina, había desaparecido de nuestras vidas. Los vecinos de la cuadra usaban la palabra "astío" cuando creían que yo no los escuchaba pasar frente al porche. Hablaban de una mujer refinada que simplemente se había cansado de los turnos nocturnos de su esposo y de la frialdad de un matrimonio muerto. Pero yo sabía la verdad. Yo había visto los hematomas ocultos bajo el maquillaje de mi madre y los platos rotos que yo misma tenía que recoger por las mañanas. Ella no huyó por astío; huyó por instinto de supervivencia. El único problema era que me había dejado atrás, atrapada en las ruinas de su escape, obligada a convertirme en el ama de casa de un monstruo que se ahogaba en su propia miseria.

Giré un poco la cabeza, buscando el único alivio que mis ojos conocían. Al otro lado de la calle empalizada, el mundo funcionaba de otra manera.Fijé la vista en la residencia de los Thompson. Desde mi posición privilegiada en el segundo piso, la casa de enfrente parecía un faro de luz en mitad de la oscuridad de mi vida. Allí, el césped siempre lucía un verde impecable, perfectamente cortado, libre de las malezas que devoraban nuestro patio. A través del gran ventanal de su comedor, la luz dorada y cálida de las lámparas de mesa iluminaba una escena que parecía arrancada de las páginas de una revista de catálogo o de un comercial de televisión de la tarde.

El doctor Robert Thompson, el neurocirujano más respetado de todo el condado, se movía por el espacio con una elegancia natural. Lo vi reír de algo invisible mientras le servía un vaso de agua a su esposa, Susan, quien lo miraba desde la mesa con una devoción tan pura que me dolía el pecho de solo contemplarla. Eran la definición perfecta de la familia soñada en los ochenta: estables, hermosos, intocables.

Unos pasos más allá, en la misma estancia, sus dos hijos compartían un juego de mesa bajo la luz de un candelabro de bronce. Laila, la mayor, de años, pasaba una mano por su largo cabello castaño. Aunque su piel lucía una palidez casi traslúcida -esa extraña debilidad médica de la que las señoras del pueblo murmuraban en la iglesia-, su sonrisa era amplia y sincera. A su lado estaba Owen el tenía catorce años, apenas uno más que yo. Tenía el cabello castaño siempre un poco alborotado sobre la frente y vestía una playera a rayas que parecía brillar bajo la luz de su hogar. Lo observé reír, gesticulando de manera dramática con las manos mientras movía una pieza del tablero. Su risa era limpia, libre de traumas, y juraría que cruzaba el asfalto helado de la calle hasta colarse por las rendijas de mi ventana.

En ese instante, un dolor agudo y punzante me atenazó el estómago. No era el hambre física de haber cenado solo un trozo de pan duro; era una envidia voraz, una sed patológica y desesperada por una sola gota de esa armonía familiar. Sentía celos de la confianza con la que Owen se movía por su casa, de la seguridad que transmitía el doctor Robert con solo estar presente, del amor flotando en cada rincón de esa propiedad. Yo no quería que mi padre cambiara, ni que mi madre regresara. Yo quería, con una obsesión que me quemaba la garganta, cruzar la calle, borrar mi apellido y convertirme en una Thompson.

Observarlos cada tarde desde la frontera de mi cristal se había transformado en mi único oxígeno, en una adicción silenciosa y destructiva. Mi mente adolescente ya no buscaba una salida normal a la violencia de mi hogar; buscaba la forma de adueñarse de la vida de los de enfrente.

Abajo, en la sala, un estruendo seco y masivo sacudió las paredes de la casa. El sonido del cuerpo de mi padre desplomándose contra el suelo, vencido finalmente por la combinación del whisky y el cansancio de su jornada policial, marcó el final de su brote de furia. Sabía perfectamente lo que vendría después: horas de un silencio sepulcral y pesado, el letargo del borracho antes de que la luz del sol me obligara a bajar a limpiar el desastre antes de ir a la escuela.

Miré mis manos. Estaban temblando, pero no de miedo. Era adrenalina. El monstruo estaba dormido y la noche en Cornwall me pertenecía. Necesitaba respirar aire que no oliera a él. Necesitaba acercarme al faro. Me puse de pie con cuidado, evitando las tablas del suelo que sabía que rechinaban por la vejez de la madera. Caminé descalza, con el corazón latiéndome en los oídos, bajando las escaleras a oscuras, esquivando la silueta inerte de mi padre que roncaba ruidosamente sobre la alfombra de la sala. Abrí la puerta trasera de la cocina con una lentitud milimétrica.

El aire de la noche de verano me golpeó el rostro. Estaba templado, cargado con el olor a pino y a tierra húmeda típico de los bosques de Connecticut. Salté la pequeña cerca de madera que delimitaba nuestro descuidado porche y, por primera vez en semanas, mis pies descalzos pisaron el asfalto de la calle. La carretera que separaba la miseria del paraíso se sentía fría bajo mi piel, un recordatorio físico de la distancia entre Owen y yo.

Caminé en línea recta, imantada por la luz dorada, hasta que mis pies tocaron el césped perfectamente cuidado del jardín delantero de los Thompson. Me oculté bajo la densa sombra del gran roble que crecía cerca de su entrada, sintiéndome como una sombra intrusa en un santuario. La casa estaba en un silencio pacífico desde el exterior. Me moví un par de pasos hacia los arbustos que bordeaban el lateral de la vivienda, buscando una mejor vista hacia la cocina trasera. De repente, la planta de mi pie derecho tropezó con un objeto metálico, pequeño y frío, que estaba oculto entre la hierba recién cortada.Me agaché de inmediato, conteniendo la respiración. Mis dedos tantearon la tierra hasta que entraron en contacto con una llave de bronce de bordes labrados. Estaba unida a un pequeño llavero de cuero oscuro que tenía unas iniciales grabadas a mano con letras plateadas: R.T. La llave de repuesto de la puerta trasera de los Thompson.

La entrada directa a la vida perfecta. Me quedé de rodillas sobre la hierba húmeda de los Thompson, con los ojos fijos en la pequeña pieza de bronce que descansaba sobre la palma de mi mano. Las luces doradas del interior de la casa seguían encendidas, reflejándose levemente sobre el metal labrado de la llave. El corazón me dio un vuelco violento. Aquello no era un simple descuido del doctor Robert; para mi mente obsesiva, se sentía como una invitación del destino. Las iniciales R.T. grabadas en el cuero oscuro me parecieron un amuleto, un boleto de entrada al único lugar sobre la Tierra donde creía que podría ser feliz.

Giré la cabeza con rapidez hacia las ventanas superiores de la residencia, temerosa de que alguien hubiera escuchado el sutil roce de mis pasos sobre el césped. La cortina de la habitación de Laila se movió ligeramente con la brisa nocturna, pero no había nadie observando. El pueblo de Cornwall dormía bajo una falsa manta de paz, ajeno a la tormenta silenciosa que se estaba gestando en su jardín más perfecto.

Cerré los dedos alrededor del metal frío. La presión de los bordes afilados contra mi piel me devolvió la realidad. No dudé ni un solo segundo. No pensé en dejarla sobre el porche, ni en tocar el timbre al día siguiente para devolverla como lo habría hechocualquier niña buena de mi edad. Guardé la llave en el bolsillo profundo de mi pantalón corto, sintiendo cómo el peso de ese pequeño secreto transformaba mi postura. Ya no era la huérfana desamparada que limpiaba el vómito de su padre; ahora era dueña de un secreto.

Me puse de pie e inicié el regreso, cruzando la calle en zig zag emocionada  pero esta vez no corrí. Caminé con la cabeza erguida, saboreando el frío del asfalto bajo mis pies descalzos. Al saltar de vuelta la cerca de mi casa, el olor a pino del bosque de Connecticut fue reemplazado de golpe por el hedor a humedad y descuido que emanaba de nuestro porche. Entré a la casa con un cuidado milimétrico. En la sala, la silueta masiva de mi padre seguía tendida sobre la alfombra gastada. El sargento Michael Polanco roncaba con fuerza, con la boca entreabierta y el brazo derecho extendido cerca de la mesa de centro, donde una botella de whisky volcada goteaba el último residuo de líquido oscuro sobre el suelo. Lo miré con una mezcla de repugnancia y desapego. Ese hombre ya no era mi padre; era solo un obstáculo en mi camino hacia los Thompson.

Subí las escaleras de madera evitando cada peldaño ruidoso que ya me sabía de memoria. Al entrar a mi habitación, cerré la puerta con suavidad y pasé el pestillo. El cuarto estaba a oscuras, solo iluminado por el reflejo azulado de la luna que entraba por el ventanal. Me acerqué a la cama, saqué la llave de bronce de mi bolsillo y la deslicé con cuidado debajo de la almohada, justo en el centro, asegurándome de que quedara oculta bajo las capas de tela gastada.

Me acosté boca arriba, con la ropa puesta y los ojos fijos en las grietas del techo. Apoyé la cabeza sobre la almohada y sentí de inmediato el relieve metálico de la llave presionando la base de mi cráneo. Era una sensación reconfortante, casi eléctrica. Cerré los ojos, intentando conciliar el sueño, mientras el silencio muerto de esta repugnante casa envolvía mis sentidos. El eco de los gritos de mi padre aún flotaba en el aire de la planta baja, pero en mi mente solo se reproducía la risa limpia de Owen Thompson bajo el candelabro de bronce.

Los minutos pasaron con una lentitud exasperante hasta que el viejo reloj de cuerda de mi mesa de noche marcó la medianoche con un crujido seco. En ese instante exacto, la atmósfera de mi habitación cambió. El calor sofocante del verano en Connecticut se disipó en un parpadeo, reemplazado por una ráfaga de aire gélido que me obligó a contener la respiración. El vello de mis brazos se erizó por completo. No era una corriente de aire común; el frío parecía brotar desde el interior de las paredes, concentrándose en un punto específico de la habitación.

Un crujido sutil, como el roce de unos dedos ásperos contra la madera vieja, provino del fondo de mi clóset oscuro.Me quedé completamente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par en medio de la penumbra. No sentí el miedo instintivo que experimentaría cualquier adolescente ante la oscuridad. En lugar de eso, una profunda y fría calma se apoderó de mi cuerpo. Presté atención a las sombras del clóset, donde la puerta entreabierta revelaba una negrura más densa que el resto del cuarto.

Poco a poco, entre los pliegues de mi ropa colgada, la penumbra comenzó a tomar forma. Se perfiló una silueta delgada, esquelética, de proporciones ligeramente distorsionadas y hombros caídos. No tenía un rostro definido bajo la luz de la luna, pero juraría que un par de ojos hundidos y vacíos se fijaron directamente en mí. Antes de que pudiera procesar la lógica de lo que estaba viendo, una voz comenzó a materializarse en el fondo de mi mente. No era un sonido externo que vibrara en el aire; era un eco interno, una voz sutil, helada y calculadora que resonaba con la textura del hielo rompiéndose. Tenía mi propio tono de voz, pero desprovisto de cualquier rastro de infancia o debilidad. Era una voz puramente psicópata, fría como la muerte, que parecía haber estado esperando el momento exacto para despertar.

Hazlo, Rhona... -susurró el eco dentro de mi cabeza, haciéndome cerrar los puños sobre las sábanas-. Cruza la calle de una vez por todas. Deja de ser la espectadora de tu propia miseria. Esa casa perfecta pronto será tuya... solo tienes que ganártela.

La silueta del clóset pareció disolverse en la oscuridad tan rápido como había aparecido, pero el frío en la habitación permaneció. Deslicé mi mano derecha debajo de la almohada, cerrando mis dedos alrededor de la llave de repuesto de los Thompson. La voz no me había asustado; al contrario, le había dado una dirección clara a mi obsesión. Era como si mi "yo interior" acababa de diseñar el plan perfecto. La niña sumisa de trece años había muerto esa noche, y en su lugar, un monstruo paciente acababa de despertar, listo para hacer lo necesario con tal de adueñarse del paraíso ese que estaba justo al frente.

La luz grisácea del amanecer se coló por las rendijas de mi ventana, disolviendo las sombras de la noche pero no el frío que se había instalado en mi pecho. Me desperté sin rastro de cansancio. Al moverme, lo primero que busqué fue el relieve metálico debajo de la almohada. Seguía allí. La llave de bronce de los Thompson no había sido un sueño de la medianoche; era real, y con ella, el despertar de esa fría lucidez que ahora gobernaba mis pensamientos.

Me puse en pie y bajé las escaleras. El ambiente en la planta baja era exactamente el que había anticipado. Aquel hombre que alguna vez fue el respetado sargento Polanco seguía tendido en el suelo de la sala, pero el letargo del alcohol comenzaba a dar paso a una cruda dolorosa. Tenía el uniforme arrugado, la saliva seca en la comisura de los labios y emitía un quejido ronco cada vez que la claridad del día golpeaba sus ojos inyectados de sangre.

Pasé a su lado sin mirarlo, cuidando de no rozar su cuerpo inerte. En la cocina, el panorama era desolador: los fragmentos del plato de porcelana que había estrellado la noche anterior brillaban en el suelo como pequeños colmillos blancos. El olor a whisky barato evaporado se mezclaba con el de la humedad de las paredes. Con una frialdad que me sorprendió a mí misma, tomé la escoba y comencé a juntar los pedazos. No sentía rabia, ni tristeza, ni la compasión que una hija normal experimentaría al ver la decadencia de su progenitor. Solo sentía un desapego absoluto. Cada movimiento de la escoba era un paso más hacia mi desvinculación de ese apellido.

-Rhona... -balbuceó mi padre desde la sala, intentando reincorporarse mientras se sostenía la cabeza con ambas manos-. ¿Dónde está el café? Tráeme... tráeme algo para el dolor.

-No hay café, papá -respondí. Mi voz sonó monótona, desprovista de cualquier emoción-. Y las pastillas se terminaron la semana pasada. Te lo dije.

Soltó una maldición entre dientes, dejándose caer de nuevo sobre el sillón desvencijado. Su incompetencia y su debilidad eran el contraste perfecto para la figura pulcra y dominante del doctor Robert Thompson que yo había observado desde mi frontera de cristal. Mientras terminaba de limpiar la cocina, mi mente se concentró en el plan de la tarde. La voz de la medianoche seguía resonando como un zumbido constante: Cruza la calle. Haz que te necesiten.

A las cuatro de la tarde, el calor del verano de Connecticut alcanzó su punto máximo. Desde mi ventana, vi que el escenario era perfecto. Mi padre se había marchado cojeando hacia la comisaría para cumplir con su turno vespertino, dejando la casa vacía. Al otro lado de la calle, el jardín de los Thompson volvía a cobrar vida. Owen había salido al porche delantero vistiendo unos pantalones cortos y una playera ligera; arrastraba una vieja bicicleta roja y se sentó en el primer peldaño de la entrada con un juego de llaves inglesas y un bote de aceite, dispuesto a reparar la cadena que se le había soltado el día anterior. Me miré en el espejo del baño. Mi rostro de trece años lucía pálido, pero mis ojos reflejaban una determinación calculadora que no correspondía a mi edad. Me acomodé el cabello castaño detrás de las orejas y deslicé la llave de bronce en el bolsillo derecho de mi pantalón. Toqué el metal con la punta de los dedos una última vez, buscando esa descarga de adrenalina que me daba fuerzas.

Caminé hacia la puerta principal de mi casa y salí al porche. El sol deslumbraba, haciendo que las ventanas de la residencia Thompson brillaran como diamantes bajo el cielo limpio de Cornwall. Me paré en el borde del porche, contemplando el asfalto que dividía nuestros mundos. Crucé los brazos, respirando el aire cálido cargado de aroma a pino.

Owen levantó la vista de la bicicleta en ese preciso instante, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Al verme allí parada, esbozó una sonrisa tímida y levantó el brazo para saludarme a la distancia. Sentí un escalofrío helado recorrer mi nuca, el mismo de la noche anterior, mientras mi yo interior asentía con satisfacción en el fondo de mi conciencia. La frontera de cristal se había roto. Di el primer paso hacia el frente, bajando las escaleras de madera de mi porche con la certeza absoluta de que, cuando mis pies tocaran el césped de los Thompson, jamás volvería a ser la misma. El juego de la familia perfecta acababa de comenzar

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